CAPITULO 2 #3
—Bueno —dijo Edward—. Esto será interesante.
—No lo será, Edward. No te hagas ideas —respondió William.
Lady Eleanor tomó su copa y dijo:
—Cuando un hombre dice que una mujer no le resulta interesante, generalmente significa que ya está pensando demasiado en ella.
—No he dicho que no me resulte interesante... —dijo William, advirtiendo muy tarde que había caído en la sutil trampa de la experimentada dama inglesa.
El silencio que siguió fue aún peor. William miró los rostros que lo rodeaban y comprendió que acababa de proporcionarles una diversión que no olvidarían con facilidad.
—Quise decir que «la situación» —enfatizó— no será interesante.
—Naturalmente —repuso Edward, ladeando la cabeza y escrutándolo como si no le creyera nada.
—Nos encontramos una sola vez —siguió explicando para que no se malinterpretara lo que había querido decir, aunque era precisamente lo que deseaba transmitir muy a su pesar.
—¿Y ella te recordó durante tres meses? —señaló lady Eleanor, arqueando una ceja.
—Porque casi la derribé —respondió William, conservando su descaro habitual, aunque por dentro se estaba irritando.
—Y tú la recordaste —añadió el marqués.
—Porque me clavó el codo en las costillas. —William tomó una copa de la bandeja más cercana y la bebió.
—Una historia muy romántica… —Lady Eleanor sonrió por encima del borde de su copa.
—No hay nada romántico en una lesión, mi querida lady Eleanor.
—Depende de dónde te haya clavado el codo —dijo Edward contendiendo una carcajada.
La marquesa le dio un golpe en el brazo.
William bebió otro trago y dirigió la vista hacia el fuego, decidido a ignorarlos.
El reencuentro no significaba nada, porque lady Frances Vane era simplemente la hija de sus anfitriones, una mujer a la que trataría con cortesía y con quien compartiría algunas cenas hasta que su padre decidiera permitirle regresar a América.
La impresión que le había causado en Boston desaparecería ahora que la veía dentro de su entorno natural, rodeada por una familia que celebraba su insolencia y confirmaba cada una de sus opiniones.
No existía razón alguna para continuar pensando en ella.
Ninguna.
En el piso superior, Frances cerró la puerta de su dormitorio y se apoyó contra ella mientras su doncella corría las cortinas y comenzaba a ordenar el equipaje.
De todas las personas que podían encontrarse en Blackwood Hall, tenía que ser él.
El desconocido del puerto. El americano arrogante. El hombre cuyos brazos habían rodeado su cintura durante unos segundos que, por razones incomprensibles, todavía podía recordar con una claridad irritante.
Cerró los ojos y resopló.
Tres meses atrás se había alejado de él convencida de que jamás volvería a verlo.
Había considerado aquel encuentro una anécdota incómoda, un último desorden antes de abandonar Boston y regresar a la vida que conocía.
Una vida segura, organizada y predecible, en la que ningún hombre podía sonreírle como si descubriera todos sus pensamientos y encontrara la mayoría divertidos.
Ahora William Vanderbilt estaba en su casa, sentado junto al fuego de su familia, romeando con Edward, ganándose el afecto de su padre y, según parecía, sin ninguna fecha concreta para marcharse.
—Milady —dijo su doncella—, ¿se encuentra bien?
Frances abrió los ojos.
—Perfectamente. —La mentira sonó poco convincente incluso para ella.
Caminó hasta el tocador y contempló su reflejo en el espejo.
El viaje había deshecho su peinado, había ojeras bajo sus ojos y su rostro aún conservaba el enrojecimiento producido por el viento.
No era así como había imaginado su regreso.
Había esperado encontrar la familiaridad de su hogar, descansar durante algunas semanas y luego enfrentar con serenidad el propósito que había decidido cumplir antes de abandonar Boston.
Escoger marido.
No enamorarse, ni perseguir una fantasía, sino escoger con inteligencia a un hombre honorable, estable y adecuado con quien construir una vida digna.
Era una decisión sensata y adulta, y William Vanderbilt no tenía nada que ver con ella.
Frances levantó la barbilla frente al espejo.
Podía soportar la presencia de un americano insolente durante unas semanas.
Podía ignorar sus sonrisas, sus observaciones impertinentes y la desconcertante intensidad de sus ojos.
Sobre todo, podía asegurarse de que él comprendiera que aquel absurdo encuentro en Boston no le había causado la menor impresión.
—Prepara el vestido verde —ordenó.
—¿El de seda, milady? —Su doncella parpadeó.
—Sí.
—Pensé que esta noche preferiría algo más cómodo después del viaje.
—He cambiado de opinión —respondió Frances, observando de nuevo su reflejo.
No se arreglaría para William Vanderbilt, naturalmente que no.
Solo pensaba recordarle con absoluta claridad, que en Boston no había conocido a una viajera desorientada a la que podía provocar a su antojo.
Había conocido a lady Frances Vane, y antes de que terminara la cena, él comprendería la diferencia.