Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 34 #4
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CAPITULO 34 #4

No podía dormir.

Naturalmente.

Sacó el cuaderno azul.

Lo abrió.

Releyó la primera frase que había escrito después de que William se lo regalara.

Me pregunté durante meses si el hombre del que me enamoré existía realmente o si lo construí entre cartas y ausencia.

Hoy descubrí que existe.

Frances sonrió.

Pasó páginas.

Miedos.

Nueva York.

Philip.

Montrose.

Cornelius.

La escuela.

La casa.

Finalmente llegó a una página en blanco.

Miró el anillo.

Tomó la pluma.

Escribió:

Hoy William me pidió que construyera una vida con él.

Dije sí.

Se detuvo.

Demasiado sencillo.

Perfecto.

Después añadió:

No sé dónde viviremos.

No sé cuántos océanos cruzaremos.

No sé qué decisiones lamentaremos ni cuántas discusiones tendremos.

Sé que habrá días en que él querrá resolver lo que solo necesita tiempo.

Y días en que yo intentaré convertir una emoción en un problema que pueda ordenar.

Sé que los dos volveremos a equivocarnos.

Pero también sé algo que antes no sabía.

No necesito un hombre perfecto.

No necesito una vida sin riesgo.

Necesito una vida que pueda elegir incluso con los ojos abiertos.

Y lo elijo a él.

Frances dejó la pluma.

Miró las palabras.

Después, sonriendo, agregó una última línea:

Aunque todavía habla demasiado.

Cerró el cuaderno.

Y durmió.

***

A la mañana siguiente, William recibió un telegrama.

Lo encontró sobre la bandeja del desayuno.

Nueva York.

Abrió.

Cornelius.

George había enviado probablemente la noticia durante la noche.

William leyó.

Frances entró mientras él todavía miraba el papel.

—¿Qué ocurre?

Él levantó los ojos.

—Mi padre.

Frances sintió una pequeña tensión.

—¿Y?

William le entregó el telegrama.

Solo decía:

“GEORGE INFORMA COMPROMISO.

FELICITACIONES.

TRÁIGANLA A CASA CUANDO PUEDAN.

LA RUTA ES TUYA.

C.”

Frances leyó dos veces.

Después miró a William.

Él seguía inmóvil.

—William.

—La ruta es mía.

—Sí.

—No seis meses.

—Parece que no.

William volvió a mirar el telegrama.

No había condiciones.

No había prueba adicional.

No había “si”.

Solo aquello.

La ruta es tuya.

Frances observó cómo algo viejo atravesaba su rostro.

Dolor.

Alivio.

Orgullo.

Y quizá una parte del niño que había querido durante años escuchar que su padre confiaba en él.

—Dígalo —murmuró Frances.

William levantó la vista.

—¿Qué?

—Lo que siente.

Él soltó una risa débil.

—Está obsesionada con eso.

—Muchísimo.

William miró otra vez el telegrama.

—Estoy orgulloso.

Frances sonrió.

—Bien.

—Y feliz.

—También.

—Y molesto porque me importa tanto.

—Eso ya lo hablamos.

Él rio.

Después la expresión cambió.

—Hay algo más.

—¿Qué?

William sostuvo el telegrama.

—No dice que vuelva.

Frances entendió.

Cornelius no había escrito:

Regresa.

No había ordenado.

Tráiganla a casa cuando puedan.

Cuando puedan.

William respiró.

—Me dejó elegir.

Frances sintió los ojos llenarse.

—Sí.

Él rio suavemente.

—Maldito viejo.

Ella comenzó a reír.

William dobló el telegrama.

Lo guardó.

Después miró su anillo.

—¿Sigue diciendo sí?

Frances levantó una ceja.

—Han pasado menos de veinticuatro horas.

—Eso no responde.

—Sí.

William sonrió.

—Bien.

—Pero.

Él palideció.

Frances disfrutó durante dos segundos.

—Frances.

—Tengo una condición.

—¿Cuál?

Ella se acercó.

—No quiero casarme inmediatamente.

William parpadeó.

—¿Cuánto es inmediatamente?

—William.

—Necesito datos.

Frances rio.

—Quiero tiempo para organizar la escuela.

—Bien.

—Quiero volver a Nueva York antes de la boda.

—Bien.

—Quiero hablar con su madre.

—Eso es razonable.

—Y quiero participar en las decisiones sobre Washington Square.

William sonrió.

—Ya lo hace.

—Formalmente.

—Aceptado.

—Y quiero que decidamos dónde estaremos durante el primer año antes de casarnos.

William pensó.

—Eso podría tomar meses.

—Sí.

Él la observó.

—Está intentando hacerme esperar.

Frances sonrió.

—Quizá.

William se acercó.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Seis meses.

—No negocie.

—Cuatro.

—William.

—Cinco.

Frances soltó una carcajada.

—La conversación termina.

Él tomó su cintura.

—Seis.

—Quizá.

—Eso es cruel.

—Sobrevivirá.

William la miró.

—He cruzado el océano por usted.

—Varias veces.

—Exactamente.

—Puede sobrevivir seis meses.

Él suspiró dramáticamente.

—El matrimonio ya es terrible.

Frances sonrió.

—Todavía puede retirarse.

William la sostuvo un poco más cerca.

—Nunca.

La palabra fue inmediata.

Pero no desesperada.

Una elección.

Frances sintió la diferencia.

William también.

—Nunca —repitió, más suavemente.

Ella tocó su rostro.

—Bien.

Él sonrió.

—¿Puedo besarla?

—Sí.

William la besó.

Y mientras la mañana comenzaba alrededor de Blackwood Hall, ninguno de los dos intentó resolver todavía dónde vivirían dentro de veinte años.

Tenían suficiente con el primer año.

Con una casa a medio terminar en Nueva York.

Una habitación con dos escritorios.

Una escuela que todavía era apenas una idea.

Una ruta atravesando el Atlántico.

Dos familias que tendrían que aprender a compartirlos.

Y una boda que, por primera vez en toda la historia de Frances Vane, no representaba el final de las posibilidades.

Era el comienzo de una que ella había elegido con los ojos completamente abiertos.