CAPITULO 4
F rances se preguntó si el americano había comprendido correctamente.
William permanecía frente a ella con la copa alzada y una expresión de satisfacción tan serena que resultaba imposible saber si acababa de aceptar una tarea seria o de descubrir una nueva forma de entretenerse a su costa.
A su alrededor, el salón continuaba lleno de conversaciones, del crepitar del fuego y del tintinear ocasional de la porcelana, pero Frances tuvo la extraña impresión de que la respuesta de él había creado un espacio aislado entre ambos.
—No he dicho que pueda decidir por mí —aclaró.
—Jamás se me ocurriría intentarlo.
—No parece un hombre al que le preocupe demasiado que algo se le haya ocurrido o no.
—Eso es porque casi siempre se me ocurren buenas ideas.
Frances cruzó los brazos.
—Esto no es un juego.
La mirada de William se volvió más atenta y respondió:
—Lo sé.
Aquella súbita seriedad la desconcertó más que sus burlas y supo que debía tomar ciertas medidas para el caso.
—Entonces, quiero establecer algunas condiciones —propuso.
—Naturalmente.
—No vuelva a decir «naturalmente» de esa forma —advirtió ella.
—¿Qué forma?
—Como si supiera algo que yo desconozco.
—Lady Frances… —murmuró con una sonrisa de satisfacción—, casi siempre sé algo que la persona frente a mí desconoce.
—Esa es una de las razones por las que resulta insoportable.
—Sin embargo, acaba de solicitar mi ayuda.
Frances abrió el abanico y lo agitó una vez, aunque el salón no estaba caluroso.
—Porque necesito objetividad, no porque valore su compañía.
—Eso me tranquiliza.
—¿Por qué?
—Temía que esperara también que le tomara afecto a sus pretendientes…
Ella reprimió una sonrisa.
—Solo tendrá que observarlos y responder con sinceridad cuando le pregunte sobre ellos.
—Eso parece demasiado sencillo —bebió un sorbo de su copa.
—Lo será, siempre que no interfiera —advirtió, moviendo el abanico de un modo acusador.
William arqueó una ceja.
—¿Qué entiende por interferir?
—No debe desalentar a ningún caballero directamente, humillarlo, provocar una discusión, revelar información privada delante de otros, ni utilizar su particular sentido del humor para hacerlo parecer ridículo —numeró ella.
—Está eliminando casi todas mis habilidades.
—Considérelo un ejercicio de moderación.
—Inglaterra ya pretende corregir mi carácter. No veo por qué debería colaborar.
—Porque ha aceptado —le recordó ella.
—Acepté evitar que se casara con un idiota, pero no prometí ser agradable durante el proceso.
Frances lo miró con desconfianza.
—Tampoco debe exagerar sus defectos.
—No será necesario —encogió sus hombros levemente—. La mayoría de los hombres se ocupa de mostrarlos sin ayuda.
—Y no puede descartar a alguien por una simple antipatía personal.
—No siento antipatía por la mayoría de los hombres.
—Eso no es lo que Edward dice.
—Edward confunde antipatía con precisión.
—¿Existe algo que no convierta en una demostración de su superioridad?
William reflexionó unos segundos.
—El baile.
Frances parpadeó.
—¿El baile?
—No soy especialmente bueno bailando.
—No le creo —aquella admisión le pareció tan improbable que lo observó con cuidado, buscando la trampa.
—Debería, porque sería una mentira muy poco favorecedora de mi parte —aclaró.
—Los americanos bailan.
—Algunos también cantan y no por eso resulta agradable escucharlos.
Frances sintió que la comisura de sus labios amenazaba con elevarse.
—Entonces deberá aprender.
—¿Por qué?
—Porque habrá bailes durante la temporada y necesitaré que esté cerca para observar a los caballeros.
William bajó la copa.
—¿Está diciendo que debo acompañarla a los salones londinenses mientras otros hombres intentan conquistarla?
—Eso es exactamente lo que acabo de decir.
—Comienza a parecer menos una tarea y más un castigo.
—Puede retirarse.
—No. —La respuesta fue inmediata.
Frances lo estudió.
—¿Por qué no?
—Porque ya he dado mi palabra.
—No recuerdo que la haya dado.
—Dije que sí.
—Eso no es una promesa solemne.
—En mi país suele bastar.
La sencillez de su tono eliminó por un instante todo rastro de juego. Frances comprendió que, pese a su irreverencia, William no consideraba sus compromisos de manera ligera. Aquello añadía una cualidad inesperada a un hombre que hasta entonces había clasificado como peligrosamente impredecible.
—Muy bien —dijo—. Entonces comenzaremos cuando lleguemos a Londres.
—Comenzaremos antes —dijo él.
—No hay caballeros disponibles en Blackwood Hall —le recordó Frances.
William miró hacia Edward.
—Hay uno.
Frances siguió la dirección de sus ojos y luego volvió hacia él, horrorizada.
—Mi hermano no cuenta.
—Todos los hombres cuentan.
—No voy a considerar a Edward como posible marido.
—Me alegra oírlo. Las leyes inglesas son complejas, pero supongo que incluso aquí existen ciertos límites.
—No sea absurdo.
William sonrió.
—Su hermano puede servir como referencia.
—¿Referencia de qué? —preguntó desconcertada.
—De aquello que usted tolera en un hombre al que ama, y jamás toleraría en uno con quien deba compartir dormitorio.
Frances sintió que el abanico se detenía entre sus dedos.
—Señor Vanderbilt —advirtió, pero William solo sonrió.
—Me refiero al desorden, los horarios y la incapacidad para cerrar una puerta —explicó—. No entiendo por qué parece escandalizada —añadió con aparente inocencia.
—Lo entiende perfectamente.
—Quizás —asumió con descaro, cuando Edward se acercó en aquel momento, salvándola de responder.
—¿Qué conspiran? —indagó.
—Tu hermana me ha contratado —dijo William y Frances le dirigió una mirada fulminante.
—No lo he contratado —corrigió de inmediato.
—Entonces, espero no tener que trabajar gratis —volvió a tomar de su copa.
—¿Para qué te ha contratado? —preguntó Edward, ya interesado.
—No es asunto tuyo —lo reprendió Frances. Sin embargo, William ya había decidido revelarle su propuesta.
—Para encontrarle marido —pronunció William con absoluta calma.
Frances cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Edward la observaba como si acabara de anunciar que planeaba ingresar a un convento.
—¿Encontrarte marido? —increpó desconcertado.
—No exactamente.
—Eso es exactamente lo que me pidió —repuso William.
—Le pedí que me aconsejara —rebatió Frances.
—Acerca de los hombres con los que podría casarse —expuso él.
—De forma discreta —masculló ella, entrecerrando los ojos.
—No recuerdo que mencionara esa condición —dijo William con aparente inocencia.
—Parecía evidente.
—Nada es evidente cuando se trabaja con una inglesa —bromeó.
Edward soltó una carcajada y Frances decidió que, si aquella tarea fracasaba, sería por culpa de los dos.
—¿Por qué William? —preguntó su hermano.
—Porque tú eres incapaz de juzgar con objetividad a tus amigos.
—Puedo hacerlo perfectamente —dijo un poco ofendido.
—Consideras que lord Ashton es un hombre admirable —le recordó su hermana.
—Lo es.
—Perdió seis mil libras en una noche —volvió a recalcar.
—Tuvo mala suerte —dijo Edward, encogiéndose de hombros.
—Apostó contra sí mismo en una carrera de caballos —dijo Frances en tono burlón.
Edward hizo una pausa.
—Eso fue una estrategia.
William lo miró y preguntó:
—¿Ganó?
—No.
—Entonces fue una estrategia excelente… —Se burló William.
Frances levantó una mano y miró a William.
—Precisamente por esto no puedo confiar en Edward.
—Podrías confiar en papá —dijo su hermano.
—Papá piensa que ningún hombre es digno.
—Papá tiene razón.
—¿Y madre? —preguntó Edward.
—Mamá desea que sea feliz, lo cual significa que intentaría encontrar algo bueno incluso en un hombre insufrible.
William miró a Frances.
—Eso explica su tolerancia conmigo.
Ella se negó a sonreír.
—Tía Eleanor sería demasiado despiadada.
—Eso también suena útil.
—Y usted no pertenece por completo a nuestra sociedad. No tiene alianzas, rencores heredados ni interés en proteger a ninguna familia —explicó ella, del porqué su elección de confiarle aquella tarea.
—Tampoco sé quién ocupa la mitad de los títulos —dijo él.
—Aprenderá.
—¿Está segura de que no quiere contratar a un investigador?
—Un investigador no podría acompañarme a un baile sin provocar un escándalo.
—No subestime la creatividad de un buen investigador.
Edward observó a uno y a otro, cada vez más divertido.
—Esto es lo mejor que ha ocurrido en Blackwood Hall desde que la tía Eleanor acusó al vicario de hacer trampa en el whist.
—El vicario hacía trampa —dijo lady Eleanor desde el sofá, demostrando que había escuchado más de lo que fingía.
La marquesa alzó la cabeza.
—¿Qué sucede?
Frances deseó impedir la respuesta, pero Edward ya sonreía.
—William ayudará a Frances a encontrar esposo.
La atención de toda la familia se concentró sobre ellos.
Lord Londonderry dejó la conversación que mantenía junto al fuego y caminó hacia su hija.
—¿Encontrar esposo?
Frances sintió que la situación comenzaba a escapar de su control.
—No es tan dramático como suena, padre…
—Suena bastante dramático —observó lady Eleanor, divertida.
—Solo he pedido la opinión del señor Vanderbilt acerca de los caballeros que conozca durante la temporada.
Su padre miró a William con visible desconfianza.
—¿Y por qué debería conocer él mejor que tú las intenciones de un caballero?
—Porque es un hombre.
—Ese no es un mérito —repuso el marqués.
—Papá.
—Conozco a los hombres. La mayoría no merece confianza.
—Eso es exactamente lo que necesito averiguar, antes de aceptar a uno.
La expresión de lord Londonderry se endureció.
—No tienes que aceptar a ninguno.
—Algún día tendré que hacerlo.
—No.
La respuesta fue tan inmediata y tan paternalmente irracional que Frances no pudo evitar ablandarse.
—Papá, sabes que no puedo vivir eternamente aquí.
—No veo por qué no.
—Porque terminaría apoderándome de la administración de la casa.
—Eso sería útil.
—Y expulsaría a todos tus invitados.
—A algunos también les vendría bien.
Edward apoyó una mano sobre el hombro de su padre.
—Debemos dejarla casarse antes de que decida reorganizar las propiedades.
Lord Londonderry lo apartó.
—Tú no ayudas.
La marquesa se acercó y tomó la mano de su esposo.