CAPITULO 35 #3
William sintió el peso.
—Sí.
Cornelius asintió.
—Esto es mejor.
William no respondió.
Frances observó.
Cornelius caminó hacia la salida.
William lo siguió.
En el corredor, su padre se detuvo.
—Recibí la invitación.
William sintió tensión.
La boda.
—Sí.
Cornelius miró hacia él.
—Voy a ir.
William dejó de respirar un segundo.
—Bien.
Pausa.
—Mamá también.
—Esperaba.
—George.
—Bien.
—Sophia ya está aquí.
—Desafortunadamente.
Desde la habitación:
—¡Te escuché!
William cerró los ojos.
Cornelius casi sonrió.
Después su expresión volvió seria.
—Gracias por invitarme.
William no esperaba la frase.
—Es mi boda.
—Lo sé.
—Quería que estuviera.
Cornelius sostuvo su mirada.
—Lo sé ahora.
Silencio.
William comprendió.
Todas las veces que ninguno había dicho lo evidente.
No iba a dejar pasar otra.
—Quiero que esté porque es mi padre.
Cornelius quedó inmóvil.
No por la compañía.
No por la ruta.
No por apariencia.
Porque es mi padre.
El hombre asintió.
Una vez.
—Bien.
William sintió que algo viejo encontraba finalmente un lugar donde descansar.
No desaparecer.
Solo descansar.
Cornelius abrió la puerta.
—Y quita esos arbustos.
William soltó una carcajada.
—Fuera.
***
Esa noche Frances encontró a William sentado en el suelo de la sala de trabajo.
Otra vez.
—Hay sillas.
Él levantó la vista.
—Lo sé.
Frances se sentó junto a él.
—¿Qué ocurre?
William apoyó la cabeza contra la pared.
—Mi padre va a la boda.
—Lo sé.
—Le dije que quería que fuera porque es mi padre.
Frances sonrió.
—Bien.
—No se burló.
—¿Esperaba que lo hiciera?
—No sé.
Frances apoyó su hombro contra el suyo.
William miró el mapa.
—Creo que hemos pasado años esperando que el otro dijera algo primero.
—Probablemente.
—Es una pérdida absurda de tiempo.
Frances sonrió.
—Las familias son eficientes en eso.
William rio.
Permanecieron un rato en silencio.
Después Frances habló.
—Conseguí el alquiler.
Él se volvió inmediatamente.
—¿Qué?
—Esta tarde.
—¿Y?
Frances intentó ocultar una sonrisa.
—Dieciocho meses al precio actual y revisión después.
William la miró con orgullo.
—¿Cómo?
—Le expliqué que tendrían ocupación segura, mejoras financiadas por nosotras y buena reputación asociada a la escuela.
William sonrió más.
—¿Y cuando dijeron no?
Frances levantó una ceja.
—Pregunté qué necesitaban.
Él cerró los ojos.
—Esto es contagioso.
Ella rio.
—Funcionó.
William tomó su rostro con ambas manos.
—Estoy orgulloso de usted.
Frances sintió el corazón apretarse.
Meses atrás ella había escrito aquellas palabras a él.
Ahora regresaban.
—Gracias.
William la observó.
—No necesitó que lo hiciera por usted.
—No.
—Y me encanta.
Frances sonrió.
—Bien.
—Aunque una parte horrible de mí quiere revisar el contrato.
Ella le dio un golpe.
—No.
—Solo una mirada.
—William.
—Diez minutos.
—No.
Él rio.
Frances apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Estamos aprendiendo.
—Lentamente.
—Muchísimo.
William besó su cabello.
Después miró el mapa.
—¿Todavía quiere casarse conmigo?
Frances levantó la cabeza.
—¿Otra vez?
—Control de calidad.
—Sí.
—Bien.
—¿Y usted?
William fingió pensar.
Frances abrió la boca.
Él rio.
—Sí.
—Idiota.
—Muchísimo.
Ella lo besó antes de que pudiera seguir hablando.
Y por un rato la casa dejó de ser un proyecto.
Fue simplemente un lugar donde dos personas estaban sentadas en el suelo, rodeadas por cosas todavía sin terminar, riéndose de una vida que todavía no conocían por completo.
Quizá hogar empezaba exactamente así.
***
Tres meses después, la mañana de la boda amaneció con lluvia.
Frances abrió los ojos.
Escuchó el agua golpeando las ventanas.
Y comenzó a reír.
Alice, que acababa de entrar, se detuvo.
—¿Milady?
Frances miró hacia ella.
—Está lloviendo.
—Sí.
—Naturalmente.
Alice sonrió.
—Podría detenerse.
—No importa.
Y era verdad.
Eso la sorprendió.
Años atrás habría pensado en invitados.
Camino.
Vestido.
Fotografías si hubieran existido aún como parte habitual de aquella clase de celebración.
Detalles.
Problemas.
Soluciones.
Ahora llovía.
Y en pocas horas iba a casarse con William.
No había nada que resolver.
Frances se sentó.
El anillo de compromiso brilló en su mano.
Sobre la mesa estaba el cuaderno azul.
Lo abrió.
Había una página marcada.
La primera lista de William.
Las palabras que había copiado meses atrás.
Inteligente sin disminuirla.
Paciente sin ser dócil.
Capaz de discutir sin castigarla.
Que no espere que haga su mundo más pequeño.
Que la haga reír.
Frances sonrió.
William había intentado escribir las características de un marido adecuado.
Había terminado describiendo lentamente aquello que él quería aprender a ser.
No siempre lo conseguía.
Quizá nunca.
Eso ya no importaba.
Alice comenzó a preparar el vestido.
Frances escribió una última frase antes de cerrar el cuaderno:
Hoy voy a casarme con el hombre que una vez creyó que podía encontrarme el esposo perfecto.
Espero recordárselo durante muchos años.
Cerró.
—Estoy lista.
Alice sonrió.
—Todavía falta vestirse.
Frances levantó una ceja.
—Detalles.
Y por primera vez en toda su vida, Frances Vane dejó que otra persona se ocupara de ellos.