CAPITULO 31 #3
No como ama una casa hermosa.
La ama como se ama algo que conoce demasiado bien para idealizarlo.
Conoce sus defectos y aun así la reconoce como suya.
Frances apoyó la pluma.
Pensó en Charles.
En la casa.
En Cornelius.
Escribió:
Hoy alguien que lo conoce desde niño me dijo que comprar una casa significa que William finalmente quiere pertenecer.
Creo que tiene razón.
Pero no quiero que pertenezca a mí.
Quiero que pertenezca a su propia vida.
Y quiero formar parte de ella.
Los ojos se detuvieron sobre la última frase.
No sintió necesidad de corregirla.
Quiero formar parte de ella.
Eso era distinto a querer que William entrara en la suya.
Distinto a imaginar que él se adaptaría a Inglaterra.
Distinto incluso a pensar en Nueva York como sacrificio.
Una vida compartida quizá no consistía en elegir cuál de los dos mundos sobreviviría.
Quizá podían construir algo entre ambos.
Frances volvió a escribir.
Entonces apareció otro pensamiento.
Uno más difícil.
William y yo encontramos una solución para las cinco semanas porque ninguno intentó ganar.
Eso debería tranquilizarme.
Lo hace.
Pero también me pregunto qué ocurrirá cuando aparezca una decisión en la que no exista una solución intermedia.
La pluma quedó inmóvil.
Ahí estaba el miedo verdadero.
Los acuerdos eran fáciles cuando podía dividirse el tiempo.
Cinco en vez de tres u ocho.
Inglaterra y Nueva York.
Dos casas.
Dos familias.
¿Pero qué ocurriría cuando una decisión exigiera realmente escoger?
Frances cerró el cuaderno.
Todavía no necesitaba saberlo.
Sin embargo, dos días después, la respuesta comenzaría a buscarla antes de que cualquiera de los dos estuviera preparado.
***
El telegrama llegó a la casa de Washington Square poco después de las once de la mañana.
William estaba con un arquitecto discutiendo la ampliación de la biblioteca cuando un criado entró.
—Señor Vanderbilt.
William volvió la cabeza.
—¿Sí?
—Un mensaje urgente de Liverpool.
William extendió la mano.
—Gracias.
El criado salió.
Frances, que estaba sentada junto a la ventana revisando muestras de papel para las paredes de la futura sala de trabajo, levantó la mirada.
—¿Negocios?
—Probablemente.
William abrió el telegrama.
Leyó.
La expresión cambió.
Frances dejó las muestras.
—¿Qué ocurre?
Él no respondió inmediatamente.
Volvió a leer.
El arquitecto percibió la tensión.
—Puedo regresar más tarde.
William asintió.
—Sí. Gracias.
Cuando quedaron solos, Frances se puso de pie.
—William.
Él levantó los ojos.
—El contrato de Liverpool está en problemas.
—¿Qué pasó?
William caminó hacia la mesa y dejó el telegrama.
—La compañía que iba a manejar parte del almacenamiento recibió una oferta de nuestros competidores.
—¿Pueden abandonar?
—Todavía no firmamos la versión definitiva.
Frances sintió preocupación.
—Entonces ¿qué quieren?
William leyó otra vez.
—Quieren renegociar.
—¿Cuánto?
—Mucho.
Frances se acercó.
—¿Puede hacerse desde aquí?
William no contestó.
Ella supo.
—No.
—Podría.
—Pero.
William pasó una mano por el cabello.
—Sería mejor estar allí.
Silencio.
Frances miró el papel.
Liverpool.
Inglaterra.
La ironía casi habría sido divertida.
—Entonces vaya.
William levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Vaya.
—Frances.
—Si realmente necesita estar allí.
—Acabamos de decidir que me quedaría cinco semanas.
—Y apareció información nueva.
William la observó.
—Eso significa que regresaría a Inglaterra antes que usted.
—Sí.
—Dos semanas antes.
—Probablemente.
William caminó hacia la ventana.
—Mi padre va a decir que debo quedarme.
Frances sintió algo.
—¿Y qué piensa usted?
—Que debería ir.
La respuesta fue inmediata.
—Entonces.
Él se volvió.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
William la miró.
Ella comprendió.
No era el contrato.
—Porque usted está aquí.
Frances sintió el corazón apretarse.
—William.
—La traje para conocer mi vida.
—Y la estoy conociendo.
—Lleva menos de dos semanas.
—Eso no invalida lo que he visto.
—Quería mostrarle más.
—Puede hacerlo después.
William negó.
—No.
—¿No?
—No quiero dejarla aquí.
Frances sintió la primera chispa de irritación.
—No estaría sola.
—No he dicho eso.
—Mi familia está aquí.
—Lo sé.
—Su madre. Sophia. George.
—Frances.
—Entonces no me está dejando abandonada.
William tensó la mandíbula.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Él miró el telegrama.
—Podría enviar a George.
—¿Es su proyecto?
Silencio.
—Sí.
—¿Necesita ir usted?
William no quería responder.
Frances lo vio.
—William.
—Sí.
—Entonces vaya.
Él se volvió bruscamente.
—Está demasiado tranquila.
Frances parpadeó.
—¿Qué quiere decir?
—Que parece no importarle.
La frase cayó.
William supo que estaba mal apenas terminó.
Frances quedó inmóvil.
—¿No importarme?
—No era eso.
—Entonces ¿qué era?
William pasó una mano por el rostro.
—No sé.
—Sí sabe.
Él respiró.
Miedo.
Otra vez.
Siempre miedo disfrazándose primero de irritación.
—Esperaba que quisiera que me quedara.
Frances sintió algo doloroso.
—Quiero que se quede.
William la miró.
—Entonces dígalo.
—Quiero que se quede.
Pausa.
—Pero creo que debe ir.
Él cerró los ojos.
Aquello era peor.
Porque no podía convertirla en razón para ignorar lo evidente.
—Odio eso.
—Yo también.
—Podría perder el contrato.
—Sí.
—Podría encontrar otro socio.
—También.
William la miró.
—¿Entonces por qué está tan segura?
Frances sintió irritación real ahora.
—No estoy segura.
—Parece.
—Porque no estoy haciendo de mi miedo la única información disponible.
Silencio.
William quedó quieto.
Frances respiró.
—Me duele que se vaya.
La voz se volvió más baja.
—Mucho.
Él sintió el cambio.
—Pero si le pido que permanezca cuando sé que debería estar allí, y después el proyecto fracasa...
—No la culparía.
Frances lo miró.
—No puede prometer eso.
William abrió la boca.
No respondió.
Exactamente.
Ella continuó:
—Quizá no conscientemente.
—Frances.
—No digo que lo haría.
—Suena como si sí.
—Digo que no quiero descubrirlo.
William sintió una herida inesperada.
—¿Confía tan poco en mí?
La frase salió demasiado rápido.
Frances retrocedió apenas.
—Eso es injusto.
William supo que lo era.
Pero ya estaba allí.
—Estoy intentando...
—No.
Ella levantó una mano.
—No convierta esto en una prueba de cuánto confío en usted.
William guardó silencio.
—Esta es exactamente la clase de decisión que dijimos que algún día aparecería.
La habitación parecía más pequeña.
La futura sala compartida al otro lado del corredor ya no parecía un símbolo romántico.
Parecía casi una acusación.
Frances continuó:
—No hay cinco semanas en vez de tres u ocho.
—Podría haber otra compañía.
—Quizá.
—Entonces hay opciones.
—Siempre hay opciones.
—Exactamente.
—Pero algunas tienen costos reales.
William apretó la mandíbula.
—Entonces ¿qué quiere que haga?
Frances se detuvo.
Esa pregunta.
Peligrosa.
—No quiero decidir por usted.
—Pero tiene una opinión.
—Sí.
—Dígala.
Frances respiró.
—Creo que debe ir a Liverpool.
William miró hacia otro lado.
Dolió.
Más de lo que esperaba.
—Bien.
Frances lo observó.
—No diga bien así.
—¿Cómo?
—Como si acabara de rechazarlo.
Él soltó una risa sin humor.
—No.
—William.
—Estoy intentando procesar que después de todo lo que hablamos sobre hacer una vida juntos, aparece la primera dificultad y su solución es que me vaya.
Frances sintió que el dolor se transformaba en enojo.
—No es mi solución.
—Acaba de decir que debería ir.
—Por el negocio.
—Que está aquí.
—¿Y?
—Que es parte de la vida que supuestamente estamos intentando construir.
—Precisamente.
William la miró.
Frances dio un paso hacia él.
—¿Cree que construir una vida conmigo significa que cada decisión debe acercarlo físicamente a mí?
Él no respondió.
—Porque entonces no quiere una compañera.
La frase salió más dura de lo que deseaba.
William se tensó.
—Cuidado.
Frances sintió inmediatamente que había tocado algo peligroso.
Pero no retrocedió.
—Quiere una garantía.
Silencio.
—Eso no es justo.
—Quizá no.
—No.
William se acercó.
—No la traje aquí para convertirla en garantía de nada.
—Entonces deje de medir cuánto lo amo por cuánto me duele verlo partir.
El golpe fue completo.
William quedó inmóvil.
Frances sintió lágrimas en los ojos.
No quería llorar.
Eso empeoraba todo.
—Me duele.
Su voz quebró.
William cambió inmediatamente.
—Frances.
—Muchísimo.
Él dio un paso.
Ella levantó una mano.
Todavía no.
William se detuvo.
—Pero no voy a pedirle que destruya algo que está construyendo para demostrarme que me elige.
William tragó saliva.
—No quiero destruirlo.
—Entonces.
—Quiero encontrar otra manera.
—Bien.
Frances respiró.
—Encuéntrela.
—Eso intento.
—No.
Ella negó.
—Está intentando encontrar una manera donde no tenga que sentir pérdida.
William se quedó en silencio.
Eso era verdad.
Otra vez.
Siempre.
Quería el proyecto.
Frances.
Nueva York.
Inglaterra.
Familia.
Independencia.
Todo.
Y si podía organizar suficientemente bien el tablero quizá jamás tendría que sacrificar nada.
Pero la vida no siempre negociaba.
Frances lo miró.
—A veces perder algo por un tiempo no significa que eligió mal.
William bajó la cabeza.
La frase dolió de una forma diferente.
—No sé hacer eso muy bien.
La ira desapareció casi por completo.
Frances sintió ternura.
Y tristeza.
—Lo sé.
William levantó la mirada.
—Cuando me fui de Inglaterra la primera vez, pensé que quizá al regresar usted habría elegido a Philip.
—Lo sé.
—Cada semana en Nueva York se sintió como algo que podía perder.
Frances escuchó.
—Y cuando George estaba enfermo, cada día que había pasado lejos parecía una prueba de todo lo que ya había perdido.
La voz se volvió áspera.
—Ahora cada vez que alguien dice espere, quédese, vaya después... siento que el tiempo es una cosa que roba.
Frances se acercó lentamente.
—No puedo prometerle que nunca lo hará.
William la miró.
—Pero no puede vivir tomando todas las decisiones como si cualquier distancia fuera irreversible.
Él cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Pausa.
—Estoy aprendiendo.
Frances sintió una sonrisa triste.
—Bien.
William abrió los ojos.
—Estoy asustado.
—Yo también.
—Si voy...
—Sí.
—Y usted se queda...
—Sí.
—No quiero que algo cambie.
Frances sintió que las lágrimas finalmente cayeron.