CAPITULO 5
A la mañana siguiente, William descubriría que lord Philip Ashcombe poseía una sonrisa agradable, una fortuna respetable y una admiración antigua por lady Frances Vane.
También descubriría, con una rapidez que no le agradaría en absoluto, que ya deseaba encontrarle defectos, y que aquello no requería ningún esfuerzo.
El caballero llegó a Blackwood Hall poco antes del mediodía acompañado por su madre y su hermano mayor, sir Reginald Ashcombe.
La lluvia de la noche anterior había dejado el cielo limpio, los jardines cubiertos por un brillo húmedo y los caminos lo bastante embarrados como para que lady Ashcombe dedicara los primeros minutos de la visita a lamentar el estado de las ruedas de su carruaje.
William los observó desde una de las ventanas del salón mientras los criados se apresuraban a recibirlos. Había bajado temprano, revisado junto al marqués la respuesta poco convincente de su administrador y tratado de convencerse de que no esperaba aquella visita con un interés particular.
No lo había conseguido.
—Ese es Philip —dijo Edward a su lado.
William no apartó la vista del joven que ayudaba a su madre a descender del carruaje.
Era alto, de hombros estrechos y cabello rubio cuidadosamente peinado.
Vestía con elegancia, sostenía el brazo de lady Ashcombe con atención y, una vez que ella estuvo segura sobre la grava, regresó para ayudar a bajar a una doncella de edad avanzada.
—Parece considerado —comentó William.
Edward lo miró con sorpresa.
—¿Eso es un elogio?
—Es una observación.
—Pensé que empezarías a despedazarlo antes de que cruzara la puerta.
—Tu hermana me pidió objetividad.
—Frances te pidió que no interfirieras y anoche ya interrogabas a todo el mundo acerca de los Ashcombe.
William volvió lentamente la cabeza.
—Pregunté si administraban bien sus propiedades.
—También preguntaste si Philip jugaba, bebía o tenía amantes.
—Información básica. —Se encogió de hombros.
—Y si roncaba.
—Eso lo preguntaste tú.
Edward sonrió.
—Porque quería saber hasta dónde llegarías.
William regresó la atención al exterior. Lord Philip se inclinó para recoger un guante que su madre había dejado caer y se lo entregó con una sonrisa paciente.
—¿Qué sabes de él?
—Que tiene veintiocho años, una renta respetable y la expectativa de heredar una propiedad de su tío materno. Monta bien, baila mejor que tú y jamás ha protagonizado un escándalo.
—Eso último resulta sospechoso.
—Algunos hombres somos capaces de comportarnos decentemente —bromeó Edward.
—Tú disparaste contra un espantapájaros porque desconfiabas de su sombrero —le recordó William.
—Aparte de ese incidente.
La puerta principal se abrió y el mayordomo recibió a los visitantes. Edward se apartó de la ventana.
—Philip conoce a Frances desde que eran niños, y durante un tiempo, nuestras madres creyeron que acabarían casándose.
William mantuvo la vista fija en el carruaje vacío.
—¿Y por qué no ocurrió?
—Frances tenía diecisiete años y él se marchó a Italia.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Ninguno mostró interés suficiente.
—¿Y ahora?
Edward lo observó con una sonrisa lenta.
—Ahora él ha regresado y ella necesita esposo.
William se metió las manos en los bolsillos.
—Una coincidencia conveniente.
—Pensé que te gustaban las circunstancias convenientes.
—En los negocios —afirmó William.
—Esto también es una negociación.
—No para Frances. —Negó inesperadamente con la cabeza.
—¿No?
William volvió la cabeza. Edward había pronunciado la pregunta sin ligereza.
—No —respondió—. Para ella es una elección.
—Entonces no olvides permitírsela.
Antes de que William pudiera replicar, el mayordomo anunció a los Ashcombe y la familia entró en el salón.
Lady Ashcombe era una mujer alta y delgada, vestida de azul pálido y adornada con suficientes encajes como para cubrir una mesa de banquete.
Lord Reginald, el hijo mayor, poseía el aspecto solemne de un hombre que había nacido con la seguridad de que algún día heredaría cada objeto que lo rodeaba.
Philip, en cambio, parecía mucho más accesible.
Saludó al marqués con respeto, a la marquesa con evidente afecto y a Edward con un apretón de manos que revelaba una amistad antigua.
Después vio a William, y aunque su sonrisa no desapareció, se volvió más cautelosa.
—Lord Philip Ashcombe —dijo Edward—, William Henry Vanderbilt.
—He oído hablar de usted —comentó Philip.
William inclinó la cabeza.
—Espero que no demasiado.
—Lo suficiente para saber que lord Londonderry ha encontrado en usted a un asesor extraordinariamente eficaz.
—En realidad, ha encontrado a alguien incapaz de ignorar un libro mal llevado.
—En ese caso, le recomiendo que no mire las cuentas de mi hermano —dijo Philip.
Sir Reginald frunció el ceño.
—Mis cuentas están perfectamente administradas.
—Por eso te niegas a mostrárselas a padre.
—No veo relación entre ambas cosas.
Philip sonrió y William percibió que aquella broma no había sido cruel, sino parte de una costumbre entre hermanos. Otro punto a su favor y aquello comenzaba a resultar irritante.
—¿Dónde está Frances? —preguntó lady Ashcombe después de aceptar una taza de té—. Apenas he podido pensar en otra cosa desde que supimos que había regresado.
—Termina de responder una carta —explicó la marquesa—. Bajará enseguida.
Philip no dijo nada, pero dirigió una mirada involuntaria hacia la puerta y William la notó.
También notó que el joven había elegido el asiento desde el que podía verla entrar, que se alisó discretamente la chaqueta y que, aunque conversaba con Edward acerca de los caballos, una parte de su atención permanecía fija en el corredor.
Interesado. No había duda.
—¿Conoció bien Boston, señor Vanderbilt? —preguntó lady Ashcombe.
—Lo suficiente.
—Debe de resultar extraño encontrarse tan lejos de casa.
—Al principio.
—Pero los Vane son prácticamente su familia.
William miró a la marquesa, que le dedicó una sonrisa cálida.
—Han sido muy generosos conmigo.
—Frances también habla maravillas de América —continuó lady Ashcombe—. Aunque siempre fue una muchacha aventurera.
—Mamá —murmuró Philip.
—¿Qué? Lo era. Una vez se subió al tejado del invernadero porque Edward le aseguró que no se atrevería.
William volvió la cabeza hacia el aludido.
—¿Qué edad tenía?
—Doce años —respondió Edward.
—Once —corrigió una voz desde la puerta—. Y no me subí porque él me desafiara, sino porque había dejado atrapado allí al gato de mamá.
William no necesitó girarse para reconocerla.
La presencia de Frances alteró el salón antes incluso de que cruzara por completo el umbral.
No porque todos guardaran silencio, aunque lady Ashcombe interrumpió de inmediato su relato, ni porque su padre sonriera como si no la hubiera visto apenas una hora antes.
Era algo más sutil. Frances atraía la atención sin buscarla, quizá porque caminaba con la seguridad de una mujer acostumbrada a ocupar su propio espacio sin pedir disculpas.
Llevaba un vestido matinal de color crema adornado con pequeñas flores azules y el cabello recogido de manera sencilla. No había elegido las sedas brillantes de la noche anterior ni parecía interesada en impresionar a nadie. William descubrió que aquella naturalidad le resultaba aún más peligrosa.
Frances se acercó primero a lady Ashcombe y aceptó su abrazo con auténtico cariño.
—Querida, estás más hermosa que cuando partiste —declaró la dama—. América te ha sentado de maravilla.
—Tres meses lejos de Edward mejorarían a cualquiera —bromeó Frances.
—No pareces agradecida por haber protegido tu reputación durante tu ausencia —replicó su hermano.
—¿Cómo lo hiciste?
—Negándome a permitir que alguien la mencionara.
—Nadie la mencionó —dijo lord Londonderry.
—Mi estrategia fue perfecta.
Frances sonrió y entonces volvió la vista hacia Philip.
El joven ya estaba de pie
—Lady Frances.
La forma en que pronunció su nombre confirmó lo que William había observado. Había afecto, familiaridad y un interés que Philip todavía intentaba presentar como simple cortesía.
—Lord Philip —respondió ella.
Él tomó su mano y se inclinó sobre los dedos enguantados.
William sintió una tensión inmediata en la mandíbula.
¡Que absurdo!
Philip no hizo nada incorrecto. La reverencia fue impecable y duró exactamente lo necesario. Aun así, William observó la mano del caballero alrededor de la de Frances y deseó encontrar algún defecto en su forma de sostenerla.
—Me alegra verla de regreso —dijo Philip.
—Y a mí encontrarlo en Inglaterra. Creí que continuaba en Florencia.
—Regresé hace dos semanas.
—Entonces ha escogido un momento terrible. El clima está decidido a castigarnos —comentó ella con una amabilidad que irritó a William.
—Algunas razones justifican soportarlo.
La frase fue sencilla, pero Frances entendió la insinuación y un rubor tenue apareció en sus mejillas.
William lo vio y descubrió que lord Philip Ashcombe ya poseía un defecto importante: Era capaz de hacerla sonrojar.
—Señor Vanderbilt —dijo Frances de repente.
Él comprendió que llevaba demasiado tiempo observándolos.
—Lady Frances —contestó, recuperando el control.
—¿Recuerda a lord Philip?
—Acabamos de conocernos.
—Naturalmente —dijo ella, con la misma entonación que William había utilizado la noche anterior para esa misma palabra.
Solo él captó la imitación.
—Lord Philip parece un caballero difícil de olvidar —respondió.
Philip sonrió, interpretándolo como un cumplido.
Frances entrecerró los ojos, consciente de que William todavía no había decidido si lo era.
La conversación se reorganizó cuando todos tomaron asiento.
Por alguna combinación sospechosamente eficiente de movimientos, Frances quedó en un sofá junto a Philip, mientras William ocupaba una silla frente a ellos.
Edward se instaló cerca con la satisfacción de quien había pagado por asistir a una obra particularmente divertida.
William intentó comportarse con naturalidad.