CAPITULO 33
F rances descubrió que Nueva York sin William no era más silenciosa. Eso habría sido demasiado sencillo.
La ciudad continuó rugiendo alrededor de ella con exactamente la misma intensidad que antes.
Los carruajes siguieron atravesando las calles como si tuvieran asuntos capaces de decidir el destino del país.
Los comerciantes siguieron gritando precios desde los puestos.
Los barcos entraron y salieron del puerto.
Las campanas, los caballos, las voces y las ruedas sobre los adoquines continuaron mezclándose en un sonido constante que parecía surgir del suelo mismo.
Nada había cambiado.
Y, sin embargo, durante el primer día después de la partida de William, Frances sintió su ausencia en todos los lugares.
En el desayuno, cuando nadie le preguntó qué pensaba de Nueva York antes de que hubiera terminado de pensarlo.
En Broadway, cuando vio un edificio particularmente absurdo y se volvió instintivamente para hacer un comentario.
En Washington Square, cuando abrió la puerta con la llave que William le había entregado y esperó durante un segundo escuchar una voz detrás de ella preguntándole si planeaba criticar primero el jardín o las ventanas.
No escuchó nada.
La casa estaba vacía.
Frances entró.
Aquella mañana había decidido visitarla sola.
Relativamente sola.
Alice se encontraba unos metros detrás y un criado de los Vanderbilt esperaba en la entrada, lo cual convertía cualquier idea de independencia absoluta en una fantasía, pero era suficiente.
Frances caminó hasta la sala que William había empezado a llamar, con demasiada satisfacción, su sala.
Nuestra sala.
Ella había intentado corregirlo varias veces.
Había dejado de hacerlo.
La habitación seguía vacía, excepto por las muestras de papel que habían dejado sobre una mesa provisional y algunos catálogos de muebles.
Frances se acercó a la ventana.
El jardín necesitaba atención.
Muchísima.
William había tenido razón en algo: aquello podía convertirse en cualquier cosa.
Y ahora que él no estaba allí, Frances comprendió que la libertad de elegir también podía resultar intimidante.
Tomó uno de los catálogos.
El escritorio que había señalado continuaba marcado.
Dos escritorios frente a frente.
Una mesa grande en el medio.
Libros.
Mapas.
Té lejos de los contratos.
Frances sonrió.
Después se puso seria.
No quería decorar la habitación como si ya fuera suya.
Tampoco quería actuar como si no pudiera tocar nada solo porque todavía no existía una promesa formal.
Se sentó.
Sacó el cuaderno azul.
Escribió:
Hoy entré en su casa sin él.
La palabra su casa le pareció extraña.
La tachó.
Escribió:
Hoy entré en la casa de Washington Square sin William.
Me gustó menos.
Demasiado impersonal.
Suspiró.
—Esto es ridículo.
Alice, desde la puerta, levantó la vista.
—¿Milady?
—Nada.
Volvió al cuaderno.
Finalmente escribió:
Hoy entré en la casa que él compró porque quería aprender a quedarse.
Y comprendí que no quiero que mi presencia sea la única razón para que lo haga.
Eso era mejor.
Continuó:
También comprendí algo más incómodo.
Quiero dejar algo aquí.
No porque crea que ya me pertenece.
Sino porque quiero saber cómo se siente formar parte de un lugar antes de decidir si algún día podría llamarlo mío.
Frances dejó la pluma.
Miró alrededor.
¿Qué podía elegir que no fuera una afirmación demasiado grande?
No una cama.
Naturalmente.
No cortinas para una habitación principal.
Eso parecía matrimonial hasta niveles indecentes.
No muebles caros.
Entonces vio la pared junto a la ventana.
Vacía.
Y recordó una tienda por la que habían pasado días antes.
Mapas.
Grabados.
Ilustraciones de ciudades.
Frances sonrió.
—Alice.
—¿Sí?
—Quiero ir a comprar algo.
Alice levantó una ceja.
—¿Para la casa?
Frances tardó.
—Para una pared.
Alice sonrió de una manera que Frances no apreció.
—Eso no responde.
—No tiene que hacerlo.
—Naturalmente.
Frances la señaló.
—También usted.
Alice hizo una reverencia.
—Paso demasiado tiempo con el señor Vanderbilt.
—Todos pasamos demasiado tiempo con él.
Y, por primera vez desde que había partido, Frances rio sin sentir inmediatamente después el vacío de que William no estuviera allí para escucharla.
***
Cornelius encontró a Frances esa tarde en la biblioteca de la residencia principal.
Ella estaba revisando un libro sobre asociaciones de beneficencia para mujeres inmigrantes.
Había descubierto que la ciudad ofrecía mucho más que riqueza ostentosa y nuevas fortunas. También había una pobreza visible de un modo que Londres, con todas sus contradicciones, aprendía a ocultar mejor en ciertos barrios.
Sophia le había hablado de escuelas.
De casas de acogida.
De mujeres que trabajaban jornadas que Frances consideraba imposibles.
Aquello había despertado una curiosidad que ya existía desde Ashcombe Park y Mary Collins.
La puerta se abrió.
Frances levantó la mirada.
Cornelius entró.
Solo.
Ella cerró parcialmente el libro.
—Señor Vanderbilt.
—Lady Frances.
Él miró el volumen.
—¿Qué lee?
Frances mostró la cubierta.
Cornelius se acercó.
—Sophia.
No era pregunta.
—Sí.
—La llevará a medio Nueva York antes de que se marche.
—Espero que sí.
Cornelius pareció considerar la respuesta.
Frances comenzaba a entender que con aquel hombre los silencios no siempre significaban desaprobación.
A veces solo estaba pensando.
—William escribió esta mañana —dijo.
El corazón de Frances reaccionó de manera completamente indigna.
—¿Ya?
—Desde el barco, antes de salir completamente del puerto.
Ella sonrió.
—Prometió escribir.
Cornelius levantó una ceja.
—Aparentemente lo tomó como obligación contractual.
Frances rio.
—Eso también parece propio de él.
Cornelius permaneció de pie.
Frances señaló un sillón.
—Puede sentarse.
El hombre la miró.
Frances comprendió el absurdo.
Estaba invitando a Cornelius Vanderbilt a sentarse en su propia biblioteca.
—Gracias —dijo él.
Y lo hizo.
Frances cerró el libro.
—¿Cómo está?
Cornelius pareció confundido un instante.
—William.
—Ah.
Frances sonrió.
—No acostumbra preguntar eso, ¿verdad?
Cornelius la observó.
—No mucho.
—Estoy intentando decidir si eso explica algo.
—Probablemente.
Ella esperó.
—Está bien —dijo él finalmente—. El mar está tranquilo.
Frances asintió.
—Bien.
Silencio.
Cornelius miró hacia la ventana.
—Pensé que quizá regresaría con él.
—A Inglaterra.
—Sí.
—No.
—Ya veo.
Frances sintió que aquello escondía otra pregunta.
—¿Le sorprende?
—Un poco.
—¿Por qué?
Cornelius tardó.
—Porque mi hijo parecía convencido de que no debía dejarla aquí.
Frances soltó aire.
—Lo sé.
—Y usted lo convenció.
—No.
Cornelius levantó los ojos.
—¿No?
—Él se convenció.
Pausa.
—Yo solo le dije lo que pensaba.
Algo parecido a diversión apareció en los ojos del hombre.
—Parece una distinción pequeña.
—No lo es.
Cornelius la observó con mayor atención.
—Para William probablemente no.
Frances apoyó las manos sobre el libro.
—Creo que está aprendiendo.
—Eso dicen todos.
La frase fue seca.
Frances frunció ligeramente el ceño.
—¿No lo cree?
Cornelius no respondió de inmediato.
—Creo que mi hijo siempre ha sido capaz de cambiar rápidamente.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—Entonces.
Cornelius respiró.
—Lo difícil para William nunca fue cambiar.
Frances esperó.
—Fue permanecer cambiado cuando aquello dejaba de ofrecerle una satisfacción inmediata.
La observación no era cruel.
Eso la hizo más incómoda.
—¿A qué se refiere?
Cornelius entrelazó los dedos.
—Cuando era joven podía comprometerse con cualquier cosa durante semanas.
Un negocio.
Un caballo.
Una idea.
Una mujer.
Frances no reaccionó.
O intentó.
Cornelius lo notó.
—No intento provocarla.
—Bien.
—Simplemente digo que su entusiasmo siempre fue fácil.
Frances pensó en Philip.
No se enamore del progreso de un hombre.
Otra vez.
—¿Y cree que esto es entusiasmo?
Cornelius la miró directamente.
—No lo sé.
La respuesta la sorprendió.
—Pensé que iba a decir que sí.
—No.
Él observó el fuego apagado.
—Nunca compró una casa antes.
Frances sintió algo.
—Charles Livingston dijo lo mismo.
Cornelius hizo una mueca.
—Livingston habla demasiado.
—Eso también parece una opinión familiar.
—Es correcta.
Frances sonrió.
—Entonces la casa significa algo para usted también.
Cornelius se mostró incómodo con la frase.
—Significa que hizo algo que no había hecho.
—Eso es prácticamente lo mismo.
—No.
Frances rio.
—Usted y William son extraordinariamente parecidos.
Cornelius la miró.
—No le diga eso.
—Ya lo sabe.
—Lo irrita.
—También.
—Entonces no veo utilidad.
Frances sonrió.
—A veces la utilidad no es necesaria.
Cornelius pareció considerar aquella idea tan poco convincente como seguramente habría considerado un negocio sin rentabilidad.
—Eso suena inglés.
—Probablemente.
Silencio.
Frances volvió al libro.
Cornelius no se levantó.
Eso significaba que aún no había terminado.
—¿Qué quiere preguntarme? —dijo ella.
Él arqueó una ceja.
—¿Por qué cree que quiero preguntar algo?
—Porque lleva varios minutos sentado en silencio.
—Podría estar disfrutando de la biblioteca.
Frances miró alrededor.
—Tiene una biblioteca mejor en la otra ala.
Cornelius casi sonrió.
—Bien.
Frances esperó.
—Si William no pudiera vivir entre dos países...
La frase quedó incompleta.
Ella sintió tensión.
Ahí estaba.
Una pregunta real.
—¿Qué?
—Si finalmente el negocio exigiera que permaneciera la mayor parte del tiempo aquí.
Frances no respondió inmediatamente.
Cornelius continuó:
—¿Vendría?
Era exactamente el tipo de pregunta que había intentado no contestar antes de vivir en Nueva York.
Ahora tampoco tenía una respuesta simple.
—No lo sé.
Cornelius pareció sorprendido.
—¿No?
—No.
—Lo ama.
Frances levantó una ceja.
—Eso no responde dónde debo vivir toda mi vida.
Cornelius guardó silencio.
—Podría hacerlo.
—Podría influir.
Ella acomodó las manos.
—Pero no creo que el amor convierta automáticamente una decisión en correcta.
Cornelius la observó.
Frances pensó en William.
—También tengo una familia.
—Lo sé.
—Y una vida.
—Sí.
—Quiero hijos algún día.
Cornelius no reaccionó a la palabra.
Frances sí sintió un pequeño calor.
—Querría que conocieran a mis padres. A Edward.