CAPITULO 30 #2
Frances lo vio detectar el movimiento.
Su cuerpo se volvió ligeramente hacia ellos.
Cornelius también lo vio.
—Mi hijo parece convencido de que planeo secuestrarla.
Frances sintió una risa.
—No exactamente.
—Casi.
—Está preocupado.
—Eso también es nuevo.
Cornelius tomó una copa de brandy.
—Antes solía estar preocupado solo por perder libertad.
Frances lo observó.
—Ahora también.
El hombre levantó una ceja.
—¿Cree?
—Sí.
—Entonces ¿qué cambió?
Frances miró brevemente hacia William.
—Lo que entiende por libertad.
Cornelius siguió su mirada.
William fingía no observarlos.
Lo hacía muy mal.
—¿Y qué entiende ahora?
Frances pensó.
—Que poder marcharse no siempre significa ser libre.
Cornelius permaneció en silencio.
—A veces también puede serlo poder quedarse sin sentir que se está rindiendo.
La expresión del hombre cambió muy poco.
Pero cambió.
—Eso suena como algo que él diría.
—Me lo dijo de otra forma.
—Entonces ya habla demasiado.
Frances sonrió.
—Muchísimo.
Cornelius casi rio.
Casi.
—¿Lo ama?
La pregunta llegó sin preparación.
Frances no se movió.
Al otro extremo del salón, William continuaba conversando con George.
No podía escuchar.
—Sí.
Cornelius la observó.
No hubo sorpresa.
—Eso complica las cosas.
Frances arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque mi hijo siempre ha sido peligroso cuando algo le importa demasiado.
Ella sintió una pequeña tensión.
—¿Eso es una advertencia?
—Una observación.
—Explíquela.
Cornelius tomó un sorbo.
—William no tolera sentirse impotente.
Frances recordó la tormenta.
La carga.
El impulso de bajar él mismo.
—Lo sé.
Cornelius la miró.
—¿Ya lo vio?
—Sí.
Algo parecido a aprobación cruzó su rostro.
—Entonces sabe que intenta resolver cosas que no necesitan ser resueltas por él.
—También.
—Y que, cuando teme perder algo, puede empujar demasiado.
Frances sostuvo la mirada.
—Lo sé.
Cornelius guardó silencio.
—Pero usted también lo hace.
Aquello sí lo sorprendió.
Muy ligeramente.
Frances continuó:
—Solo que lo llama responsabilidad.
El silencio entre ambos cambió.
No hostil.
Más serio.
Cornelius inclinó lentamente la cabeza.
—Entiendo por qué le gusta.
Frances sonrió.
—Eso ha sonado casi como un cumplido.
—No se acostumbre.
William apareció a su lado.
—¿Todo bien?
Frances miró hacia él.
—Sí.
Cornelius tomó otro sorbo.
—Estamos hablando de tus defectos.
William cerró los ojos.
—Naturalmente.
Frances comenzó a reír.
Cornelius miró a su hijo.
—Tu problema de las ocho semanas sigue pendiente.
William perdió parte del humor.
—Lo sé.
—Mañana tendrás los detalles.
—Bien.
Frances intervino.
—Quiero verlos.
William se volvió hacia ella.
—Frances.
—Dijo que podía.
—Si quería.
—Quiero.
Cornelius asintió.
—Bien.
William observó a ambos.
—Esto es alarmante.
Frances sonrió.
—¿Qué?
—Se entienden.
Cornelius levantó una ceja.
—No exageres.
—Estoy intentando no hacerlo.
Frances tomó el brazo de William.
—Entonces mañana lo revisamos.
Él la miró.
—¿Juntos?
—Juntos.
Cornelius se apartó.
—Buenas noches, lady Frances.
—Buenas noches, señor Vanderbilt.
Cuando estuvo lo bastante lejos, William exhaló.
—¿Qué le dijo?
—No investigue.
—Es sobre mí.
—Precisamente.
—Frances.
Ella sonrió.
—Me preguntó si lo amo.
William quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Y le dije que sí.
Él la miró como si el salón hubiera desaparecido.
—¿A mi padre?
—Sí.
—Antes de que yo siquiera...
Se detuvo.
Frances arqueó una ceja.
—¿Antes de que usted qué?
William abrió la boca.
Cerró.
—Nada.
—No.
—Frances.
—Iba a decir algo.
Él respiró.
—Antes de que yo le haya pedido que se case conmigo.
Silencio.
Frances sintió el corazón golpear.
William también.
Ninguno apartó la mirada.
—Ah —dijo ella.
Brillante.
William casi sonrió.
—Ah.
—Eso sonó...
—Como una propuesta que no es propuesta.
—Exactamente.
—Se me están acumulando.
William miró alrededor.
Demasiada gente.
No allí.
No así.
—No voy a hacerlo esta noche.
Frances sintió una ridícula decepción.
La ocultó mal.
William sonrió.
—Otra vez.
—No sé de qué habla.
—Está decepcionada.
—No.
—Muchísimo.
Ella le dio un golpe pequeño en el brazo.
—No abuse.
William rio.
—No voy a pedírselo hasta que resolvamos lo de Nueva York.
La seriedad regresó.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que diga sí y después descubramos que la primera decisión importante de nuestra vida consiste en separarnos durante dos meses sin haberlo hablado.
Frances comprendió.
—Bien.
—Eso no significa que no quiera.
—Lo sé.
—Muchísimo.
Ella sonrió.
William tomó su mano.
—Mañana.
—Los documentos.
—Sí.
—Y después.
Él la miró.
—Después veremos qué hacemos.
***
Los documentos llegaron a las nueve de la mañana.
Eran más extensos de lo que Frances esperaba.
William los llevó a la biblioteca de la casa de Washington Square.
Era la primera vez que Frances veía la propiedad.
Y lo primero que dijo fue:
—El postigo está torcido.
William cerró los ojos.
—Buenos días para usted también.
Ella sonrió.
—Me gusta.
Él se volvió.
—¿En serio?
Frances miró el salón.
Vacío en gran parte.
Luz entrando por las ventanas.
Paredes que necesitaban atención.
Un jardín pequeño al fondo.
—Sí.
William intentó disimular cuánto le importaba la respuesta.
No lo consiguió.
—Aún no vio la biblioteca.
—Entonces muéstremela.
Él la condujo.
Frances entró.
La habitación era efectivamente pequeña.
Se volvió.
—Necesita ampliarse.
William sonrió.
—Lo sabía.
—¿Ya lo había pensado?
—No responderé.
Frances rio.
Después vio la habitación vacía al final del corredor.
Se detuvo.
William también.
—¿Esta?
—Sí.
Frances entró.
La luz era clara.
No había nada.
Solo espacio.
—Entiendo.
William permaneció en la puerta.
—¿Qué?
—Por qué la compró.
Él no respondió.
Frances caminó hacia la ventana.
—No parece esperar nada de quien entre.
William sintió la frase.
—Eso pensé.
Ella se volvió.
—Me gusta mucho.
Él sonrió.
No amplio.
No arrogante.
Algo más vulnerable.
Frances sintió ganas de abrazarlo.
No lo hizo todavía.
—Los documentos —recordó.
William hizo una mueca.
—Detesto su disciplina.
—Mentira.
—Muchísimo.
Se instalaron en la biblioteca.
Dos horas después, Frances comprendía el problema.
No era Cornelius inventando una necesidad.
Eso habría sido más sencillo.
La ruta realmente entraba en una etapa crítica.
Había contratos con aseguradores.
Acuerdos con almacenes.
Negociaciones con dos compañías ferroviarias.
Y un problema de financiación que William no había mencionado.
Frances apoyó la pluma.
—Ocho semanas no parece absurdo.
William la miró.
—No.
La respuesta fue tensa.
—Quizá seis.
—Quizá.
—Si delega esto.
Señaló una parte.
—George puede hacerlo.
—Probablemente.
—Y el contrato de Liverpool podría manejarse por correspondencia después de la primera firma.
—Sí.
Frances lo observó.
—Entonces ¿qué quiere?
William se recostó.
—Volver con usted.
La sencillez le dolió.
—Eso no responde.
—Sí.
—No completamente.
William miró los papeles.
—Quiero volver a Inglaterra cuando su familia regrese.
—Eso sería dentro de tres semanas.
—Sí.
—¿Puede?
Él no respondió.
Frances sintió el miedo aparecer.
—William.
—Puedo.
—¿Pero?
—Podría poner en riesgo la operación.
Silencio.
—¿Cuánto?
—No sé.
—Entonces averigüe.
Él la miró.
—¿Qué?
—No decida desde el miedo.
La frase era suya.
Ahora volvía.
William casi sonrió.
Frances continuó:
—Si quedarse seis semanas mejora significativamente la posibilidad de que este proyecto funcione, tenemos que hablar de eso.
—No quiero que nuestra primera decisión sea separarnos.
—Quizá nuestra primera decisión tenga que ser precisamente aprender a hacerlo sin convertirlo en abandono.
William se quedó completamente inmóvil.
Frances sintió que aquello también le dolía a ella.
—No me gusta —dijo él.
—A mí tampoco.
—Acaba de llegar.
—Lo sé.
—Quiero mostrarle la ciudad.
—Puede hacerlo durante tres semanas.
—Quiero...
Se detuvo.
Más.
Quería más.
Frances lo entendió.
—Yo también.
William bajó la mirada.
—Si usted vuelve a Inglaterra y yo me quedo...
—No significa que me esté dejando.
—Para mí puede sentirse así.
La honestidad fue brutal.
Frances se levantó.
Caminó hacia él.
—Entonces eso es lo que tenemos que aprender.
William la miró.
—¿Y si no quiero aprenderlo?
—Entonces estará tomando una decisión comercial solo para evitar una emoción.
Él cerró los ojos.
Otra precisión dolorosa.
—Detesto cuando tiene razón.
—Eso no es nuevo.
William soltó una risa breve.
Frances tomó su mano.
—No estoy diciendo que deba quedarse.
—Lo sé.
—Estoy diciendo que no quiero que regrese conmigo solo porque teme que si me deja partir pierda algo.
William apretó sus dedos.
—¿Y si lo pierdo?
—Entonces no confía demasiado en mí.
El golpe fue inmediato.
—No es eso.
—¿Entonces?
William tardó.
—No confío demasiado en el tiempo.
Frances sintió que la respuesta era mucho más profunda.
Él había perdido años con George.
Había dejado que el orgullo lo separara de su familia.