CAPITULO 32 #2
Ella levantó una ceja.
William corrigió:
—La escucharé.
—Mejor.
***
Los dos días pasaron demasiado rápido.
Y demasiado lentamente.
William intentó trabajar.
Fracasó varias veces.
Frances intentó comportarse como si la partida no ocupara cada pensamiento.
También fracasó.
Visitaron Washington Square una tarde.
Frances eligió un escritorio.
No lo compró.
Solo señaló uno en el catálogo de un fabricante local.
—Ese.
William miró.
—Es demasiado pequeño.
—No.
—Sí.
—Para usted quizá.
—Necesitamos espacio.
Frances arqueó una ceja.
—¿Para cuánto papel?
—Mucho.
—No voy a permitir que convierta nuestra sala en una oficina de la compañía.
William sonrió.
—Nuestra sala.
Frances sintió el error.
—La sala.
—Demasiado tarde.
—No abuse.
—Muchísimo.
Ella cerró el catálogo.
—Ese escritorio.
—Dos.
—¿Dos?
—Uno para cada uno.
Frances pensó.
—Frente a frente.
William sonrió.
—Eso parece peligroso.
—Así puedo verlo cuando intenta ignorarme.
—Excelente.
—Y una mesa grande en el medio.
—Para documentos.
—Y libros.
—Y mapas.
—Y té.
William hizo una mueca.
—Lejos de los contratos.
Frances rio.
Durante media hora diseñaron una habitación de una casa en la que todavía no sabían si vivirían juntos.
Aquello debería haber resultado absurdo.
En cambio, parecía extrañamente natural.
Cuando salieron, William cerró la puerta.
Frances guardó la llave en su bolso.
Él lo notó.
No dijo nada.
***
La noche anterior a la partida, la familia Vanderbilt cenó sin invitados.
William estuvo callado.
Demasiado.
Sophia lo señaló.
—Estás deprimente.
—Gracias.
—Era una observación.
—Muy útil.
George bebió vino.
—Está intentando memorizar a Frances.
William lo miró.
—¿Qué?
Edward levantó la cabeza.
—Sí.
Frances sintió calor.
William negó.
—No.
George sonrió.
—Lleva toda la cena mirándola.
—Eso no es nuevo —dijo Edward.
Lord Londonderry cerró los ojos.
—Voy a necesitar otra botella.
Lady Beatrice rio.
La señora Vanderbilt miró a su hijo con ternura.
Cornelius siguió comiendo.
William decidió ignorarlos.
—¿A qué hora sale el barco? —preguntó su madre.
—Ocho.
—Debemos salir a las seis.
—No.
—William.
—No necesito que todos vengan.
Sophia se ofendió.
—Claro que iremos.
—Es un viaje de negocios.
George levantó una ceja.
—Y cuando te fuiste a Inglaterra dijiste lo mismo.
William miró a Frances.
Error.
Toda la mesa lo vio.
Edward soltó una carcajada.
—Definitivamente está memorizándola.
William dejó los cubiertos.
—He cambiado de opinión. Salgo esta noche.
Frances comenzó a reír.
Cornelius habló sin levantar la vista.
—Siéntate.
William lo miró.
—Estoy sentado.
—Entonces deja de comportarte como si tuvieras quince años.
Silencio.
George miró hacia su plato.
Sophia comenzó a sonreír.
William respiró.
—Estoy intentando.
Cornelius levantó los ojos.
—Se nota.
¿Cumplido?
William decidió no investigarlo.
Frances sí sonrió.
Después de la cena, Cornelius pidió hablar con William.
El antiguo reflejo fue inmediato.
¿Qué ahora?
Pero William lo siguió.
En el despacho, su padre no se sentó.
—Tengo algo para ti.
William frunció el ceño.
Cornelius le entregó una carpeta.
—¿Qué es?
—La autorización para negociar en nombre de la compañía sin consultar cada modificación conmigo.
William quedó quieto.
Miró la carpeta.
Después a su padre.
—¿Hasta qué monto?
Cornelius dijo una cifra.
William levantó bruscamente los ojos.
Era considerable.
Mucho más de lo que esperaba.
—¿Por qué?
Cornelius lo observó.
—Porque si te envío a resolverlo pero tengo que aprobar cada decisión, sería mejor ir yo.
William sintió algo.
—Podría haber ido.
—Sí.
—Pero me envía.
—Vas porque es tu operación.
Silencio.
William miró los documentos.
—¿Esto es una prueba?
Cornelius cerró los ojos brevemente.
—Todo contigo termina convertido en una prueba.
William casi se defendió.
No.
—Lo siento.
Cornelius levantó una ceja.
La disculpa pareció sorprenderlo.
—No.
William respiró.
—Solo pregunto si espera algo específico.
—Espero que cierres el contrato sin regalar la compañía.
—Eso puedo intentar.
—Y que no golpees a nadie.
William sonrió.
—Eso limita estrategias.
Cornelius casi sonrió.
Después volvió serio.
—No necesito que me demuestres que eres capaz de hacerlo exactamente como yo.
La frase detuvo a William.
—Solo que seas capaz de hacerlo.
Algo se movió profundamente.
Todo aquello que había querido durante años.
Reconocimiento.
No obediencia.
William miró a su padre.
—Gracias.
Cornelius se volvió ligeramente.
Como si la palabra fuera incómoda.
—No has cerrado nada todavía.
—Lo sé.
—Entonces no me agradezcas antes.
William sonrió.
—Naturalmente.
Cornelius lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
William caminó hacia la puerta.
—William.
Se detuvo.
—¿Sí?
Cornelius tardó.
—La inglesa.
William sintió tensión.
—Frances.
—Lady Frances.
—Sí.
Cornelius respiró.
—Me agrada.
William parpadeó.
Silencio.
—¿Qué?
—No voy a repetirlo.
William lo miró.
—Creo que necesita.
Cornelius volvió hacia el escritorio.
—Buenas noches.
William comenzó a sonreír.
—Padre.
—Fuera.
—¿Eso fue aprobación?
—William.
Él rio.
—Buenas noches.
Salió.
Y se encontró a Frances en el corredor.
Ella levantó una ceja.
—¿Por qué sonríe?
William cerró la puerta detrás.
—Mi padre acaba de decir que le agrada.
Frances quedó quieta.
—¿En serio?
—No pienso permitirle negarlo.
Ella comenzó a reír.
William la miró.
—Está demasiado feliz.
—Porque usted parece un niño que recibió aprobación.
La sonrisa desapareció un poco.
Frances vio el cambio.
—Eso no era una burla.
—Lo sé.
Ella se acercó.
—Le importa.
William respiró.
—Sí.
Decirlo dejó de doler como antes.