Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 31
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CAPITULO 31

C ornelius Vanderbilt aceptó el plan de cinco semanas con una facilidad que William encontró profundamente sospechosa.

Eso fue lo primero que le molestó.

Lo segundo fue que su padre no intentara modificarlo.

Y lo tercero, mucho más irritante, fue descubrir que Frances disfrutaba enormemente de su desconcierto.

—No entiendo —dijo William por tercera vez.

Frances levantó la vista del plato.

El desayuno todavía no había terminado.

Lady Beatrice conversaba con la señora Vanderbilt al otro extremo de la mesa, Edward discutía con George sobre la conveniencia de visitar algún establecimiento que ambos se negaban a describir con precisión y lord Londonderry leía un periódico americano con una expresión crítica.

Cornelius bebía café.

William lo observaba.

—¿Qué no entiendes? —preguntó su padre.

—Aceptó demasiado rápido.

Cornelius levantó una ceja.

—¿Quieres que cambie de opinión?

—No.

—Entonces.

William miró a Frances.

Ella ocultó una sonrisa detrás de su taza.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Disfrutar.

—No estoy disfrutando.

Sophia soltó una risa.

—Muchísimo.

William cerró los ojos.

El problema con permitir que dos familias convivieran bajo el mismo techo durante varios días era que las expresiones privadas dejaban de ser privadas con una rapidez alarmante.

—El plan funciona —continuó Cornelius—. George puede ocuparse de los contratos ferroviarios secundarios. Tú cerrarás el acuerdo de almacenamiento y asistirás a las dos reuniones con los aseguradores. El resto puede manejarse por correspondencia cuando regreses a Inglaterra.

William esperó.

—Sí.

—Entonces ¿qué parte resulta confusa?

—Que no esté discutiendo.

Cornelius dejó lentamente la taza.

Lord Londonderry bajó el periódico.

Frances dejó de fingir que no escuchaba.

—William —dijo Cornelius—, si quieres dirigir una parte de la compañía, tendrás que aprender algo muy sencillo.

—¿Qué?

—No todas las negociaciones terminan cuando tú obtienes exactamente lo que querías.

William frunció el ceño.

—No obtuve exactamente lo que quería.

—Precisamente.

Silencio.

Cornelius continuó:

—Querías irte en tres semanas.

—Sí.

—Yo quería ocho.

—Sí.

—Cinco protege suficientemente el proyecto y te permite regresar antes de lo que considero ideal.

William lo observó.

—Eso se llama un acuerdo.

George se llevó una mano a la boca.

Sophia sonrió.

Edward murmuró:

—Esto se está poniendo interesante.

Lord Londonderry volvió lentamente al periódico.

Frances miró a William.

Él sintió la respuesta antigua.

La que habría dicho que no necesitaba una lección sobre negociación de Cornelius Vanderbilt.

Que había negociado contratos internacionales antes de que algunas personas alrededor de aquella mesa aprendieran a leer.

Que sabía perfectamente qué significaba un acuerdo.

No dijo nada de eso.

Respiró.

—Bien.

Cornelius levantó una ceja.

—¿Bien?

William sostuvo su mirada.

—Bien.

Su padre lo observó durante dos segundos.

Después tomó nuevamente el café.

Frances sonrió.

William la señaló con el tenedor.

—No.

—No he dicho nada.

—Está pensando.

—Muchísimo.

Edward comenzó a reír.

Incluso Cornelius pareció ocultar una sonrisa.

William miró alrededor de la mesa.

—Voy a desayunar en un hotel mañana.

Su madre le sirvió más pan.

—No lo harás.

—Probablemente no.

—Entonces come.

William obedeció.

Frances sintió algo cálido.

No era una gran reconciliación.

No había palabras dramáticas.

Cornelius no había pedido perdón por años de conflictos.

William tampoco había olvidado por qué habían ocurrido.

Pero había sucedido algo que quizá resultaba más importante.

Una discusión no había terminado con alguien marchándose.

Y todos habían continuado desayunando.

***

La recepción organizada por los Vanderbilt tuvo lugar cuatro noches después.

Frances había comenzado a comprender que Nueva York poseía una relación con el dinero diferente a la inglesa.

En Londres, las fortunas más antiguas intentaban parecer inevitables.

Como si hubieran estado allí desde el comienzo del tiempo y hablar demasiado de ellas resultara vulgar.

En Nueva York, muchas fortunas parecían orgullosas de haber nacido recientemente.

Los hombres hablaban de compañías.

De tierras.

De barcos.

De ferrocarriles.

De fábricas.

Las mujeres conocían más de esos negocios de lo que los caballeros ingleses habrían supuesto apropiado y, en algunos casos, discutían abiertamente sobre inversiones, propiedades y alianzas familiares.

Frances estaba fascinada.

También agotada.

La residencia Vanderbilt se había transformado.

Flores.

Música.

Decenas de carruajes.

Criados moviéndose entre salones.

Vestidos de colores brillantes.

Hombres cuyos nombres William había mencionado alguna vez en cartas y que ahora aparecían convertidos en personas reales.

Frances estaba de pie junto a Sophia cuando comprendió que, durante casi una hora, William no se había acercado.

Lo buscó con la mirada.

Lo encontró al otro extremo del salón.

Hablaba con tres hombres mayores.

Negocios.

Lo supo antes de escuchar una sola palabra.

Había algo en la postura de William cuando negociaba.

La ligereza desaparecía.

No completamente.

Pero se condensaba.

Los hombros más firmes.

La atención absoluta.

La sonrisa utilizada como instrumento en vez de diversión.

Frances lo observó.

Sophia también.

—Está trabajando.

Frances volvió la cabeza.

—En una recepción.

—Eso no significa nada para ellos.

—¿Ellos?

Sophia señaló discretamente.

—Mi padre. William. George. La mitad de los hombres de esta habitación.

Frances volvió hacia William.

—En Inglaterra también se cierran acuerdos en cenas.

—Sí.

Sophia sonrió.

—Pero aquí fingimos menos.

Frances rio.

William giró la cabeza.

La vio.

Algo cambió inmediatamente en su rostro.

Una mirada.

Solo una.

Pero Frances sintió el efecto.

Sophia la observó.

—Eso es nuevo.

—¿Qué?

—Que mire a alguien en medio de una negociación.

Frances sintió calor.

—Quizá estaba mirando el reloj.

—Naturalmente.

Ella cerró los ojos.

—Ya basta con esa palabra.

Sophia sonrió.

—William va a destruir el idioma inglés antes de terminar.

Frances volvió a mirar.

Uno de los hombres dijo algo.

William respondió.

Después Cornelius se acercó al grupo.

Y la transformación fue inmediata.

No visible para cualquiera.

Sí para Frances.

La espalda de William se tensó.

Su expresión cambió apenas.

Preparación.

No pelea todavía.

Solo preparación.

Frances sintió una pequeña incomodidad.

Cornelius habló.

Uno de los hombres rio.

William respondió.

Nada ocurrió.

Sin embargo, Frances continuó observando.

Porque empezaba a entender que el verdadero conflicto entre padre e hijo no necesitaba gritos.

Podía existir en una mirada.

En quién hablaba primero.

En quién corregía una cifra.

En quién era presentado como responsable de una idea.

Un criado se acercó a Sophia.

Ella se excusó.

Frances quedó sola.

No completamente.

Nunca en una recepción.

Pero suficiente.

—Lady Frances.

Se volvió.

El hombre que la saludó era de unos treinta años, rubio oscuro, bien vestido y con una expresión demasiado segura de sí misma.

—Señor...

—Charles Livingston.

Frances reconoció el apellido.

William lo había mencionado.

No en una lista.

Gracias a Dios.

—Encantada.

—La esperaba diferente.

Frances arqueó una ceja.

—Eso suele ser una apertura peligrosa.

El hombre sonrió.

—Ahora entiendo.

—¿Qué?

—Vanderbilt.

Frances sintió la primera señal de irritación.

—No estoy segura de comprender.

—Ha hablado tanto de usted.

Ella quedó quieta.

—¿William?

—No recientemente.

Charles tomó una copa de una bandeja.

—Durante su primera estancia en Inglaterra.

Frances sintió curiosidad.

—No sabía que lo conociera tan bien.

—Nos conocemos desde niños.

Eso explicaba algo.

—Entonces debería ofrecerle mis condolencias.

Charles soltó una carcajada.

—Definitivamente entiendo.

Frances sonrió.

—¿Qué decía?

El hombre la observó.

—¿Está segura de que quiere saber?

—No.

Pausa.

—Sí.

Charles se acercó ligeramente para no tener que elevar la voz.

—Al principio decía que una mujer inglesa había decidido que él era insoportable.

Frances sonrió.

—Eso es correcto.

—Después escribió que la misma mujer parecía empeñada en casarse con el hombre más aburrido que pudiera encontrar.

—Philip no era aburrido.

—Eso no lo sé.

—William tampoco, aparentemente.

Charles rio.

—Más tarde dejó de describirla como la mujer inglesa.

Frances sintió algo.

—¿Cómo la llamaba?

—Frances.

La sencillez produjo más efecto del esperado.

Charles continuó:

—Eso fue cuando supimos que estaba perdido.

Ella rio suavemente.

—¿Todos sabían menos él?

—Prácticamente.

—Eso también parece correcto.

Charles tomó un sorbo.

—Nunca lo había visto así.

Frances lo observó.

—¿Así cómo?

La respuesta tardó.

—Quieto.

Ella frunció el ceño.

—William no parece particularmente quieto.

—No físicamente.

Charles miró hacia donde William conversaba.

—Siempre estaba buscando la siguiente cosa.

Frances guardó silencio.

—El siguiente negocio. La próxima ciudad. Otra discusión con Cornelius. Alguna mujer. Un barco. Una apuesta.

Frances sintió una pequeña punzada ante “alguna mujer”.

No suficiente para llamarla celos.

Quizá.

—Incluso cuando estaba aquí parecía estar pensando dónde ir después.

Charles la miró.

—Ahora compró una casa.

Frances sonrió.

—Lo sé.

—Eso es lo que quiero decir.

Ella volvió hacia William.

No había pensado en cómo aquella compra debía parecer para las personas que lo conocían desde antes.

—¿Le preocupa?

Charles pareció sorprendido.

—¿Que se quede?

—Que cambie.

Él pensó.

—Depende de por qué.

Frances sintió inmediatamente el eco de Philip.

No se enamore del progreso de un hombre.

—¿Y por qué cree que lo hace?

Charles miró hacia ella.

—No creo que sea por usted.

Frances no esperaba la respuesta.

—Eso suena extraño.

—Usted probablemente fue la primera razón para detenerse.

Hizo una pausa.

—Pero un hombre no compra una casa solo porque está enamorado.

Frances sonrió.

—Algunos sí.

—William no.

Aquello era cierto.

—Él compraría un barco.

Frances soltó una risa.

Charles sonrió.

—Una casa significa que finalmente quiere pertenecer a algún sitio.

La conversación la dejó más pensativa de lo que esperaba.

—Gracias.

—¿Por qué?

—No lo sé todavía.