CAPITULO 36 #3
Meses atrás habría movido la taza.
Ahora:
—Pedirle que tenga cuidado.
Ella arqueó una ceja.
—Progreso.
—Muchísimo.
Frances tomó la taza.
La alejó.
William sonrió.
Después volvió a sus papeles.
Durante varios minutos trabajaron en silencio.
Frente a frente.
Exactamente como habían imaginado.
Frances revisaba el presupuesto de la escuela.
William, una expansión de la ruta.
A veces levantaban la vista al mismo tiempo.
Sonreían.
Seguían.
No todo necesitaba convertirse en escena romántica.
Aquello también era intimidad.
La puerta se abrió.
George entró sin llamar.
William levantó la cabeza.
—¿Por qué todos entran en mi casa?
George miró alrededor.
—Nuestra casa.
Frances sonrió.
William lo señaló.
—No.
George dejó una carta sobre la mesa.
—De papá.
William frunció el ceño.
—¿Para mí?
—Para ambos.
Frances levantó la vista.
William abrió.
Leyó.
Después soltó una risa.
—¿Qué?
Frances se levantó.
William le entregó.
Cornelius había escrito:
“Margaret Hale presentó solicitud para ampliar el programa de aritmética y contabilidad.
La compañía puede financiar dos becas anuales si lady Frances lo considera apropiado.
No es caridad.
Quiero alumnas capaces de trabajar.
C.”
Frances leyó otra vez.
William sonrió.
—Eso es lo más parecido a entusiasmo que conseguirá.
Frances sintió emoción.
—Dos becas.
George se sentó.
—Dice que no es caridad porque no soporta que alguien piense que hizo algo bueno.
William rio.
—Correcto.
Frances miró la carta.
—Quiero aceptarlo.
William levantó una ceja.
—¿Sí?
—Con condiciones.
George soltó una carcajada.
—Ahora entiendo por qué papá la respeta.
Frances volvió al escritorio.
—Las becas no pueden depender de que trabajen para la compañía después.
William la miró con orgullo.
—Bien.
—Y la selección debe hacerla la escuela.
—Bien.
—No Cornelius.
George rio más.
—Voy a disfrutar esta conversación.
William sonrió.
—Yo también.
Frances tomó la pluma.
Empezó a escribir.
William volvió a sus contratos.
George los observó.
—Esto es decepcionante.
William levantó la vista.
—¿Qué?
—El matrimonio.
—¿Qué pasa?
—Esperaba más drama.
Frances sonrió sin dejar de escribir.
—Déle tiempo.
William la miró.
—¿Eso fue amenaza?
—Muchísimo.
George soltó una carcajada.
William también.
Y la casa continuó respirando alrededor de ellos.
No perfecta.
No terminada.
Habitable.
Elegida.
Suya.
***
Aquella noche William encontró el cuaderno azul sobre la cama.
Frances estaba frente al espejo quitándose los pendientes.
Él lo reconoció.
—¿Puedo?
Ella miró a través del reflejo.
—¿Puede qué?
—Leerlo.
Frances se volvió.
—Todo.
William sonrió.
—Algún día.
—Eso dijo antes.
—Sí.
—¿Hoy?
Ella pensó.
William esperó.
No intentó convencer.
Frances caminó hasta la cama.
Tomó el cuaderno.
Lo abrió en una página.
—Solo una.
William aceptó.
—Bien.
Ella se lo entregó.
William leyó.
Era la página escrita el día de la propuesta.
Hoy William me pidió que construyera una vida con él.
Dije sí.
William sonrió.
Después continuó.
No sé dónde viviremos.
No sé cuántos océanos cruzaremos.
No sé qué decisiones lamentaremos ni cuántas discusiones tendremos.
Sé que habrá días en que él querrá resolver lo que solo necesita tiempo.
Y días en que yo intentaré convertir una emoción en un problema que pueda ordenar.
Sé que los dos volveremos a equivocarnos.
Pero también sé algo que antes no sabía.
No necesito un hombre perfecto.
No necesito una vida sin riesgo.
Necesito una vida que pueda elegir incluso con los ojos abiertos.
Y lo elijo a él.
William dejó de leer.
Frances lo observaba.
Él miró la última línea.
Aunque todavía habla demasiado.
William levantó lentamente la vista.
—Esto es difamación.
Frances comenzó a reír.
—Es verdad.
—Podría demandarla.
—Soy su esposa.
—Eso complica.
Ella sonrió.
William cerró el cuaderno.
Lo sostuvo unos segundos.
—¿Puedo escribir algo?
Frances dudó.
Aquello era suyo.
Muy suyo.
Después pensó en la habitación.
Dos escritorios.
La casa.
El mapa.
Construir.
—Sí.
William tomó la pluma.
Buscó la página siguiente.
Escribió.
Frances intentó mirar.
Él cubrió con la mano.
—No.
—Es mi cuaderno.
—Espere.
Terminó.
Se lo entregó.
Frances leyó.
Yo también la elijo.
Incluso cuando mueve mi té.
Frances levantó la vista.
—No muevo su té.
William sonrió.
—Prevención.
—Idiota.
—Su marido.
Ella rio.
—Mucho peor.
William tomó su cintura.
—¿Se arrepiente?
—Todavía no.
—Excelente.
Frances lo besó.
Después dejó el cuaderno sobre la mesa.
Junto al reloj que Cornelius le había dado a William.
Dos objetos.
Tiempo.
Palabras.
Dos hombres que habían pasado demasiado tiempo creyendo que esconder lo que importaba los protegía.
Una mujer que había aprendido que no todo sentimiento necesitaba convertirse en una solución.
Y una casa que no esperaba que ninguno de ellos entrara terminado.
Esa noche, mientras Nueva York seguía rugiendo detrás de las ventanas, Frances comprendió que la boda no había resuelto la historia.
Y eso era exactamente lo que debía ocurrir.
Porque ninguna vida que valiera la pena vivir terminaba en un altar.
La suya apenas estaba comenzando