Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Cinco años después

L a primera señal de que la mañana no sería tranquila llegó en forma de un grito desde el piso superior.

—¡NO FUI YO!

Frances cerró los ojos.

William levantó lentamente la vista del contrato que estaba leyendo.

Durante tres segundos ninguno habló.

Después llegó un segundo grito.

—¡SÍ FUISTE TÚ!

William dejó la pluma.

—Dos.

Frances miró hacia él.

—¿Qué?

—Dos minutos y treinta segundos.

—¿Para qué?

—Para que nuestra casa dejara de estar en paz esta mañana.

Frances levantó una ceja.

—Llevamos despiertos casi una hora.

—Exactamente. Es un récord.

Desde arriba se oyó un golpe.

Después una voz infantil mucho más pequeña.

—Mamá.

Frances se levantó.

William hizo lo mismo.

—Yo voy.

—No.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque la última vez que fue usted a resolver una discusión entre sus hijos terminó negociando turnos de uso de un caballo de madera.

William la miró con dignidad.

—Funcionó.

—El caballo terminó sin una rueda.

—Eso fue un defecto técnico.

Frances comenzó a reír.

—Quédese.

—Frances.

—Tengo experiencia.

—Yo también.

Ella tomó la taza.

—Usted dirige barcos.

—Y empresas.

—Precisamente.

William la señaló con la pluma.

—La discriminación doméstica es preocupante.

Frances salió de la sala riéndose.

Él la observó marcharse.

Cinco años.

A veces todavía le parecía imposible.

Cinco años desde aquella mañana lluviosa en Blackwood Hall.

Cinco años desde que Frances Vane se había convertido en Frances Vanderbilt.

Y, contra todas las predicciones de Edward, George y prácticamente cualquier persona que hubiera conocido a William antes de Inglaterra, seguían casados.

Felizmente.

La mayor parte del tiempo.

William sonrió.

También seguían discutiendo.

Muchísimo.

La sala de trabajo de Washington Square ya no se parecía en nada a aquella habitación vacía donde una vez se había sentado en el suelo intentando decidir si debía viajar a Liverpool.

Las estanterías estaban llenas.

No ordenadas.

Frances afirmaba que sí.

William sabía que no.

Los dos escritorios continuaban frente a frente, aunque el de Frances había adquirido una invasión permanente de cartas, informes escolares y pequeños dibujos que sus hijos depositaban allí con la convicción de que todo papel pertenecía naturalmente al trabajo de su madre.

Sobre la pared seguía el mapa del Atlántico.

Ahora tenía marcas.

Pequeñas anotaciones.

Rutas.

Fechas.

Una línea indicando la primera travesía de Frances.

Otra la primera que hicieron casados.

Y otras tantas que ya resultaba difícil contar.

Nueva York.

Liverpool.

Londres.

De nuevo Nueva York.

Al principio habían intentado mantener el calendario acordado.

Invierno en América.

Primavera en Inglaterra.

Parte del verano donde los negocios exigieran menos.

Había durado dos años.

Después nació su primera hija.

Y descubrieron que los bebés no respetaban rutas comerciales.

William sonrió ante el recuerdo.

Louisa Vanderbilt había llegado tres semanas antes de lo previsto durante una estancia en Inglaterra y había hecho que William olvidara, durante aproximadamente cuarenta y ocho horas, cualquier conocimiento empresarial, lingüístico o racional que hubiera adquirido en treinta y seis años.

Frances todavía lo utilizaba contra él.

Después llegó Henry.

Dos años más tarde.

Y hacía apenas dieciocho meses, Eleanor.

Tres.

Frances jamás dejaba que olvidara que había sido él quien había sugerido el número.

William había intentado alegar que se trataba de una observación hipotética.

Ella había respondido que el contrato verbal era válido.

Había aprendido demasiado de él.

La puerta se abrió.

William levantó los ojos esperando encontrar a Frances.

No.

Era una niña de cuatro años con el cabello rojizo de su madre y una expresión que él conocía demasiado bien.

Louisa entró.

—Papá.

William dejó la pluma.

—Eso suena serio.

Ella caminó hasta su escritorio.

—Henry rompió mi caballo.

William cerró los ojos.

Naturalmente.

—¿La rueda?

Louisa asintió.

—La misma.

Él miró hacia el techo.

—Sabía que esa negociación necesitaba mejores garantías.

La niña frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

William se levantó.

—¿Dónde está Henry?

Louisa señaló hacia arriba.

—Mamá está hablando con él.

William sintió alivio.

—Excelente.

La niña lo miró.

—Dice que tú no puedes arreglarlo.

William abrió la boca.

—¿El caballo?

—Sí.

Eso era un desafío.

—Su madre subestima mis capacidades.

Louisa sonrió.

—Mamá dice que siempre dices eso.

William se quedó quieto.

—¿También dice otras cosas sobre mí cuando no estoy?

—Muchas.

William hizo una mueca.

Traición.

Se agachó frente a su hija.

—Tráeme el caballo.

Louisa sonrió.

—¿Lo vas a arreglar?

—Voy a intentarlo.

Ella salió corriendo.

William volvió al escritorio.

No llegó.

Frances apareció en la puerta.

—No.

William se volvió.

—¿Qué?

—Ya vi esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre que acaba de recibir un problema y está a punto de convertirlo en misión personal.

William señaló hacia arriba.

—Nuestra hija está sufriendo.

—Nuestra hija tiene otro caballo.

—Ese no es el punto.

Frances entró.

Llevaba un vestido sencillo color crema y el cabello recogido de forma mucho menos rígida que en los primeros años de matrimonio.

Algunos mechones escapaban cerca del rostro.

William seguía encontrando aquello distraídamente atractivo.

Un hecho que Frances consideraba una limitación seria de su inteligencia.

—El punto —dijo ella— es que Henry debe ayudar a repararlo.

William frunció el ceño.

—Tiene tres años.

—Precisamente.

—No sabe reparar ruedas.

—Puede aprender que romper algo significa participar en arreglarlo.

William la observó.

Frances levantó una ceja.

—No diga nada.

Él sonrió lentamente.

—Está convirtiendo esto en una lección.

—Sí.

—Muy eficiente.

—William.

—Lo admiro.

Ella hizo una mueca.

—No lo arregle antes de que él baje.

William levantó las manos.

—No haré nada.

Frances lo miró con desconfianza.

—Nada.

—Lo prometo.

Ella caminó hacia el escritorio.

Vio el contrato.

—¿Eso es Liverpool?

—Sí.

—¿Problemas?

—Pequeños.

Frances arqueó una ceja.

—¿Pequeños de verdad o pequeños para un Vanderbilt?

William sonrió.

—De verdad.

—Bien.

Ella tomó la taza de té.

Bebió.

William la miró.

—Esa era mía.

—Ahora no.

—Matrimonio.

Frances sonrió.

—Cinco años y todavía no entiende.

William tomó su cintura cuando pasó junto a él.

—Entiendo perfectamente.

Ella levantó una ceja.

—¿Sí?

—Todo lo mío es suyo.

—Eso suena peligroso.

—Excepto mis contratos.

Frances rio.

William la acercó.

—¿Y mis hijos?

—También míos.

—¿Mi casa?

—Nuestra.

—¿Mi té?

Frances tomó otro sorbo.

—Definitivamente mío.

William cerró los ojos.

—No hay justicia.

Ella sonrió.

—Hay matrimonio.

Él la besó.

Breve.

Familiar.

No menos íntimo por ser cotidiano.

Frances apoyó una mano sobre su pecho.

—Buenos días.

William sonrió.

—Buenos días.

Habían descubierto que el amor cambiaba de forma cuando ya no necesitaba demostrar constantemente que existía.

A veces era un beso en una habitación llena de papeles.

A veces una discusión sobre cuándo cruzar el Atlántico.

A veces significaba que Frances dormía mientras William caminaba con un bebé enfermo durante horas.

A veces significaba que William asistía a una reunión escolar sin ofrecer comprar el edificio entero.

Lo había considerado.

Frances se lo había prohibido.

A veces era sexo después de una discusión.

A veces era dormir espalda con espalda porque la discusión no había terminado.

Pero siempre había mañana.

Eso era lo que habían construido.

No una vida sin puertas.

Una vida donde ninguna puerta significaba desaparición.

***

La Escuela Hale-Vanderbilt había crecido.

Frances todavía protestaba por el nombre.

Margaret insistía en que poner “Vanderbilt” en una placa aumentaba donaciones.

Cornelius había dicho que, por una vez, el apellido tenía utilidad más allá de provocar problemas.

William lo consideró uno de los comentarios más honestos que su padre había hecho.

El proyecto había comenzado con dos becas.

Cinco años después eran doce.

Y no solo en Nueva York.

Mary Collins, ya una joven de diecisiete años, había terminado sus estudios en Inglaterra y trabajaba parcialmente en la administración de Ashcombe Park mientras ayudaba a formar a otras muchachas en contabilidad básica.

Philip había escrito a Frances cuando Mary recibió su primer salario.

La carta había sido breve.

Orgullosa.

Sin nostalgia.

Frances la había guardado.

Philip se había casado dos años después.

Con una viuda de veintisiete años llamada Anne que tenía una hija pequeña y una opinión demasiado firme sobre establos.

William había declarado que aquello demostraba que Ashcombe había desarrollado criterio.

Frances le había dado un golpe en el brazo.

Montrose también se había casado.

Un año antes.

Con una mujer escocesa llamada Margaret Sinclair que administraba tierras de su propia familia y aparentemente discutía con el duque sobre política rural con suficiente frecuencia como para que Eleanor enviara a Frances una carta diciendo:

“Encontró exactamente lo que necesitaba. Por suerte no eras tú.”

Frances había reído durante diez minutos.

Las vidas posibles habían continuado sin ella.

Eso también resultaba extrañamente hermoso.

No habían quedado congeladas como fantasmas de decisiones no tomadas.

Todos habían seguido eligiendo.

***

Aquella tarde, Frances estaba en la escuela cuando Cornelius llegó.

No avisó.

Naturalmente.

Margaret lo vio entrar y murmuró:

—Aquí viene dinero acompañado de opinión.

Frances escondió una sonrisa.

—Sea amable.

—Siempre.

—Eso no es cierto.

—Lo sé.

Cornelius tenía más canas.

También caminaba un poco más despacio.

No mucho.

Lo suficiente para que William lo hubiera notado durante el último año y después fingiera no estar preocupado.

Frances sí lo veía.

No decía nada.

Todavía.

Cornelius se acercó.

—Lady Frances.

Ella levantó una ceja.

Cinco años y seguía llamándola así cuando quería irritarla.

—Señor Vanderbilt.

Margaret sonrió y desapareció convenientemente.

Cornelius miró las aulas.

—Hay más niñas.

—Ciento treinta y dos.

—Demasiadas.

Frances frunció el ceño.

—¿Cómo puede ser malo?

—Necesitan otra sala.

Ella sonrió.

—Eso iba a decirle.

Cornelius hizo una mueca.