Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) PRÓLOGO
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Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1)

Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1)

Por Alma Lawson

© inepub.com

PRÓLOGO

A  sus veinticuatro años — una edad peligrosamente cercana a convertirse en motivo de habladurías y de ser relegada al rango de solterona —, lady Frances Vane había conseguido lo que pocas jóvenes de su posición podían siquiera imaginar: posponer su destino.

Antes de cumplir con lo que se esperaba de ella — un matrimonio conveniente, una vida correctamente medida —, había insistido en visitar América.

En concreto, a su tía favorita, la hermana menor de su padre, una mujer cuya decisión de casarse con un magnate de líneas de barcos de vapor aún provocaba discretas desaprobaciones en ciertos círculos y secreta admiración en otros.

Frances pertenecía, sin duda, al segundo grupo, pues admiraba y adoraba a su tía Victoria. Y, precisamente gracias a ella, pudo darse aquel pequeño gusto que, considerado por su madre, era un respiro cuidadosamente robado al deber.

El tercer día de travesía, cuando el mareo había cedido y el horizonte ya no parecía una amenaza sino una promesa, decidió aventurarse más allá de la seguridad de su camarote.

El aire en cubierta era fresco, salpicado por el aroma salino del océano y el murmullo constante de las olas golpeando el casco del navío. Algunas familias paseaban, caballeros fumaban en silencio, y un pequeño grupo de jóvenes damas reía con una libertad que llamó su atención de inmediato.

Frances no era dada a la curiosidad, pero aquella risa era genuina.

—¿Va usted a quedarse observándonos todo el día o piensa unirse? —preguntó una voz alegre, interrumpiendo sus pensamientos.

Frances parpadeó, sorprendida de haber sido descubierta.

La joven que la había interpelado tenía una sonrisa vivaz y unos ojos brillantes que parecían incapaces de guardar secretos.

—No pretendía… interrumpir —respondió Frances, con cautela.

—Entonces no lo haga. Siéntese —insistió otra, con tono más suave pero igual de firme, señalando el banco de madera.

El breve silencio que abarcó el momento, la hizo dudar de aceptar la invitación, pero ese momento parecía ser uno de esos instantes en los que una vida puede inclinarse en una dirección distinta.

Así que, contra todo lo que le habían enseñado, Frances dio un paso adelante y se sentó.

—Soy lady Frances Vane. —Se presentó con demasiada seriedad.

—¡Oh, una lady! —murmuró la primera joven con fingida solemnidad, llevándose una mano al pecho—. Entonces, debemos comportarnos.

Las demás rieron.

—No le haga caso —añadió otra, inclinándose ligeramente—. Soy Eleanor Whitmore, y me temo que ya es demasiado tarde para la compostura.

Las presentaciones siguieron una tras otra, hasta que Frances se encontró rodeada de nombres y personalidades tan distintas que resultaba imposible no sentirse intrigada.

Había dulzura en una, audacia en otra, melancolía en una tercera. Una hablaba sin parar, otra observaba en silencio, pero ninguna parecía juzgar y eso era peligrosamente nuevo.

—¿Y usted? —preguntó Eleanor—. ¿Viaja por placer o por obligación?

Frances dudó apenas un segundo.

—Por… circunstancias familiares.

No era mentira, pero tampoco era toda la verdad.

—Perfecto —intervino la joven de la risa fácil—. Todas estamos huyendo de algo, entonces.

—¡No todas! —protestó otra.

—Bueno, algunas más que otras…

La conversación fluyó con una naturalidad desconcertante, mientras hablaron del mar, de Inglaterra, de vestidos arruinados por la humedad, de sueños que no siempre coincidían con lo que sus familias esperaban de ellas.

Rieron, se interrumpieron, se escucharon y sin darse cuenta, lo que comenzó como un encuentro casual se transformó en un ritual diario.

Desayunos compartidos, paseos al atardecer y secretos susurrados cuando el resto del barco dormía.

Frances, que siempre había medido cada palabra, empezó a olvidar hacerlo y en ese olvido encontró algo parecido a la felicidad.

Al amanecer del último día, el puerto apareció envuelto en una neblina dorada y a lo lejos la ciudad… Boston; el final del viaje y el principio de todo lo demás. Ninguna quiso decirlo en voz alta, pero todas lo sintieron.

En cubierta, reunidas por última vez, el silencio pesaba más que cualquier conversación.

—Odio esto —murmuró una de ellas, rompiendo finalmente la tensión.

—Aún no nos hemos separado —respondió Eleanor con suavidad.

—Pero lo haremos.

Frances sostuvo entre sus manos una pequeña libreta que había aparecido esa misma mañana, pasado de una a otra con nombres, direcciones y promesas escritas con tinta aún fresca.

—Nos escribiremos —dijo, y esta vez su voz no tembló—. Todas.

—Cada mes —añadió otra.

—Cada semana —corrigió alguien más.

—Cuando podamos —intervino una con realismo.

Una risa suave recorrió el grupo, teñida de tristeza.

—No permitiremos que esto… —la joven de ojos brillantes hizo un gesto abarcándolas a todas— se pierda.

Frances alzó la vista y por primera vez en mucho tiempo, no se sentía sola.

—Entonces no lo hará.

Se abrazaron sin elegancia, sin reservas, como si intentaran retener en ese gesto todo lo que el tiempo les negaría después, mientras el bullicio del puerto empezó a invadirlo todo.

Era el momento y una a una, comenzaron a separarse con miradas largas, sonrisas que no lograban sostenerse y pasos que se volvían más pesados con cada metro de distancia.

Frances fue de las últimas en quedarse. Cerró el cuaderno con cuidado, respiró hondo y descendió del barco seguida de su doncella, sin saber que, apenas unos instantes después, el destino — implacable e irónico — le arrebataría la calma que acababa de encontrar.

El puerto de Boston bullía con una energía casi insoportable. Voces en distintos acentos, carruajes que llegaban y partían sin descanso, marineros descargando equipaje con brusquedad y el aire, denso, cargado de sal y expectativas.

Frances descendió del barco con la elegancia que le habían inculcado desde la cuna, aunque por dentro sentía el pulso agitado. No era solo el cambio de continente. Era la incertidumbre, era la libertad o algo peligrosamente parecido a ella.

—Cuidado, milady —advirtió su doncella, sujetando el borde de su vestido azul para evitar que rozara la madera húmeda.

Demasiado tarde. En el preciso instante en que Frances puso un pie firme sobre la pasarela, alguien subía con prisa en dirección contraria y el choque fue inevitable.

Un brazo fuerte la sostuvo por la cintura antes de que pudiera caer, pero el gesto, lejos de ser caballeroso, resultó escandalosamente íntimo.

El mundo pareció detenerse un segundo y luego vino el murmullo.

—¡Dios mío…!

—¿Han visto eso?

—¡En pleno puerto!

Frances quiso apartarse de golpe, con el rostro encendido no solo por la vergüenza, sino por una indignación feroz, pero no lo logró.

—¡Suélteme inmediatamente! —ordenó con aquel tono que acostumbraba a alcanzar su propósito.

Sin embargo, contuvo el aliento cuando sintió que el agarre se afianzaba aún más a su talle deliberadamente.

—Puede soltarme —insistió, sin ánimos de montar un escándalo en pleno puerto.

Pero el hombre no se apresuró a soltarla, sino que la acercó más a él, mientras la escrutaba con descaro.

—Si lo hago, caerá —respondió inclinando apenas el rostro, lo suficiente para que su voz no fuese más que un murmullo grave, íntimo, peligrosamente cercano.

Frances apretó los labios.

—Entonces, será preferible a seguir en esta posición.

Una sonrisa lenta y deliberada apareció en los labios de él.

—No parece tan incómoda… —contestó burlón.

Entonces, Frances se apartó de golpe, retrocediendo un paso, con el pulso descompuesto y el orgullo herido.

—¡Qué atrevimiento! —exclamó, incapaz de contener la indignación que sentía.

Varias miradas se clavaron en ellos y el murmullo creció.

Él, en cambio, permaneció exactamente dónde estaba, observándola como si todo aquello fuera entretenido.

—Ha sido usted quien ha irrumpido en mi camino —replicó con calma.

—¡Eso es absurdo! —respondió ella, irguiéndose—. Un caballero habría evitado el choque.

—Un caballero, quizás —concedió él, cruzándose de brazos—. Pero me temo que hoy no estoy de humor para serlo.

Frances sintió el calor subirle al rostro no solo por la vergüenza, sino por algo que la irritaba profundamente y que no lograba nombrar con claridad.

—Debería reconsiderar su educación, señor…

Él dio un paso hacia ella y murmuró:

—Tal vez, alguien deba encargarse de eso…

El descaro fue tal que Frances no encontró respuesta inmediata y eso la enfureció aún más.

—¿Ni siquiera se disculpará? —inquirió irritada—. Quizás, en su país sea costumbre atropellar damas, pero en Inglaterra…

—Ah, Inglaterra —interrumpió él, esbozando una leve sonrisa ladeada—. Empiezo a entender por qué me han enviado allí.

El descaro del hombre era insoportable para Frances.

—Entonces, procure aprender modales antes de regresar. Estoy segura que una temporada le sentará de maravilla —sentenció ella, con dignidad impecable.

Sin embargo, la actitud de ese fulano la irritó aún más, porque no parecía ofendido, ni avergonzado, sino que la estaba observando como si aquel incidente hubiese sido interesante.

Levantó el mentón con orgullo. No permitiría que su primer día a la libertad temporal que le habían otorgado, fuera empañado por un insufrible y descarado desconocido. De todos modos, no lo volvería a ver nunca más en su vida.

Giró sobre sus botines, exhaló profundo, sonrió encantadoramente y siguió su camino.

William Henry Vanderbilt, en cambio, no se movió.

Ni siquiera cuando ella se alejó con esa dignidad impecable que, lejos de enfriarlo, le resultó intrigante.

Observó cómo descendía por el puerto, con la espalda erguida, cada paso medido como si el mundo entero la estuviera mirando y, en ese momento, probablemente así era. El azul profundo de su vestido capturaba la luz de la mañana, pero no tanto como su cabello cobrizo.

No era del rojo común que había visto en otras mujeres, sino un tono más oscuro, más rico, como si el sol se hubiera quedado atrapado en cada mechón. Y aquellos ojos los había visto solo un instante, pero bastó.

Eran azules; fríos cuando se irritaban y brillantes cuando desafiaban, ¡y vaya que sí desafiaban!

William dejó escapar una breve risa por lo bajo.

—Inglaterra… —murmuró para sí—. Quizás no sea tan aburrida después de todo.

Porque no se había equivocado; aquella no era una joven cualquiera.

Había fuego bajo esa compostura. Lo había sentido en la forma en que se tensó contra él, en cómo sostuvo su mirada sin bajar la vista, en ese orgullo que no pedía permiso para existir y, sobre todo en que no se había quedado callada, y eso le gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Disfrute la vista cuanto desee, señor —intervino una voz seca a su espalda—, pero el barco no esperará eternamente.

La diversión se desvaneció. William cerró la mandíbula con lentitud antes de girarse.

Su escolta, aunque el término le resultaba ofensivamente amable, lo observaba con la paciencia rígida de quien no estaba allí por elección, sino por obligación.

Un hombre enviado para vigilarlo, para asegurarse de que subiera a ese maldito barco y de que no escapara.

—No tenía intención de embarcar aún —respondió William, con un dejo de fastidio—. Boston resulta más interesante de lo que recordaba.

—No es Boston su destino.

—Eso lo tengo muy claro.

El silencio que siguió no fue cómodo. El escolta dio un paso más cerca, lo suficiente para que su presencia dejara de ser una sugerencia y se convirtiera en una advertencia.

—Su padre ha sido explícito en sus instrucciones.

William soltó una risa breve, sin humor.

—Mi padre siempre lo es cuando decide arruinarme la vida.

—Su padre —corrigió el hombre— intenta evitar que usted termine de hacerlo por sí mismo.

La irritación regresó de golpe, afilada y familiar. William pasó una mano por su cabello oscuro, exhalando con impaciencia mientras lanzaba una última mirada hacia el muelle, hacia el punto exacto donde la joven pelirroja había desaparecido entre la multitud.

—¿Y si decido no subir? —preguntó, más por provocación que por duda real.

El escolta no dudó.

—Entonces me veré obligado a recordarle las consecuencias.

William sostuvo su mirada un segundo, luego dos, y después lo suficiente para medir el margen de maniobra, pero no encontró ninguna salida.

Chasqueó la lengua, molesto.

—Londres… —murmuró con desdén, mientras se giraba hacia la pasarela—. Qué castigo tan exquisito.