CAPITULO 3 #3
—La de una mujer que está decidiendo si le conviene continuar hablando conmigo —sonrió de lado.
—La decisión es sencilla.
—No tanto. Todavía está aquí.
Frances inclinó la cabeza.
—Estamos cenando en mi casa. Sería extraño que me marchara, ¿no lo cree?
—Podría conversar con otra persona —William miró a los demás.
—Eso intento desde que comenzó la noche.
—Sin embargo, siempre regresa a mí —observó, logrando que ella bajara la mirada hacia su copa, molesta por la verdad del comentario.
William sonrió, pero no insistió. Aquella retirada inesperada fue más desconcertante que cualquiera de sus provocaciones.
Al terminar la cena, las damas se retiraron al salón mientras los caballeros permanecían con el oporto.
Frances caminó junto a su madre, agradecida por la separación.
Necesitaba distancia. William alteraba sus emociones con demasiada facilidad: en un momento deseaba arrojarle una copa y al siguiente se descubría interesada en sus opiniones.
No era una combinación segura.
—Te agrada —dijo lady Eleanor apenas las puertas se cerraron.
Frances se volvió hacia ella.
—¿Quién?
—El rey de Prusia —dijo con sarcasmo—. Naturalmente me refiero al americano.
—No me agrada.
—Entonces te interesa.
—Tampoco.
—Discuten demasiado para ser indiferentes —opinó con una sonrisa astuta.
—Discutimos porque es insoportable —aclaró ella.
Lady Eleanor tomó asiento junto al fuego.
—Los hombres insoportables suelen ser los más difíciles de olvidar.
—Eso no los convierte en apropiados, tía…
Su madre, que acababa de acomodarse en el sofá, alzó la mirada.
—¿Apropiados para qué? —increpó, frunciendo la mirada.
Frances comprendió su error de inmediato, forzó una sonrisa y dijo:
—Para mantener una conversación civilizada, naturalmente, madre.
—Ah. —La marquesa no añadió nada, pero aquella simple sílaba contenía una cantidad irritante de significado.
Frances caminó hasta las ventanas. Afuera, la tormenta comenzaba a debilitarse. La lluvia ya no golpeaba los cristales con violencia, sino que descendía en hilos lentos que distorsionaban la oscuridad del jardín.
—Deseo regresar a Londres dentro de dos semanas —dijo.
Su madre intercambió una mirada con lady Eleanor.
—Pero acabas de llegar.
—La temporada comenzará pronto —dijo como si nada.
—Todavía faltan varias semanas…
—Necesito tiempo para prepararme —dijo con un matiz de resignación.
—¿Para la temporada o para escoger marido? —preguntó su tía.
Frances mantuvo la vista en la ventana.
—Para ambas cosas.
—¿Estás segura de que eso es lo que deseas? —preguntó su madre después de un silencio incómodo.
Frances giró hacia ella.
—Tengo veinticuatro años —explicó como si su edad se tratara de una sentencia—. Y ya he rechazado tres propuestas.
—Tu padre habría rechazado veinte más si esos hombres no demostraban que podría hacerte feliz.
—Ese es precisamente el problema —resopló y negó con la cabeza—. No sé qué clase de hombre podría hacerme feliz.
La confesión salió antes de que pudiera detenerla. Lady Eleanor dejó de sonreír y la expresión de su madre se suavizó.
—No tienes que saberlo de inmediato —dijo la marquesa.
—Sí debo —afirmó—. No quiero pasar otra temporada conversando con caballeros que solo me dicen aquello que creen que deseo escuchar.
Todos parecen respetables durante un baile.
Todos saben sonreír, elogiar un vestido y hablar de sus propiedades.
¿Cómo se supone que debo conocerlos de verdad si nadie se comporta con sinceridad?
—Observándolos —respondió lady Eleanor.
—Eso intento.
—Tal vez necesites la opinión de alguien que conozca a los hombres mejor que tú.
Frances frunció el ceño.
—¿Edward?
Su tía soltó una risa.
—Edward defendería a cualquier caballero que supiera montar bien y no hiciera trampas en las cartas.
—Papá jamás considerará digno a ninguno, tampoco puedo pedir su opinión.
—Eso es cierto —admitió la marquesa—. Tu padre encontraría defectos incluso en un príncipe si este pretendiera llevarte lejos.
Frances suspiró.
—Entonces no existe nadie que pueda aconsejarme con objetividad.
Las puertas se abrieron en aquel momento y los caballeros regresaron al salón. Edward entró primero, seguido por lord Londonderry. William apareció detrás de ellos, con una copa todavía en la mano y una expresión tranquila.
Frances lo miró.
William conocía a los hombres. Había crecido entre empresarios, políticos, herederos y oportunistas.
Leía las intenciones ajenas con una facilidad inquietante.
No pertenecía por completo a la sociedad inglesa, de modo que no sentiría la obligación de proteger la reputación de ningún caballero.
Y, sobre todo, no tenía razón alguna para desear que Frances aceptara o rechazara una propuesta concreta.
La idea surgió completa y absurda; tan absurda que debería haberla descartado.
William encontró su mirada desde el otro lado del salón y alzó una ceja, como si supiera que ella estaba pensando en él.
Frances apartó los ojos.
No. Era imposible. Jamás confiaría una decisión tan importante a un hombre como William Vanderbilt.
—¿Por qué me mira de esa manera? —preguntó él cuando se acercó.
—No lo miraba.
—Entonces alguien muy parecido a mí se encuentra detrás.
Frances volvió hacia él y estudió su rostro. William sostenía la copa con una mano, relajado, seguro y completamente inconsciente de la idea que acababa de instalarse en la mente de ella.
—Tengo una pregunta —dijo.
—Eso siempre es peligroso.
—¿Se considera un buen juez del carácter de los hombres?
La sonrisa de William desapareció lentamente.
—Sí —contestó con sequedad.
—Qué modesto.
—No me ha preguntado si soy modesto, y solo respondí a su pregunta.
—Y… ¿podría saber cuándo un caballero miente acerca de sus intenciones? —preguntó de un modo casual, como si hablara del clima.
—Probablemente —respondió William, con un mal presentimiento.
—¿Cuando tiene deudas? —añadió Frances.
—Con facilidad, ciertamente —volvió a responder William, cada vez más intrigado.
—¿Cuando mantiene amantes?
William la observó con mayor atención.
—Casi siempre —dijo, apretando los labios y frunciendo el ceño.
Frances respiró hondo.
—¿Y cuándo sería un mal esposo?
Ahora sí había captado por completo su interés.
William inclinó la cabeza y preguntó sin rodeos:
—¿Qué está tramando, lady Frances?
Ella sabía que debía detenerse. Podía hablar con su madre, consultar a lady Eleanor o continuar confiando en su propio juicio. Cualquier alternativa era más prudente que la idea que estaba a punto de proponer.
Pero William había dicho prácticamente que era predecible para él, porque ella no sabía ignorarlo, y Frances le demostraría que se equivocaba.
Por eso, además de su propósito inicial de escoger un esposo adecuado, convertirlo en una herramienta para hallar marido sería la manera más eficaz de colocar entre ellos una distancia imposible de confundir con interés romántico.
—Necesito un esposo —declaró.
William no parpadeó. Sin embargo, algo en su mirada se volvió completamente inmóvil.
—Comprendo.
—No creo que comprenda.
—Es una afirmación bastante clara —aceptó.
—Quiero escogerlo con inteligencia.
—Eso reduce considerablemente las opciones, milady. ¿Lo sabe?
—Lo sé —aceptó—, por eso necesito a alguien que pueda decirme la verdad acerca de los caballeros que conozca esta temporada.
William permaneció en silencio y Frances levantó la barbilla.
—Yo, ¿qué tengo que ver en el asunto? —preguntó con curiosidad.
—Quiero que sea mi consejero matrimonial.
La quietud de él duró apenas un segundo más. Luego sonrió y no fue la sonrisa burlona que ella conocía. Fue lenta, peligrosa y llena de una diversión que debería haberla advertido de que acababa de cometer un error monumental.
—Lady Frances —dijo—, no pienso permitir que se case con el primer idiota que posea un título.
Ella entrecerró los ojos.
—Eso no es una respuesta.
—Es un sí, acepto —dijo, mientras alzaba su copa en un brindis privado.