CAPITULO 33 #3
La forma en que algunas fortunas recientes parecían abrir espacios nuevos para mujeres que no tenían siglos de normas familiares detrás.
Sophia la llevó a visitar una pequeña escuela financiada por varias familias.
La directora era una mujer de cuarenta años llamada Margaret Hale que no hizo una sola reverencia exagerada al descubrir que Frances era hija de un marqués.
Aquello le gustó inmediatamente.
—Tenemos setenta y tres niñas —explicó Margaret mientras recorrían un aula—. Más de la mitad dejaría de estudiar antes de los doce años si sus familias no recibieran alguna ayuda.
Frances recordó a Mary Collins.
—¿Trabajan?
—Muchas.
—¿Qué estudian?
—Lectura. Escritura. Aritmética. Geografía. Algo de contabilidad para las mayores.
Frances se detuvo.
—¿Contabilidad?
Margaret sonrió.
—Las muchachas también pueden sumar dinero, milady.
Sophia soltó una pequeña risa.
Frances sonrió.
—No era una objeción.
—Lo sé.
Entraron en otra sala.
Una niña levantó la mano.
—Señorita Hale.
Margaret se acercó.
Frances observó los números escritos sobre la pizarra.
Algo se encendió.
La misma sensación que había tenido con Mary.
Posibilidad.
—¿Qué necesitan? —preguntó después.
Margaret la miró.
—¿En general?
—Sí.
—Dinero.
Frances soltó una carcajada.
—Me agrada.
Sophia sonrió.
Margaret continuó:
—Pero no solo.
Frances esperó.
—Necesitamos mujeres que crean que una niña debe estudiar aunque no vaya a convertirse en esposa de un hombre rico.
Frances sintió la frase.
—¿Y si se casa?
—Entonces será una esposa que sabe pensar.
Sophia sonrió ampliamente.
Frances también.
Pasó el resto de la mañana haciendo preguntas.
Al salir, Sophia la miró.
—Estás pensando algo.
—Sí.
—¿Peligroso?
—Probablemente.
—Excelente.
Frances rio.
—Quiero volver.
—Volveremos.
—No.
Sophia frunció el ceño.
—Quiero decir después.
Silencio.
Frances sintió lo que acababa de decir.
Después.
Cuando regresara a Nueva York.
No “si”.
Sophia no señaló el detalle.
Eso hizo que Frances la quisiera más.
—Podrías trabajar con ellas desde Inglaterra también.
Frances la miró.
—¿Cómo?
—Correspondencia. Fondos. Materiales.
Frances pensó.
Una idea empezó a tomar forma.
No una obra de beneficencia elegida para llenar horas como futura esposa rica.
Algo propio.
Algo que conectara experiencias.
Mary en Inglaterra.
Aquellas niñas en Nueva York.
Educación.
Aritmética.
Posibilidades de trabajo.
Sophia la observó.
—Esa cara es peligrosa.
Frances sonrió.
—Empiezo a entender a William.
—Oh, no.
—¿Qué?
—Primero compra una casa. Ahora tú estás planeando proyectos transatlánticos.
Frances rio.
—No he planeado nada.
—Todavía.
—Muchísimo.
Sophia la señaló.
—Ahora sí estás perdida.
***
En Liverpool, William estaba perdiendo una negociación.
Y lo sabía.
—Tres años —repitió el representante de Harcourt & Sons—. Exclusividad completa.
William permaneció sentado.
A su derecha, el abogado de la compañía no movió un músculo.
Frente a ellos, tres hombres esperaban.
William había pasado dos días revisando cifras.
Costos.
Alternativas.
Tiempos.
Había descubierto algo desagradable.
Cornelius había tenido razón sobre una cosa.
No podían perder ese contrato fácilmente.
Pero eso no significaba aceptar cualquier término.
—Dos años —dijo William.
Harcourt negó.
—Tres.
—Entonces reducimos el volumen mínimo.
—No.
William sintió la vieja respuesta.
Golpear.
No físicamente.
Comercialmente.
Amenazar con retirar toda la operación.
Buscar otro almacén.
Demostrar que no necesitaba a nadie.
No.
Respiró.
—¿Por qué tres?
Harcourt frunció el ceño.
—Ya lo expliqué.
—Explíquelo otra vez.
El hombre se recostó.
—Nuestros competidores ofrecen garantía de volumen durante treinta y seis meses.
—Nosotros ofrecemos más volumen.
—Con más riesgo.
William escuchó.
No se defendió todavía.
—¿Qué riesgo?
—Su ruta es nueva.
—Sí.
—No sabemos si mantendrá frecuencia.
William sintió orgullo.
—La mantendrá.
—Eso dice usted.
Silencio.
Ahí estaba.
No control.
Miedo.
La otra compañía no quería dominarlo.
Quería seguridad.
William casi rio.
Frances lo habría visto en diez minutos.
—Bien.
El hombre levantó una ceja.
William tomó una hoja.
—Dos años de exclusividad.
—Ya dije...
—Con garantía de renovación automática por un tercero si cumplimos el volumen durante los primeros dieciocho meses.
Silencio.
Harcourt lo miró.
William continuó:
—Eso les da posibilidad real de tres años.
—Posibilidad.
—Respaldada por rendimiento.
—Y a ustedes salida.
—Si el acuerdo no funciona, sí.
El hombre pensó.
William esperó.
No llenó el silencio.
Eso también era nuevo.
Harcourt miró a su abogado.
Hablaron brevemente.
William permaneció quieto.
Finalmente:
—Y mantienen volumen mínimo.
—Sí.
—Sin reducción.
—Con una modificación.
El hombre hizo una mueca.
—Naturalmente.
William sonrió.
—El primer trimestre tendrá margen del diez por ciento.
—Cinco.
—Ocho.
—Seis.
William pensó.
—Siete.
Harcourt lo observó.
—Seis.
William sonrió.
—Seis y aceptamos.
Silencio.
Harcourt extendió la mano.
—Aceptamos.
William la tomó.
Nada explotó.
Nadie perdió.
No hubo victoria absoluta.
El contrato sobrevivió.
William sintió una satisfacción extraña.
Menos intensa que aplastar a un adversario.
Más sólida.
—Prepararemos la versión final —dijo el abogado.
William asintió.
Se puso de pie.
Al salir del edificio, permaneció en la calle varios segundos.
Después comenzó a reír.
El abogado lo miró.
—¿Señor Vanderbilt?
—Nada.
—¿Está bien?
—Sí.
Muchísimo.
Esa noche escribió dos cartas.
Una a Cornelius.
Breve.
Profesional.
“Dos años de exclusividad, renovación automática si cumplimos volumen durante dieciocho meses. Margen del seis por ciento primer trimestre. Firma prevista mañana.”
Miró la hoja.
Añadió:
“Funcionó sin destruir nada.”
Se arrepintió inmediatamente.
No lo tachó.
La segunda carta fue mucho más larga.
Frances:
Cerré el acuerdo.
Y antes de que se entusiasme demasiado, debo admitir algo humillante.
Lo conseguí preguntando qué necesitaba la otra parte en lugar de decidir que toda condición era un intento de controlarme.
Puede reír.
Le concedo exactamente treinta segundos.
William sonrió mientras escribía.
Después añadió:
Regreso a Inglaterra antes de lo previsto.
La firma será mañana.
Necesito dos días más para cerrar detalles.
Luego Londres.
Si los vientos y los barcos cooperan, estaré allí antes que usted.
Eso significa que cuando llegue a casa probablemente seré yo quien la espere.
Me gusta la idea más de lo que debería.
Se detuvo.
Pensó en la pregunta.
Podía escribirla.
No.
No.
Esta vez no.
Continuó:
Hay otra cosa que descubrí.
Quiero el proyecto.
No porque mi padre quiera que lo dirija.
No porque usted parezca orgullosa cuando hablo de él.
Lo quiero porque es mío.
Eso debería haber sido obvio.
No lo era.
Creo que por fin empiezo a distinguir qué partes de mi vida he elegido y cuáles simplemente estaba rechazando porque venían de Cornelius.
Es una distinción incómoda.
También liberadora.
Y ahora tengo que pedirle un favor.
No decida nada importante sobre la casa sin mí.
Excepto quizá la pared de nuestra sala.
Puede hacer algo allí.
No sé por qué.
Solo quiero llegar y descubrir que dejó algo.
William se quedó mirando la frase.
Ya era demasiado tarde.
La dejó.
P. D.: He escrito “nuestra” deliberadamente.
P. D. 2: Esta vez no me arrepiento.
Dobló la carta.
Y por primera vez desde que había salido de Nueva York, sintió que realmente estaba regresando.
No hacia Inglaterra.
Hacia Frances.
***
Cinco días después, Frances recibió la noticia durante la cena.
Cornelius abrió un telegrama.
Lo leyó.
Levantó los ojos.
—William cerró el contrato.
Frances sonrió inmediatamente.
—¿Sí?
Cornelius asintió.
George extendió la mano.
—Déjame ver.
Su padre le entregó el papel.
Frances intentó no parecer demasiado ansiosa.
Fracasó.
Sophia sonrió.
—Pregunta.
Frances la miró.
—¿Qué?
—Quieres saber cuándo vuelve.
Lady Beatrice escondió una sonrisa.
Frances respiró.
—Sí.
Cornelius la miró.
—Sale hacia Inglaterra pasado mañana.
El corazón cambió.
—¿Tan pronto?
—Terminó antes.
George levantó la mirada del telegrama.
—Hizo un buen acuerdo.
Cornelius no respondió.
Frances lo observó.
—¿Lo hizo?
El hombre la miró.
—Sí.
—Entonces dígaselo.
Silencio.
George dejó de leer.
Sophia miró a su padre.
Cornelius pareció considerar ignorar el comentario.
Frances no apartó la mirada.
Finalmente:
—Lo haré.
Ella sonrió.
—Bien.
Cornelius la señaló con la copa.
—No se acostumbre.
Frances soltó una carcajada.
La señora Vanderbilt también.
Y esa noche, mientras guardaba otra carta de William en el cuaderno azul, Frances escribió:
Regresará antes que yo.
Por primera vez será él quien espere.
La idea me hace feliz.
Después añadió:
Hoy visité una escuela para niñas.
Quiero volver.
Quiero hacer algo.
No sé todavía qué.
Y esto es quizá lo más importante que Nueva York me ha dado.
Vine para descubrir si podía formar parte de la vida de William.
Estoy empezando a descubrir qué vida podría construir yo aquí.
Frances levantó la pluma.
Leyó.
Sintió algo distinto.
No había cruzado el océano solo para evaluarlo.
Philip había tenido razón.
La pregunta nunca debió ser únicamente qué podía ofrecerle cada hombre.
También era quién quería ser ella dentro de la vida que eligiera.
Y, por primera vez, la respuesta empezaba a existir independientemente de William.
Eso no disminuía su amor.
Lo hacía más seguro.
Porque cuando regresara a Inglaterra y él finalmente formulara aquella pregunta que ambos fingían no conocer, Frances no quería responder como una mujer arrastrada hacia la vida de un hombre extraordinario.
Quería responder como una mujer que había mirado ambos lados del océano y había comenzado a construir algo propio entre ellos.
Y entonces, quizá, un sí significaría exactamente lo que debía significar.
No rendirse.
No ser elegida.
Elegir.