Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) EPÍLOGO #3
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EPÍLOGO #3

Frances había terminado abriendo, junto con Margaret y varias familias locales, un pequeño programa de formación para muchachas en cálculo comercial cerca de una de las nuevas oficinas ferroviarias.

Cornelius había financiado parte.

Después de discutir condiciones durante tres semanas.

Había disfrutado cada minuto.

La ruta transatlántica prosperaba.

George dirigía cada vez más operaciones desde Nueva York.

William tenía autonomía real.

No porque hubiera escapado de su padre.

Porque finalmente podía trabajar junto a él sin convertir cada diferencia en una guerra.

No siempre.

Algunas reuniones terminaban con puertas cerrándose más fuerte de lo necesario.

Pero nadie desaparecía durante meses.

Era progreso.

Cornelius seguía siendo Cornelius.

William seguía siendo William.

Frances consideraba eso una victoria mayor que cualquier reconciliación perfecta.

Y aquella mañana estaban nuevamente en Blackwood Hall.

Verano.

Los niños corrían por el jardín.

Lady Beatrice intentaba convencer a Eleanor de no arrancar flores.

Lord Londonderry fingía leer mientras vigilaba a Henry desde detrás del periódico.

Edward había llegado con su esposa.

Sí.

Su esposa.

Porque el destino tenía sentido del humor.

Eleanor.

La amiga de Frances.

Aquello había requerido una historia propia de suficientes discusiones, negaciones y momentos absurdos para que William insistiera en que jamás quería escuchar todos los detalles.

Sophia aseguraba saberlos.

George también estaba allí.

Incluso Cornelius y la señora Vanderbilt habían cruzado el Atlántico.

Frances estaba sentada bajo un árbol con el cuaderno azul.

William apareció.

—No.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—Está escribiendo sobre mí.

—¿Cómo sabe?

—Esa cara.

Frances sonrió.

—Todos tienen algo con las caras.

William se sentó.

—¿Qué escribió?

Ella cerró el cuaderno.

—Nada.

—Mentira.

—Muchísimo.

Él intentó tomarlo.

Frances lo apartó.

—William.

—Soy su marido.

—No es una autorización legal.

—Podría hacer una.

Ella comenzó a reír.

William sonrió.

Después miró hacia el jardín.

Louisa perseguía a Henry.

Eleanor pequeña estaba sentada junto a Cornelius, entregándole flores una por una.

Cornelius las recibía con expresión solemne.

William observó.

—Nunca pensé que vería eso.

Frances siguió su mirada.

—Su padre con flores.

—Mi padre obedeciendo a una niña de dos años.

Frances sonrió.

—Todos encontramos a alguien que consigue gobernarnos.

William levantó una ceja.

—¿Eso cree?

—Sí.

—Yo no.

Frances lo miró.

—Claro.

William rio.

Se recostó en el banco.

El sol atravesaba las ramas.

Blackwood Hall detrás.

Su familia adelante.

Nueva York al otro lado del océano.

Chicago todavía parte de sus planes.

Liverpool.

Boston.

Londres.

No había terminado eligiendo un lugar.

Había construido conexiones.

Frances abrió otra vez el cuaderno.

—¿Quiere saber lo que escribí?

William se volvió.

—Sí.

Ella leyó:

“Hace años creí que debía encontrar al hombre correcto y después construir mi vida alrededor de aquella elección.

Me equivoqué.

Después pensé que debía encontrar una vida correcta y escoger al hombre capaz de entrar en ella.

También me equivoqué.

La verdad resultó mucho menos elegante.

Elegimos una persona.

Después elegimos otra vez.

Cuando cambian las ciudades.

Cuando llegan hijos.

Cuando mueren planes.

Cuando aparecen nuevos.

Cuando estamos enfadados.

Cuando estamos cansados.

Cuando la otra persona decepciona.

Cuando sorprende.

Cuando quedarse es fácil.

Y especialmente cuando no lo es.”

William permaneció quieto.

Frances continuó:

“William todavía habla demasiado.

Sigue intentando resolver problemas antes de que terminen de existir.

Todavía discute con su padre.

Compra demasiados barcos.

Y cree que tener razón sobre un árbol torcido demuestra algo sobre su carácter.

Yo todavía intento ordenar sentimientos.

Me preocupo demasiado.

A veces convierto prudencia en miedo.

Y todavía odio admitir cuando William tiene razón.

Por suerte ocurre pocas veces.”

William soltó una risa.

Frances sonrió y siguió:

“No construimos una vida perfecta.

Construimos una que sigue teniendo espacio para nosotros mientras cambiamos.

Eso resulta mejor.”

Cerró el cuaderno.

William la observó.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Él tomó el cuaderno con cuidado.

Frances esta vez lo dejó.

William lo abrió en la última página.

Sacó la pluma del bolsillo de Frances.

—¿Qué hace?

—Corrección editorial.

—William.

Escribió una línea.

Le devolvió.

Frances leyó.

Y sigo eligiéndola.

Ella levantó los ojos.

William sonrió.

—Eso ya lo había escrito.

—Hace años.

—¿Cambió de opinión?

Él la miró como si la pregunta fuera absurda.

—No.

Frances sonrió.

—Entonces era innecesario.

—Algunas cosas deben repetirse.

Ella cerró el cuaderno.

—¿Cuántas veces?

William miró a sus hijos.

A su familia.

Después a ella.

—Todas las que haga falta.

Frances sintió esa familiar mezcla de ternura y diversión.

—Eso podría ser toda la vida.

William tomó su mano.

—Ese es el plan.

Ella levantó una ceja.

—¿Un plan?

William sonrió.

—Flexible.

Frances comenzó a reír.

Él también.

Y mientras el jardín se llenaba con las voces de sus hijos, las discusiones de dos familias que ya habían aprendido a mezclarse y el ruido de una vida que ninguno habría podido diseñar años atrás, William Vanderbilt comprendió finalmente algo que ninguna lista habría conseguido enseñarle.

El amor nunca había consistido en encontrar una respuesta perfecta.

Consistía en elegir con quién seguir haciéndose las preguntas.

Y Frances, que alguna vez había sido una mujer a la que pretendía ayudar a encontrar marido, seguía siendo la única pregunta de su vida cuya respuesta jamás había querido cambiar.

FIN