Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 33 #2
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CAPITULO 33 #2

Pausa.

—Querría estar presente cuando ellos envejezcan.

Cornelius asintió muy lentamente.

—Y William tiene lo mismo aquí.

—Exactamente.

Aquello era el problema.

No un obstáculo que pudiera resolverse diciendo quién debía amar más.

—Entonces ¿qué harían?

Frances sonrió ligeramente.

—Esperaba que usted tuviera una respuesta.

Cornelius la miró.

—No.

—William estaría decepcionado.

—Muchísimo.

Frances soltó una risa.

Cornelius frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Todos hacen eso.

—Culpe a su hijo.

Él aceptó la explicación con evidente resignación.

Frances volvió a ponerse seria.

—Creo que decidiríamos cuando la decisión fuera real.

—Eso suena poco eficiente.

—Probablemente.

—Podrían descubrir después de casados que quieren vidas incompatibles.

La frase produjo un frío pequeño.

Frances sostuvo su mirada.

—Sí.

Cornelius pareció no esperar tanta facilidad.

—¿Eso no la asusta?

—Muchísimo.

Él volvió a fruncir el ceño ante la palabra.

Frances sonrió.

—Pero también podría casarme con un inglés y descubrir cinco años después que queremos cosas distintas.

—Eso sería más sencillo logísticamente.

—No necesariamente emocionalmente.

Cornelius guardó silencio.

—No quiero casarme con William porque crea que hemos eliminado todas las posibilidades de fracaso.

La voz de Frances se suavizó.

—Quiero casarme con él porque, hasta ahora, cuando aparece un problema real estamos aprendiendo a enfrentarlo sin convertir al otro en enemigo.

Cornelius miró hacia ella.

—Eso suena muy parecido al matrimonio.

Frances sonrió.

—Eso espero.

Él desvió la vista.

—Mi esposa diría algo parecido.

—Entonces quizá debería escucharla más.

Cornelius volvió lentamente la cabeza.

Frances mantuvo la expresión más inocente posible.

—Entiendo definitivamente por qué mi hijo la ama.

Ella soltó una carcajada.

—¿Eso fue un cumplido?

—No se acostumbre.

—Ya me lo dijo.

—Entonces recuerde.

Cornelius se levantó.

Frances pensó que la conversación había terminado.

No.

—No quiero que William abandone la compañía por usted.

La frase fue directa.

Ella levantó la vista.

—Yo tampoco.

Eso sí sorprendió a Cornelius.

—¿No?

—No.

—Pensé que quizá preferiría Inglaterra.

—Podría.

—Entonces.

Frances cerró el libro.

—Preferir Inglaterra y querer que William renuncie a algo que ama son cosas diferentes.

Cornelius quedó quieto.

—¿Ama la compañía?

Frances pensó.

—Ama construir.

La respuesta surgió antes que cualquier análisis.

—Ama resolver problemas. Negociar. Encontrar maneras de hacer que algo funcione.

Cornelius escuchó.

—Quizá durante mucho tiempo confundió todo eso con usted.

Frances respiró.

—Por eso necesitaba alejarse para descubrir qué parte era realmente suya.

Silencio.

Cornelius miró hacia la puerta.

—Nunca quiso que se fuera.

La frase fue tan baja que Frances casi creyó haber entendido mal.

—¿Qué?

Cornelius permaneció inmóvil.

—Cuando lo envié a Inglaterra.

Frances esperó.

—Creí que necesitaba disciplina.

—¿Y?

—La necesitaba.

Ella sonrió apenas.

—Pero también quería que regresara.

Ahí estaba algo.

Pequeño.

Doloroso.

Humano.

—¿Se lo dijo?

Cornelius la miró como si la pregunta fuera absurda.

Frances cerró los ojos.

—Naturalmente.

—¿Qué?

—Nada.

Él frunció el ceño.

Frances rio suavemente.

—¿Por qué no se lo dijo?

Cornelius tardó.

—Porque habría sonado como una orden.

Ella sintió la ironía.

—¿Y cree que no decirlo fue mejor?

El hombre guardó silencio demasiado tiempo.

—No.

Frances lo miró.

Aquello era importante.

No porque pudiera reparar décadas.

Sino porque quizá no todas las cosas que William había interpretado como rechazo habían sido exactamente eso.

—Debería decírselo.

Cornelius pareció incómodo.

—No necesita saberlo.

—Claro que necesita.

—¿Para qué?

Frances respiró.

—Porque algunas veces William todavía actúa como si usted solo lo quisiera cerca cuando es útil.

Cornelius se quedó completamente quieto.

—Eso no es cierto.

—Lo sé ahora.

Pausa.

—Él quizá no.

El hombre miró hacia la ventana.

Frances no presionó.

Eso debía pertenecerles a ellos.

Cornelius finalmente caminó hacia la puerta.

—Lady Frances.

—¿Sí?

—No convierta esto en una misión.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Arreglarnos.

Frances sintió inmediatamente el eco de la advertencia de Eleanor.

No romantizar.

No arreglar.

—No lo haré.

Cornelius sostuvo su mirada.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que no veo algo solo porque ustedes llevan veinte años sin decirlo.

Él soltó una respiración que podría haber sido una risa.

—Definitivamente inglesa.

—¿Eso es insulto?

—Todavía no decidí.

Y salió.

Frances quedó mirando la puerta.

Después abrió el cuaderno azul.

Escribió una sola frase.

William no es el único hombre de esta familia que confunde silencio con control.

La leyó.

Después añadió:

Y quizá tampoco sea el único que está aprendiendo tarde que amar a alguien no sirve de mucho si nunca se lo permite saber.

***

La carta de William llegó al día siguiente.

Tres páginas.

Frances la llevó inmediatamente a Washington Square.

No porque necesitara privacidad.

Porque quería leerla allí.

Se sentó en el suelo de la habitación vacía, exactamente donde William se había sentado noches atrás sin que ella lo supiera.

Abrió.

Frances:

El mar está demasiado tranquilo.

Sé que es una observación absurda, pero después de nuestra última travesía creo que desconfío de cualquier océano que parezca cooperativo.

He revisado el contrato doce veces.

Eso también es culpa suya porque ahora cada vez que leo una cláusula imagino su voz preguntando qué ocurriría si las condiciones cambiaran.

Francamente, está arruinando mi capacidad de ser imprudente.

Frances sonrió.

Continuó.

No he cambiado de opinión.

Ir a Liverpool es lo correcto.

Escribo eso primero porque sospecho que, si no lo hago, convertiré las siguientes dos páginas en una explicación de por qué la extraño y usted pensará que estoy intentando convencerme de haber cometido un error.

No lo creo.

La extraño.

Y también creo que hice bien en venir.

Parece que ambas cosas pueden existir al mismo tiempo.

Me molesta profundamente haber tardado treinta y cinco años en descubrir conceptos que deberían enseñarse a los niños.

Frances apoyó una mano sobre la boca.

Siguió.

Hay otra cosa.

Mi padre me dio autoridad completa para negociar dentro de un margen que jamás me había concedido antes.

No sé qué hacer con lo que eso significa.

Una parte de mí quiere pensar que finalmente confía en mí.

Otra sospecha que planea probarme.

Una tercera —que detesto— quiere su aprobación.

Estoy intentando no avergonzarme de esa parte.

Frances sintió los ojos humedecerse.

Había hablado con Cornelius el día anterior.

Ahora comprendía mejor la distancia entre ambos hombres.

Continuó.

No quiero que usted me convierta en mejor hombre.

He estado pensando en eso desde lo que dijo Philip, aunque preferiría no admitir que Ashcombe ha tenido alguna influencia útil sobre mi vida.

Quiero ser mejor porque estoy cansado de algunas versiones de mí mismo.

Usted quizá fue la persona que me obligó a mirarlas.

Pero quiero que el trabajo siga siendo mío.

Si algún día nos odiamos durante una semana porque dejó té sobre mis contratos, no quiero despertarme pensando que cambié por usted.

Quiero saber que cambié porque decidí qué clase de hombre prefería ser.

Eso no significa que vaya a dejar de culparla por pequeñas cosas.

Necesito algún entretenimiento.

Frances rio.

Una lágrima cayó sobre el papel.

La limpió con cuidado.

Queda algo que no voy a escribir.

Porque quiero decirlo cuando la vea.

Y no, no es “la amo”.

Eso ya lo sabe.

Es otra pregunta.

Una que llevo haciendo mal durante meses incluso sin pronunciarla.

Esta vez quiero hacerla correctamente.

Frances dejó de respirar.

El corazón comenzó a golpear.

No.

No era una propuesta.

Era casi una amenaza de propuesta.

Peor.

Continuó.

No intente adivinar.

Sé que lo hará.

No podrá.

P. D.: Si cambia el jardín sin mí, terminaré la relación.

P. D. 2: Eso es mentira.

P. D. 3: Pero no toque el árbol pequeño junto al muro. Todavía no decidí si me gusta.

Frances soltó una carcajada.

Después sostuvo la carta contra el pecho.

La pregunta.

Ya sabía cuál era.

Claro que sí.

Pero algo en la forma en que William había escrito aquello hizo que no quisiera adelantarla.

Por primera vez no quería resolver un misterio antes de que llegara.

Quería vivir el momento cuando ocurriera.

Frances miró alrededor.

La habitación seguía vacía.

No por mucho tiempo.

Había comprado algo aquella mañana.

Todavía no había llegado.

Dos horas después, los criados lo colocaron en la pared.

Un mapa.

No de Nueva York.

Ni de Inglaterra.

Del Atlántico.

Grande.

Hermoso.

Con las principales rutas marítimas marcadas entre Europa y América.

Alice lo observó.

—Es bastante simbólico.

Frances miró hacia ella.

—No diga eso.

—Lo es.

—Es práctico.

—Naturalmente.

Frances cerró los ojos.

—Todos están perdidos.

Alice sonrió.

Frances volvió al mapa.

Entre Inglaterra y Nueva York había un océano.

Eso no iba a cambiar.

No podía decorarlo.

Ni negociarlo.

Ni convertirlo en algo más pequeño.

Pero las líneas sobre el mapa mostraban algo que Frances había tardado meses en comprender.

El océano no solo separaba.

También conectaba.

William había cruzado por ella.

Ella había cruzado por él.

Y quizá aquella sería siempre parte de la vida que construyeran.

No dos mundos obligados a elegir cuál desaparecería.

Una ruta entre ambos.

***

Los días siguientes dieron a Frances exactamente lo que había dicho que quería.

Nueva York sin William.

Y descubrió que le gustaba.

No todo.

Eso la alegró.

Le molestaba el ruido interminable.

El calor resultaba agotador.

Había calles cuyo olor hacía que extrañara incluso las mañanas húmedas de Londres.

La rapidez de ciertas conversaciones sociales la desconcertaba.

Y algunas mujeres parecían considerar su título una curiosidad exótica mientras otras fingían no estar impresionadas y conseguían resultar aún más impresionadas por el esfuerzo.

Pero también encontró cosas que amaba.

El puerto.

La sensación de movimiento.

Las librerías.

Las mujeres que participaban en obras benéficas con una autonomía que no esperaba.

Las discusiones sobre educación.