CAPITULO 35
L os seis meses de compromiso no se parecieron en nada a lo que William había imaginado.
Eso lo irritó durante aproximadamente la primera semana.
Después descubrió que, en realidad, le gustaban más.
Había supuesto que comprometerse con Frances produciría una especie de tranquilidad inmediata, como si la pregunta más importante hubiera sido respondida y el resto de la vida tuviera la decencia de acomodarse alrededor de aquella respuesta.
No ocurrió.
La ruta transatlántica necesitaba atención constante.
La casa de Washington Square seguía en reparación.
La escuela de Nueva York se había convertido, de algún modo que ninguno supo identificar con precisión, en un proyecto serio que Frances dirigía mediante cartas cada vez más extensas con Sophia y Margaret Hale.
Lord Londonderry quería revisar cualquier acuerdo que implicara a su hija viviendo meses fuera de Inglaterra.
Lady Beatrice quería discutir la boda.
La señora Vanderbilt quería discutir la boda desde otro continente.
Sophia quería ignorar cualquier intento razonable de planificación y aparecer en Inglaterra cuando le pareciera conveniente.
George quería saber cuánto tiempo tendría que esperar para poder llamar oficialmente hermana a Frances y después procedía a comportarse como si ya pudiera hacerlo.
Edward quería organizar una despedida de soltero.
William había respondido que prefería contraer una enfermedad.
Edward había dicho que eso podía organizarse.
Y Cornelius, inesperadamente, se había convertido en la persona menos insistente de todos.
Aquello era tan sospechoso que William tardó casi dos meses en dejar de esperar una condición.
No llegó.
En vez de ello recibió cartas.
Breves.
Negocios.
Cifras.
Decisiones.
Algunas correcciones.
Algunas aprobaciones.
Y, ocasionalmente, una frase que años antes Cornelius jamás habría escrito.
“Haz lo que consideres mejor.”
La primera vez, William creyó haber leído mal.
La segunda guardó la carta.
La tercera dejó de pensar que se trataba de un accidente.
Frances observó todo sin intentar explicárselo.
Eso también era nuevo.
Meses atrás habría analizado.
Interpretado.
Intentado encontrar la solución exacta para una reconciliación que no le pertenecía.
Ahora simplemente preguntaba:
—¿Cómo le hace sentir?
William seguía odiando la pregunta.
Muchísimo.
Pero respondía.
A veces.
***
A finales de octubre, Frances y William estaban sentados frente a frente en el estudio de Blackwood Hall.
Sobre la mesa había mapas.
Naturalmente.
Dos calendarios.
Varias cartas.
Tres contratos.
Una lista escrita por Frances.
Y otra, mucho menos respetable, escrita por William.
Ella la tomó.
—¿Qué es esto?
William levantó la vista.
—Una propuesta.
—Dice “Navidad”.
—Sí.
Frances leyó.
“Navidad: Inglaterra.”
“Enero-marzo: Nueva York.”
“Abril-junio: Inglaterra.”
“Julio: decidir según negocios.”
“Agosto: no hacer nada.”
Frances levantó lentamente la vista.
—¿No hacer nada?
—Es un mes excelente para eso.
—¿Desde cuándo?
—Desde que descubrí que tener prometida implica planificación continua.
Frances ignoró el comentario.
—¿Y septiembre?
William señaló la hoja.
—Todavía no existe.
—El mes.
—En nuestra planificación.
—William.
Él sonrió.
—No quiero organizar todo el año.
Frances lo observó.
Eso, viniendo de él, era notable.
—¿Por qué?
William apoyó la pluma.
—Porque entonces vamos a convertir nuestra vida en una ruta comercial.
Ella sonrió.
—Usted literalmente dirige una ruta comercial.
—Precisamente por eso sé cuánto odio los horarios.
Frances rio.
—Necesitamos algún plan.
—Sí.
—Y un primer hogar.
William se quedó quieto.
Ahí estaba.
Habían hablado alrededor de aquella pregunta durante semanas.
No por miedo.
Porque, por primera vez, ambos querían responder con cuidado.
Frances miró el mapa.
Inglaterra.
Nueva York.
El Atlántico entre ambos.
William la observó.
—¿Qué quiere?
Ella levantó los ojos.
La pregunta era diferente a otras veces.
No “qué cree que deberíamos hacer”.
No “qué solución es mejor”.
Qué quiere.
Frances pensó.
—Quiero pasar el primer invierno en Nueva York.
William no reaccionó inmediatamente.
—¿Sí?
—Sí.
—Pensé que elegiría Inglaterra.
—Lo sé.
—¿Por qué Nueva York?
Frances miró los papeles de la escuela.
—Porque quiero estar allí cuando comiencen las clases nuevas.
William sonrió.
Ella continuó:
—Margaret encontró dos maestras más. Sophia consiguió apoyo de otras familias. Y Mary Collins enviará parte del material que estamos preparando aquí.
—Eso sigue pareciéndome extraordinario.
Frances sintió orgullo.
—A mí también.
—Entonces Nueva York.
—Después de la boda.
—Sí.
Pausa.
—Pero quiero primavera aquí.
William asintió.
—Bien.
—Y parte del verano.
—Bien.
Frances lo observó.
—No está negociando.
—Estoy intentando experimentar una cosa llamada escuchar.
Ella sonrió.
—¿Le duele?
—Muchísimo.
Frances rio.
William tomó la hoja.
—Entonces invierno en Nueva York. Primavera y parte del verano en Inglaterra.
—Sí.
—Después vemos.
—Después vemos.
William escribió.
Se detuvo.
—¿Eso es suficiente?
Frances entendió que la pregunta no era logística.
—Para mí sí.
Él levantó los ojos.
—¿Aunque no sepamos qué ocurrirá cuando tengamos hijos?
Frances sintió un pequeño calor.
Habían dejado de sobresaltarse cada vez que aparecía la palabra.
No completamente.
Pero suficiente.
—Cuando tengamos hijos, decidiremos de nuevo.
William sonrió.
—Plural.
Frances lo miró.
—No empiece.
—Solo observo.
—Usted fue quien imaginó tres.
—Dos y medio.
—No existe medio hijo.
—Podríamos tener uno pequeño.
Frances cerró los ojos.
—¿Cómo puede dirigir negocios internacionales?
—Delegación.
Ella comenzó a reír.
William sonrió.
Después se puso serio.
—Quiero que sepan ambos lugares.
Frances asintió.
—Yo también.
—Y ambas familias.
—Sí.
William miró la hoja.
—Entonces eso será lo que hagamos mientras funcione.
Frances sintió algo cálido.
—Mientras funcione.
No para siempre.
No como juramento.
Como decisión presente.
Suficiente.
***
Dos semanas después viajaron nuevamente a Nueva York.
Esta vez juntos.
Y prometidos.
La diferencia se hizo evidente antes incluso de abordar.
William descubrió que lord Londonderry consideraba un compromiso una situación en la que la vigilancia debía aumentar, no disminuir.
—Eso no tiene ningún sentido —dijo William.
El marqués lo miró.
—Tiene demasiado.
—Vamos a casarnos.
—Todavía no.
—En cuatro meses.
—Precisamente.
William miró a Frances.
—Su padre es imposible.
—Lo sé.
—Haga algo.
—No.
—Traición.
Ella sonrió.
Lady Beatrice pasó junto a ellos.
—William, no discutas con mi marido antes de subir al barco.
Él cerró los ojos.
—¿Después sí?
—Con moderación.
Frances rio.
William miró el cielo.
—Esto es mi futuro.
Ella tomó su brazo.
—Puede retirarse.
Él la miró.
—Jamás.
La respuesta seguía siendo inmediata.
Frances sonrió.
—Bien.
***
La travesía fue más tranquila que las anteriores.
También más íntima de una manera nueva.
No porque pudieran estar solos.
Eso seguía siendo prácticamente imposible.
Sino porque ya no necesitaban medir cada referencia al futuro.
Podían hablar de la casa.
Nuestra casa.
Sin corregirse.
Podían discutir habitaciones.
William quería mantener el jardín pequeño exactamente como estaba.
Frances quería intervenirlo hasta que dejara de parecer abandonado.
—No está abandonado.
—Tiene tres arbustos muertos.
—Son históricos.
—Están muertos.
—Eso no invalida su historia.
Frances rio.
—Los quitaré.
—No.
—Sí.
—Esta es exactamente la clase de decisión matrimonial para la que no estoy preparado.
—Sobrevivirá.
—No los tres arbustos.
Ella soltó una carcajada.
También hablaron de la boda.
Pequeña.
Eso fue lo que Frances quería.
William fingió estar decepcionado.
No lo estaba.
Después de pasar años viendo recepciones utilizadas para anunciar fortunas, alianzas y poder, la idea de casarse con Frances rodeado únicamente por las personas que realmente importaban le parecía casi revolucionaria.
—Blackwood Hall —dijo ella una tarde en cubierta.
William apoyó los brazos en la baranda.
—¿La capilla?
—Sí.
—Pensé que querría Londres.
—No.
—Bien.
—¿Bien?
—Menos personas.
Frances sonrió.
—Cobarde.
—Práctico.
—¿Su familia vendrá?
William la miró.
—Mi madre seguro.
—Sophia.
—Tendrían que atarla para impedirlo.
Frances rio.
—George.
William dudó.
—Si el negocio permite.
—William.
Él sonrió.
—Sí. Vendrá.
—¿Cornelius?
La pregunta quedó.
William miró el océano.
—No sé.
Frances esperó.
—¿Quiere que venga?
Él tardó.
Meses atrás probablemente habría respondido que no importaba.
Ahora no.
—Sí.
Frances no dijo nada.
William respiró.
—Quiero que esté.
—Entonces invítelo.
—Parece demasiado simple.
—Lo es.
—Eso me preocupa.
Frances sonrió.
—No convierta todo en una negociación.
William cerró los ojos.
—Está disfrutando demasiado de mi crecimiento.
—Muchísimo.
Él rio.
***
Nueva York los recibió con frío.
Frances había creído conocer el viento después de Inglaterra.
No.
El viento del puerto parecía decidido a atravesar tela, piel y opinión personal.
William la vio estremecerse.
—Todavía puede cambiar de opinión sobre el invierno.
Frances levantó una ceja.
—Llevamos siete minutos.
—Solo informo.
—No.
—Tiene la nariz roja.
—William.
—Es encantadora.
Frances rio.
Sophia apareció antes de que pudieran continuar.
Corrió hacia ellos.
Abrazó primero a Frances.
William se ofendió.
—Soy su hermano.
—La veo menos.
—Eso no ayuda.
Después apareció la señora Vanderbilt.
Frances recibió otro abrazo.
George llegó detrás.
Y Cornelius.
William sintió la antigua reacción.
Mucho menor.
Todavía allí.
Su padre se detuvo.
Miró a Frances.
Después el anillo.
—Lady Frances.
—Señor Vanderbilt.
Cornelius levantó los ojos hacia William.
—Supongo que ahora puedo felicitarte en persona.
William sonrió.
—Puede intentarlo.
Su padre le estrechó la mano.
—Felicitaciones.
William sintió algo cálido y ridículo.
—Gracias.
Pausa.
Cornelius miró hacia Frances.
—También a usted.
Ella sonrió.
—Gracias.
El hombre señaló el carruaje.
—Hace frío.
Eso fue todo.
William sonrió mientras caminaban.
Frances lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Mentira.
—Me felicitó.
Ella tomó su brazo.
—Sí.
—En persona.
—Lo sé.
William respiró.