Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 36
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CAPITULO 36

W illiam no supo que estaba nervioso hasta que George se lo dijo.

—Estás caminando demasiado.

William se detuvo.

Miró hacia la ventana.

Después hacia George.

—No estoy caminando demasiado.

George alzó una ceja.

—Llevas doce minutos yendo desde esa silla hasta la chimenea.

William miró la silla.

Después la chimenea.

—Estoy pensando.

—Con los pies.

William hizo una mueca.

—Es una técnica.

—Es irritante.

—Entonces sal.

George sonrió.

—No.

William volvió a caminar.

La lluvia continuaba golpeando los cristales de la habitación que le habían asignado en Blackwood Hall. Afuera, los jardines parecían cubiertos por una neblina gris, y la capilla apenas se distinguía entre los árboles.

Nada de aquello estaba saliendo mal.

Precisamente por eso William desconfiaba.

El carruaje con su madre había llegado la tarde anterior.

Cornelius también.

Sophia llevaba semanas instalada como si Blackwood Hall le perteneciera parcialmente.

George había aparecido tres días antes y desde entonces había formado una alianza peligrosa con Edward.

La capilla estaba preparada.

El sacerdote había llegado.

Los anillos estaban donde debían.

William había revisado aquello personalmente.

Dos veces.

George lo había llamado enfermo.

Quizá lo estaba.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó William.

—Desayunando.

William frunció el ceño.

—¿Tranquilo?

—Muchísimo.

William lo miró.

George sonrió.

—Sophia me explicó la palabra.

—Voy a desheredarla.

—No puedes.

—Encontraré forma.

George apoyó un hombro contra la pared.

—¿Qué te preocupa realmente?

William volvió hacia la ventana.

No quería responder.

Eso significaba que debía.

—Nada.

George suspiró.

—Claro.

Silencio.

William miró la lluvia.

—Que algo cambie.

George frunció el ceño.

—Después de casarte.

—Sí.

—Eso es el objetivo.

William le dirigió una mirada.

George rio.

—No de esa forma.

William respiró.

—Frances y yo sabemos cómo ser esto.

Hizo un gesto inútil.

—Prometidos. Dos personas que pueden irse a casas diferentes después de discutir. Escribir cartas. Tener espacio.

George escuchó.

—Y ahora.

—Ahora no habrá una puerta que cierre entre nuestras vidas.

La frase salió más seria de lo esperado.

—Habrá una habitación —dijo George.

William lo miró.

—¿Qué?

—Puedes ir a otra habitación.

William cerró los ojos.

—Gracias. Excelente consejo matrimonial.

George sonrió.

—Cobro barato.

William soltó aire.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

La sonrisa desapareció.

—Estás preocupado porque casarte convierte muchas cosas en permanentes.

William asintió.

George pensó.

—¿Quieres escapar?

La respuesta fue inmediata.

—No.

George sonrió.

—Entonces estás bien.

William frunció el ceño.

—Eso parece excesivamente simple.

—Porque lo estás complicando.

William se sentó finalmente.

George ocupó la silla frente a él.

—Antes, cada vez que algo importaba demasiado, buscabas una salida.

William no discutió.

—Ahora estás buscando una manera de permanecer incluso sabiendo que puede salir mal.

Pausa.

—Eso es bastante diferente.

William miró sus manos.

—No quiero hacerle daño.

George soltó una respiración.

—Lo harás.

William levantó bruscamente la cabeza.

—Muy útil.

—Ella también a ti.

—Mejor.

—William.

George se inclinó hacia adelante.

—No te casas porque creas que nunca van a herirse.

—Lo sé.

—Entonces deja de pedirle al matrimonio una garantía que no le pediste al compromiso.

William guardó silencio.

Aquello sonaba sospechosamente razonable.

—¿Desde cuándo eres inteligente?

George sonrió.

—Casi morir mejoró mi carácter.

William perdió la sonrisa.

George también.

El silencio cambió.

—No vuelvas a hacer eso —dijo William.

George lo observó.

—¿Qué?

—Morirte.

George soltó una pequeña risa.

—Intentaré.

William sintió un nudo.

Meses atrás no habría podido hacer aquella broma.

Ahora tampoco era completamente fácil.

Pero podía soportarla.

George se levantó.

—Vamos.

—¿Adónde?

—Papá quiere verte.

William se tensó.

George lo señaló.

—Eso.

—¿Qué?

—La cara.

—Mi cara es así.

George rio.

—Naturalmente.

William lo miró con odio.

—Todos tienen que dejar de decir eso.

***

Cornelius estaba solo en la biblioteca pequeña.

No leyendo.

Eso fue lo primero que William notó.

Su padre se encontraba de pie junto al fuego, una mano detrás de la espalda y la otra sosteniendo algo pequeño.

William entró.

George cerró la puerta detrás de él.

Traidor.

—¿Quería verme?

Cornelius volvió.

—Sí.

William esperó.

Su padre miró su ropa.

—Todavía no estás vestido.

William frunció el ceño.

—Falta más de una hora.

—Bien.

Silencio.

William comenzó a sentir curiosidad.

Cornelius no parecía incómodo.

Exactamente.

Pero estaba demasiado quieto.

—¿Qué ocurre?

Su padre levantó la mano.

Había una caja.

William la miró.

—No necesito otro anillo.

Cornelius hizo una mueca.

—No es un anillo.

—Bien.

Le entregó la caja.

William la abrió.

Dentro había un reloj.

Antiguo.

O al menos antiguo para los Vanderbilt.

William lo reconoció.

Había pertenecido a su abuelo.

Después a Cornelius.

William levantó lentamente los ojos.

—¿Por qué me da esto?

Cornelius tardó.

—Porque es tu boda.

—Eso no explica.

—Lo sé.

William sacó el reloj.

Pesado.

Dorado.

Había visto a su padre utilizarlo durante años.

—Pensé que era de George.

Cornelius frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Es el mayor.

—No todo tiene que ir al mayor.

William quedó quieto.

Algo en la frase parecía elegido.

Cornelius continuó:

—Tu abuelo me lo dio cuando me casé.

William no lo sabía.

—¿Por qué?

—Dijo que un hombre debía aprender que el tiempo no le pertenecía solamente a él después del matrimonio.

William sintió que el corazón se detenía una fracción.

Cornelius miró el reloj.

—Pensé que era una estupidez.

William casi sonrió.

—Naturalmente.

Su padre levantó una ceja.

—No sé de dónde sacaron esa palabra.

William soltó una risa.

Después volvió a mirar el reloj.

—¿Y ahora?

Cornelius respiró.

—Ahora creo que entendí tarde.

Silencio.

William sostuvo el objeto.

Su padre había vivido midiendo cada minuto.

Negocios.

Barcos.

Trenes.

Llegadas.

Partidas.

William conocía aquella obsesión.

La había heredado.

—No quiero que lo tomes como símbolo de nada grandioso —dijo Cornelius.

William sonrió apenas.

—Claro.

—Es un reloj.

—Sí.

—Úsalo.

—Lo haré.

Cornelius miró hacia la ventana.

—Tu madre quiere que te diga algo.

William sonrió.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Su padre volvió.

—Dice que no convierta el día de hoy en un examen.

William parpadeó.

Cornelius continuó:

—No tienes que demostrar que mereces casarte con ella.

Aquello golpeó.

Porque una parte de William todavía estaba intentando exactamente eso.

—Ella ya aceptó.

Cornelius hizo una pausa.

—Así que intenta disfrutarlo.

William miró a su padre.

—¿Ese consejo es suyo o de mamá?

Cornelius tardó.

—La primera parte de ella.

—¿Y la segunda?

—Mía.

William sintió una sonrisa aparecer.

—Está evolucionando.

—No exageres.

William rio.

Después cerró la caja.

—Gracias.

Cornelius asintió.

William llegó a la puerta.

Se detuvo.

Volvió.

—Padre.

—¿Qué?

William respiró.

No debía ser difícil.

Lo era.

—Me alegra que haya venido.

Cornelius lo miró.

El silencio duró.

—A mí también.

William sintió algo profundo.

No necesitó más.

Salió.

***

Frances estaba completamente vestida cuando Lady Beatrice comenzó a llorar.

—Mamá.

—No estoy llorando.

—Sí.

—Es la luz.

Frances miró la ventana cubierta por lluvia.

—Claro.

Lady Beatrice respiró.

Alice terminó de acomodar el velo.

El vestido era marfil.

Elegante.

Sin exageraciones.

Frances había rechazado suficientes adornos para provocar dos discusiones con su madre y una pequeña crisis con la modista.

Ahora estaba agradecida.

Se miró en el espejo.

Durante unos segundos vio simplemente a una novia.

Después se vio a sí misma.

Eso importaba.

No estaba desapareciendo debajo del vestido.

Ni debajo del apellido que pronto adoptaría.

Frances seguía allí.

Lady Beatrice se acercó.

—Estás hermosa.

Frances sonrió.

—Gracias.

Su madre acomodó una parte del velo que ya estaba perfectamente colocada.

—¿Nerviosa?

—Sí.

—Bien.

Frances rio.

—¿Bien?

—Sería preocupante que no.

Lady Beatrice se sentó.

Frances la observó.

—¿Usted lo estuvo?

—Aterrada.

—Nunca lo dijo.

—Porque nadie me preguntó.

Frances sonrió.

—¿De qué tenía miedo?

Su madre pensó.

—De dejar de pertenecerme.

La respuesta sorprendió.

Frances quedó quieta.

Lady Beatrice continuó:

—Cuando una mujer se casa, todo el mundo habla de lo que obtiene.

Casa.

Protección.

Nombre.

Hijos.

Posición.

—Pocas personas preguntan qué teme perder.

Frances pensó en Philip.

Montrose.

William.

Todo el camino.

—¿Y perdió algo?

Lady Beatrice sonrió suavemente.

—Sí.

Frances no esperaba.

—¿Qué?

—Partes de la vida que habría tenido si hubiera elegido otra cosa.

Pausa.

—Toda elección las pierde.

Frances sintió el eco exacto de una conversación meses atrás.

Su madre había dicho algo parecido después de Ashcombe Park.

—Pero también gané cosas que no podía imaginar antes de elegir.

Frances sostuvo su mirada.

—¿Se arrepiente?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Eso no significa que todo haya sido fácil.

Lady Beatrice tomó sus manos.

—No te cases con William pensando que el amor protegerá cada parte de quien eres.

Frances escuchó.

—Cásate sabiendo que tendrás que seguir eligiéndote también a ti misma dentro del matrimonio.

Frances sintió lágrimas.

—Lo sé.

—Creo que sí.

Su madre sonrió.

—Por eso estoy menos preocupada de lo que debería.

Frances soltó una risa.

—Papá compensará.

—Muchísimo.

Frances comenzó a reír.

Lady Beatrice levantó una ceja.

—¿Ahora tú también?

—Culpe a los Vanderbilt.

La puerta se abrió.

Eleanor entró.

Frances sonrió inmediatamente.

—Llegó.

—Por poco.

Eleanor se acercó.

Su mirada recorrió el vestido.

—Oh.

Frances sintió emoción.

—¿Está mal?

—Cállate.

Eleanor la abrazó con cuidado.

—Estás perfecta.

Frances cerró los ojos.

—Gracias.

Cuando se separaron, Eleanor la observó.

—¿Preparada?

Frances pensó.

—Sí.

—¿Segura?

Frances sonrió.

—No de todo.

Eleanor asintió.

—Mucho mejor.

Frances rio.

Lady Beatrice miró hacia la puerta.

—Tu padre está esperando.

El corazón de Frances empezó a latir más rápido.

Ya era hora.

Se puso de pie.

Alice arregló el vestido.

Eleanor tomó el ramo.