Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 2 #2
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CAPITULO 2 #2

Frances se quitó los guantes mientras escuchaba a su madre enumerar todo lo ocurrido durante su ausencia.

Todavía no había mirado hacia él. William se preguntó si lo reconocería con la misma facilidad.

En el puerto vestía ropa de viaje, tenía el cabello agitado por el viento y estaba a punto de subir a un barco bajo la vigilancia de uno de los hombres de su padre.

Ahora llevaba una chaqueta negra de corte impecable y se encontraba en el salón de su familia, rodeado por personas que lo trataban como a un invitado cercano.

Tal vez ella no lo recordara, pensó, y el pensamiento le produjo una irritación inesperada.

—Frances —dijo la marquesa—, debes saludar a nuestro huésped.

Ella volvió por fin la cabeza, sus ojos encontraron los de William y la sonrisa que todavía curvaba sus labios desapareció.

No fue un cambio gradual. Un segundo antes, había estado radiante; al siguiente, toda calidez abandonó su rostro. Se quedó completamente inmóvil, con un guante a medio retirar y los labios apenas entreabiertos.

William experimentó una satisfacción inmediata.

Así que, lo recordaba.

—Lady Frances —dijo, inclinándose con una cortesía perfecta—. Qué inesperado placer.

Los ojos de ella se estrecharon.

—Usted.

Edward miró a su hermana y luego a William.

—¿Se conocen? —preguntó, con un extraño presentimiento.

—No —respondió Frances.

—Sí —dijo William al mismo tiempo.

Entonces, se produjo un silencio y lady Eleanor sonrió.

Lord Londonderry frunció el ceño con curiosidad y la marquesa observó a su hija con esa atención de madre que detecta un secreto antes incluso de que este termine de formarse.

Frances terminó de quitarse el guante con un movimiento lento y controlado.

—Nos cruzamos accidentalmente en Boston —comentó como si no importara.

—Más exactamente, milady me chocó —precisó William, en un tono ofendido.

—Usted se encontraba en medio del camino —protestó Frances, con el mismo tono desafiante que había suado en el puerto.

—Era un puerto. Había muchas personas en medio del camino, lady Frances —siguió William.

—Y, sin embargo, solo usted consiguió derribarme —lo acusó con el ceño fruncido.

—No llegó a caer, milady, no exagere —la siguió provocando.

—Porque yo conservé el equilibrio —dijo ella en su defensa.

William sonrió como un descarado y se acercó un poco más a ella.

—Más bien, porque yo la sostuve... —afirmó delante de todos.

La mirada de Frances se endureció y William comprendió que había cometido un error, aunque no supo exactamente cuál, hasta que Edward arqueó ambas cejas y lady Eleanor dejó escapar un sonido de interés.

—¿La sostuviste? —preguntó Edward.

—Fue un accidente —dijo Frances con rapidez.

—Naturalmente —repuso William—. No suelo esperar a mujeres desconocidas junto a los muelles con la esperanza de que tropiecen conmigo.

—Qué alivio saber que no era parte de una estrategia… —bromeó lady Eleanor.

—Habría elegido una estrategia menos dolorosa, lady Eleanor, ya que su querida sobrina me clavó el codo en las costillas —repuso William.

—Usted se negó a soltarme.

—Intentaba asegurarme de que pudiera mantenerse en pie, quería ser amable —mintió él.

—Podía mantenerme en pie perfectamente —refutó ella, furiosa.

—Lo demostró después de varios intentos.

Frances abrió la boca, pero su madre intervino antes de que pudiera responder.

—Creo que todos necesitamos una copa.

—Yo necesito una explicación —dijo Edward, cruzando sus brazos en el pecho y mirando alternadamente a su nuevo amigo y a su pequeña hermana.

—Tú necesitas modales —repuso su hermana.

—Y William necesita aprender a apartarse del camino —añadió lady Eleanor en tono burlón.

—Por fin alguien sensato —declaró Frances, regalándole una sonrisa a su tía.

—Pensé que no me recordaría. —William la contempló con una sonrisa, mientras le hablaba.

—No suelo olvidar a los hombres que casi provocan mi caída en un puerto lleno de barro.

—Eso suena más memorable de lo que ocurrió.

—También fue insolente.

—Solo después de que me insultara.

—Le pedí que me soltara.

—Me llamó arrogante.

—Porque lo era.

—Y usted parecía muy segura de su juicio para alguien que desconocía mi nombre.

—Sigo sin conocerlo.

Aquella observación detuvo la conversación.

La marquesa dio un pequeño paso hacia delante, como si acabara de recordar que la presentación aún no se había completado.

—Frances, él es William Henry Vanderbilt, hijo de Cornelius, el esposo de la tía Victoria. William, mi hija Frances.

La sorpresa apareció en el rostro de Frances por segunda vez, aunque en esta ocasión se mezcló con algo diferente. Comprensión, quizás. O alarma.

—Vanderbilt —repitió.

William inclinó ligeramente la cabeza.

—Vane.

Ella lo miró de una forma que le hizo sospechar que aquel apellido acababa de confirmar todos los defectos que ya le atribuía.

—Así que, usted es el hijo problemas del pobre tío Cornelius…  —pronunció provocativa Frances.

—Técnicamente, su primo político por el matrimonio de su adorada tía, lady Frances.

—Eso no mejora la situación.

—Créame que para mí tampoco —refutó, y los presentes contuvieron el aliento.

—¡William! —lo reprendió la marquesa.

—Solo intento tranquilizarla. —Se excusó—. Lady Frances parece preocupada.

—No estoy preocupada.

—Entonces, ¿esa expresión forma parte de su encanto natural? —la volvió a dejar en ridículo y Edward dejó escapar una carcajada que intentó convertir en tos.

Frances le dirigió una mirada capaz de congelar el Támesis y después se volvió hacia William.

—¿Cuánto tiempo permanecerá en Blackwood Hall? —La pregunta fue demasiado directa para ser cortés.

Su madre abrió los ojos con visible desaprobación, pero William disfrutó de ella.

—Todavía no se ha decidido.

—¿Semanas?

—Tal vez.

—¿Meses?

—Es posible.

—¿Años?

—Dependerá de cuánto tarde Inglaterra en corregir mi carácter.

Lady Eleanor examinó a William de arriba abajo y murmuró:

—Entonces vivirá aquí para siempre.

Edward volvió a reír, lord Londonderry tomó otra copa y hasta la marquesa pareció tener dificultades para conservar la seriedad. Frances fue la única que no encontró divertida la respuesta.

—Comprendo —murmuró.

William sospechó que no comprendía nada, excepto que su regreso a casa acababa de complicarse.

—¿Y cuánto tiempo permanecerá usted aquí? —preguntó él, tomándola pro sorpresa.

—Esta es mi casa.

—También es la casa de sus padres.

—No veo la diferencia.

—Llegará el día en que deba verla… —dijo él en tono complaciente.

La expresión de Frances cambió. Fue apenas un destello, una sombra que atravesó sus ojos y desapareció antes de que alguien más pudiera notarla.

William la percibió porque estaba observándola con demasiada atención y porque había aprendido a reconocer esos pequeños silencios en los que las personas ocultaban aquello que no deseaban discutir.

«Matrimonio».

La palabra no había sido pronunciada, pero se instaló entre ellos.

Frances apartó la mirada primero.

—Si me disculpan, debo cambiarme para la cena.

—Por supuesto, querida —dijo su madre—. Pediré que preparen agua caliente.

Frances besó la mejilla de su padre y se dirigió hacia la puerta. Al pasar junto a William, él percibió una fragancia tenue a flores blancas mezcladas con lluvia y frío. Ella no lo miró, aunque disminuyó el paso durante una fracción de segundo.

—Lady Frances —dijo él.

Ella se detuvo y devolvió el gesto, aunque con una furia contenida.

—Señor Vanderbilt —sonrió forzosamente.

—Me alegra comprobar que consiguió llegar a Inglaterra sin volver a caer, milady —musitó William con ánimos de seguir molestándola y ni siquiera sabía por qué.

Frances giró lentamente la cabeza y ensanchó su falsa sonrisa.

—Y a mí me decepciona comprobar que usted también lo consiguió —replicó y luego salió del salón con la dignidad de una reina y la velocidad de una mujer que sabía que, si permanecía un segundo más, podría cometer un asesinato delante de su familia.

William la siguió con la mirada hasta que desapareció.