Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 2
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CAPITULO 2

E l destino, como William descubriría pocas horas después, no solo poseía un sentido del humor perverso, sino también una paciencia admirable para preparar sus bromas.

La lluvia continuó durante el almuerzo y empeoró cuando Edward volvió a insistir en salir a caballo, aunque aquel detalle no bastó para disuadirlo.

William terminó aceptando más por evitar otra hora de quejas que por verdadero entusiasmo.

Recorrieron los terrenos bajo un cielo gris, examinaron la cerca derribada y regresaron empapados, con barro hasta las rodillas y el humor de Edward considerablemente mejorado por haber demostrado que era posible sobrevivir al clima inglés sin convertirse en una criatura acuática.

El carruaje de la marquesa aún no había llegado cuando desmontaron frente a los establos.

—Tal vez hayan decidido regresar a Londres —comentó William, mientras entregaba las riendas a uno de los mozos.

—Mi madre no cambia de planes por una tormenta —aseguró Edward, y se quitó los guantes mojados con los dientes.

—Las tormentas son una razón bastante sólida, Edward.

—No para ella. Una vez atravesó media Escocia durante una nevada porque mi padre había contraído un resfriado —recordó con una sonrisa.

—Eso parece excesivo —opinó William, frunciendo el ceño.

—Lo fue. —Afirmó el joven lord—. Él se recuperó dos días antes de que llegara y fingió continuar enfermo para que no se sintiera decepcionada.

William miró hacia la casa.

—Empiezo a comprender mejor a tu familia.

—No, no empiezas. Lleva años comprendernos y, cuando crees haberlo logrado, Frances hace algo inesperado… —dijo de un modo enigmático que William sintió curiosidad.

—Hablas mucho de tu hermana.

—Es una advertencia.

—Tu padre la describió como sensata.

—Mi padre considera sensato todo lo que Frances hace, siempre que ella le sonría después.

—¿Y tu madre?

—Mi madre sabe exactamente lo que Frances hace, incluso antes de que Frances lo haga.

—¿Y tú?

Edward sonrió mientras subían los escalones de la entrada lateral.

—Yo procuro permanecer a una distancia prudente.

La respuesta confirmó la impresión que William ya se había formado: lady Frances Vane debía de ser una joven consentida, inteligente en la medida justa para resultar incómoda y demasiado acostumbrada a que su familia celebrara cada una de sus ocurrencias.

No sería la primera. En Boston abundaban las hijas de hombres poderosos que confundían la seguridad proporcionada por el apellido con una virtud personal.

Se alegró de no tener que impresionarla.

En realidad, se alegró de no tener que impresionar a nadie.

Aquella certeza lo acompañó mientras se bañaba, se cambiaba de ropa y descendía al salón azul poco antes de la cena.

Lord Londonderry estaba de pie junto al fuego, con una copa de coñac en la mano; Edward ocupaba un sofá mientras fingía escuchar a su tía Eleanor, una viuda de lengua afilada que se había instalado en Blackwood Hall dos semanas antes y parecía decidida a encontrar defectos en cada ser humano que cruzara su camino.

William le agradaba, lo cual, teniendo en cuenta el carácter de lady Eleanor, no constituía necesariamente un cumplido.

—El americano ha llegado —anunció ella cuando lo vio entrar—. Ahora solo nos falta la viajera.

—Mi nombre es William —le recordó él.

—Lo sé.

—Entonces, su insistencia en llamarme americano comienza a parecer deliberada.

—Lo es.

William se inclinó y tomó asiento frente a ella.

—Me tranquiliza. Temía que fuera un problema de memoria.

Los ojos de lady Eleanor destellaron con aprobación.

—Definitivamente me agradas más que Edward.

—Eso no es difícil —repuso el aludido desde el sofá.

—Y más que Henry.

El marqués levantó su copa.

—Llevo treinta años aceptándolo.

El reloj de la chimenea marcó las seis y media.

Afuera, el viento golpeó las ventanas y sacudió las ramas de los árboles.

William dirigió una mirada hacia la puerta, aunque no esperaba nada en particular.

La llegada de dos damas alteraría la tranquilidad de la casa, pero eso era inevitable.

La marquesa regresaba a su hogar y su hija, después de haber pasado dos meses en América, probablemente tendría suficientes relatos como para dominar la conversación durante semanas.

—Se han retrasado demasiado —murmuró lord Londonderry.

La preocupación en su voz transformó el ambiente. Edward abandonó su postura indolente y miró el reloj.

—El camino debe de estar anegado.

—O el carruaje perdió una rueda —sugirió lady Eleanor.

—Qué reconfortante —dijo William.

—No sirve de nada imaginar únicamente desgracias pequeñas.

Lord Londonderry dejó la copa sobre una mesa.

—Enviaré a dos hombres por el camino de Londres.

Antes de que pudiera acercarse al cordón de la campanilla, el sonido de ruedas sobre la grava atravesó el rumor de la tormenta. Edward se levantó de inmediato y el marqués llegó a la puerta antes de que el mayordomo apareciera para anunciar la llegada.

Durante los siguientes minutos, la entrada de Blackwood Hall se convirtió en un caos de criados, capas mojadas, baúles, órdenes y exclamaciones.

La marquesa entró primero, envuelta en un abrigo de viaje color ciruela y con el sombrero ligeramente torcido.

Era una mujer elegante, de facciones delicadas y cabellos cobrizos salpicados de plata, pero toda dignidad desapareció cuando su esposo la tomó entre los brazos.

—Llegas tarde —dijo lord Londonderry.

—El camino estaba convertido en un pantano.

—Debiste pasar la noche en la posada.

—¿Y permitir que Eleanor terminara el pastel de manzana sin mí?

Lady Eleanor se acercó para besarla en la mejilla.

—Lo habría hecho de todas maneras.

Edward abrazó a su madre y recibió de inmediato una reprimenda por la humedad de sus cabellos. William permaneció junto a la entrada del salón, observando la escena con una sensación extraña, una mezcla de diversión y nostalgia que prefería no examinar demasiado.

—¿Y Frances? —preguntó el marqués.

—Viene detrás. Insistió en ayudar a su doncella con una caja que no debía inclinarse.

—¿Qué contiene?

—No quiero saberlo. —La marquesa suspiró—. Cada vez que le pregunté, respondió que era algo muy importante.

—Entonces son libros —dijo Edward.

—O un sombrero —añadió lady Eleanor.

William apenas escuchó las últimas palabras.

Desde el vestíbulo llegó una voz femenina, clara y firme, pronunciando instrucciones a uno de los lacayos.

—No, por favor, esa caja debe permanecer derecha. Si la inclina, la pintura se derramará y lord Crawford llegará a la conclusión de que los americanos no saben embalar una obra de arte.

William quedó inmóvil.

Conocía aquella voz y no tenía sentido que la conociera.

Habían transcurrido tres meses y apenas había intercambiado unas frases con la mujer del puerto, pero la reconoció antes incluso de verla, del mismo modo en que habría reconocido una melodía escuchada una sola vez si esta hubiese conseguido irritarlo lo suficiente.

Edward se volvió hacia la puerta.

—Frances, deja que los criados hagan su trabajo antes de que decidas descargar tú misma el carruaje.

—Uno de tus criados estuvo a punto de colocar una caja de porcelana debajo de mi baúl —protestó ella.

—Eso explica por qué todos intentan huir.

Ella apareció en el umbral y durante un instante, el salón desapareció.

No fue una impresión poética ni una exageración producida por la sorpresa. William sencillamente dejó de registrar los detalles que la rodeaban. No vio a Edward acercarse ni a lord Londonderry extender los brazos.

Solo la vio a ella.

El viaje había desordenado algunos mechones de su cabello cobrizo, recogido en un peinado que había sido elegante varias horas antes.

Llevaba un vestido de viaje azul oscuro, más sobrio que el que William recordaba, y una capa gris perlada salpicada de lluvia.

Sus mejillas estaban enrojecidas por el frío y sus ojos, de un azul intenso, recorrieron el salón con la emoción de quien finalmente vuelve a casa.

Primero miró a su padre y su expresión se suavizó de inmediato.

—Papá.

Lord Londonderry cruzó la estancia y la estrechó entre sus brazos.

Frances cerró los ojos y se aferró a él con una emoción tan evidente, que William sintió la incomodidad de estar presenciando algo íntimo.

Había esperado a una joven arrogante y caprichosa; en cambio, aquella mujer parecía haberse deshecho de toda compostura al encontrarse con su familia.

—Mi pequeña —murmuró el marqués—. Creí que esa tormenta te había arrastrado de regreso a América.

—No pienso volver a subir a un barco durante al menos diez años —bromeó.

—Dijiste lo mismo en tu carta, la primera semana del viaje —le recordó su madre.

—Entonces no conocía toda la magnitud del sufrimiento.

Edward aguardó hasta que su padre la liberó y la levantó del suelo en un abrazo que provocó una protesta inmediata.

—¡Bájame!

—Has regresado más mandona.

—Y tú continúas oliendo a establo.

—Es el aroma natural de un caballero inglés.

—Es el aroma natural de alguien que no se ha bañado… —lo molestó.

Su hermano la bajó y besó su coronilla.

—Aunque no lo creas, te he echado de menos —dijo Edward.

—Por supuesto que lo creo —respondió Frances, soltándose de su agarre para encontrarse con su tía.

Lady Eleanor recibió a Frances con menos efusividad, aunque le sostuvo el rostro entre las manos durante varios segundos antes de besarle la frente. William observó la escena en silencio, consciente de que tendría que presentarse y de que, por una vez, no tenía la menor idea de qué decir.

Podía fingir que no la conocía, y la opción resultaba tentadora. También podía reconocerla y disfrutar de su desconcierto; además, aquella posibilidad era mucho más atractiva.