CAPITULO 36 #2
Lady Beatrice besó la mejilla de su hija.
—Ve.
Frances respiró.
Y fue.
***
La lluvia se había reducido a una llovizna cuando Frances llegó a la capilla.
Lord Londonderry esperaba bajo el pequeño pórtico.
Al verla, se quedó quieto.
Frances sonrió.
—Papá.
Él parpadeó.
—Frances.
La voz salió más áspera de lo normal.
Ella sintió el corazón apretarse.
—No llore.
—No pensaba.
—Mamá dijo lo mismo.
El marqués miró hacia otro lado.
—Tu madre habla demasiado.
Frances rio.
Su padre extendió el brazo.
Ella lo tomó.
Antes de entrar, él no se movió.
Frances lo miró.
—¿Qué ocurre?
Lord Londonderry observó las puertas cerradas.
—Todavía podemos irnos.
Frances abrió los ojos.
—Papá.
—Tengo un carruaje.
Ella comenzó a reír.
—¿En serio?
—Siempre.
—William lo matará.
—Eso resolvería un problema.
Frances rio más.
Después vio la emoción detrás de la broma.
Tomó la mano de su padre.
—Voy a estar bien.
Lord Londonderry la miró.
—Lo sé.
—Entonces.
—No significa que tenga que gustarme entregarte.
Frances sintió lágrimas.
—No me está entregando.
Él sonrió débilmente.
—No.
—Solo está caminando conmigo.
El marqués respiró.
—Bien.
Abrieron las puertas.
***
William la vio.
Y olvidó todo.
George había dicho algo a su lado.
No escuchó.
El sacerdote hizo algún movimiento.
No importó.
Frances estaba al comienzo del pasillo.
William sintió que meses enteros se comprimían en un instante.
Boston.
Un puerto.
Una mujer pelirroja que lo había mirado como si ya supiera que era insoportable.
Blackwood Hall.
La biblioteca.
Philip.
La lista.
Las escaleras.
El lago.
La primera despedida.
Cartas.
George enfermo.
Cornelius.
Nueva York.
Montrose.
El conservatorio.
“Creo que lo amo.”
“Lo amo.”
La casa de Washington Square.
La habitación vacía.
El mapa.
Todo.
Frances comenzó a caminar.
William respiró.
George murmuró:
—Cierra la boca.
William la cerró.
Frances lo vio.
Sonrió.
William casi rio.
Lord Londonderry llegó hasta él.
Puso la mano de Frances sobre la suya.
No dijo nada durante un segundo.
Después:
—Vanderbilt.
William sostuvo su mirada.
—Milord.
—Todavía puedo cambiar de opinión.
Frances cerró los ojos.
—Papá.
William sonrió.
—Tendría que convencerla a ella.
El marqués lo miró.
Después a Frances.
—Imposible.
William sintió algo cálido.
—Exactamente.
Lord Londonderry besó la mejilla de su hija.
Se apartó.
William quedó frente a Frances.
Ella lo observó.
—Hola.
William sonrió.
—Hola.
Frances contuvo una risa.
—No se supone que hable ahora.
—Nunca se me dio bien seguir instrucciones.
—Lo sé.
El sacerdote carraspeó.
William miró hacia él.
—Perdón.
George bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
La ceremonia comenzó.
Frances creyó que estaría pendiente de cada palabra.
No fue así.
Escuchó algunas.
Recordaría otras después.
Pero la mayor parte del tiempo observó a William.
Él parecía diferente.
No menos seguro.
No menos William.
Solo abierto.
Sin la expresión de quien calculaba la próxima respuesta.
Cuando llegó el momento de los votos, el sacerdote pronunció las palabras tradicionales.
William repitió.
La voz firme.
Hasta llegar a “hasta que la muerte nos separe”.
Entonces algo se quebró apenas.
Frances lo oyó.
Sus dedos apretaron los suyos.
William la miró.
George.
La enfermedad.
El tiempo.
Todo apareció durante un segundo.
Frances no apartó la mirada.
William respiró.
Terminó.
Ella repitió sus propios votos.
No prometían que vivirían siempre en un país.
Ni que jamás discutirían.
Ni que William nunca volvería a tener miedo.
Ni que Frances no intentaría arreglar lo que solo necesitaba sentirse.
Prometían algo más antiguo.
Más sencillo.
Permanecer.
Cuando llegó el anillo, William tomó su mano.
Temblaba menos que el día de la propuesta.
Pero todavía un poco.
Frances sonrió.
Él la miró.
—No se ría.
El sacerdote volvió a carraspear.
Toda la capilla contuvo una sonrisa.
Frances susurró:
—No pensaba.
William levantó una ceja.
Ella casi rio.
El anillo quedó en su dedo.
Después ella colocó el suyo.
William lo miró como si acabara de ocurrir algo extraordinario.
Quizá sí.
Finalmente, el sacerdote los declaró marido y mujer.
William no se movió.
Frances levantó una ceja.
—Ahora.
Él parpadeó.
—¿Qué?
La capilla entera comenzó a reír.
Frances susurró:
—Puede besarme.
William sonrió.
—No iba a asumir.
Ella soltó una risa.
—¿Puedo besarla, lady Vanderbilt?
Frances sintió la palabra.
Lady Vanderbilt.
Extraña.
Nueva.
No borraba Vane.
Solo agregaba algo.
—Sí.
William la besó.
La capilla desapareció.
Por unos segundos.
Solo unos.
Porque Edward gritó:
—¡Por fin!
William se apartó lentamente.
Miró hacia él.
—Voy a matarlo.
Frances comenzó a reír.
—Es nuestra boda.
—Precisamente.
George aplaudió.
Sophia también.
Lady Beatrice lloró abiertamente.
Lord Londonderry fingió mirar hacia otro lado.
La señora Vanderbilt sonreía.
Y Cornelius...
William lo vio.
Su padre estaba de pie junto a su madre.
No sonreía ampliamente.
Eso habría sido demasiado.
Pero tenía una expresión que William conocía muy poco.
Orgullo sin exigencia.
William sostuvo su mirada.
Cornelius inclinó la cabeza.
William hizo lo mismo.
Después volvió hacia Frances.
Su esposa.
El pensamiento fue abrumador.
—Mi esposa.
Frances levantó una ceja.
—Sí.
—Solo estaba comprobando.
—¿Cada cuánto piensa hacerlo?
William sonrió.
—Muchísimo.
Ella rio.
Y salieron de la capilla juntos.
***
La celebración fue pequeña para los estándares de ambas familias.
Lo cual significaba que todavía había demasiada comida, demasiadas flores y suficientes invitados para que William quisiera esconderse detrás de una cortina después de tres horas.
Frances lo encontró.
Literalmente.
—¿Qué hace?
William salió de detrás de una cortina del salón pequeño.
—Nada.
Frances lo miró.
—Está escondiéndose.
—Estoy respirando.
—Detrás de una cortina.
—Hay privacidad.
Ella comenzó a reír.
William extendió una mano.
—Venga.
Frances levantó una ceja.
—¿Detrás?
—Confíe.
—Eso parece exactamente lo que un marido peligroso diría.
—Llevamos casados cuatro horas. No arruine mi reputación tan pronto.
Ella tomó su mano.
William la condujo hasta una puerta lateral.
Salieron al corredor.
Después a la terraza cubierta.
La lluvia había parado.
El jardín brillaba húmedo.
Frances respiró.
—Mucho mejor.
William apoyó las manos sobre la baranda.
—Demasiada gente.
—Usted invitó a la mitad.
—Fue presión política.
Frances se colocó a su lado.
Durante un momento permanecieron en silencio.
Después William habló.
—¿Se arrepiente?
Frances volvió la cabeza.
—Han pasado cuatro horas.
—Precisamente. Todavía está a tiempo de darme datos preliminares.
Ella soltó una carcajada.
—No.
William sonrió.
—Bien.
—¿Usted?
Él la miró.
—No.
—Respuesta rápida.
—He tenido meses.
Frances apoyó el hombro contra el suyo.
—Es extraño.
—¿Qué?
—Ya no estamos comprometidos.
William pensó.
—Sí.
—Estamos casados.
—Eso me han dicho.
Frances sonrió.
—¿Tiene miedo?
Él tardó.
—Sí.
Ella pareció sorprendida.
William continuó:
—Estoy feliz.
—Bien.
—Y tengo miedo.
—También.
—Pensaba que hoy desaparecería.
Frances entendió.
—No.
—No.
William tomó su mano.
—Pero creo que ya no necesito que desaparezca para saber que elegí bien.
Frances sintió emoción.
—Eso suena extraordinariamente maduro.
—No se acostumbre.
Ella rio.
William miró los anillos.
—Mañana vamos a Nueva York.
—En tres días.
—Demasiado.
—William.
—Bien.
Frances sonrió.
—Y después volveremos aquí en primavera.
—Sí.
—Y quizá el año siguiente hagamos algo distinto.
—Probablemente.
—Y dentro de cinco años podemos odiar nuestro calendario.
William asintió.
—Seguro.
—Entonces lo cambiaremos.
Él la miró.
—Así de simple.
Frances pensó.
—No.
Sonrió.
—Así de posible.
William sintió algo profundo.
—Me gusta más.
Ella apretó su mano.
—A mí también.
La puerta se abrió detrás.
Edward apareció.
William cerró los ojos.
—No.
—Los están buscando.
—Desaparezca.
Edward sonrió.
—Papá dice que tienen que cortar el pastel.
William miró a Frances.
—Podemos huir.
Ella levantó una ceja.
William quedó quieto.
Después ambos comenzaron a reír.
—No huimos —dijo Frances.
Él suspiró.
—La peor promesa que hice.
—Mentira.
William besó su mano.
—Sí.
Volvieron al salón.
Juntos.
***
Dos meses después, Washington Square dejó de parecer una casa a medio terminar.
No porque estuviera terminada.
Nunca lo estaría completamente.
Eso fue precisamente lo que Frances empezó a amar.
El jardín tenía nuevos arbustos.
Los muertos habían sido retirados.
William había celebrado un funeral ofensivamente dramático.
El árbol torcido junto al muro continuaba allí.
Frances había aceptado dejarlo.
Por ahora.
La biblioteca había crecido.
La cocina funcionaba.
La habitación de trabajo tenía papeles sobre ambos escritorios.
La mesa central estaba cubierta por mapas, contratos, libros de escuela y una taza de té peligrosamente cerca de documentos de William.
Él la descubrió una mañana.
—Frances.
Ella levantó la vista.
—¿Sí?
William señaló.
—El té.
—Está lejos.
—Está a cinco pulgadas de un contrato.
—Seis.
—No mejora.
Frances sonrió.
—¿Qué hará?
William la observó.