Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 1
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CAPITULO 1

Tres meses después

L a lluvia inglesa caía con la constancia de una vieja institutriz empeñada en corregir hasta el último exceso del verano.

Desde los amplios ventanales de la biblioteca de Blackwood Hall, William Henry Vanderbilt contempló durante unos instantes el agua deslizándose sobre los cristales antes de regresar la atención al libro de cuentas abierto frente a él.

Las columnas de cifras, apretadas y meticulosas, habrían resultado insoportables para cualquier hombre condenado a pasar la mañana encerrado, pero para William constituían una clase de lenguaje mucho más sincero que el empleado por la mayoría de las personas.

Los números no halagaban, no fingían afecto y, sobre todo, no podían esconder una mentira durante demasiado tiempo. Bastaba con saber dónde mirar.

—Aquí está —dijo finalmente.

Lord Henry Vane, marqués de Londonderry, levantó la cabeza desde el sillón situado junto al fuego. Había pasado los últimos diez minutos fingiendo leer la correspondencia mientras observaba a su huésped trabajar con una mezcla de curiosidad y creciente diversión.

—¿El error?

—No es un error. —William giró el libro mayor y lo empujó sobre la superficie del escritorio hasta dejarlo al alcance del marqués.

—Eso suena peor.

—Lo es. Su administrador ha pagado dos veces el transporte del grano procedente de Durham durante once meses. Una partida figura como traslado hasta los almacenes del norte y la segunda como distribución desde las mismas tierras, pero ambas corresponden al mismo recorrido.

Lord Londonderry se incorporó, tomó el libro y siguió con el dedo las líneas que William había marcado.

—Harcourt lleva más de veinte años administrando estas propiedades.

—En ese caso, tiene veinte años de experiencia para inventar una explicación convincente.

El marqués alzó la mirada y preguntó:

—¿Crees que está robándome?

—No he dicho eso.

—Pero lo has pensado.

William se reclinó en el asiento y entrelazó las manos sobre el abdomen.

—Creo que alguien ha recibido más dinero del que debía. Todavía no sé si su administrador se ha enriquecido, si el transportista ha encontrado un método extraordinariamente cómodo para duplicar sus ganancias o si ambos son tan incompetentes que deberían dedicarse a criar palomas.

Durante un segundo, lord Londonderry permaneció serio. Después soltó una carcajada tan sonora que el fuego pareció estremecerse en la chimenea.

—¡Por todos los cielos! Cornelius tenía razón.

La mención de su padre borró una parte de la satisfacción que William había experimentado al descubrir la irregularidad.

—Mi padre suele creer que tiene razón, incluso antes de conocer la pregunta.

—En esta ocasión aseguró que poseías una habilidad poco común para los negocios.

—También aseguró que Inglaterra corregiría mi carácter.

—En eso, quizás, fue demasiado optimista.

William sonrió, sin sentirse ofendido. Durante las primeras semanas de su estancia, había esperado que el hermano de la esposa inglesa de su padre lo tratara como a un muchacho descarriado que necesitaba vigilancia.

No habría sido una sospecha injusta. Había llegado a Blackwood Hall acompañado por un hombre encargado de asegurarse de que no abandonara el barco antes de zarpar, y con una carta de Cornelius Vanderbilt que, pese a su cuidada cortesía, podía resumirse en pocas palabras: manténganlo ocupado y lejos de Boston hasta que aprenda a comportarse.

Lord Londonderry, sin embargo, no había intentado sermonearlo.

Le había mostrado las tierras, le había hablado de las inversiones familiares y, al descubrir que William comprendía los libros contables mejor que varios administradores juntos, comenzó a solicitar su opinión.

Aquello era mucho más eficaz que cualquier castigo.

William podía resistirse a una orden durante meses, pero le resultaba casi imposible ignorar un problema que sabía resolver.

—Enviaré a buscar a Harcourt esta misma tarde —decidió el marqués—. Quiero que estés presente cuando lo interroguemos.

—No será necesario.

—Has descubierto el desfalco.

—La duplicación —corrigió William—. Todavía no sabemos si existe un desfalco.

—Y tú sabrás si miente.

—¿Qué le hace pensar eso? —William arqueó una ceja.

—Siempre sabes cuándo alguien miente.

—No siempre, milord.

Por alguna razón inoportuna, la imagen de una joven de cabello cobrizo apareció en su memoria.

No le había mentido, pero tampoco le había dicho su nombre.

Él no se lo había preguntado. En aquel momento había estado demasiado entretenido contemplando la indignación que encendía sus ojos azules y la forma en que intentaba recuperar la dignidad después de haber quedado atrapada entre sus brazos en pleno puerto de Boston.

Durante tres meses, el recuerdo había regresado en los momentos más absurdos.

Al subir a un carruaje, al escuchar un acento inglés particularmente refinado o al distinguir entre la multitud un vestido de color azul.

Nunca permanecía mucho tiempo. Apenas un destello: el brillo del cabello bajo el sol, una barbilla alzada con orgullo, una voz ordenándole que la soltara como si esperara que el mundo entero obedeciera sin cuestionamientos.

Aquello no significaba nada.

Había conocido a cientos de mujeres y olvidado a la mayoría antes de que amaneciera. Una desconocida malhumorada no tenía razón alguna para ocupar un rincón de su memoria, salvo porque había sido la última mujer interesante que había encontrado antes de ser enviado al otro lado del Atlántico.

—¿En quién estás pensando? —preguntó lord Londonderry.

William regresó la atención al marqués.

—En nadie.

—Entonces era una mujer.

—Su razonamiento carece de fundamento.

—Tienes la expresión que Edward pone cuando piensa en alguna actriz que no debería conocer —bromeó el marqués.

—Edward no posee más de una expresión.

—Eso es porque aún no has visto la que adopta cuando su madre menciona el matrimonio… —sonrió.

Antes de que William pudiera responder, un golpe apresurado resonó en la puerta y esta se abrió sin que nadie aguardara autorización.

Edward Vane irrumpió en la biblioteca con las botas cubiertas de barro, el cabello castaño húmedo y un rifle apoyado sobre el hombro.

A sus veintisiete años, el heredero del marquesado poseía el aspecto distinguido que cabía esperar de un futuro lord, aunque se esforzaba por arruinarlo mediante una inclinación casi artística a aparecer desarreglado en los momentos menos apropiados.

—¿Piensan permanecer encerrados todo el día? —preguntó, mirando primero a su padre y luego a William—. Ha dejado de llover.

William volvió los ojos hacia los ventanales. El agua seguía golpeando los cristales con una fuerza considerable.

—Tu optimismo es admirable —lo molestó, William.

—En Inglaterra consideramos que ha dejado de llover cuando uno puede distinguir el camino a través del agua. —Edward se encogió de hombros.

—En América lo llamamos tormenta.

Edward apoyó el rifle contra una estantería y se acercó al escritorio.

—¿Has encontrado por fin la manera de duplicar nuestra fortuna? —arrugó el ceño.

—He encontrado la manera en que alguien intenta reducirla.

El joven tomó el libro antes de que su padre pudiera impedírselo, examinó las cifras y frunció el ceño con una concentración tan exagerada, que William comprendió de inmediato que no entendía una sola línea.

—Escandaloso —declaró Edward.

—Estás sujetando el libro al revés —señaló el marqués.

Edward lo giró con absoluta serenidad.

—Ahora resulta todavía más escandaloso.

William soltó una risa y lord Londonderry negó con la cabeza, aunque su mirada conservó el afecto indulgente de quien llevaba toda una vida acostumbrado a las extravagancias de su único hijo varón.

—Harcourt ha pagado dos veces el transporte del grano —explicó el marqués—. William lo descubrió en menos de una semana.

Edward dejó el libro sobre el escritorio y miró al americano.

—Empiezo a creer que mi padre te aprecia más que a mí.

—Yo sé sumar.

—No presumas de tus talentos.

—También llega puntual a las comidas —añadió lord Londonderry.

—Eso es porque todavía intenta impresionar a mi madre.

—Tu madre es la única persona sensata de esta casa… —advirtió William.

—Traidor —murmuró Edward—. Te recibimos como a un prisionero, compartimos contigo nuestros caballos y te enseñamos a soportar el té, ¿y así nos lo agradeces? —Se burló.

—Todavía no soporto el té.

—Mi madre cree que sí.

—Procuro no desilusionarla.

La expresión de Edward cambió, suavizándose apenas.

William se dio cuenta y desvió la mirada hacia los papeles.

Los Vane tenían la desconcertante costumbre de mostrar afecto sin convertirlo en una negociación.

Discutían durante el desayuno, se burlaban unos de otros en la cena y podían invadir una habitación sin pedir permiso, pero bajo aquel caos existía una seguridad que él no había conocido en la mansión de su padre.

En Boston, las conversaciones siempre parecían tener un propósito.

Cada elogio escondía una expectativa y cada muestra de aprobación debía ganarse.

En Blackwood Hall, la marquesa podía reprender a Edward por manchar la alfombra mientras le servía una segunda porción de pastel, y lord Londonderry confiaba en el criterio de William sin recordarle después cuánto le debía por escucharlo.

Era una calidez peligrosa, y uno podía acostumbrarse a ella.

—Cabalgaremos después del almuerzo —anunció Edward—. Necesito comprobar una cerca derribada cerca del bosque y tú necesitas recordar que tienes piernas.

—Las utilizo a diario.

—Caminar desde tu dormitorio hasta la biblioteca no cuenta —le recordó Edward.

—Depende del tamaño de la casa.

—William tiene trabajo —intervino el marqués, aunque no parecía demasiado decidido a impedir la excursión.

—William lleva una semana trabajando como si temiera que alguien pudiera devolverlo a América si se detiene. —La observación fue pronunciada en tono ligero, pero acertó con demasiada precisión.

—No temo regresar —dijo William, apoyando los antebrazos sobre el escritorio.

—Naturalmente que no —repuso Edward—. Por eso has evitado mencionar Boston desde que llegaste.

—Solo no hay nada que mencionar… —corrigió Edward.

—Tu padre, los astilleros, las carreras, las mujeres…

—Sobre todo las mujeres —añadió lord Londonderry.

William los miró a ambos.

—Empiezo a comprender por qué los ingleses necesitan tantas habitaciones. Es la única manera de escapar de las preguntas ajenas.

Edward sonrió con satisfacción, como si aquella respuesta confirmara algo.

—Cabalgaremos a las dos.

—Si deja de llover —observó William.

—Ya ha dejado de llover —afirmó Edward, cuando un trueno distante hizo vibrar los cristales.

—El clima parece discrepar contigo —lo molestó el americano.

—El clima inglés es demasiado educado para discutir abiertamente. —Edward recuperó el rifle y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y dijo—: Por cierto, mi hermana regresa esta tarde.

Lord Londonderry levantó la cabeza.

—Creí que llegarían mañana.

—El último mensaje de mi madre decía que el barco atracó antes de lo previsto y que pasarían la noche en Londres. El carruaje salió al amanecer.

Una alegría inmediata iluminó el rostro del marqués.

—Frances estará aquí para la cena.

—¿La hija que viajó a América? —indagó William, en tanto recogía la pluma que había dejado junto al tintero.

—Mi única hermana —respondió Edward—. Dos meses en Boston y, según mi madre, todavía no ha decidido si la experiencia la ha liberado o si la ha convencido de que el resto del mundo necesita ser corregido.

—Frances no intenta corregir al mundo —protestó el marqués.

—Solo a quienes tienen la desgracia de encontrarse cerca… —Se burló Edward y abrió la puerta.

—No le hagas caso —dijo lord Londonderry cuando su hijo desapareció—. Adora a su hermana.

—Eso he deducido —comentó William, con una media sonrisa.

—Es una joven sensata, inteligente y de excelentes modales —explicó el marqués, para que su huésped no pensara lo peor de su hija.

Sin embargo, desde el corredor llegó la voz de Edward:

—¡Cuando duerme!

Lord Londonderry murmuró algo acerca de haber criado a un salvaje, pero la sonrisa que intentaba ocultar le quitó toda severidad a la queja. William volvió a inclinarse sobre el libro de cuentas, dispuesto a olvidar la conversación.

La llegada de lady Frances Vane no modificaba en absoluto sus planes.

Sería otra integrante de aquella familia inglesa que lo había acogido con una generosidad inesperada; una dama bien educada a la que debería saludar, escuchar hablar de Boston durante la cena y evitar ofender, al menos durante las primeras veinticuatro horas.

Nada complicado.

Sin embargo, mientras mojaba la pluma en el tintero, una imagen volvió a atravesar su memoria: un vestido azul en un puerto abarrotado, cabellos de cobre agitados por el viento y unos ojos furiosos que prometían no olvidar la ofensa recibida.

William hizo una pausa y bajó la pluma.

Boston era una ciudad enorme. Decenas de barcos entraban y salían de su puerto, y cientos de ingleses cruzaban el Atlántico cada temporada. La posibilidad de que la hija del marqués fuese aquella desconocida resultaba tan absurda que no merecía consideración alguna.

Sonrió para sí, tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo.

El destino no podía poseer un sentido del humor tan perverso.