Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 34 #2
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CAPITULO 34 #2

—Estoy dispuesto a afrontar consecuencias.

Ella sonrió.

—Qué valiente.

—Muchísimo.

Frances acercó el rostro.

—Sí.

William la besó.

Breve.

Porque lord Londonderry existía.

Después otro.

Porque William existía.

El segundo duró más.

Frances sostuvo su brazo.

William sintió que podría haber permanecido allí demasiado tiempo.

Se obligó a separarse.

Lord Londonderry habló detrás.

—Vanderbilt.

William cerró los ojos.

—Milord.

—Mi hija lleva menos de cinco minutos en suelo inglés.

—Lo sé.

—Entonces.

William sonrió.

—He esperado varias semanas.

El marqués lo miró.

Frances tomó el brazo de su padre.

—Papá.

Lord Londonderry miró a su hija.

Vio la felicidad.

Suspiró.

—Cinco minutos más.

William sonrió.

—Generoso.

—No abuses.

Edward comenzó a reír.

Frances miró a William.

—Ha aprendido algo durante mi ausencia.

—Muchísimo.

Ella sonrió.

—¿Qué?

—Que su familia debería vivir en otro continente.

Frances soltó una carcajada.

Y William pensó que quizá no necesitaba pedirle nada aquel día.

Quizá podía esperar.

La idea duró aproximadamente treinta segundos.

***

El viaje hasta Blackwood Hall fue ruidoso.

Sophia y Edward discutieron durante buena parte del trayecto.

Lady Beatrice quería saber todo sobre Nueva York.

Lord Londonderry quería saber detalles del contrato.

Frances intentaba responder a su madre mientras miraba a William desde el asiento de enfrente.

Él hacía lo mismo.

Finalmente Edward explotó.

—¿Pueden dejar de mirarse?

Silencio.

William levantó una ceja.

—No.

Frances soltó una risa.

—Edward.

—Llevan dos horas.

—No es cierto.

—Sí.

Sophia intervino.

—Es bastante incómodo.

William la miró.

—Usted cruzó un océano voluntariamente.

—Empiezo a arrepentirme.

Lady Beatrice sonrió.

Lord Londonderry volvió al periódico.

Frances miró por la ventana.

Inglaterra.

Campos.

Caminos conocidos.

Y junto a ella, aunque no físicamente en el mismo asiento, William.

Por primera vez ambos mundos estaban en el mismo carruaje.

La imagen era demasiado absurda.

También correcta.

William esperó hasta que los demás comenzaron otra conversación.

Después habló bajo.

—¿Le gustó Nueva York cuando yo no estaba?

Frances volvió hacia él.

—Sí.

Él sintió algo que no supo interpretar.

—Bien.

Ella arqueó una ceja.

—Eso sonó extraño.

—Estoy contento.

—Pero.

William respiró.

—Una pequeña parte de mí esperaba que dijera que fue horrible sin mí.

Frances sonrió.

—Fue diferente.

—Eso es peor.

—William.

Él rio.

—Estoy trabajando en ello.

Frances estiró ligeramente el pie.

Rozó el suyo.

Nadie podía verlo debajo de las faldas y asientos.

William bajó la mirada.

Después hacia ella.

Frances mantuvo una expresión inocente.

—Me gustó —dijo—. Incluso sin usted.

Él asintió.

—Bien.

—Y quiero regresar.

William quedó quieto.

No porque no hubiera esperado.

Porque escucharla decirlo resultaba distinto.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

Frances sonrió.

—No empiece a negociar.

—Necesito datos.

—No.

—Frances.

—Quiero volver.

Eso era suficiente.

William entendió.

—Bien.

—También quiero hacer algo allí.

Él frunció el ceño.

—¿Qué?

—Con Sophia.

—Eso es preocupante.

—Una escuela.

William se volvió completamente hacia ella.

—¿Qué escuela?

Frances le contó.

No todo.

Solo lo suficiente para que la conversación se volviera más intensa.

Las niñas.

La educación.

La aritmética.

La posibilidad de conectar instituciones de ambos países.

Mary Collins.

William escuchó sin interrumpir.

Realmente escuchó.

Cuando terminó, Frances esperó.

—¿Qué piensa?

Él tardó.

—Que necesita dinero.

Frances rio.

—Eso dijo la directora.

—Entonces me agrada.

—William.

—¿Qué?

—No quiero que simplemente lo financie.

Él se tensó.

—No iba a...

Frances levantó una ceja.

William cerró la boca.

—Bien. Sí.

Ella rio.

—Quiero construirlo.

William sintió la palabra.

Construir.

—Entonces construya.

Frances lo miró.

No “lo haremos”.

No “yo puedo conseguir”.

Construya.

Él continuó:

—Si necesita que revise números, lo haré.

—Bien.

—Si necesita contactos, puedo presentarlos.

—También.

—Pero será suyo.

Frances sintió una emoción profunda.

—Sí.

William sonrió.

—Me gusta.

—¿La idea?

—Usted teniendo algo que me impida pensar que toda su vida gira alrededor de mí.

Frances levantó una ceja.

—Nunca corrió ese peligro.

—Cruel.

Ella sonrió.

—Pero me alegra que lo entienda.

William sostuvo su mirada.

—Mucho.

Frances rozó otra vez su pie.

Esta vez William sonrió.

***

Blackwood Hall recibió a Frances como si hubiera estado ausente años.

Los criados.

Los perros.

Los jardines.

Su habitación.

Todo parecía exactamente igual.

Ella no.

Eso fue lo primero que comprendió.

La tarde cayó lentamente.

Sophia fue instalada en una habitación cercana.

Edward desapareció alegando asuntos urgentes que nadie creyó.

Lady Beatrice descansó.

Lord Londonderry pidió ver documentos del viaje.

Frances escapó.

Naturalmente terminó en el conservatorio.

No lo había planeado.

Eso se dijo.

Era mentira.

El lugar estaba casi igual que meses atrás.

La misma luz.

Las mismas plantas.

El mismo banco.

Frances caminó hasta una maceta.

La tocó.

Recordó las cinco y cinco.

“He cruzado un océano y todavía consigue hacerme esperar.”

Sonrió.

—Esta vez fui yo quien esperó.

Frances se volvió.

William estaba en la puerta.

Su corazón reaccionó.

—¿Cuánto?

—Tres minutos.

—Eso es razonable.

—No.

William entró.

Frances lo observó acercarse.

—¿Me siguió?

—Sí.

—Eso es impropio.

—También.

Ella sonrió.

William se detuvo exactamente en el mismo punto donde meses atrás había decidido no acercarse sin permiso.

Frances lo recordó.

Él también.

—Es extraño —dijo ella.

—¿Qué?

—Estar aquí otra vez.

William miró alrededor.

—La última vez estaba aterrorizado.

Frances rio.

—No parecía.

—Soy excelente fingiendo confianza.

—Lo sé.

Él se acercó un poco.

—¿Y usted?

Frances pensó.

—También.

—¿Aterrorizada?

—Sí.

—¿Por mí?

—Por lo que significaba que estuviera de vuelta.

William asintió.

Ahora lo entendía.

—¿Y ahora?

Frances miró el conservatorio.

Después a él.

—Ahora sé.

William sintió algo.

—¿Qué sabe?

Ella sonrió.

—Muchas cosas.

—Eso es insoportablemente vago.

—Aprendí de usted.

William rio.

Frances caminó hacia él.

—Sé que ama Nueva York.

—Sí.

—Y que quizá siempre la necesite de alguna forma.

—Sí.

—Sé que puede convertirse en un hombre insoportable cuando cree que está perdiendo control.

William hizo una mueca.

—Eso parece menos romántico.

—No terminé.

Él cerró la boca.

—Sé que a veces todavía interpreta a su padre antes de escucharlo.

—Sí.

—Que cuando tiene miedo quiere hacer algo inmediatamente, aunque quedarse quieto sea la decisión correcta.

—Sí.

—Que va a equivocarse.

William sonrió débilmente.

—Probablemente mucho.

—Muchísimo.

Frances sonrió.

—Y sé que no necesito arreglarlo.

La frase fue más seria.

William la miró.

—Bien.

—Ni ser la razón por la que cambia.

—Bien.

—También sé que no quiero vivir solamente en Inglaterra.

William quedó completamente quieto.

Frances continuó:

—No sé cómo funcionará exactamente.

Él respiró.

—Frances.

—No interrumpa.

William obedeció.

—Quiero regresar a Nueva York.

—Sí.

—Quiero trabajar con la escuela.

—Sí.

—Quiero ver a su madre.

William sonrió.

—Ella estará encantada.

—A Sophia, cuando no esté viviendo temporalmente aquí.

—Eso puede ser nunca.

Frances casi rio.

—Quiero conocer mejor a George.

—Error.

—Y quiero discutir otra vez con Cornelius.

William cerró los ojos.

—Eso sí es preocupante.

Frances sonrió.

—Quiero tener Inglaterra.

Pausa.

—Y quiero tener Nueva York.

William sintió una advertencia antigua aparecer.

No puede tener todo.

No la dijo.

Frances continuó:

—Quizá algunos años tendremos más de uno y menos del otro.

—Sí.

—Quizá habrá momentos en que no sepamos qué hacer.

—Sí.

—Y quizá alguna vez tengamos que elegir algo que duela.

William la observó.

—Sí.

Frances respiró.

—Pero ya no necesito saber todas las respuestas antes de decidir si quiero intentar encontrarlas con usted.

Silencio.

William dejó de respirar.

No.

Todavía.

Frances sonrió.

—Ahora puede hablar.

Él tragó saliva.

—Tengo algo que mostrarle.

El corazón de Frances empezó a golpear.

William metió una mano en el bolsillo.

Ella lo vio.

Él se detuvo.

—No.

Frances parpadeó.

—¿No?

—Todavía.

Ella soltó una risa nerviosa.

—William.

—Tengo una cosa antes.

Sacó un papel doblado.

Frances lo miró.

—¿Qué es?

William se lo entregó.

Ella abrió.

Era una hoja.

Una lista.

Frances levantó lentamente los ojos.

—No.

William sonrió.

—Espere.

—Habíamos prohibido las listas.

—Esta es diferente.

Frances miró el encabezado.

No había nombres.

Solo una frase.

Cosas que no puedo prometerle.

Frances sintió que el pecho se apretaba.

Leyó.

No puedo prometerle que siempre sabré cuándo quedarme y cuándo irme.

No puedo prometerle que nunca volveré a reaccionar contra mi padre antes de escucharlo.

No puedo prometerle que Nueva York no nos exigirá más de lo que esperamos.

No puedo prometerle que Inglaterra nunca me frustrará.

No puedo prometerle que siempre estaré de acuerdo con usted.

Eso último sería imposible y sospechoso.

Frances sonrió entre lágrimas.

Continuó.

No puedo prometerle que jamás tomaré una decisión equivocada.

No puedo prometerle que nunca la heriré sin querer.

No puedo prometerle una vida sencilla.

Y no voy a prometer que renunciaré a todo por usted, porque finalmente entendí que eso no sería amor. Sería convertirla en responsable de todas las partes de mí que decidiera abandonar.

Frances tuvo que detenerse.

Las lágrimas hacían borrosas las palabras.

William permaneció completamente quieto.

Esperó.

Ella siguió.

Pero puedo prometerle esto:

Que no volveré a utilizar la puerta como respuesta a una discusión.

Que cuando una decisión cambie su vida, recordaré que también le pertenece.

Que intentaré escuchar antes de defenderme.

Que le diré cuando tenga miedo, incluso cuando preferiría esconderlo detrás de una broma.

Que no voy a pedirle que haga su mundo pequeño para entrar en el mío.

Que no voy a hacer pequeño el mío para demostrar que la amo.

Y que, mientras usted quiera construir conmigo, voy a seguir construyendo.

Frances bajó la hoja.

No podía hablar todavía.

William parecía nervioso.

Realmente nervioso.

—Eso es todo.