CAPITULO 4 #2
—Henry, Frances no ha dicho que vaya a comprometerse mañana.
—Podría hacerlo, madre —intervino Edward.
—No lo hará. —El marqués miró a su hija y preguntó—. ¿Lo harás?
—Por supuesto que no, papá.
—¿Y si aparece algún conde con sonrisa ensayada y caballos caros?
—William le informará si tiene deudas, amantes o una inclinación secreta por la crueldad.
El silencio fue absoluto y Frances se dio cuenta demasiado tarde de lo extraña que sonaba aquella frase.
Lord Londonderry volvió lentamente la cabeza hacia William.
—¿Eso harás?
William pareció considerar con seriedad la pregunta.
—Si el caballero reúne las tres cualidades, procuraré hacerlo antes de que sirvan el postre.
Edward se dobló de risa. Lady Eleanor sonrió sin disimulo y hasta la marquesa tuvo que volver el rostro.
El padre de Frances no se divirtió.
—Esto no es una broma.
—No, milord. —La expresión de William cambió, y la firmeza de su voz hizo que Edward dejara de reír—.
Lady Frances me ha pedido sinceridad —continuó William—.
Puedo ofrecérsela. No decidiré por ella, no interferiré en sus relaciones y no expondré a ningún hombre sin motivos.
Pero si descubro que alguien pretende engañarla, se lo diré.
Lord Londonderry lo examinó durante un largo momento.
—¿Aunque se trate de un amigo?
—Especialmente si se trata de un amigo.
—¿Y qué obtienes tú de todo esto?
William miró a Frances.
La pregunta parecía razonable, pero ella tuvo la impresión de que la respuesta importaba más de lo que debería.
—Entretenimiento —dijo él.
La decepción que sintió Frances fue ridícula, pero entonces, William añadió:
—Y la tranquilidad de saber que lady Frances no arruinará su vida por confiar en la opinión de un idiota.
—¿Te refieres a Edward? —preguntó lady Eleanor.
—Pensaba en un idiota hipotético.
—Agradezco la aclaración —murmuró Edward.
Lord Londonderry no sonrió, aunque una parte de su severidad desapareció.
—No permitiré que conviertas a mi hija en motivo de apuestas entre los caballeros. Ni que la expongas al ridículo.
—No lo haré.
—Y si uno de esos hombres la hace sufrir…
—Papá —intervino Frances.
—Si uno de ellos la hace sufrir —repitió el marqués sin apartar la mirada de William—, espero que me lo digas antes de que Edward intente retarlo y muera por su mala puntería.
—Mi puntería es excelente —protestó Edward.
—Le disparaste a un espantapájaros.
—Llevaba un sombrero sospechoso.
William asintió con solemnidad.
—Se lo diré.
Frances contempló a su padre, luego a William y finalmente al resto de la familia. Lo que había concebido como un acuerdo privado acababa de convertirse en un compromiso público, observado y, de manera inquietante, aprobado por todos.
—Me alegra que hayan resuelto mi futuro sin consultarme —dijo.
—Tú comenzaste —señaló Edward.
—Y ya me arrepiento.
William se inclinó hacia ella.
—Es demasiado tarde.
—Aún puedo despedirlo.
—No me ha contratado.
—Entonces puedo retirar mi petición.
—Tampoco.
—¿Por qué?
—Porque su padre acaba de confiarme una misión.
Lord Londonderry levantó una mano.
—No exageremos, William.
—Demasiado tarde —repitió William.
La marquesa anunció que todos estaban cansados y que Frances debía descansar después del viaje.
La conversación comenzó a dispersarse, aunque Edward continuó formulando sugerencias absurdas acerca de posibles pretendientes.
Frances se despidió de sus padres y se dirigió hacia la puerta, decidida a terminar aquella noche antes de adquirir un nuevo motivo de arrepentimiento.
William la alcanzó en el corredor.
—Camina muy rápido cuando está molesta.
—Y usted parece incapaz de reconocer cuándo no desean su compañía.
—Lo reconozco. Simplemente no siempre lo respeto.
Frances continuó avanzando.
—Nuestro acuerdo empezará en Londres.
—Nuestro acuerdo ya comenzó.
—No hay candidatos aquí.
—Mañana recibiremos la visita de los Ashcombe.
Ella se detuvo.
—¿Cómo lo sabe?
—Su madre lo mencionó antes de la cena.
—Lady Ashcombe tiene dos hijos… —recordó ella.
—Uno está casado.
—El menor, lord Philip, no.
William la observó.
—¿Lo conoce?
—Desde niña.
—¿Le agrada?
Frances dudó.
—Es amable.
—Eso no responde.
—Es un caballero correcto, educado y considerado.
—Tampoco responde.
—¿Qué espera que diga?
—Si le agrada.
Ella exhaló con impaciencia.
—No lo sé.
—Excelente.
—¿Qué tiene eso de excelente?
—Significa que no ha decidido nada antes de que pueda observarlo.
—No es una competencia.
—Todo proceso de selección lo es.
—No estoy comprando un caballo.
—Los caballos suelen elegirse con mayor cuidado que los esposos.
Frances volvió a caminar.
—Mañana no hará nada.
—Observaré.
—En silencio —advirtió ella.
—Eso será más difícil.
—Y no le formulará preguntas extrañas.
—¿Qué considera una pregunta extraña?
—No le preguntará por sus deudas, sus amantes, sus hábitos de juego ni sus opiniones acerca de las mujeres.
—Entonces tendré que preguntarle por el clima.
—Perfecto.
—Los hombres suelen mentir también acerca del clima.
Frances llegó al pie de la escalera y giró hacia él.
—Quiero que se comporte como un caballero.
William apoyó una mano en la barandilla.
—Eso limita todavía más mis habilidades.
Ella intentó conservar la seriedad, pero una risa escapó antes de que pudiera contenerla. Fue breve, apenas un sonido, aunque bastó para que ambos quedaran inmóviles.
William la miró de una forma diferente.
No había triunfo en su expresión ni burla. Solo una atención cálida y silenciosa que hizo que Frances sintiera que aquella pequeña risa había revelado algo demasiado íntimo.
—Así que sí sabe hacerlo —dijo él.
—¿Hacer qué?
—Reír cuando está conmigo.
La ligereza desapareció.
—No se acostumbre —dijo Frances, subiendo el primer escalón—. Buenas noches, señor Vanderbilt.
—Buenas noches, lady Frances.
Continuó ascendiendo sin mirar atrás, pero sintió su presencia hasta llegar al rellano. Solo entonces se permitió volver la cabeza.
William seguía junto a la escalera. No fingió que había estado observando otra cosa y se limitó a sostener su mirada.
Frances se apresuró a continuar hasta desaparecer en el corredor.
William permaneció inmóvil varios segundos después de que ella se marchara, pensando que el acuerdo era absurdo, y también era peligroso.
No por Frances. Él podía manejar a una mujer inteligente, orgullosa y demasiado acostumbrada a confiar en su propio juicio.
Lo peligroso sería pasar una temporada entera observando a otros hombres acercarse a ella, escuchar sus elogios, evaluar sus intenciones y decidir cuál de ellos merecía recibir aquello que William había sentido entre sus brazos durante unos segundos en el puerto de Boston.
Una mujer como Frances atraería pretendientes sin esfuerzo.
Alguno sería honorable, otro adecuado e incluso uno de ellos podría hacerla feliz, y él debería reconocerlo cuando apareciera. Sin embargo, la idea le produjo una incomodidad inexplicable.
—Esto terminará mal —dijo Edward desde la entrada del salón.
William no se volvió.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó.
—Lo suficiente.
—Entonces necesitas mejores ocupaciones.
Edward se acercó y apoyó el hombro contra la barandilla.
—¿De verdad vas a ayudarla?
—Sí.
—¿Por qué?
William miró hacia el corredor vacío.
—Me lo pidió —respondió secamente.
—Frances pide muchas cosas y no solemos obedecerla tan rápido.
—Quizás, por eso tiene que pedirlas más de una vez.
Edward guardó silencio durante un instante.
—No juegues con ella, William —advirtió en un tono serio.
William volvió por fin la cabeza, lo miró y vio que la expresión del inglés ya no era divertida.
—No lo haré.
—Mi hermana parece segura de sí misma, pero no siempre lo está. Cuando decide algo, se obliga a seguir adelante incluso si comienza a dudar y no permitirá que nadie note que está asustada —le explicó para que comprendiera cómo era su hermana.
—¿Está asustada por casarse?
—Está asustada por equivocarse.
William recordó la forma en que Frances había apartado la mirada cuando él mencionó el matrimonio en el corredor.
—Lo sé.
Edward frunció el ceño.
—La conoces desde hace unas horas.
—No hace falta conocer toda la historia para reconocer el miedo.
—¿Y piensas ayudarla a evitarlo? —cuestionó cada vez más desconcertado.
—Pienso ayudarla a no tomar una mala decisión por culpa de ese miedo.
Edward lo observó con atención y suspiró.
—¿Y si todos te parecen una mala decisión? —preguntó, con una idea formándose en su cabeza.
William sonrió.
—Entonces tu hermana tendrá un problema.
—No me refería a ella, me refiero a ti —le explicó, dejando en evidencia su insinuación.
La sonrisa de William se desvaneció apenas.
—Buenas noches, americano… —Edward se apartó de la barandilla, le dio una palmada en el hombro antes de regresar al salón.
William permaneció solo en el vestíbulo. Durante un momento consideró la posibilidad de llamar a Edward y exigirle que explicara aquella última observación. No lo hizo. La explicación era evidente y absurda, y no tenía intención de permitir que una broma inglesa alterara su juicio.
Frances quería un esposo.
Él la ayudaría a encontrarlo.
Nada podía ser más sencillo.