Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 35 #2
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CAPITULO 35 #2

—Estoy intentando no comportarme como un niño.

Frances sonrió.

—No tiene que fingir que no le importa.

Él la miró.

—Me importa.

—Bien.

Y siguieron caminando.

***

La primera visita a Washington Square produjo un resultado que William no esperaba.

Frances entró.

Miró la sala.

Después se volvió hacia él.

—¿Qué hizo?

William sonrió.

—Nada.

—William.

Ella avanzó.

La habitación de trabajo ya no estaba vacía.

Dos escritorios.

Frente a frente.

Una gran mesa central.

Estanterías todavía sin llenar.

El mapa del Atlántico que Frances había comprado colgaba en la pared.

Ella se detuvo.

—Lo dejó.

William miró el mapa.

—Por supuesto.

Frances recorrió la habitación.

Tocó uno de los escritorios.

—Compró el que elegí.

—Dos.

—Lo veo.

—El mío es más grande.

Ella volvió la cabeza.

—No.

William sonrió.

—Eso pensé que diría.

Frances se acercó.

Los escritorios eran exactamente iguales.

Ella comenzó a reír.

—Idiota.

—Práctico.

—¿Cuándo hizo esto?

—George supervisó.

Frances sintió emoción.

—Mientras estábamos en Inglaterra.

—Sí.

Ella caminó hasta el mapa.

Dos continentes.

Una línea de agua.

William se colocó detrás.

No demasiado cerca.

—¿Le gusta?

Frances asintió.

—Mucho.

—Bien.

Ella volvió hacia él.

—Pensé que esta habitación sería lo primero que construiríamos juntos.

William sintió una pequeña preocupación.

—¿Está molesta?

Frances miró otra vez.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

Se acercó.

—Porque no está terminada.

William entendió.

Había escritorios.

Mesa.

Mapa.

Pero quedaban paredes.

Libros.

Sillas.

Objetos.

Vida.

—No quería terminarla sin usted.

Frances sonrió.

—Bien.

William levantó una ceja.

—Eso sonó peligrosamente parecido a aprobación.

—No se acostumbre.

Él rio.

Frances tomó su mano.

—Quiero empezar mañana.

—¿A hacer qué?

—Llenarla.

William miró alrededor.

—¿Con libros?

—Entre otras cosas.

—¿Té?

—Lejos de contratos.

—Excelente.

Frances sonrió.

—Y quiero quitar los arbustos muertos.

William la soltó.

—Se terminó el compromiso.

Ella soltó una carcajada.

***

La escuela ocupó gran parte de las siguientes semanas.

Y William descubrió algo inesperado.

Frances trabajando era extremadamente atractiva.

Eso resultó inconveniente.

Sobre todo porque la escuela no era un sitio donde pudiera decirlo.

La primera vez que la vio sentada junto a Margaret Hale, revisando presupuestos, con el cabello ligeramente desordenado y una mancha de tinta en un dedo, permaneció observándola demasiado tiempo.

Sophia apareció junto a él.

—No.

William ni siquiera la miró.

—No he hecho nada.

—Tu cara.

—Otra vez con mi cara.

—Es indecente.

William volvió hacia su hermana.

—Está revisando cuentas.

—Lo sé.

—Eso no debería ser atractivo.

Sophia cerró los ojos.

—Voy a fingir que nunca escuché eso.

Frances levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

William sonrió inmediatamente.

—Nada.

Sophia se alejó.

—Cobarde.

Frances frunció el ceño.

William se acercó.

—¿Cómo va?

Ella señaló los papeles.

—Mal.

—Excelente.

—William.

—Quiero decir, cuénteme.

Frances explicó.

El alquiler del edificio vecino había aumentado.

Necesitaban otra sala.

El número de niñas inscritas superaba lo previsto.

William escuchó.

No sacó una chequera.

Eso requirió disciplina.

—¿Qué quiere hacer?

Frances lo notó.

La pregunta.

No “cuánto necesita”.

—Negociar el alquiler.

William sonrió.

—¿Quiere ayuda?

Ella pensó.

—Quiero que me enseñe cómo prepararía usted la negociación.

Él sintió una satisfacción absurda.

—Eso puedo hacerlo.

—Pero yo hablaré.

—Naturalmente.

Frances levantó una ceja.

William sonrió.

—Estoy recuperando la palabra.

Ella rio.

Pasaron dos horas preparando argumentos.

Costos.

Alternativas.

Tiempo.

William le enseñó dónde presionar.

Frances le explicó por qué algunas tácticas suyas harían que la directora del edificio los odiara.

Al final de la tarde tenían un plan.

William miró los papeles.

—Va a conseguirlo.

Frances respiró.

—Quizá.

—Seguro.

Ella lo miró.

—No quiero que lo resuelva si no.

William sintió el viejo impulso.

Puedo resolverlo.

Se detuvo.

—Bien.

Frances sonrió.

—Eso dolió.

—Muchísimo.

Ella tomó su mano bajo la mesa.

Y William descubrió que aquello era mejor que resolverlo.

***

Cornelius visitó Washington Square una tarde sin aviso.

William estaba en el estudio.

Frances en la futura sala de trabajo.

El mayordomo apareció.

—Señor Vanderbilt.

William levantó la vista.

—¿Cuál?

El criado pareció confundido.

Cornelius entró detrás.

—El importante.

William cerró los ojos.

—Naturalmente.

Su padre miró el despacho.

Después a él.

—Tienes demasiados papeles.

—Eso es hereditario.

Cornelius recorrió el lugar.

—¿Dónde está lady Frances?

—En la otra sala.

—¿Trabajando?

—Sí.

Cornelius asintió.

William lo miró.

—¿Qué necesita?

—Nada.

Eso era sospechoso.

—Entonces.

—Quería ver la casa.

William quedó quieto.

—¿Por qué?

Cornelius levantó una ceja.

—Porque no la he visto.

William casi hizo una pregunta defensiva.

Se detuvo.

—Bien.

Lo condujo.

Frances estaba de pie sobre una pequeña escalera intentando colocar un libro en una estantería.

William frunció el ceño.

—¿Qué hace?

Ella volvió la cabeza.

—Guardando un libro.

—Podía llamar a alguien.

Frances lo miró.

—No.

William cerró la boca.

Cornelius observó.

Frances bajó.

—Señor Vanderbilt.

—Lady Frances.

Cornelius miró alrededor.

Los dos escritorios.

La mesa.

El mapa.

—Esta es la habitación.

William sintió curiosidad.

—¿Qué habitación?

—La que estaba vacía.

William lo miró.

—¿Quién se lo dijo?

Cornelius ignoró.

Frances sonrió.

—Nuestra sala de trabajo.

El padre observó a su hijo.

William esperó una reacción.

No llegó.

Cornelius caminó hasta el mapa.

—Atlántico.

—Sí —dijo Frances.

—Apropiado.

Ella sonrió.

William observó a su padre recorrer el cuarto.

Cornelius tocó el borde de uno de los escritorios.

—Iguales.

William sintió que la palabra contenía más de lo que parecía.

—Sí.

Cornelius asintió.

—Bien.

Frances y William intercambiaron una mirada.

Cornelius continuó hacia el jardín.

Vio los arbustos.

—Están muertos.

Frances soltó una carcajada.

William miró a su padre con traición.

—No.

Cornelius volvió.

—¿Qué?

—Nada.

Frances comenzó a reír más.

William señaló a ambos.

—Esta alianza termina hoy.

Cornelius no entendió.

Frances sí.

—Quiero quitarlos.

—No.

—Tu prometida tiene razón.

William quedó horrorizado.

—Salga de mi casa.

Cornelius casi sonrió.

Y entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.

Se rio.

Breve.

Bajo.

Pero indiscutible.

William quedó completamente quieto.

Frances también.

Cornelius pareció darse cuenta de que había cometido una indiscreción emocional.

Se volvió hacia la ventana.

—Los arbustos están muertos.

William lo observó.

Una risa.

Había escuchado a su padre reír antes.

Naturalmente.

Pero no así.

No con él.

No por algo tan estúpido.

Frances vio la emoción y no dijo nada.

William respiró.

—Bien.

Cornelius miró hacia él.

—¿Bien?

—Pueden quitarse.

Frances abrió los ojos.

—¿Qué?

William hizo una mueca.

—No me haga repetirlo.

Ella sonrió.

—Progreso histórico.

Cornelius volvió a mirar el jardín.

—Necesita un árbol.

Frances se acercó.

—Ya hay uno pequeño junto al muro.

William habló inmediatamente:

—Ese no se toca.

Cornelius miró.

—Está torcido.

—Me gusta.

Frances levantó una ceja.

William la miró.

—No diga nada.

Ella sonrió.

—No pensaba.

—Mentira.

Cornelius observó a ambos.

Y después dijo:

—Ahora entiendo la casa.

William se volvió.

—¿Qué?

Su padre miró la habitación.

—No se parece a ninguna que hubieras elegido antes.

Pausa.

—Antes habrías comprado algo terminado.