CAPITULO 34
W illiam llegó a Inglaterra antes que Frances. La idea le había gustado cuando la escribió. En la práctica descubrió que esperar resultaba mucho menos romántico de lo que había imaginado.
Durante los primeros dos días consiguió mantenerse razonablemente ocupado.
Había informes que enviar a Nueva York, documentos que revisar con los agentes de Liverpool y una carta particularmente extensa de George en la que su hermano dedicaba casi una página completa a felicitarlo por cerrar el contrato y las otras tres a burlarse de que hubiera aprendido a negociar sin amenazar con destruir empresas enteras.
William respondió únicamente:
“Madurar es agotador. No lo recomiendo.”
Después pasó una mañana en Londres con lord Londonderry revisando las cifras finales de la nueva ruta y otra visitando a un corredor que podía convertirse en socio para futuras operaciones inglesas.
Todo eso funcionó hasta que terminó.
Entonces Frances seguía a dos días de distancia.
William descubrió que no sabía qué hacer con cuarenta y ocho horas.
Intentó trabajar más.
Fracasó.
Intentó comprar muebles para Washington Square desde Inglaterra.
Eso resultó absurdo incluso para él.
Intentó no pensar en la pregunta que llevaba meses preparándose para formular.
Eso fue imposible.
Al tercer intento de escribirla, rompió el papel.
No quería un discurso.
Había escrito demasiadas cosas en su vida.
Contratos.
Cartas.
Listas.
Evaluaciones.
Argumentos destinados a convencer a otras personas de hacer exactamente lo que él quería.
No deseaba convencer a Frances.
Eso era precisamente lo que había tardado tanto en comprender.
Quería preguntarle.
Y soportar la respuesta.
Incluso si una parte de él ya sospechaba cuál sería.
Esa diferencia importaba.
Muchísimo.
La mañana en que el barco debía llegar a Liverpool, William despertó antes del amanecer.
Naturalmente.
Se vistió.
Desayunó apenas.
Revisó la hora seis veces.
Finalmente salió.
No dijo a nadie que iba.
Edward lo descubrió de todos modos.
William lo encontró esperando junto al carruaje.
—No.
Edward levantó una ceja.
—Buenos días.
—No viene.
—Sí.
—¿Por qué?
—Mi familia está llegando.
—También la mujer con la que pretendo casarme.
Edward sonrió lentamente.
William cerró los ojos.
—No he dicho eso.
—Lo acabas de decir.
—No oficialmente.
—Interesante.
William señaló el carruaje.
—Bájese.
Edward subió.
—No.
William subió detrás.
—Lo odio.
—Eso parece estar convirtiéndose en afecto.
—Jamás.
Edward sonrió.
Durante las primeras dos horas del trayecto William fingió leer.
Edward fingió creerle.
Finalmente cerró el documento.
—¿Vas a pedírselo hoy?
William miró por la ventana.
—No sé.
—Mentira.
—No.
—Has tenido esa cara desde que volviste.
—¿Qué cara?
Edward pensó.
—La de un hombre que lleva un anillo en algún lugar.
William quedó completamente quieto.
Edward abrió la boca.
Después comenzó a reír.
—¡Lo tienes!
—Cállese.
—Dios mío.
—Edward.
—¿Dónde?
William lo miró.
—Si continúa, lo dejaré al costado del camino.
—No puedes. Mi hermana se enfadaría.
—Podría valer la pena.
Edward seguía sonriendo.
—¿Cuándo lo compraste?
William volvió hacia la ventana.
—Antes de salir de Liverpool.
—¿Antes de Nueva York?
—Sí.
Edward perdió parte de la burla.
—Entonces lo llevaste todo este tiempo.
—Sí.
—Incluso cuando todavía no sabías si ella querría vivir allí.
—Sí.
Pausa.
—¿Por qué no preguntaste antes?
William tardó.
—Porque comprar un anillo significaba lo que yo quería.
Miró a Edward.
—Entregárselo significa pedirle que lo quiera también.
Edward guardó silencio.
Aquello, sorprendentemente, terminó con las burlas durante casi veinte minutos.
William lo agradeció.
Después:
—¿Es grande?
William cerró los ojos.
—Voy a matarlo.
***
Frances vio Inglaterra antes del mediodía.
La reconoció de una manera que no esperaba.
No por los edificios.
Ni por el puerto.
Por el color del cielo.
Absurdo.
Seguramente imaginado.
Pero sintió algo dentro de ella antes de que cualquiera dijera que la costa ya podía distinguirse.
Casa.
La palabra llegó.
Y esta vez no chocó con Nueva York.
Eso fue lo más extraño.
Durante semanas había temido que amar un lugar nuevo exigiera sentir menos por el antiguo.
No ocurrió.
Inglaterra seguía siendo suya.
La casa de sus padres.
Los jardines de Blackwood Hall.
Los inviernos húmedos.
Los salones que conocía desde niña.
Las personas que pronunciaban su nombre desde antes de que pudiera recordarlo.
Nada de aquello había disminuido.
Solo había espacio para algo más.
Frances estaba en cubierta con Sophia.
La hermana de William había decidido viajar hasta Inglaterra con ellos.
George había querido hacerlo también, pero Cornelius lo había declarado indispensable para la compañía durante al menos un mes.
George había respondido que aquello demostraba que el progreso de su padre tenía límites.
Cornelius no lo había negado.
La señora Vanderbilt permanecía en Nueva York, pero había hecho prometer a Frances que volvería.
No preguntó si.
Dijo cuando.
Frances había notado la diferencia.
—Estás sonriendo —dijo Sophia.
Frances volvió hacia ella.
—Estamos llegando.
—No es por Inglaterra.
Frances sintió calor.
—También.
Sophia miró la costa.
—Mi hermano estará en el puerto.
—No puede saber exactamente a qué hora llegaremos.
Sophia la observó.
Frances cerró los ojos.
—Sí. Estará.
—Desde demasiado temprano.
—Probablemente.
—Y fingirá que no.
—Muchísimo.
Sophia comenzó a reír.
Frances apoyó las manos sobre la baranda.
La última carta de William había llegado justo antes de que ella embarcara.
Cerré el acuerdo.
Regreso a Inglaterra antes que usted.
La esperaré.
No decía dónde.
No necesitaba.
Frances había leído aquella última línea demasiadas veces.
La esperaré.
Meses atrás la frase habría significado otra cosa.
Una exigencia.
Una promesa.
Una incertidumbre.
Ahora simplemente significaba presencia.
William estaría allí.
Ella llegaría.
Y después...
Frances sintió el corazón acelerar.
Sophia lo notó.
—¿Crees que te pedirá matrimonio?
Frances la miró.
—Sophia.
—¿Qué?
—¿Todos en su familia preguntan cosas privadas sin preparación?
—Sí.
—Entiendo muchas cosas.
Sophia sonrió.
—¿Crees?
Frances volvió al mar.
—Sí.
—¿Hoy?
—No sé.
—Eso es mentira.
Frances rio.
—Creo que pronto.
Sophia apoyó los brazos sobre la baranda.
—¿Y qué dirás?
La respuesta estaba allí.
Había estado allí antes incluso de Nueva York.
Pero ahora era diferente.
No era un sí nacido del alivio porque William finalmente hubiera regresado.
Ni del miedo a perderlo.
Ni de la emoción de las cartas.
Ni del deseo de una vida romántica entre dos continentes.
Había visto el ruido.
La familia.
El trabajo.
Cornelius.
Las discusiones.
Las partes de William que todavía podían herirlo y, si él no tenía cuidado, herir a quienes estuvieran cerca.
Había visto también cómo corregía.
Cómo escuchaba.
Cómo volvía.
Y había visto algo propio.
La escuela.
La posibilidad de trabajar entre ambos países.
La casa de Washington Square.
La pared donde ahora colgaba el mapa del Atlántico.
Frances sonrió.
—Sí.
Sophia volvió la cabeza.
—¿Sí qué?
—Eso diré.
Sophia sonrió lentamente.
—Bien.
Frances la miró.
—¿Bien?
—No quiero tener que soportarlo si dices no.
Ella rio.
—Eso es muy considerado.
—Pienso principalmente en mí.
Naturalmente.
Frances sonrió.
***
William llegó al puerto una hora y cuarenta minutos antes de lo necesario.
Edward lo mencionó diecisiete veces.
A la decimoctava, William dejó de responder.
Cuando finalmente apareció el barco, el mundo entero se redujo a un punto.
William se acercó al borde del muelle.
El corazón golpeaba demasiado fuerte.
Ridículo.
Había negociado contratos por cantidades suficientes para arruinar familias enteras.
Había enfrentado a Cornelius.
Había cruzado océanos.
Había creído perder a George.
Nada de eso parecía haberlo preparado para esperar a que una mujer descendiera de un barco.
Los pasajeros comenzaron a aparecer.
William vio primero a lord Londonderry.
Después a Lady Beatrice.
Edward levantó una mano.
Su padre lo vio.
El marqués frunció el ceño.
Probablemente al descubrir que su hijo había desaparecido de Inglaterra sin aviso.
William podía vivir con eso.
Después apareció Sophia.
Y entonces Frances.
William dejó de oír cualquier cosa.
Ella llevaba un vestido de viaje color verde oscuro.
Naturalmente.
El cabello estaba recogido de manera sencilla, aunque el viento ya había conseguido liberar algunos mechones.
Frances lo vio.
Se detuvo.
William sonrió.
Ella también.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Era absurdo.
Habían pasado menos de tres semanas.
Se sentía mucho más.
Frances descendió.
William esperó.
No porque no quisiera correr hacia ella.
Precisamente porque quería.
Ella llegó al final de la pasarela.
Se detuvo frente a él.
—Hola.
William sintió una risa en el pecho.
—Hola.
Frances lo observó.
—Está más delgado.
—Usted también dijo eso la última vez.
—Quizá viajar solo le sienta mal.
—Definitivamente.
Ella miró alrededor.
—Llegó temprano.
William señaló a Edward.
—No crea nada de lo que diga.
Edward habló detrás.
—Una hora y cuarenta minutos.
Frances comenzó a reír.
William cerró los ojos.
—Voy a matarlo.
—También dijo eso.
—Muchas veces.
Frances rio más.
William la miró.
Ahí estaba.
La risa.
Había pensado en ella en Liverpool.
En el barco.
En cada habitación donde faltaba.
Frances dejó de reír lentamente.
—Lo extrañé.
William sintió la frase.
—Yo también.
Ella dio un pequeño paso.
—Muchísimo.
Él sonrió.
—Muchísimo.
Frances extendió una mano.
William la tomó.
Nada más durante un momento.
Solo dedos.
Contacto.
Confirmación.
—¿Puedo abrazarla? —preguntó.
Frances sonrió.
—Sí.
William la atrajo.
Y esta vez no hubo miedo a la despedida dentro del abrazo.
Solo regreso.
Frances cerró los ojos.
William sostuvo su espalda.
Respiró.
No sabía cuánto tiempo permanecieron así.
Suficiente para que Edward carraspeara.
William no se movió.
Edward volvió a hacerlo.
Frances rio contra su hombro.
—Mi padre está mirando.
—Lo sé.
—Sophia también.
—Eso es peor.
—Mucho.
William se apartó apenas.
—¿Puedo besarla?
Frances levantó los ojos.
—Aquí.
—Sí.
—Con todos mirando.