CAPITULO 3
F rances descubrió aquella misma noche que vestirse para demostrar indiferencia requería mucho más esfuerzo que sentirse indiferente.
Permaneció frente al espejo mientras su doncella acomodaba el último mechón de cabello sobre su nuca y se repetía, por tercera vez, que el vestido verde no había sido elegido pensando en William Vanderbilt.
Lo había llevado a Boston y apenas había tenido ocasión de usarlo; la seda era adecuada para una cena familiar, el corte favorecía su figura y el tono resaltaba sus ojos.
Cualquiera de aquellas razones bastaba para justificar la elección.
Que el escote dejara al descubierto una porción más generosa de sus hombros que sus vestidos de viaje era irrelevante.
Que William la hubiera conocido despeinada, enfadada y cubierta por una capa arrugada tampoco había influido. Y, desde luego, no descendía al comedor con la intención de borrar de su memoria la imagen de aquella mujer tambaleándose entre sus brazos en el puerto de Boston.
—Está preciosa, milady —dijo Alice, prendiendo una pequeña esmeralda en el centro de su collar.
Frances se observó en el espejo y sintió una satisfacción que se negó a examinar.
—Gracias.
—¿Desea que añada las horquillas de perlas?
—No. Esto es suficiente.
Alice sonrió de una forma que Frances conocía demasiado bien.
—Naturalmente.
—¿Qué significa ese tono?
—Nada, milady.
—Cuando dices «naturalmente» de esa manera, siempre significa algo.
—Solo pensé que tal vez deseaba causar una buena impresión al huésped americano.
Frances giró la cabeza con tanta rapidez que la doncella tuvo que apartar las manos para no clavarle una horquilla.
—No deseo causarle ninguna impresión.
—Entonces será una coincidencia muy afortunada que vaya a causársela de todos modos.
—Alice.
—Milady.
La joven bajó la mirada, pero no logró ocultar la sonrisa.
Frances sintió la tentación de recordarle que una doncella no debía opinar acerca de los invitados de la casa; sin embargo, Alice llevaba a su servicio desde que ambas eran adolescentes y había aprendido hacía tiempo que las reprimendas de su señora rara vez contenían verdadera severidad.
—El señor Vanderbilt es un hombre insoportable —declaró Frances mientras se levantaba del tocador—. Arrogante, impertinente y demasiado seguro de que puede decir cuanto se le ocurre sin sufrir consecuencias.
—Eso parece haberle permitido recordarlo con mucho detalle.
Frances tomó el abanico.
—Me alegra saber que el viaje no ha mejorado tu tendencia a la insolencia.
—Temía que la hubiera echado de menos.
—La eché de menos hasta este instante.
Abandonó el dormitorio antes de que Alice pudiera responder y avanzó por el corredor con la serenidad de quien se dirige a una velada completamente ordinaria.
Cada paso la alejaba de la seguridad de sus habitaciones y la acercaba a un hombre cuya presencia no debería tener poder alguno para alterar su ánimo, pero a quien había dedicado una cantidad alarmante de pensamientos durante los últimos tres meses.
No habían sido pensamientos agradables.
Casi nunca.
Durante las primeras semanas en Boston había recordado su sonrisa cada vez que algún caballero americano se mostraba particularmente confiado.
Comparaba involuntariamente sus voces con aquella cadencia profunda y despreocupada, sus modales con la facilidad irreverente del desconocido del puerto, y siempre llegaba a la conclusión de que William era más irritante que todos ellos juntos.
Después había dejado de pensar en él. O eso se había dicho hasta verlo en Blackwood Hall.
Frances se detuvo ante las puertas del salón y respiró con calma.
No permitiría que él la provocara. No discutiría.
No respondería a sus insinuaciones. Lo trataría con la cortesía distante que correspondía a un huésped de sus padres, demostraría que aquel encuentro en Boston había sido insignificante y dedicaría su atención a asuntos más importantes.
A su regreso a Londres, comenzaría una nueva temporada social.
Había cumplido veinticuatro años, había rechazado varias propuestas y conocía perfectamente los rumores que empezaban a circular a su alrededor.
Algunas damas la consideraban exigente; otras, orgullosa.
Los caballeros menos amables insinuaban que terminaría soltera por haber esperado demasiado.
Frances no temía la soltería.
Temía escoger mal.
Había visto suficientes matrimonios corteses y desdichados para comprender que un apellido respetable y una fortuna generosa no garantizaban felicidad.
No deseaba una pasión descontrolada como la de las novelas que escondía su prima Helena bajo el colchón, pero tampoco estaba dispuesta a entregar su vida a un hombre incapaz de verla como algo más que una esposa adecuada.
Necesitaba equilibrio, compañerismo y respeto; un marido sensato, honorable y predecible. Todo lo que William Vanderbilt claramente no era.
Las puertas se abrieron antes de que pudiera ordenar sus pensamientos. El mayordomo se apartó y Frances entró en el salón con una sonrisa tranquila. Su padre conversaba con la tía Eleanor cerca del fuego, Edward sostenía una copa junto a la ventana y su madre estaba sentada en uno de los sofás.
William se encontraba de espaldas a la puerta.
Vestía de negro, salvo por el chaleco gris oscuro y la camisa blanca cuyo cuello resaltaba contra su piel ligeramente bronceada.
Su cabello castaño estaba peinado hacia atrás, aunque un mechón parecía decidido a caer sobre su frente, y una de sus manos descansaba con naturalidad dentro del bolsillo del pantalón.
No parecía un hombre expulsado de América para corregir su carácter. Parecía dueño de la casa.
Frances lo encontró irritante incluso antes de que se volviera. Entonces sus ojos se encontraron y, durante un instante, él no dijo nada.
Su mirada descendió desde el cabello de Frances hasta el borde de su vestido, deteniéndose apenas un segundo en sus hombros antes de regresar a su rostro.
No fue una inspección descarada. William tenía demasiada confianza para necesitar algo tan evidente.
Fue una observación lenta, precisa y silenciosa que hizo que Frances sintiera calor bajo la piel.
Había logrado impresionarlo y su pequeña victoria le produjo un placer que no pensaba confesar.
—Lady Frances —dijo él.
—Señor Vanderbilt.
William se acercó y se inclinó sobre su mano. Sus labios no llegaron a tocar el guante, pero Frances sintió la cercanía de su respiración y lamentó de inmediato no haberse limitado a asentir desde el otro extremo del salón.
—Me alegra comprobar que el viaje no afectó su salud —murmuró él.
—Y a mí que la vida en Inglaterra haya mejorado sus modales.
William alzó la vista sin soltar todavía su mano.
—No se apresure a juzgar.
—Jamás lo hago —respondió Frances y retiró los dedos con suavidad.
La comisura de los labios de William se curvó.
—Por supuesto.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Cuando dice «por supuesto» de esa manera, siempre significa algo.
—Es curioso. Pensaba exactamente lo mismo acerca de las mujeres inglesas.
—¿Ya conoce a tantas?
—Las suficientes para comprender que ninguna pregunta formulada por una dama es tan inocente como parece.
—En ese caso, debe de haber pasado estos meses muy ocupado.
William sonrió con mayor amplitud.
—¿Está preguntando por mis actividades, lady Frances?
—Estoy expresando compasión por las damas que tuvieron que soportarlas.
—No parece sentir compasión con demasiada frecuencia... —replicó él, con una lenta sonrisa.
—Solo ante desgracias excepcionales.
—Y yo que creí haberle causado una impresión favorable —la molestó.
—¿Qué pudo llevarlo a imaginar semejante cosa?
—El hecho de que escogiera un vestido tan bonito para nuestra primera cena.
El comentario fue pronunciado en voz baja, únicamente para ella, pero Frances sintió que todo el salón había quedado en silencio.
—Este vestido no tiene ninguna relación con usted.
—Naturalmente.
Otra vez aquel tono.
—No todo gira a su alrededor, señor Vanderbilt.
—Me tranquiliza saberlo. Comenzaba a preocuparme por la responsabilidad.
Frances entrecerró los ojos. Había prometido no discutir con él y no habían transcurrido dos minutos desde su entrada.
—Frances —intervino su madre desde el sofá—, ven a sentarte junto a mí antes de que William consiga que olvides que acabas de regresar.
—No creo que eso sea posible —dijo Frances.
—Estoy de acuerdo —repuso William—. Su llegada ha sido difícil de ignorar.
La frase podía ser un insulto o un cumplido. Con William, Frances sospechaba que siempre sería ambas cosas.
Cruzó el salón y se sentó junto a su madre, procurando no mirar atrás. Sin embargo, supo exactamente cuándo William regresó junto a Edward, porque la conversación masculina se interrumpió y sintió sobre ella una atención que no podía demostrar.
—Estás muy elegante —murmuró la marquesa.
—Gracias, mamá.
—Pensé que después del viaje querrías descansar.
—No estaba cansada.
Su madre la observó con demasiada atención.
—Ya veo.
Frances desplegó el abanico.
—No pongas esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La que utilizas cuando crees haber descubierto algo.
—No creo haber descubierto nada.
—Mamá.
La marquesa sonrió.
—Solo me sorprende que no mencionaras al señor Vanderbilt cuando me hablaste del incidente en el puerto.
Frances dejó de mover el abanico.
—No conocía su nombre.
—Pero lo recordabas.
—Me empujó.
—Dijo que chocaron.
—Él estaba en el camino.
—Frances.
—Mamá.
Ambas se sostuvieron la mirada y la marquesa fue la primera en apartar la vista, aunque la sonrisa que escondió tras su copa resultó más inquietante que cualquier pregunta.
La cena fue anunciada antes de que Frances pudiera protestar. Lord Londonderry ofreció el brazo a su esposa, Edward se acercó a lady Eleanor y William quedó de pie en el centro del salón, observándola con una expresión demasiado satisfecha.
Frances comprendió el problema al mismo tiempo que él.
Era el único caballero disponible para acompañarla.
—No será necesario —dijo ella.
William extendió el brazo.