Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 31 #4
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CAPITULO 31 #4

—Va a cambiar.

William quedó quieto.

Ella sonrió débilmente.

—Todo cambia.

—Eso no tranquiliza.

—No intento.

Él soltó una risa rota.

Frances continuó:

—Pero cambiar no significa terminar.

William respiró.

—Dígame que me espera.

Ella lo miró.

Ahí estaba otra vez.

La necesidad.

No una orden.

Pero casi una súplica por una certeza que nadie podía ofrecer realmente.

Frances tardó.

—No.

William quedó herido.

Ella se acercó antes de que pudiera cerrarse.

—No voy a esperarlo como si mi vida quedara suspendida hasta que regrese.

Él tragó saliva.

—Frances.

—Voy a vivir.

La voz fue suave.

—Voy a terminar este viaje. Conocer esta ciudad. Pasar tiempo con su familia. Regresar a Inglaterra.

Tomó su mano.

—Y voy a seguir amándolo mientras lo hago.

William la observó.

Las palabras entraron lentamente.

No esperar.

Vivir.

Amar.

Eso era más difícil.

Y mucho más real.

—Y cuando vuelva —continuó ella—, espero que usted también haya vivido.

William sintió que los ojos ardían.

—Eso es mucho peor que prometer que me espera.

Frances soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Lo sé.

Él cerró los dedos alrededor de los suyos.

—¿Puedo abrazarla ahora?

—Sí.

William la atrajo.

No con suavidad.

No completamente.

Con necesidad.

Frances cerró los brazos alrededor de él.

Durante un momento ninguno intentó solucionar nada.

William sintió su respiración.

El olor de su cabello.

La presión de sus manos.

Todo aquello que dentro de unos días podía quedar a un océano de distancia.

—Todavía no he decidido ir —murmuró.

Frances sonrió contra su pecho.

—Lo sé.

—Podría encontrar otra opción.

—Sí.

—Detesto que sea razonable.

—Mentira.

—Muchísimo.

Ella rio.

William besó su cabello.

—No quiero pelear con usted así.

Frances se apartó un poco.

—Vamos a pelear.

—Eso suena poco romántico.

—Ya sabemos que somos buenos.

William sonrió.

—Excelente.

—Lo importante es qué hacemos después.

Él la miró.

—¿Qué hacemos?

Frances pensó.

—No huimos.

La palabra quedó suspendida.

William sintió que todo se detenía.

No huimos.

No salimos.

No destruimos.

No convertimos una discusión en el final de algo.

Él asintió lentamente.

—No huimos.

Frances apretó su mano.

Y por primera vez comprendieron que aquella podía ser la promesa más importante que hicieran antes del matrimonio.

No que jamás discutirían.

No que nunca tendrían que separarse.

No que cada decisión tendría un punto medio.

Solo aquello.

No huir.

***

Cornelius leyó el telegrama esa misma tarde.

William se lo llevó personalmente.

Frances no fue.

Aquella era su decisión.

Su conversación.

Su negocio.

Cornelius terminó de leer y dejó el papel sobre el escritorio.

—Tienes que ir.

William sintió la irritación inmediata.

Esperó.

Respiró.

—Creo que sí.

Su padre levantó los ojos.

—¿Crees?

—Estoy revisando otras opciones.

—No hay tiempo.

—Hay dos días.

—Eso no es tiempo.

William caminó hacia la ventana.

—Podría enviar a George.

Cornelius negó.

—Quieren hablar contigo.

—Lo sé.

—Entonces.

William permaneció de espaldas.

—Frances cree que debo ir.

Cornelius no respondió.

William volvió hacia él.

—¿Nada?

—¿Qué esperas que diga?

—No sé.

Cornelius lo observó.

—¿Querías que te pidiera que te quedaras?

William casi rio.

—No.

—Entonces quizá querías que ella lo hiciera.

Silencio.

Otra vez aquella precisión insoportable.

—Quizá.

Cornelius se recostó.

—Tu madre nunca me pidió que abandonara un negocio por ella.

William frunció el ceño.

—No estamos hablando de usted.

—Ahora sí.

William guardó silencio.

Cornelius continuó:

—A veces quería que lo hiciera.

—¿Y?

—Algunas veces lo hice.

William esperó.

—Otras no.

—¿Y cómo sabía?

Cornelius soltó aire.

—No siempre sabía.

Aquello sorprendió más que cualquier respuesta.

—¿Se arrepiente?

—De algunas.

William no sabía si se refería a quedarse.

O irse.

Cornelius no aclaró.

—La dificultad no es elegir correctamente cada vez —dijo—. Eso es imposible.

William escuchó.

—La dificultad es no convertir después a la otra persona en culpable de la decisión que tú mismo tomaste.

La frase era casi idéntica a algo que William había dicho a lord Londonderry.

Quizá no era tan distinto de su padre como había pasado años intentando demostrar.

Aquello ya no resultaba tan aterrador.

—Frances dijo algo parecido.

Cornelius levantó una ceja.

—Entonces es inteligente.

—Muchísimo.

Su padre lo miró.

William sonrió apenas.

—Una palabra larga de explicar.

Cornelius decidió no preguntar.

—Ve a Liverpool.

William respiró.

—Probablemente.

—William.

—Quiero decidirlo yo.

Cornelius sostuvo su mirada.

Después asintió.

—Bien.

William se sorprendió.

—¿Eso es todo?

—¿Otra vez quieres discutir?

—No.

—Entonces deja de parecer decepcionado.

William soltó una risa.

Llegó a la puerta.

—Padre.

Cornelius levantó la vista.

—¿Qué?

William dudó.

—¿Alguna vez tuvo miedo de que mamá descubriera que casarse con usted había sido un error?

Cornelius quedó inmóvil.

La pregunta era demasiado personal.

William casi la retiró.

Su padre miró hacia un punto indefinido del escritorio.

—Sí.

Una sola palabra.

William sintió algo.

—¿Cuándo?

Cornelius tardó.

—Muchas veces.

—No parece.

—Porque no acostumbro anunciar mis temores.

William sonrió sin humor.

—Lo sé.

Cornelius levantó los ojos.

—Especialmente al principio.

—¿Por qué?

—Porque había más cosas que ella podía perder que yo.

William guardó silencio.

—Familia. Libertad. Una vida que habría sido más sencilla con otro hombre.

Cornelius apoyó las manos sobre el escritorio.

—Durante años pensé que si le daba suficiente seguridad material eso compensaría cualquier otra dificultad.

William comprendió de golpe.

La fortuna.

Las casas.

La protección.

El control.

—¿Y compensó?

Cornelius sonrió apenas.

—Pregúntale a tu madre.

William rio.

Después la expresión de su padre volvió a ser seria.

—No cometas mi error.

—¿Cuál?

—No confundas proveer con construir.

William quedó quieto.

Cornelius miró los documentos.

—Puedes darle una casa a una mujer.

William pensó en Washington Square.

—Eso no significa que le diste un hogar.

Silencio.

La habitación vacía.

De ambos.

William tragó saliva.

—Entiendo.

Cornelius volvió a los papeles.

—Espero.

William abrió la puerta.

Esta vez salió sin ira.

Y por primera vez en su vida comprendió que algunas de las cosas más importantes que podía aprender de su padre no eran las que Cornelius había hecho bien.

Eran aquellas que finalmente estaba dispuesto a admitir que había hecho mal.