Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 30
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CAPITULO 30

L a cena con los Astor comenzó a incomodar a William varias horas antes de que los invitados atravesaran la puerta.

Aquello, en sí mismo, habría sido suficiente para ponerlo de mal humor.

Lo que terminó de arruinarlo fue encontrar a Frances en el salón pequeño junto a Sophia, escuchando con atención una explicación sobre las familias más influyentes de Nueva York como si estuviera preparándose para un examen.

—No necesita memorizar nada —dijo William desde la puerta.

Frances levantó la vista.

—No estoy memorizando.

Sophia sonrió.

—Está memorizando.

William entró.

—No me sorprende.

Frances cerró el abanico que sostenía.

—Solo quiero saber con quién voy a cenar.

—Personas.

—Eso es muy útil.

—Ricas.

—William.

—Y probablemente curiosas.

Sophia soltó una risa.

—Muchísimo.

Frances miró a ambos.

—¿Por qué siento que me ocultan algo?

William se tensó apenas.

No quería hacerlo.

Precisamente por eso Frances lo notó.

—¿Qué?

Él suspiró.

—Mi padre no invita a ciertas familias porque tenga una repentina necesidad de compañía.

—Ya lo imaginé.

—Entonces probablemente quiera hacer una declaración.

Frances arqueó una ceja.

—¿Sobre qué?

William miró hacia Sophia.

Ella levantó ambas manos.

—No me mires. Yo también quiero saber.

Frances volvió hacia él.

—William.

—Quizá quiera presentarla formalmente dentro de ciertos círculos.

—¿Y eso es malo?

—No necesariamente.

—Entonces.

William apretó la mandíbula.

—Entonces quiero saber por qué antes de que él lo decida por nosotros.

Frances dejó escapar una respiración lenta.

—Otra vez.

Él frunció el ceño.

—¿Otra vez qué?

—Está transformando una posibilidad en una amenaza antes de que ocurra.

William abrió la boca.

La cerró.

Sophia miró el techo.

—Voy a desaparecer.

—No —dijo Frances.

—Sí.

—Sophia.

—Los quiero mucho a ambos, pero prefiero presenciar una ejecución pública.

William la miró.

—Traición.

—Herencia familiar.

Y salió.

Frances esperó hasta que la puerta se cerró.

—No estoy diciendo que su padre no pueda tener una intención.

—La tiene.

—Probablemente.

—Seguro.

—William.

Él caminó hacia una mesa lateral.

—Conozco a mi padre.

—Lo sé.

—Y usted no.

—Por eso estoy aquí.

Él se volvió.

La respuesta lo detuvo.

Frances continuó:

—No vine a Nueva York para que me proteja de cada parte desagradable antes de que pueda verla.

—No intento...

—Sí.

Él respiró.

—Quizá.

—Si Cornelius quiere utilizar esta cena para anunciar algo, lo descubriremos.

—¿Y si intenta presentarla como futura miembro de esta familia antes de que usted haya decidido?

Frances pensó.

—Entonces se lo diré.

—¿A él?

—Sí.

William la observó como si aquello fuera una idea peligrosa.

Frances sonrió lentamente.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso es mentira.

—Estoy intentando imaginar la cara de mi padre.

—¿Cuando le diga que no decida por mí?

—Sí.

Frances se acercó.

—¿Le preocupa por mí?

—Muchísimo.

—¿O le preocupa no ser usted quien lo enfrente primero?

Aquello golpeó.

William bajó la mirada.

Frances esperó.

Finalmente él soltó una risa sin humor.

—Eso fue cruelmente preciso.

—Estoy aprendiendo de los mejores.

William levantó la vista.

—Bien.

—¿Bien?

—Si hace algo, usted habla primero.

Frances sonrió.

—Eso parece progreso.

—No me gusta.

—No necesita.

Él se acercó.

—Y si después sigue presionando...

—Entonces puede intervenir.

—Excelente.

—Sin incendiar la casa.

William hizo una mueca.

—No prometo tanto.

Frances rio.

Él miró el vestido que llevaba.

Azul oscuro.

Sencillo para los estándares de una cena importante, aunque seguía siendo lo bastante elegante como para hacer que William perdiera algunos segundos de pensamiento.

Frances lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—William.

Él sonrió.

—Está hermosa.

El cambio de tono la sorprendió.

—Gracias.

William extendió la mano.

Se detuvo.

Frances colocó la suya sobre ella.

Él la acercó ligeramente.

—No quiero arruinar esta noche antes de que empiece.

—Entonces no lo haga.

—Gran consejo.

—Cobro por hora.

William rio.

—Eso explicaría nuestra relación.

Ella arqueó una ceja.

—¿Nuestra relación?

Él sintió el peligro.

—Cortejo.

—Demasiado tarde.

—Frances.

—No he dicho nada.

—Lo está pensando.

—Muchísimo.

William cerró los ojos.

Y por primera vez desde que había regresado a Nueva York, entró a una cena organizada por Cornelius Vanderbilt sonriendo.

***

Los Astor llegaron puntuales.

Frances había esperado solemnidad.

Encontró curiosidad.

La señora Astor era una mujer elegante, de ojos inteligentes y modales tan impecables que cualquier observación podía parecer inocente aunque no lo fuera. Su esposo hablaba con lord Londonderry acerca de comercio y propiedades antes incluso de que terminaran las presentaciones.

Cornelius observaba.

Siempre observaba.

Frances comprendió rápidamente que William no había exagerado sobre aquello.

Sin embargo, también descubrió algo inesperado.

Cornelius no dominaba cada conversación.

Permitía que otros lo hicieran.

Escuchaba más de lo que ella había imaginado.

Eso no lo hacía menos controlador.

Solo más hábil.

—Lady Frances —dijo la señora Astor mientras tomaban asiento—, espero que Nueva York no le parezca demasiado vulgar después de Londres.

Frances sonrió.

—Me parecería injusto comparar una ciudad que conozco desde niña con una que llevo menos de un día intentando comprender.

La mujer arqueó una ceja.

—Respuesta diplomática.

—En realidad es verdadera.

Cornelius miró brevemente hacia William.

William lo vio.

Se tensó.

Frances también lo vio.

No reaccionó.

La cena avanzó.

Hablaron de Inglaterra.

Del viaje.

De política.

De comercio.

Y luego, inevitablemente, de William.

—Nos sorprendió saber que Vanderbilt había pasado tanto tiempo en Inglaterra —comentó el señor Astor.

William tomó vino.

—A mí también.

Frances sonrió.

—Fue castigado.

Cornelius levantó los ojos.

William casi se atragantó.

Sophia bajó la cabeza.

George comenzó a toser de una forma sospechosa.

La señora Astor sonrió.

—¿Castigado?

Frances miró a William.

—¿No puedo contarlo?

Él la observó.

—Ahora parece inútil impedirlo.

—Cornelius lo envió a Inglaterra para que aprendiera cierta disciplina.

La mesa entera quedó interesada.

William apoyó el tenedor.

—Quisiera dejar constancia de que no funcionó inmediatamente.

Frances sonrió.

—No.

Cornelius tomó un sorbo de vino.

—Todavía está en evaluación.

William giró la cabeza.

—Padre.

La señora Astor rio.

La tensión disminuyó.

Frances vio algo más.

Cornelius podía ser seco.

Incluso duro.

Pero no parecía avergonzado de William.

Ni molesto porque Frances conociera sus errores.

Eso complicaba la imagen que ella había construido.

No era un monstruo.

Era un hombre acostumbrado a considerar que el control era una forma de responsabilidad.

Peligroso de otra manera.

Mucho más difícil de rechazar por completo.

A mitad de la cena llegó el momento que William había estado esperando.

Cornelius dejó los cubiertos.

—Lady Frances permanecerá algunas semanas en Nueva York.

William levantó ligeramente la cabeza.

Frances también.

—Así es —respondió ella.

—Me gustaría asegurarme de que conozca la ciudad adecuadamente.

William sintió el cuerpo prepararse.

Frances lo notó desde el otro lado de la mesa.

Una mirada.

Solo eso.

William respiró.

No habló.

Cornelius continuó:

—Habrá algunas cenas, quizá un baile.

Sophia sonrió.

—Mamá ya mencionó el baile.

—Y pensé que sería conveniente organizar una recepción aquí.

William cerró los dedos alrededor de la copa.

Frances esperó.

—¿Conveniente para qué? —preguntó ella.

Cornelius la miró directamente.

Bien.

Ahí estaba.

—Para presentarla.

—Ya me ha presentado esta noche.

Una pausa.

La señora Vanderbilt miró discretamente a su esposo.

Cornelius no se ofendió.

—A un círculo más amplio.

Frances sostuvo su mirada.

—¿Como invitada de su familia?

William dejó de respirar.

Cornelius tardó apenas un segundo.

—Sí.

Frances sonrió.

—Entonces me encantará.

William parpadeó.

Eso era todo.

No anuncio.

No apropiación.

No futura nuera.

Nada.

Sintió una mezcla de alivio y vergüenza.

Cornelius lo miró.

Una sola vez.

Fue suficiente.

Sé exactamente qué estabas esperando.

William bebió vino.

Frances también vio aquella mirada.

Tuvo que ocultar una sonrisa.

La cena continuó.

Hasta que la señora Astor, con una habilidad social casi cruel, decidió preguntar:

—¿Y cuánto tiempo planea permanecer en Nueva York, Vanderbilt?

William sintió la mesa tensarse.

Cornelius respondió antes.

—Ocho semanas como mínimo.

Frances levantó los ojos.

William dejó la copa con demasiada precisión.

—Eso todavía no está decidido.

Silencio.

La señora Astor miró entre ambos.

Sophia cerró los ojos.

Lord Londonderry se volvió lentamente hacia Cornelius.

—Creí que William regresaría con nosotros.

Cornelius sostuvo la mirada del marqués.

—La nueva ruta requiere su presencia.

William intervino.

—Estamos revisando exactamente cuánto requiere.

Cornelius no lo miró.

—La fase actual es delicada.

—Padre.

Frances sintió que aquello empezaba a convertirse en lo que William temía.

No una discusión comercial.

Una lucha pública.

Levantó la voz con calma.

—¿La ruta es la misma que William me mostró durante el viaje?

Cornelius volvió hacia ella.

—Sí.

—Entonces quizá sería mejor discutirlo después de la cena.

Silencio.

William la miró.

Cornelius también.

Frances tomó su copa.

—A menos que la señora Astor haya viajado hasta aquí para escuchar proyecciones de carga.

La mujer sonrió.

—Aunque podría ser entretenido, prefiero el postre.

George soltó una risa.

La tensión se rompió.

Cornelius inclinó la cabeza.

—Después de la cena.

William no supo si sentirse agradecido o molesto porque Frances hubiese detenido algo que él debería haber controlado.

Lo cual era, precisamente, el problema.

La miró.

Ella levantó ligeramente una ceja.

No.

No convierta esto en otra cosa.

William respiró.

Y volvió a comer.

***

Después de la cena, los hombres no se retiraron inmediatamente como habría ocurrido en muchas casas inglesas.

Aquello agradó a Frances.

La conversación continuó en el salón principal, y por un rato logró disfrutar realmente de la noche.

Hasta que Cornelius se acercó.

Solo.

William estaba al otro extremo del salón hablando con George.