Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 32 #3
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CAPITULO 32 #3

—Quería que alguna vez aprobara algo que yo elegí sin que eso significara que él lo había elegido primero.

Frances tomó su mano.

—Y ahora.

—Ahora parece que sí.

Ella sonrió.

—Me alegro.

William la miró.

—No debería importar tanto.

—Pero importa.

—Sí.

—Entonces déjelo importar.

Él sostuvo sus ojos.

—¿Cómo hace eso?

—¿Qué?

—Conseguir que cosas que me avergonzaban parezcan normales.

Frances sonrió.

—Probablemente porque muchas lo son.

William soltó una pequeña risa.

—La amo.

La frase apareció sin preparación.

Ya no era rara.

Pero nunca perdía peso.

Frances apretó sus dedos.

—Yo también lo amo.

William sintió algo.

Paz.

Breve.

Suficiente.

***

El muelle estaba menos concurrido de lo que Frances esperaba a las siete de la mañana.

O quizá no.

Quizá solo veía menos.

El barco esperaba.

William tenía una maleta pequeña.

Mucho menos equipaje que la familia Vane.

Lady Beatrice lo consideró casi indecente.

Sophia lo abrazó primero.

George después.

La señora Vanderbilt besó su mejilla.

Cornelius estrechó su mano.

Nada más.

Pero William sostuvo el apretón un segundo adicional.

Después miró a Frances.

Todos los demás desaparecieron un poco.

No completamente.

Eso era imposible con Edward observando.

William se acercó.

—Bueno.

Frances respiró.

—Bueno.

Él sonrió.

—Esto es terrible.

—Mucho.

—Muchísimo.

Ella rio.

William quiso memorizar ese sonido otra vez.

George tenía razón.

—Le escribiré desde el barco.

—No es necesario cada día.

William frunció el ceño.

—Eso ha sido cruel.

—Cada dos.

—Uno.

Frances sonrió.

—Uno.

—Y cuando llegue.

—Sí.

—Y después de la reunión.

—William.

—Estoy negociando.

—Lo noto.

Él tomó su mano.

—No quiero subir.

—Lo sé.

—Pero voy a hacerlo.

Frances sintió los ojos llenarse.

—Lo sé.

William la miró.

—Dígame otra vez.

Ella comprendió.

No “espérame”.

No una promesa.

Algo distinto.

Frances se acercó.

—No está huyendo.

William cerró los ojos un instante.

—No.

—Está yendo.

—Sí.

—Y yo voy a seguir aquí cuando se vaya.

Él abrió los ojos.

—Viviendo.

—Muchísimo.

William sonrió.

Una lágrima escapó de Frances.

Él levantó la mano.

Esperó.

Ella asintió.

William la limpió.

—¿Puedo besarla?

Frances miró alrededor.

Familia.

Marineros.

Criados.

Edward.

Lord Londonderry.

—Sí.

William sonrió.

—Eso fue demasiado fácil.

—Suba al barco antes de que cambie de opinión.

Él la besó.

Sin urgencia al principio.

Pero la despedida apareció después.

Frances tomó su abrigo.

William acercó el rostro un poco más.

El beso duró demasiado para un muelle.

Probablemente demasiado para lord Londonderry.

A William no le importó.

Hasta que Edward carraspeó.

Muy fuerte.

Frances se apartó.

William apoyó la frente contra la suya.

—Lo odio.

—A Edward.

—Muchísimo.

Ella rio entre lágrimas.

William besó una última vez su frente.

Después se apartó.

Eso fue lo difícil.

Dar un paso atrás.

Luego otro.

No regresar.

Frances sostuvo su mirada.

William tomó la maleta.

Subió por la pasarela.

No miró atrás durante los primeros pasos porque sabía que si lo hacía demasiado pronto quizá bajaría otra vez.

A mitad de camino sí.

Frances seguía allí.

No llorando ya.

Sonriendo.

William levantó una mano.

Ella hizo lo mismo.

Y continuó.

Frances observó hasta que desapareció en cubierta.

El dolor era real.

Pero no se parecía al anterior.

La primera vez que William había partido de Inglaterra, la distancia había estado llena de incertidumbre.

¿Volvería?

¿Qué significaban el uno para el otro?

¿Elegiría él una vida donde pudiera permanecer?

Ahora el dolor tenía otra forma.

No preguntaba si regresaría.

Preguntaba cuánto cambiarían ambos antes de volver a encontrarse.

Y eso, Frances empezaba a comprender, no era algo que debiera temer.

Era parte de amar a una persona viva.

***

El barco se separó del muelle lentamente.

William permaneció en cubierta.

Frances se hizo más pequeña.

Nueva York detrás.

Familia.

Casa.

Ella.

William sintió la vieja necesidad de interpretar la escena.

De convertirla en algo simbólico.

No lo hizo.

Solo la observó.

No estaba huyendo.

Tampoco abandonando.

Estaba yendo a resolver un problema.

Y después regresaría.

No exactamente igual.

Frances tampoco sería exactamente igual.

Quizá eso estaba bien.

William metió una mano en el bolsillo.

Encontró algo.

Un papel.

Frunció el ceño.

Lo sacó.

Reconoció inmediatamente la letra.

Frances.

Sonrió.

Abrió.

Solo había tres líneas.

“No se atreva a convertir este viaje en una tragedia.

Cierre su contrato.

Y vuelva a mí cuando haya terminado.”

William soltó una carcajada.

Un marinero cercano lo miró.

Él no prestó atención.

Dobló el papel cuidadosamente.

Lo guardó dentro del abrigo.

Y observó el horizonte.

Por primera vez en muchos años, partir no le produjo la sensación de estar dejando una vida atrás.

Tenía una vida.

Simplemente estaba aprendiendo que a veces también debía moverse dentro de ella.

Y cuando regresara a Inglaterra, si todo salía bien, todavía quedaría una pregunta que había evitado formular demasiadas veces.

Una que ya no necesitaba una lista.

Ni un consejero.

Ni un plan perfecto.

Solo una respuesta.

Y William comenzaba a sospechar que estaba finalmente preparado para pedirla.