CAPITULO 31 #2
Charles inclinó la cabeza.
—Tendré cuidado la próxima vez.
Y se alejó.
Frances permaneció quieta.
William seguía hablando con su padre.
Pero ahora ella veía algo más.
No solo al hombre que intentaba cambiar.
Sino al hombre que quizá, lentamente, estaba descubriendo que permanecer podía ser una elección propia.
***
—No.
—William.
—No.
George dejó el documento sobre una mesa pequeña del despacho.
—Ni siquiera terminaste de leerlo.
—No necesito.
—Eso es muy adulto.
William lo miró.
La recepción seguía desarrollándose al otro lado de las puertas.
Habían escapado durante diez minutos para revisar un asunto que Cornelius había considerado urgente.
William empezaba a arrepentirse.
—El contrato establece exclusividad durante tres años.
—Sí.
—No.
George suspiró.
—La exclusividad solo afecta esa clase de carga.
—Hoy.
—Está escrito.
—Los contratos pueden modificarse.
George lo miró.
—Eso es literalmente para lo que sirven.
William ignoró el comentario.
—Nos ata demasiado.
La puerta se abrió.
Cornelius entró.
Naturalmente.
—¿Qué ocurre?
George señaló el documento.
—William no acepta la exclusividad.
Cornelius miró a su hijo.
—¿Por qué?
—Porque dentro de un año quizá necesitemos trabajar con otra compañía.
—Entonces renegociaremos.
—Y nos cobrarán por liberarnos.
—Probablemente.
William frunció el ceño.
—¿Y eso no le preocupa?
—Menos que perder el contrato actual por intentar proteger una posibilidad futura que quizá nunca exista.
William sintió irritación.
—Eso es exactamente cómo terminamos dependiendo de personas que después controlan las condiciones.
Cornelius lo observó.
—No todo compromiso es control.
Silencio.
George miró entre ambos.
William sintió la frase.
Cornelius también supo que la había sentido.
—Estamos hablando del contrato —dijo su padre.
—Lo sé.
—Entonces compórtate como si lo supieras.
William endureció la mandíbula.
George intervino.
—Hay una cláusula de salida.
—Cara —respondió William.
—Pero existe.
—No es suficiente.
Cornelius soltó aire.
—¿Qué quieres?
—Reducir exclusividad a dieciocho meses.
—No aceptarán.
—Entonces dos años.
—Probablemente tampoco.
—No lo sabemos.
Cornelius miró el reloj.
—Tenemos reunión mañana a las nueve. Pregúntalo.
William parpadeó.
Esperaba otra discusión.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres?
—Nada.
Cornelius lo miró.
—Entonces deja de buscar pelea donde hay una negociación.
William sintió calor.
George carraspeó.
—Creo que volveré a la recepción.
—Cobarde —dijo William.
—Vivo.
George salió.
Cornelius permaneció.
William recogió el contrato.
—¿Algo más?
—Sí.
—Claro.
Cornelius se apoyó ligeramente contra el escritorio.
—Lady Frances está bailando con Livingston.
William dejó de mover el papel.
Silencio.
Cornelius esperó.
William levantó lentamente la vista.
—¿Qué?
—Charles Livingston.
—Sé quién es.
—Entonces.
William miró hacia la puerta.
Su padre no sonrió.
Pero algo en la expresión resultaba sospechoso.
—¿Por qué me lo dice?
—Porque llevas veinte minutos aquí.
—Estamos trabajando.
—Sí.
William siguió mirándolo.
—¿Está intentando hacerme ir?
—Estoy informando.
—Usted nunca informa sin razón.
Cornelius se encogió apenas de hombros.
—Quizá quería ver qué hacías.
William cerró los ojos.
—Esto es enfermizo.
—¿Vas a interrumpir?
—No.
—Bien.
—Voy a regresar al salón.
—Naturalmente.
William lo señaló.
—No utilice esa palabra.
Cornelius arqueó una ceja.
—¿Qué palabra?
William salió.
Detrás de él creyó escuchar algo.
Casi una risa.
Eso resultaba mucho más perturbador que cualquier discusión.
***
Frances efectivamente estaba bailando con Charles Livingston.
William lo vio al entrar.
Y descubrió que madurar continuaba siendo una experiencia profundamente sobrevalorada.
Charles era atractivo.
Eso William ya lo sabía.
También era soltero.
Rico.
Inteligente.
Tenía una fortuna independiente y, peor aún, sabía escuchar.
William se detuvo junto a una columna.
No iba a interrumpir.
Había prometido.
Bueno.
Aquella promesa había sido específicamente acerca de Montrose y probablemente técnicamente en Inglaterra.
No.
No iba a hacer eso.
Frances rio ante algo que Charles dijo.
William apretó la mandíbula.
Sophia apareció junto a él.
—No.
—No he hecho nada.
—Todavía.
—Estoy observando.
—De manera amenazante.
—Mi cara es así.
—No.
William tomó una copa de una bandeja.
—¿Cuánto llevan bailando?
Sophia sonrió.
—No voy a ayudarte.
—No estoy investigando.
—Preguntaste cuánto llevan bailando.
—Eso es cronología.
—William.
Él bebió.
—Bien.
Sophia miró hacia Frances.
—Charles es agradable.
William le dirigió una mirada.
—¿Por qué dices eso?
—Porque es verdad.
—No necesito saberlo.
—Y Frances parece divertirse.
—Sophia.
Ella sonrió.
—Esto es maravilloso.
William cerró los ojos.
—Todos disfrutan demasiado de mi sufrimiento.
—Porque durante años hiciste lo mismo con nosotros.
Eso era injustamente cierto.
La música terminó.
William vio a Charles acompañar a Frances hacia un lado del salón.
No corrió.
Caminó.
Con absoluta dignidad.
Quizá un poco más rápido de lo normal.
—Frances.
Ella se volvió.
—William.
Charles sonrió.
—Vanderbilt.
—Livingston.
—Sigue teniendo cara de querer matarme.
Frances arqueó una ceja.
William lo miró.
—Nunca te ha preocupado antes.
—No.
Charles se inclinó hacia Frances.
—Gracias por el baile.
—Gracias a usted.
Él se alejó.
William lo observó.
Frances observó a William.
—No diga nada.
—No iba a hacerlo.
—Está celoso.
—No.
Frances sonrió.
—Muchísimo.
William cerró los ojos.
—Odio haberle enseñado esa palabra.
Ella rio.
—Charles me contó cosas de usted.
William abrió los ojos.
—¿Qué cosas?
—No investigue.
—Son sobre mí.
—Precisamente.
Él la miró.
—Esto ya lo hemos hecho.
—Sí.
—Y sigo sin encontrarlo divertido.
—Yo sí.
Frances tomó su brazo.
El gesto calmó algo inmediatamente.
—Me dijo que antes nunca estaba quieto.
William dejó de bromear.
—Ah.
—Que siempre parecía estar buscando a dónde ir después.
Él miró hacia la multitud.
—Eso suena a Charles.
—También dijo que comprar una casa significa algo.
William se tensó apenas.
—¿Qué?
—Que quizá finalmente quiere pertenecer a algún sitio.
William guardó silencio.
Frances lo observó.
—¿Es verdad?
Él tardó.
—No sé.
—Puede pensarlo.
William respiró.
—Quizá.
Frances esperó.
—Durante mucho tiempo pensé que si un lugar me importaba demasiado podía atraparme.
—¿Nueva York?
—Todo.
Él miró alrededor.
—La familia. La compañía. Las personas.
Su mirada volvió hacia ella.
—Usted.
Frances sintió la emoción aparecer.
—Pero ahora compró una casa.
—Sí.
—Eso parece poco coherente.
William sonrió.
—Estoy intentando ser menos coherente con mis peores ideas.
Ella soltó una risa.
—Es un buen objetivo.
La música comenzó otra vez.
William extendió una mano.
—Baile conmigo.
Frances levantó una ceja.
—¿Eso fue una orden?
Él inmediatamente corrigió:
—¿Me concedería este baile?
—Mucho mejor.
Colocó la mano en la suya.
William la condujo hacia el centro.
Frances notó algo desde los primeros pasos.
—Ha mejorado.
Él sonrió.
—Se lo dije.
—No tanto.
—Cruel.
—Todavía pisa demasiado fuerte.
—Soy americano.
—Eso no explica nada.
—Explica muchísimo.
Frances rio.
William la sostuvo correctamente.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
La instructoria de sesenta años había hecho milagros.
—Está pensando algo —dijo él.
—Siempre.
—Sobre mí.
—Arrogante.
—Correcto.
Frances sonrió.
—Pensaba que aquí es diferente.
William sintió una pequeña tensión.
—¿Peor?
—No dije eso.
—¿Mejor?
—Tampoco.
—Frances.
Ella observó su rostro.
—Más alerta.
William supo inmediatamente qué quería decir.
—Mi padre.
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras?
—La compañía.
Ella miró alrededor.
—Aquí todo parece tocar una parte suya que en Inglaterra podía descansar.
William permaneció callado.
La danza los hizo girar.
—¿Eso le preocupa?
—Sí.
La honestidad le gustó.
También le dolió.
—A mí también.
Frances apretó ligeramente su mano.
—Pero también veo cosas buenas.
—¿Como?
—Le gusta esto.
William miró el salón.
—¿Una recepción?
—Nueva York.
Él respiró.
—Sí.
—Mucho.
—Muchísimo.
Frances sonrió.
—Eso también me importa.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que termine viviendo en Inglaterra solo porque cree que eso demuestra que me eligió.
William quedó quieto una fracción demasiado larga y casi perdió el paso.
—Cuidado.
—Ve. Todavía baila mal.
—Acaba de destruir una conversación seria.
—Necesitaba rescatar nuestros pies.
William rio.
Después volvió a mirarla.
—No quiero vivir en Inglaterra solo por usted.
Frances arqueó una ceja.
—Eso ha sonado terrible otra vez.
—Maldita sea.
Ella comenzó a reír.
—Explique.
William acercó un poco la voz.
—Quiero vivir parte del tiempo allí porque me gusta.
—Bien.
—Porque tengo trabajo.
—También.
—Porque su familia me importa.
Frances sintió algo cálido.
—Y porque usted está allí.
—Mejor.
—Pero no quiero que sea el único motivo.
—Exactamente.
William comprendió.
Frances no quería convertirse en la razón que justificara cada renuncia.
Y él tampoco debía convertirla en eso.
—Entonces quizá esto funcione.
—¿Qué cosa?
—Dos lugares.
Frances pensó.
—Quizá.
—O tres.
—No abuse.
William sonrió.
La música se acercaba al final.
—Cuando regrese a Inglaterra...
Se detuvo.
Frances esperó.
—¿Sí?
—Voy a extrañarla.
La sencillez volvió a aparecer.
Ella sintió un nudo.
—Yo también.
—Mucho.
—Probablemente.
William frunció el ceño.
Frances rio.
—Muchísimo.
Él sonrió.
—Mejor.
La música terminó.
No soltaron las manos inmediatamente.
Solo un segundo.
Después sí.
Porque todavía estaban en un salón lleno.
Porque todavía había reglas.
Porque todavía no eran marido y mujer.
Todavía.
***
La recepción terminó después de la una.
Frances estaba agotada.
Pero no podía dormir.
Abrió el cuaderno azul.
Había adquirido la costumbre de escribir cuando algo cambiaba.
Aquella noche escribió:
Nueva York no lo transforma.
Lo revela.
Se detuvo.
Pensó.
Después continuó.
Aquí veo mejor las partes de William que Inglaterra mantenía en silencio.
La necesidad de demostrar.
La rapidez para interpretar a su padre como adversario.
La facilidad con que el trabajo puede absorberlo.
Pero también veo otras cosas.
Ama esta ciudad.