CAPITULO 3 #2
—¿Teme que vuelva a hacerla tropezar?
—Temo que usted lo intente.
—Nunca repito la misma estrategia.
—Así que admite que fue una estrategia… —Frances arqueó una ceja.
—Admito que, si hubiera sido una, habría resultado extraordinariamente eficaz.
Frances miró hacia el comedor. Su familia ya avanzaba por el corredor, aunque Edward había girado la cabeza para observarlos con evidente diversión. Negarse a aceptar el brazo de William transformaría una nimiedad en un espectáculo.
Colocó la mano sobre él.
El antebrazo bajo sus dedos era firme y cálido. William bajó la mirada hacia el punto de contacto, y su expresión perdió una fracción de seguridad. Entonces, Frances sintió una extraña sensación de triunfo.
—¿Ocurre algo? —preguntó adrede.
Él volvió a mirarla.
—Nada —respondió, mientras apartaba la vista.
—Parece sorprendido.
—Solo recordaba que tenía codos peligrosos.
—Todavía los tengo —advirtió ella.
—Lo consideraré una advertencia.
Comenzaron a caminar. Frances esperaba que William mantuviera la distancia correcta entre ambos, pero él inclinó ligeramente el cuerpo hacia ella cuando llegaron al corredor.
—¿Por qué regresó? —preguntó.
La pregunta la tomó desprevenida.
—¿Porque vivo aquí? —respondió con ironía.
—No me refiero a Blackwood Hall.
Frances giró el rostro hacia él.
—¿Entonces a qué se refiere?
—A Inglaterra.
Frances suspiró.
—El viaje terminó.
—Pero podía haberse quedado en Boston.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Eso intento averiguar —respondió William. No había burla en su voz; solo la observaba con una intensidad serena que la hizo sentir examinada.
—No existe ningún misterio —respondió—. Deseaba visitar a mi tía. Nunca planeé establecerme en América.
—Pero le gustó.
Frances vaciló.
—En algunos aspectos.
—¿Cómo la libertad? —indagó él y ella frunció el ceño.
—¿Qué sabe usted de lo que me gustó?
—En Boston puede caminar por ciertas calles sin que todas las personas conozcan su apellido. Puede conversar con mujeres que no han pasado la vida aprendiendo las mismas reglas que usted, y nadie espera que escoja a un marido antes de que termine la temporada.
Frances dejó de caminar y William se detuvo con ella.
Los demás ya habían entrado en el comedor y quedaron solos en el corredor, bajo la luz dorada de los candelabros y el sonido lejano de la lluvia.
—¿Quién le habló de mi matrimonio? —preguntó ella.
—Nadie.
—Entonces no vuelva a mencionarlo.
—¿Por qué?
—Porque no es asunto suyo.
—No he dicho que lo sea.
—Lo ha convertido en asunto suyo al formular esa pregunta.
William sostuvo su mirada. Su expresión no era insolente ahora, sino pensativa.
—Tiene razón. —La respuesta fue tan inesperada que Frances no supo qué decir. Sin embargo, él continuó—: No debería haberlo mencionado.
—No.
—Aunque no me equivoqué.
—Ahí está. —Frances retiró la mano de su brazo—. Durante un instante creí que era capaz de disculparse.
—Soy perfectamente capaz.
—Solo que no lo hace.
—No lo hago cuando no es necesario. —Ella dio un paso hacia el comedor, pero William habló antes de que pudiera alejarse—. No considero que desear casarse sea un defecto, lady Frances. Sin embargo, considero un defecto pretender que no le preocupa.
Frances volvió el rostro porque la precisión del comentario la hirió más de lo que habría deseado.
—Usted no me conoce —dijo, enderezando los hombros.
—Todavía no.
Aquella palabra permaneció entre ambos.
«Todavía». Como si William estuviera seguro de que terminaría conociéndola. Como si la convivencia bajo el mismo techo fuese una promesa y no una circunstancia temporal.
Frances sintió un leve escalofrío que no tenía nada que ver con la corriente fría del corredor.
—No esté tan seguro, señor Vanderbilt.
—Nunca estoy seguro sin motivos.
—Y supongo que cree tenerlos.
—Vivimos en la misma casa, su familia parece empeñada en dejarnos solos y usted no sabe ignorarme. —Frances abrió los labios, indignada y William sonrió—. Ese es un comienzo bastante sólido.
Entró en el comedor antes que ella, dejándola sola con la irritante certeza de que había vuelto a obtener la última palabra.
Frances lo siguió decidida a corregir aquel error antes de que terminara la noche.
La mesa estaba iluminada por docenas de velas cuyo reflejo temblaba sobre la plata y el cristal. Lord Londonderry presidía un extremo y la marquesa el otro. Edward había tomado asiento junto a su tía, lo que dejaba dos lugares vacíos frente a frente.
Frances miró la disposición, luego miró a su madre y la marquesa fingió no advertirlo.
William sostuvo la silla destinada a Frances y esperó.
—Parece que su familia ha decidido facilitarme la tarea —murmuró.
—¿Qué tarea?
—Conocerla.
Frances se sentó y permitió que él acercara la silla.
—No existe semejante tarea.
William ocupó el lugar frente a ella.
—Entonces considérelo un pasatiempo.
—Busque otro.
—Los demás son menos interesantes.
La sopa fue servida antes de que Frances pudiera responder. Se concentró en la cuchara y se prometió no volver a mirarlo durante el resto de la cena, pero la promesa duró menos de un minuto.
—Cuéntanos acerca de Boston —pidió su padre—. Tus cartas contenían muchas descripciones de museos, iglesias y reuniones, pero sospecho que evitaste los detalles más interesantes.
—No evité ningún detalle… —dijo sin comprender aquel comentario.
—Jamás mencionaste el puerto y a un americano a quien le clavaras los codos —señaló Edward.
Frances levantó la vista y descubrió que todos la observaban. William parecía particularmente atento.
—Porque no ocurrió nada digno de mención, hermano —masculló, acuchillando a Edward con la mirada.
—Casi caíste al suelo, según William —replicó su hermano.
—Bueno, no caí.
—Gracias a mí —le recordó William.
Frances lo miró con los ojos fruncidos y dijo:
—Pese a usted, señor Vanderbilt.
—¿Cómo puede alguien salvarte y ser culpable al mismo tiempo? —preguntó lady Eleanor, aumentando la tensión en la mesa.
—En primer lugar, tía, el señor Vanderbilt fue responsable del peligro… —contestó Frances.
—Ese razonamiento, querida, convertiría a todos los médicos en asesinos. ¿No lo crees? —retrucó su tía.
—Solo a los médicos que empujan a sus pacientes por las escaleras antes de curarlos —replicó la joven.
Lord Londonderry dejó la cuchara y miró a William.
—¿La empujaste?
—No —contestó él con tranquilidad.
—Sí —dijo Frances.
—Chocamos —explicó William, mirándola fijamente.
—Usted caminaba sin mirar, señor.
—Usted salió de entre dos cajas, milady —William arrugó el ceño.
—No eran cajas. Eran baúles.
—Ah. Eso cambia por completo mi defensa… —dijo en tono burlón.
Edward se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Cuánto tiempo la tuviste en brazos, William?
Frances sintió que el calor ascendía por su cuello.
—¡Edward!
—¿Qué? Es una pregunta razonable —explicó su hermano.
—No lo es.
William tomó un sorbo de vino antes de responder.
—Unos segundos.
—Fueron más —dijo Frances, y se arrepintió de inmediato.
Toda la mesa quedó en silencio, mientras la sonrisa de Edward creció.
Lady Eleanor arqueó una ceja, la marquesa miró su plato, William apoyó lentamente la copa y fijó los ojos en Frances.
—¿Los contó, milady?
—No —respondió, deseando desaparecer.
—Entonces debieron parecerle largos.
—Porque usted se negaba a soltarme.
—Porque usted seguía sujetando mi chaqueta —replicó él, abochornándola aún más.
—Para no caer, señor —aclaró ella, sintiendo sus mejillas arder.
—Creí que podía mantener el equilibrio perfectamente…
Frances apretó la servilleta sobre su regazo.
—Señor Vanderbilt…
—Lady Frances.
—¿Podrían dejar de hablar como si estuvieran solos? —preguntó lady Eleanor—. Algunos intentamos cenar y escuchar una conversación privada al mismo tiempo.
Edward soltó una carcajada. Hasta el padre de Frances parecía luchar contra una sonrisa.
—No existe ninguna conversación privada —afirmó ella.
—Eso es evidente —dijo su tía—. Estamos oyendo cada palabra.
Frances dirigió una mirada de advertencia a William, pero él no parecía avergonzado. Al contrario, la contemplaba con un brillo divertido y algo más profundo que ella no consiguió descifrar.
La cena continuó entre preguntas acerca de Boston, noticias familiares y relatos de los últimos meses.
Frances habló de los museos que había visitado, de las jóvenes a las que había conocido durante la travesía y de las diferencias entre las reuniones americanas y las veladas londinenses.
William intervino de vez en cuando, no para corregirla, sino para completar algún detalle o explicar una costumbre.
Al principio, Frances respondió a cada comentario como si constituyera una provocación. Poco a poco, sin embargo, descubrió algo inesperado.
William escuchaba.
No esperaba únicamente su turno para hablar.
Prestaba atención a sus palabras, recordaba detalles que ella había mencionado en el salón y formulaba preguntas que demostraban un interés verdadero.
Cuando Frances habló de una exposición sobre máquinas de vapor, él no se burló de que una dama se interesara por la industria.
Le preguntó qué diseño le había parecido más eficiente y discutió con ella acerca de los beneficios de los ferrocarriles con una naturalidad que la hizo olvidar, durante varios minutos, que pretendía detestarlo.
—La expansión será más rápida de lo que imagina —dijo William—. Los hombres continúan pensando en los trenes como si fueran carruajes sobre rieles. No comprenden que cambiarán la forma en que crecen las ciudades.
—También obligarán a las personas a vivir con mayor prisa —respondió Frances—. Cuando todo pueda hacerse más rápido, todos esperarán que se haga más rápido.
William apoyó el antebrazo sobre la mesa.
—¿Eso no le gusta?
—No he dicho eso.
—Pero lo ha pensado —insistió él.
—No puede saber lo que pienso —dijo ella, como si fuera algo evidente.
—Su expresión cambia cuando algo le preocupa.
Frances percibió que los demás habían iniciado otra conversación, pero la voz de William parecía aislarlos del resto de la mesa.
—¿Y qué expresión tengo ahora?
Él la observó durante un momento demasiado largo y luego respondió: