EPÍLOGO #2
—Naturalmente.
Frances le mostró los planes.
El edificio vecino había quedado disponible.
Podían alquilarlo.
O comprar.
Cornelius observó las cifras.
—Compren.
Frances cerró los ojos.
—No funciona así.
—Sí.
—No.
—El alquiler en diez años costará más.
—No sabemos si necesitaremos ese espacio diez años.
—Lo necesitarán.
Frances lo miró.
Cornelius sostuvo la mirada.
—Está creciendo.
—Eso no significa que deba comprar cada edificio.
—Podría.
—No.
—William compraría.
Frances rio.
—William ya aprendió.
Cornelius levantó una ceja.
—No tanto.
Ella sonrió.
—¿Vino solo para comprar edificios que no le pertenecen?
Cornelius guardó silencio.
Eso llamó su atención.
—¿Qué ocurre?
Él miró hacia las ventanas.
Niñas practicaban sumas en el aula del otro lado.
—William recibió una oferta.
Frances frunció el ceño.
—¿Qué oferta?
—Chicago.
Ella esperó.
—Quieren que dirija la expansión ferroviaria occidental durante dos años.
Frances quedó completamente quieta.
—¿Dos años?
—Sí.
—¿Y él?
—No lo sabes.
No era pregunta.
—No.
Cornelius asintió.
—Entonces todavía no te lo dijo.
Frances sintió algo molesto.
No miedo.
Algo parecido.
—¿Cuándo lo recibió?
—Ayer.
—¿Y usted cómo sabe?
Cornelius levantó una ceja.
Frances cerró los ojos.
—Pregunta estúpida.
—Mucho.
Ella casi sonrió.
—¿Qué piensa?
—Que sería bueno para la compañía.
Frances esperó.
Cornelius añadió:
—Y malo si acepta por la razón equivocada.
Eso la sorprendió.
—¿Cuál sería?
—Demostrar que puede hacerlo.
Frances lo miró.
Cinco años atrás Cornelius habría llamado a eso ambición.
Ahora lo veía.
—¿Y si quiere hacerlo?
—Entonces debe.
Frances sintió el peso.
Chicago.
Dos años.
No significaba vivir necesariamente allí permanentemente.
Pero cambiaría mucho.
Escuela.
Niños.
Inglaterra.
Nueva York.
La ruta.
Otra ciudad.
Otra decisión sin solución perfecta.
Exactamente aquello que habían sabido que algún día llegaría.
Frances respiró.
—¿Por qué me lo dice?
Cornelius la miró.
—Porque sospecho que intentará rechazarla antes de hablar contigo.
Ella sintió una punzada.
—¿Por mí?
—Por todos.
La casa.
Los niños.
La escuela.
Inglaterra.
Frances entendió.
William había progresado.
Mucho.
Pero algunas viejas formas de amar seguían apareciendo disfrazadas.
Renunciar antes de preguntar.
Para proteger.
Para proveer.
Para controlar el daño.
—No intervenga —dijo Frances.
Cornelius levantó una ceja.
—No pensaba.
Ella lo miró.
—Mentira.
—Mucho.
Frances casi rio.
—Déjelo decírmelo.
Cornelius asintió.
—Eso haré.
Se volvió.
—Cornelius.
Él se detuvo.
Era una de las pocas veces que Frances lo llamaba por su nombre.
—Gracias.
El hombre no volvió completamente.
—No hice nada.
—Precisamente.
Cornelius sonrió apenas.
Y salió.
Frances permaneció junto a la ventana.
Chicago.
Dos años.
Una nueva ruta hacia el oeste.
William probablemente estaría fascinado.
Eso era lo primero que debía recordar.
No qué inconveniente sería.
Qué significaba para él.
Frances tocó el anillo.
Cinco años.
Habían sabido que llegaría alguna decisión así.
No podían construir una vida basada únicamente en elecciones fáciles.
Ella sonrió lentamente.
Bien.
Entonces descubrirían si realmente habían aprendido algo.
***
William llegó a Washington Square después de las ocho.
Demasiado tarde.
Los niños ya habían cenado.
Louisa estaba despierta por razones que consideraba legítimas.
Henry dormía.
Eleanor había decidido que dormir era un concepto ofensivo y continuaba llorando en brazos de la niñera.
William entró en la sala de trabajo.
Frances estaba escribiendo.
Levantó la vista.
—Hola.
Él sonrió.
—Hola.
Eso.
Siempre eso.
Cinco años y todavía conseguía cambiar algo en él.
William dejó el abrigo.
—¿Los niños?
—Henry rompió el caballo.
—Lo sé.
—Lo reparó.
William sonrió.
—¿Él?
—Con ayuda.
—Bien.
—Louisa lo perdonó después de exigirle su postre.
William levantó una ceja.
—Hija mía.
Frances sonrió.
Él se acercó.
La besó.
Después se sentó frente a ella.
Demasiado correcto.
Frances lo vio.
No preguntó inmediatamente.
William abrió un documento.
Lo cerró.
Respiró.
—Recibí una oferta.
Frances dejó la pluma.
—Bien.
Él la miró.
—Chicago.
—Ah.
William frunció el ceño.
—¿Ah?
Frances mantuvo la expresión.
—Cuénteme.
Él la observó unos segundos.
Después comenzó.
Explicó la expansión.
Ferrocarriles.
Acceso al oeste.
Almacenes.
Conexión con la ruta marítima.
La posibilidad de construir una estructura que no dependiera solamente de Cornelius.
El entusiasmo apareció lentamente.
Frances lo vio.
Las manos.
Los ojos.
La forma en que se inclinaba cuando hablaba de algo que realmente quería.
William tardó casi veinte minutos.
Al terminar pareció darse cuenta de cuánto había revelado.
Se recostó.
—Pero no voy a hacerlo.
Frances sintió la frase.
Ahí estaba.
—¿Por qué?
William parpadeó.
—Porque son dos años.
—Sí.
—Y tenemos tres hijos.
—También.
—Su escuela.
—Sí.
—Inglaterra.
—Existe.
—La ruta.
—Continúa.
William frunció el ceño.
—No veo cómo podríamos.
Frances lo observó.
—No dijo que no quiera.
Silencio.
Él apartó la vista.
—Eso no importa.
—Sí.
—Frances.
—Muchísimo.
William cerró los ojos.
—No voy a trasladar nuestra familia a Chicago durante dos años porque me parece interesante un proyecto.
—No le pedí eso.
—Entonces.
—Le pregunté si quiere hacerlo.
William tardó.
—Sí.
Ahí.
Frances asintió.
—Bien.
—No, no bien.
—¿Por qué?
—Porque querer algo no significa que sea correcto.
—De acuerdo.
Él frunció el ceño.
—Está demasiado tranquila.
Frances sonrió.
—Eso ya lo dijo una vez.
William recordó.
Liverpool.
Nueva York.
“Deje de medir cuánto lo amo por cuánto me duele verlo partir.”
Se pasó una mano por el rostro.
—Dios.
—Sí.
William la miró.
—No estoy haciendo lo mismo.
—No exactamente.
—Frances.
—Pero está tomando una decisión que cambia mi vida antes de preguntarme qué pienso.
Silencio.
William se quedó inmóvil.
La frase era idéntica a una promesa antigua.
Cuando una decisión cambie su vida, recordaré que también le pertenece.
Él cerró los ojos.
—Maldita lista.
Frances sonrió.
—La escribió usted.
—Lo sé.
—¿Entonces?
William respiró.
—¿Qué piensa?
Frances se acomodó.
—Pienso que quiero saber más.
Él la miró.
—¿Sobre Chicago?
—Sí.
—¿Consideraría vivir allí?
—Quizá.
William abrió los ojos.
—¿Quizá?
—No dos años completos necesariamente.
—Frances.
Ella levantó la mano.
—Escuche.
William obedeció.
—Podríamos pasar parte del año allí.
—Los niños.
—Son pequeños.
—Louisa tiene cuatro.
—Precisamente.
—La escuela.
—Margaret puede dirigirla.
William levantó una ceja.
Frances sonrió.
—Estoy aprendiendo delegación.
Él casi rio.
—Inglaterra.
—Seguirá existiendo.
William la miró.
—Su familia.
Frances sintió algo.
Lord Londonderry tenía más canas.
Beatrice también.
Eso importaba.
—Quiero pasar parte del verano allí.
William asintió.
—Sí.
—Y no quiero convertir nuestra vida en una mudanza continua.
—No.
—Entonces necesitamos datos.
William comenzó a sonreír.
—Datos.
—Muchos.
—Eso sí es mi esposa.
Frances levantó una ceja.
—No abuse.
Él rio.
Después volvió serio.
—¿Realmente consideraría hacerlo?
Frances pensó.
—Consideraría construir una parte de nuestra vida allí durante un tiempo si creemos que vale la pena.
William la miró.
—¿Por mí?
Ella negó.
—Por nosotros.
Pausa.
—Y porque quiero ver qué podría hacer la escuela con las comunidades nuevas que están creciendo alrededor de las rutas ferroviarias.
William parpadeó.
Frances sonrió lentamente.
—No es el único que puede convertir un problema en proyecto.
William comenzó a reír.
—Eso es aterrador.
—Muchísimo.
Él se levantó.
Caminó alrededor del escritorio.
Frances lo miró acercarse.
William se arrodilló frente a su silla.
No como propuesta.
Solo para quedar a su altura.
—No quiero que lo haga solo porque yo quiero ir.
Frances tocó su rostro.
—Lo sé.
—Y tampoco quiero rechazarlo solo para demostrarle que ustedes importan más.
Ella sonrió.
—Bien.
William apoyó la frente sobre sus rodillas un segundo.
—Pensé que después de cinco años esto sería más fácil.
Frances acarició su cabello.
—¿Qué cosa?
—Ser una persona.
Ella comenzó a reír.
William levantó la cabeza.
—No se ría.
—Lo siento.
—No es gracioso.
—Muchísimo.
Él sonrió.
Frances se inclinó.
Lo besó.
—No tenemos que decidir hoy.
William la miró.
Cinco años atrás aquella frase lo habría llenado de terror.
Ahora.
—No.
Sonrió.
—No tenemos.
Frances sintió algo cálido.
—Mañana podemos revisar números.
—Sí.
—Después hablar con George.
—Sí.
—Con Margaret.
—Sí.
—Mis padres.
William hizo una mueca.
—Eso será peor.
Frances rio.
—Y luego decidimos.
—Juntos.
—Juntos.
William tomó su mano.
Miró los anillos.
—¿Sabe algo?
—¿Qué?
—Creo que todavía estamos respondiendo la misma pregunta.
Frances sonrió.
—¿Cuál?
William miró alrededor.
La sala.
El mapa.
Papeles de ambos.
Rutas.
Escuelas.
Niños que dormían en habitaciones superiores.
Una casa llena.
—Cómo construir una vida.
Frances apoyó la frente contra la suya.
—Sí.
—Pensé que algún día terminaríamos.
Ella sonrió.
—Nunca prometí eso.
William rio.
—Naturalmente.
Frances cerró los ojos.
—William.
—¿Sí?
—Sigo eligiéndolo.
Él dejó de sonreír.
Cinco años.
Tres hijos.
Cientos de discusiones.
Océanos.
Miles de mañanas.
Y aquellas palabras seguían teniendo el mismo peso.
William besó su mano.
—Yo también.
***
Un año después
El árbol torcido de Washington Square sobrevivió.
William utilizaba ese hecho como evidencia de que había tenido razón desde el principio.
Frances afirmaba que solo demostraba que algunos seres podían prosperar a pesar de decisiones cuestionables.
Discutían sobre ello cada primavera.
Louisa tenía cinco años y había heredado el talento de Frances para hacer preguntas que nadie quería responder.
Henry tenía cuatro y había descubierto que subir a muebles era una vocación.
Eleanor tenía dos y gobernaba la casa mediante una combinación de rizos oscuros, gritos y absoluta convicción moral.
La oferta de Chicago había sido aceptada.
Modificada.
Naturalmente.
No dos años continuos.
Dieciocho meses de proyecto, con William dividiendo su tiempo entre Chicago y Nueva York y la familia pasando allí periodos concretos.