Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 30 #3
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CAPITULO 30 #3

Había vivido convencido de que siempre podía regresar después.

Y ahora temía cualquier demora.

—No somos usted y George —dijo suavemente.

William tragó saliva.

—Lo sé.

—No voy a desaparecer porque pase unas semanas trabajando.

—Lo sé.

—Entonces dígalo como si lo creyera.

Él levantó los ojos.

—No va a desaparecer.

—No.

—Y yo no estaré abandonándola.

—No.

William respiró.

Algo empezó a soltarse.

—Odio esto.

Frances sonrió.

—Muchísimo.

Él rio.

Después la atrajo.

Se detuvo.

—¿Puedo?

—Sí.

William la abrazó.

Frances apoyó la mejilla sobre su pecho.

—Quédese si necesita quedarse.

Él cerró los brazos con fuerza.

—No quiero que esto sea usted sacrificándose.

—No lo es.

—Volverá sola.

—Con mis padres, Edward, Eleanor y media Inglaterra según la cantidad de equipaje de mamá.

William soltó una risa contra su cabello.

—Buen punto.

Frances se apartó apenas.

—Y después puede venir.

—Seis semanas.

—Quizá.

—Voy a negociar cinco.

—Naturalmente.

William cerró los ojos.

Ella comenzó a reír.

—Lo hizo a propósito.

—Muchísimo.

Él la miró.

Y, de pronto, algo cambió.

La decisión todavía no estaba completamente tomada.

Pero por primera vez ambos estaban mirando un problema real sin intentar convertirlo en prueba de amor.

Frances no exigía que William eligiera Inglaterra.

William no exigía que ella permaneciera en Nueva York.

Ninguno estaba ofreciendo sacrificios dramáticos.

Estaban negociando tiempo.

Responsabilidad.

Distancia.

Vida.

William miró los papeles.

Después a ella.

—Cinco semanas.

Frances arqueó una ceja.

—Todavía no sabemos si es posible.

—Lo haré posible.

Ella lo señaló.

—Eso sonó a Cornelius.

William quedó horrorizado.

—Retiro lo dicho.

Frances rio.

Él tomó otra vez los documentos.

—Vamos a averiguarlo.

—Juntos.

William la miró.

—Juntos.

Y durante las siguientes tres horas hicieron exactamente eso.

No como un hombre explicando su trabajo a la mujer a la que quería impresionar.

Ni como una dama jugando a entender negocios.

Sino como dos personas intentando decidir qué forma podía tener una vida que todavía no existía.

Al final encontraron una respuesta.

Cinco semanas en Nueva York.

William podía transferir dos negociaciones a George, cerrar personalmente los acuerdos más delicados y viajar después a Inglaterra sin comprometer el proyecto.

No era perfecto.

Precisamente por eso Frances confió en ello.

William dejó la última hoja sobre la mesa.

—Cinco.

—Cinco.

—Odio cinco.

—Lo sé.

—Tres habría sido mejor.

—Para usted.

—Para ambos.

Frances levantó una ceja.

William suspiró.

—Bien. Para mí.

Ella sonrió.

—Progreso.

Él la observó.

—¿Sabe qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que mi padre va a aceptar este plan.

—¿Y eso es malo?

—Significa que tendré que admitir que no estaba intentando encadenarme a Nueva York.

Frances comenzó a reír.

William miró al techo.

—Esto ha sido un día terrible.

Ella se acercó.

—Compró una casa que me gusta.

—Bien.

—Encontramos una solución.

—Aceptable.

—Y todavía lo amo.

William la miró inmediatamente.

Frances sonrió.

—Eso debería mejorar bastante el día.

Él se puso de pie.

—Muchísimo.

William acercó una mano a su rostro.

—¿Puedo besarla?

—Sí.

La besó.

Despacio al principio.

Después con una emoción contenida durante toda la mañana.

Frances respondió sin miedo.

William la sostuvo por la cintura y, durante unos segundos, la habitación vacía, el proyecto, Nueva York, Inglaterra y las cinco semanas dejaron de existir.

Cuando se separaron, ambos respiraban más rápido.

William apoyó la frente contra la suya.

—Tengo una pregunta.

Frances sonrió.

—¿Otra?

—Una importante.

Su corazón cambió de ritmo.

William lo vio.

—No esa.

Frances sintió decepción.

Otra vez.

Él comenzó a reír.

—Deje de hacer esa cara.

—No hago ninguna.

—Muchísimo.

Ella lo golpeó suavemente.

William tomó su mano.

—Quiero que elija una habitación de esta casa.

Frances parpadeó.

—¿Qué?

—No para usted.

—Ah.

—No todavía.

—William.

Él sonrió.

—Quiero decir que elija qué debería ser esta.

Miró hacia el corredor.

La habitación vacía.

Frances comprendió.

No era una propuesta.

No era una promesa.

Era algo quizá más íntimo.

Participar.

—¿Puedo elegir cualquier cosa?

—Casi.

—¿Una sala de música?

William hizo una mueca.

—Usted toca mal.

—Eso no importa.

—Mucho.

Frances rio.

Pensó.

—Una sala para trabajar.

William arqueó una ceja.

—¿Mía?

—No.

Ella sonrió.

—De ambos.

Silencio.

William quedó inmóvil.

Frances sintió que la palabra había salido antes de poder medirla.

De ambos.

No una biblioteca de él.

No un salón de ella.

Un lugar donde pudieran sentarse juntos con papeles, libros, proyectos, cartas.

William miró hacia la habitación.

Después a Frances.

—De ambos.

—Si algún día...

Ella se detuvo.

William no la obligó a terminar.

—Sí.

Una sonrisa lenta apareció.

—Me gusta.

Frances apretó sus dedos.

—Bien.

William miró otra vez la habitación vacía.

Por primera vez desde que la había comprado, dejó de verla como símbolo de una vida que todavía podía convertirse en cualquier cosa.

Ahora tenía una primera decisión.

No impuesta.

No heredada.

Compartida.

Y quizá aquello era exactamente lo que había querido encontrar.