CAPITULO 32
W illiam tomó la decisión esa misma noche. No porque Cornelius se lo hubiera dicho. No porque Frances creyera que era lo más razonable. Ni siquiera porque el telegrama procedente de Liverpool hubiera convertido el problema en algo demasiado urgente para continuar analizándolo durante días.
La tomó después de caminar solo durante casi una hora por las calles de Nueva York.
Aquello también era nuevo.
Años atrás, caminar solo había sido una forma de escapar de las conversaciones que no quería tener.
Ahora era simplemente el lugar donde podía escucharse sin que la voz de su padre, el miedo a perder a Frances o el orgullo transformaran cada pensamiento en una reacción.
Las calles estaban húmedas por una lluvia reciente. Los carruajes levantaban pequeñas salpicaduras sobre los adoquines y las lámparas empezaban a encenderse mientras la ciudad se preparaba para una noche que, como casi todas, parecía negarse a quedar completamente quieta.
William caminó sin rumbo al principio.
Pasó frente a negocios que conocía desde niño.
Una taberna donde George y él habían bebido demasiado una noche a los dieciocho años.
Una esquina en la que había perdido una apuesta absurda.
Un edificio que Cornelius había intentado comprar durante tres años antes de conseguirlo.
Nueva York estaba llena de versiones anteriores de sí mismo.
Y por primera vez no sintió necesidad de repudiarlas todas.
Algunas habían sido estúpidas.
Otras arrogantes.
Muchas heridas.
Pero todas le pertenecían.
También el hombre que ahora debía decidir si regresar a Inglaterra antes de lo previsto.
William se detuvo frente a Washington Square.
La casa estaba oscura.
Vacía.
Su casa.
Todavía le resultaba extraño pensarlo.
Subió los escalones, abrió la puerta y entró.
No había criados esa noche.
Solo silencio.
William encendió una lámpara y caminó hasta la habitación que Frances había elegido como futura sala de trabajo.
De ambos.
La frase apareció otra vez.
Se sentó en el suelo.
No porque hubiera muebles insuficientes.
Porque en aquella habitación todavía no había ninguno.
Apoyó la espalda contra la pared.
Y pensó.
Quería ir a Liverpool.
Eso era verdad.
Quería resolver el contrato personalmente, mirar a los hombres a los ojos, saber qué había ocurrido y proteger una ruta que por primera vez sentía completamente suya.
También quería quedarse.
Con Frances.
Mostrarle la ciudad.
Llevarla al Hudson.
Presentarle lugares que había descrito durante meses.
Verla entrar en aquella casa cada día y acostumbrarse lentamente a la idea de que podía pertenecer allí sin dejar de pertenecer a Inglaterra.
Quería ambas cosas.
Y quizá eso era exactamente lo que debía aceptar.
No toda elección significaba que una de las dos cosas importara menos.
William apoyó los codos sobre las rodillas.
Durante toda su vida había tratado los conflictos como pruebas de prioridad.
Si elegía una cosa, significaba que la otra no importaba suficiente.
Si se quedaba con Cornelius, perdía libertad.
Si se marchaba, demostraba independencia.
Si regresaba a Inglaterra, elegía a Frances.
Si permanecía en Nueva York, elegía el negocio.
Frances estaba intentando enseñarle algo mucho más difícil.
Que a veces una decisión era solo una decisión.
No una declaración definitiva sobre todo lo que uno amaba.
William dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Maldita mujer.
La habitación no respondió.
Sonrió.
Después supo.
Iría.
***
Frances se enteró a la mañana siguiente.
William llegó temprano a la residencia Vanderbilt.
No demasiado temprano.
Había aprendido algo.
La encontró en el jardín trasero con su madre.
Lady Beatrice lo vio acercarse.
Miró a Frances.
Después a William.
—Voy a buscar a su madre.
Frances arqueó una ceja.
—Mamá.
—Qué coincidencia.
—No hay ninguna razón para...
—Muchísimas.
William sonrió.
Lady Beatrice se alejó.
Frances lo observó.
Algo en la expresión de William le dio la respuesta antes de que hablara.
—Va a ir.
Él se detuvo frente a ella.
—Sí.
Frances sintió inmediatamente dos cosas.
Alivio.
Dolor.
Lo odiaba.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana.
Eso era antes de lo que esperaba.
—Ah.
William vio el cambio.
—Frances.
—Estoy bien.
—No.
Ella soltó una pequeña risa.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Decidir por mí que no estoy bien.
William cerró los ojos.
—Correcto.
Frances respiró.
—Estoy triste.
—Yo también.
—Mucho.
—Muchísimo.
Ella sonrió débilmente.
William se acercó un poco.
—Pero creo que es lo correcto.
Frances lo miró.
No “lo que debo hacer”.
No “lo que mi padre exige”.
Lo correcto.
—Yo también.
—Eso sigue sin gustarme.
—No tiene que gustarnos.
William sostuvo su mirada.
—Cinco días de viaje si el tiempo ayuda.
—Sí.
—Quizá cuatro.
—No convierta el Atlántico en otra negociación.
Él soltó una risa.
—No puedo evitarlo.
Frances sonrió.
Después miró hacia las flores.
—¿Cuánto tiempo estará allá?
—No sé todavía.
—William.
—No estoy evitando.
Él respiró.
—Si cierro el acuerdo rápido, quizá dos semanas.
—Y después Inglaterra.
—Sí.
Frances calculó.
Ella seguiría en Nueva York algunos días más y después regresaría con su familia según el plan original.
Con suerte, William llegaría poco después.
Con mala suerte, quizá antes.
—Entonces podríamos encontrarnos allá.
—Sí.
William la observó.
—¿Está segura de que no quiere regresar antes?
Frances levantó los ojos.
—No.
Él parpadeó.
—¿No está segura?
—Estoy segura de que no quiero hacerlo.
William quedó quieto.
Frances continuó:
—Quiero terminar este viaje.
Él la miró.
—Aunque yo no esté.
—Especialmente porque usted no estará.
William frunció el ceño.
—Eso ha sonado preocupante.
—No lo es.
Ella sonrió.
—Vine a conocer su vida.
—Sí.
—No solo la parte donde usted está a mi lado explicándomela.
William sintió algo extraño.
Orgullo.
Miedo.
—Quiere quedarse con mi familia.
—Quiero ver cómo es Nueva York cuando no estoy observándola a través de usted.
Él tardó.
—Eso es razonable.
—Mucho.
—No me gusta.
—También mucho.
William rio.
Frances levantó una mano.
—Y quiero pasar tiempo con su madre.
—Eso es peligroso.
—Con Sophia.
—Peor.
—Y con Cornelius.
William dejó de sonreír.
—No.
Frances arqueó una ceja.
—¿No?
—No a solas.
Ella lo miró.
William reconoció el error.
—Bien.
—William.
—Retiro.
—Excelente.
Él se pasó una mano por el cabello.
—No puedo evitar imaginar todas las conversaciones.
—Eso se llama perder control.
—Lo sé.
—Practique.
William soltó una risa amarga.
—Disfruta esto demasiado.
Frances sonrió.
—Un poco.
Después la ligereza desapareció.
—Quiero conocerlos.
William la observó.
—¿Por qué?
La pregunta era genuina.
Frances pensó.
—Porque si algún día...
Se detuvo.
William no la ayudó.
No necesitaba.
—Si algún día forman parte de mi familia, quiero que no sean solo personas de las que usted me habló.
William sintió que el corazón cambió.
—Frances.
Ella respiró.
—Y si no ocurre...
La posibilidad se sintió casi absurda ahora.
Pero debía existir.
—Entonces igualmente quiero entender de dónde viene.
William se acercó.
—Eso fue una cosa muy peligrosa de decir antes de que me vaya.
Frances sintió la emoción.
—¿Por qué?
—Porque hace difícil marcharme.
Ella sostuvo su mirada.
—No es lo mismo irse que huir.
William quedó completamente inmóvil.
Ahí estaba.
La frase que resumía todo.
Frances continuó:
—Usted no está huyendo de mí.
—No.
—Ni de Nueva York.
—No.
—Ni de su padre.
William pensó.
—No.
—Va hacia algo que necesita resolver.
—Sí.
Frances sonrió.
—Entonces vaya.
William sintió un nudo en la garganta.
—Y vuelva.
—Eso pienso hacer.
—No como promesa desesperada.
—No.
Él sonrió.
—Como plan.
Frances rio.
—Eso sí suena a usted.
William extendió la mano.
—¿Puedo?
Ella colocó la suya.
—Sí.
Él entrelazó los dedos.
—Hay algo más.
Frances sintió una pequeña alarma.
—¿Qué?
William metió una mano en el bolsillo interior del abrigo.
Sacó una llave.
Frances la miró.
—¿Qué es?
—La casa.
Silencio.
William sostuvo la llave entre ambos.
—Quiero que la tenga mientras yo no esté.
Frances parpadeó.
—William.
—No significa...
Ella levantó una mano.
—No arruine esto explicando todo lo que no significa.
Él cerró la boca.
Frances miró la llave.
—¿Por qué?
William pensó cuidadosamente.
—Porque quiero que pueda entrar.
Eso era todo.
No posesión.
No promesa.
Acceso.
Elección.
—¿Para qué?
William sonrió.
—Para criticar el jardín.
Frances rio.
—Eso ocurrirá.
—Y la biblioteca.
—Mucho.
—Y quizá elegir algo para la habitación.
Frances volvió a mirar la llave.
—Nuestra sala.
William sintió el pecho apretarse.
—Sí.
Ella extendió la mano.
Él colocó la llave sobre su palma.
Frances cerró los dedos.
Era pequeña.
Pesada.
Demasiado íntima.
—La devolveré cuando regrese.
William la miró.
—No necesariamente.
Frances levantó los ojos.
Silencio.
William sintió que había llegado demasiado cerca de algo.
—Quiero decir...
Frances sonrió.
—Lo sé.
Él la observó.
—¿Qué sabe?
—Que está intentando no pedirme que me case con usted cada tres días.
William cerró los ojos.
—Es agotador.
Ella comenzó a reír.
—¿Cuántas veces lo ha pensado?
—Hoy.
—William.
—Tres.
Frances sintió calor en las mejillas.
—Son las diez de la mañana.
—Ha sido una mañana productiva.
Ella rio.
Después se acercó.
—¿Quiere que le diga algo peor?
William abrió los ojos.
—Probablemente.
—Yo también lo pienso.
Él dejó de respirar.
Frances disfrutó un segundo de poder.
—No constantemente.
William levantó una ceja.
—Naturalmente.
—No use esa palabra.
—Usted la merece.
Ella sonrió.
William miró su boca.
Después sus ojos.
—¿Puedo besarla?
Frances sintió que el mundo se reducía.
—Sí.
El beso fue distinto.
No desesperado.
No triste todavía.
Pero lleno de la conciencia de que quedaban dos días.
William la sostuvo por la cintura.
Frances apoyó una mano sobre su cuello.
Él la besó otra vez.
Más profundo.
Más lento.
Como si quisiera recordar.
Frances se apartó apenas.
—No haga eso.
—¿Qué?
—Despedirse antes de tiempo.
William cerró los ojos.
—Correcto.
—Todavía tiene dos días.
—Quiero cada minuto.
—Eso es imposible.
—No para un Vanderbilt.
Ella soltó una carcajada.
William sonrió.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Mi risa?
—Sí.
Frances sintió ternura.
—La escuchará en Inglaterra.
—Espero.