CAPITULO 34 #3
Frances soltó una risa quebrada.
—No.
Él frunció el ceño.
—¿No?
—Falta algo.
William sintió el corazón detenerse.
—¿Qué?
Frances dobló cuidadosamente el papel.
—La pregunta.
Silencio.
William la miró.
Ella sonreía entre lágrimas.
—Lleva meses amenazándome con una pregunta.
William soltó aire.
—Sí.
Frances esperó.
Él metió otra vez la mano en el bolsillo.
Esta vez sacó una pequeña caja.
Frances sintió que todo se volvió silencioso.
William la sostuvo.
No la abrió todavía.
—Cuando compré esto —dijo—, pensé que sabía exactamente lo que quería preguntarle.
Frances no apartó los ojos.
—Entonces fui a Nueva York.
Él sonrió apenas.
—Y descubrí que había estado formulando mal la pregunta desde el principio.
William se acercó.
No se arrodilló todavía.
—Durante meses pensé que debía preguntarle si aceptaría entrar en mi vida.
Frances sintió otra lágrima.
—Nueva York. Mi familia. La compañía. Todo.
William negó lentamente.
—Después pensé que quizá debía ofrecer entrar en la suya.
Inglaterra.
Los Vane.
—Pero tampoco.
Frances respiró.
William abrió la caja.
El anillo era elegante.
No desmesurado.
Una piedra central clara rodeada por pequeñas piedras más oscuras que atrapaban la luz.
Frances lo miró.
Después a él.
William sonrió con nerviosismo.
—No sé dónde viviremos dentro de veinte años.
—Bien.
—No sé cuántos meses pasaremos en cada país.
—Bien.
—No sé si tendremos dos hijos o los tres que usted intentó negociar.
Frances rio entre lágrimas.
—Usted dijo tres.
—Eso será objeto de futura discusión.
Ella comenzó a reír.
William respiró.
Y entonces se arrodilló.
Frances dejó de reír.
El mundo entero se redujo a él.
—Pero sí sé con quién quiero discutir todas esas cosas.
La voz de William tembló apenas.
—Frances Vane, no quiero pedirle que entre en mi vida.
Ella apretó la hoja contra el pecho.
—Quiero preguntarle si está dispuesta a construir una conmigo.
Silencio.
—¿Quiere casarse conmigo?
Frances lo miró.
Había imaginado aquel momento.
Muchas veces.
Había pensado que se sentiría triunfante.
Aliviada.
Feliz.
Lo que sintió fue algo mucho más grande y mucho más tranquilo.
Certeza.
No porque conociera el futuro.
Precisamente porque ya no necesitaba conocerlo.
—Sí.
William quedó inmóvil.
Frances sonrió.
—Sí, William.
Él cerró los ojos.
Un sonido extraño escapó de su pecho.
Mitad risa.
Mitad alivio.
—¿Está segura?
Frances abrió los ojos de par en par.
—No arruine esto.
William comenzó a reír.
—Correcto.
Ella extendió la mano.
—El anillo.
—Sí.
William lo tomó.
Sus dedos temblaban.
Frances lo vio.
Eso la emocionó todavía más.
Él deslizó el anillo.
Encajó.
Naturalmente.
William levantó los ojos.
—Lo amo.
Frances sonrió.
—Yo también.
Él se puso de pie demasiado rápido.
Ella rio.
William tomó su rostro entre las manos.
Se detuvo.
Incluso ahora.
—¿Puedo besar a mi prometida?
Frances sintió que aquella palabra la atravesaba.
Mi prometida.
—Sí.
William la besó.
No como despedida.
No como pregunta.
No como prueba.
Frances cerró los brazos alrededor de su cuello.
William la sostuvo.
El beso se profundizó lentamente.
Meses de cartas.
Océanos.
Celos.
Philip.
Montrose.
Cornelius.
George.
Listas.
Decisiones.
Todo parecía existir allí sin pesar.
Cuando finalmente se separaron, Frances apoyó la frente contra la suya.
William respiraba rápido.
—Diga otra vez.
Ella sonrió.
—¿Qué?
—Sí.
Frances rio.
—Sí.
William la besó otra vez.
—Otra.
—Está abusando.
—Muchísimo.
Frances soltó una carcajada.
William también.
Y entonces la puerta se abrió.
Naturalmente.
Edward entró.
Se detuvo.
Miró a William.
A Frances.
Al anillo.
Silencio.
William cerró los ojos.
—No.
Edward comenzó a sonreír.
—Oh.
Frances escondió el rostro contra el pecho de William.
Él miró al cielo.
—¿Cómo lo hace?
Edward ignoró la pregunta.
—¿Dijo sí?
Frances levantó el rostro.
—Sí.
Edward sonrió.
La burla desapareció.
Por un instante solo fue su hermano.
Se acercó.
Besó la frente de Frances.
—Bien.
Ella sintió otra oleada de emoción.
Edward miró a William.
—Si la hace llorar...
William levantó una ceja.
—Ya la hice llorar muchas veces.
Edward lo miró.
—No está ayudando.
Frances comenzó a reír.
William extendió la mano.
Edward la estrechó.
Después, inesperadamente, lo abrazó.
Muy breve.
Demasiado masculino para admitir que lo era.
—Bienvenido a la familia —murmuró.
William quedó inmóvil.
La frase tocó algo.
Familia.
No una institución.
No obligación.
Elección.
William apretó el hombro de Edward.
—Gracias.
Edward se apartó.
—Ahora voy a avisar a todos.
Frances abrió los ojos.
—¡No!
Demasiado tarde.
Edward ya corría hacia la puerta.
William cerró los ojos.
—Su hermano es un monstruo.
—Lo sé.
—Voy a tener que soportarlo toda mi vida.
Frances miró su anillo.
Después a él.
—Sí.
William sonrió.
—Bien.
Esta vez la palabra no contenía miedo.
Solo felicidad.
***
La noticia atravesó Blackwood Hall con una velocidad imposible.
Lady Beatrice lloró.
Después negó estar llorando.
Lord Londonderry pidió hablar con William.
Solo.
William consideró huir.
Frances le recordó la nueva promesa.
No huimos.
Así que fue.
La conversación duró veinticinco minutos.
Frances no supo exactamente qué se dijo hasta años después.
Solo vio a William salir con expresión seria y al marqués detrás con una copa de brandy.
—¿Todo bien? —preguntó.
William la miró.
—Su padre volvió a mencionar armas.
Lord Londonderry tomó un sorbo.
—Hipotéticamente.
Frances cerró los ojos.
Lady Beatrice volvió a llorar.
Sophia abrazó a William con tanta fuerza que casi lo derribó.
Después abrazó a Frances.
—Sabía que dirías sí.
—Eso parece arrogante.
—Soy Vanderbilt.
William señaló.
—Exactamente el problema.
Sophia rio.
Esa noche hubo champaña.
Edward insistió en hacer un brindis.
Todos intentaron impedírselo.
Nadie consiguió.
—Por Frances —dijo—, que pasó años analizando a hombres adecuados hasta elegir al único que necesitaba una lista para descubrir que estaba enamorado.
William cerró los ojos.
La mesa entera rio.
Edward continuó:
—Y por William, que llegó a Inglaterra castigado, decidió evaluar pretendientes sin que nadie se lo pidiera, perdió completamente la imparcialidad y terminó postulándose él mismo.
Más risas.
Frances tenía lágrimas de tanto reír.
William bebió.
—Lo odio.
—Y, finalmente —dijo Edward—, porque quizá esto demuestre que algunas malas decisiones llevan a lugares excelentes.
La broma disminuyó.
William levantó los ojos.
Cornelius no estaba allí.
Pero pensó en él.
El castigo.
Inglaterra.
Frances.
Todo.
Edward levantó la copa.
—Por ellos.
—Por ellos —repitieron.
William miró a Frances.
Ella levantó su copa.
—Por nosotros.
Él sonrió.
—Por nosotros.
***
Más tarde, cuando la casa finalmente quedó en silencio, Frances regresó a su habitación.