Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 5 #2
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CAPITULO 5 #2

Escuchó a lady Ashcombe relatar las dificultades del viaje. Respondió a sir Reginald cuando este le preguntó por los ferrocarriles americanos y explicó al marqués una diferencia entre las inversiones inglesas y las de Nueva York. Sin embargo, su atención regresaba una y otra vez al sofá.

Philip no hablaba únicamente de sí mismo.

Primer punto favorable.

Preguntó a Frances por Boston, recordó el nombre de su tía Victoria y mostró interés cuando ella describió una exposición de arte. No fingió entender asuntos que ignoraba y no interrumpió sus opiniones.

Segundo y tercer punto favorable.

Trataba con respeto a su madre, parecía mantener una relación aceptable con su hermano y, según Edward, administraba bien sus ingresos.

William comenzaba a detestarlo.

—¿Visitó también Nueva York? —preguntó Philip.

—Solo durante unos días —respondió Frances—. Mi tía deseaba mostrarnos la ciudad antes de regresar, pero el tiempo no fue suficiente.

—Entonces tendrá que volver.

—No creo que mis padres acepten otra de mis aventuras —bromeó ella.

—Bueno, podría viajar acompañada por su esposo. —Philip pronunció la última palabra con suavidad.

La taza de William chocó contra el platillo y varias miradas se dirigieron hacia él.

—Disculpen —dijo con calma—. El asa estaba húmeda.

Frances lo observó por encima de su taza. Había diversión en sus ojos y una pregunta evidente de «¿Qué opina?».

William apartó la vista.

Todavía no tenía una respuesta que pudiera pronunciar sin parecer irracional.

—¿Piensa permanecer mucho tiempo en Blackwood Hall, señor Vanderbilt? —preguntó Philip.

La cortesía continuaba intacta, pero William percibió el cambio. El interés del inglés no se limitaba a conversar. Había observado los intercambios entre Frances y William, y ahora evaluaba su presencia.

—Eso depende de mi familia —respondió en tono resignado.

—Pensé que los americanos valoraban especialmente la independencia.

—La valoramos —asumió William—. También valoramos saber cuándo una oportunidad merece prolongar una visita.

Frances dejó de beber, y Philip sostuvo la mirada de William.

—¿Y ha encontrado una oportunidad en Inglaterra? —cuestionó el inglés.

—Varias —contestó William.

Edward se cubrió la boca para ocultar una sonrisa y Frances posó la taza con delicadeza.

—El señor Vanderbilt ayuda a papá con las propiedades —explicó ella—. Ha descubierto ciertas irregularidades en las cuentas.

La intervención podría haber protegido a William de una interpretación incómoda, pero él notó la rapidez con que ella lo hizo. Frances tampoco deseaba que Philip confundiera sus razones para quedarse.

Aquello debería haberlo complacido, pero no fue así.

—Una ocupación muy útil —dijo Philip—. Aunque imagino que regresará a América cuando termine.

—Quizás.

—William no sabe dar respuestas sencillas —intervino Frances.

—Sé hacerlo cuando la pregunta las merece —replicó él.

—¿Regresará o no?

William la miró directamente y preguntó:

—¿Le preocupa si regreso o no?

—Solo intento aclarar la conversación —dijo ella, sonriendo despreocupadamente.

—Entonces podría preguntar si deseo marcharme —William la miró a los ojos y algo cambió en la expresión de Frances.

Philip volvió la cabeza hacia ella, luego hacia William.

—¿Lo desea? —preguntó Frances.

El salón pareció reducirse otra vez al espacio entre ambos.

William podía haber respondido con ligereza. Habría sido fácil decir que extrañaba Nueva York, que su padre acabaría reclamando su regreso o que Inglaterra no era un lugar capaz de retenerlo. Cualquiera de esas respuestas habría devuelto la conversación a un terreno seguro.

—Cada día un poco menos —dijo en cambio, y los ojos de Frances se abrieron apenas.

Lady Eleanor, instalada junto al fuego, dejó escapar una tos que no engañó a nadie.

William dirigió la atención hacia Philip y preguntó con aparente inocencia:

—¿Y usted, lord Philip? ¿Piensa permanecer en Inglaterra?

—Definitivamente —respondió el aludido.

—¿Ha concluido sus viajes? —insistió William.

—Por ahora.

—¿Por qué regresó?

Frances reconoció de inmediato el interrogatorio e intervino de inmediato.

—Señor Vanderbilt.

—Es una pregunta normal —dijo, mirando a Frances.

—En su voz no existen preguntas normales —retrucó ella.

Philip rio con naturalidad.

—No me molesta. Regresé porque mi familia me necesita y porque he alcanzado una edad en la que pasar de una ciudad a otra comienza a parecer menos una aventura que una forma de evitar responsabilidades.

La respuesta era buena, demasiado buena.

William apoyó un tobillo sobre la rodilla.

—¿Qué responsabilidades?

—La propiedad que heredaré de mi tío necesita una administración más cercana. También deseo establecer mi propia familia.

Lady Ashcombe sonrió con evidente aprobación. Frances permaneció inmóvil y William sintió que algo frío se instalaba bajo sus costillas.

Philip no estaba flirteando por diversión. Había regresado para casarse y había acudido a Blackwood Hall apenas supo que Frances se encontraba allí.

—Una decisión prudente —dijo William—. ¿Ya ha escogido esposa?

—William… —murmuró Edward.

Philip no pareció ofendido. Su mirada viajó hacia Frances antes de regresar al americano.

—Tengo una idea bastante clara de las cualidades que busco.

—¿Cuáles?

—Inteligencia, carácter, bondad y la capacidad de convertir una casa en un verdadero hogar.

William observó a Frances. Ella había bajado la vista, pero el color regresaba lentamente a sus mejillas.

—Una lista admirable —dijo—. Aunque incompleta.

—¿Qué añadiría usted?

—Que la mujer desee la misma vida que usted.

Philip pareció sorprendido.

Frances levantó los ojos, pero William continuó:

—Muchos hombres eligen esposa como si adquirieran una propiedad.

Buscan belleza, conexiones, buena educación y una dote conveniente, pero olvidan preguntar si ella desea vivir en el campo, criar seis hijos o pasar la mitad del año atendiendo a los vecinos enfermos —numeró con fastidio—.

Después, ambos se sorprenden al descubrir que la corrección no produce felicidad.

El silencio que siguió no fue incómodo, aunque sí más serio.

Philip inclinó la cabeza y asintió.

—Tiene razón.

William esperaba una defensa o una respuesta orgullosa. En cambio, el joven aceptó la observación sin dificultad.

Otro punto a su favor y ya le resultaba desesperante.

—¿Y qué vida desea usted? —preguntó Frances a Philip.

William se quedó completamente quieto.

Aquella era la primera pregunta verdadera que ella le formulaba como posible candidato. Ya no conversaba con un amigo de infancia. Lo estaba evaluando.

Philip pareció comprenderlo también.

—Una vida tranquila —respondió—. Pasaría la mayor parte del año en Ashcombe Park.

Mi tío se retira cada vez más de la administración y espera que me ocupe de las tierras.

Viajaríamos a Londres durante la temporada, naturalmente, pero no deseo convertirme en uno de esos hombres que solo existen entre clubes, bailes y mesas de juego… —aclaró.

—¿Y su esposa tendría libertad para mantener sus propios intereses?

—Mientras no perjudicaran a la familia, no veo por qué no.

William detectó la condición.

Frances también y sus dedos se cerraron ligeramente alrededor del abanico.

—¿Y si sus intereses no fueran los habituales? —preguntó—. ¿Si quisiera participar en obras benéficas, estudiar asuntos relacionados con la propiedad o acompañarlo durante algunas decisiones administrativas?

Philip dudó apenas un segundo.

—Valoraría su opinión.

Una respuesta aceptable, pero no era un sí.

William vio cómo Frances guardaba aquella diferencia.

—¿Y usted? —preguntó Philip—. ¿Qué clase de vida desea?

Toda la vivacidad desapareció de su rostro.

Frances miró a su familia, después hacia la ventana y finalmente a William. Fue solo un instante, pero él comprendió que ella no conocía la respuesta.

Quería escoger marido, pero todavía no había decidido qué deseaba construir con él.

—Una vida que me pertenezca —respondió al fin.

Philip frunció levemente el ceño.

—No estoy seguro de comprender.

—Yo sí —dijo William.

Frances volvió la cabeza hacia él.

No había planeado intervenir, pero no pudo detenerse.

—Lady Frances no quiere que el matrimonio transforme su vida en algo decidido por otras personas. Busca un hombre que la incluya en sus planes, no uno que se limite a asignarle un lugar dentro de ellos.

La mirada de ella permaneció fija en su rostro.

William sintió que acababa de cruzar una frontera que no sabía que existía. Había expresado en voz alta algo que Frances no le había contado, algo que quizás ni ella misma había conseguido formular con claridad.

Philip miró a Frances y preguntó:

—¿Es eso lo que desea?

Ella tardó en responder.

—Creo que sí.

—Entonces no me parece una exigencia irrazonable.

La tensión en los hombros de Frances disminuyó.

William debería haberse sentido satisfecho. Philip había respondido bien y demostrado una disposición sincera a comprenderla. Exactamente lo que un consejero matrimonial debía buscar.

En cambio, deseó no haberlo ayudado.

Lady Ashcombe cambió de tema al preguntar por los planes para la temporada. La conversación recuperó su tono social, pero William ya no prestó verdadera atención. Había aprendido suficiente.

Philip era correcto, amable, económicamente estable y estaba claramente interesado en Frances. No parecía tener vicios importantes ni opiniones particularmente ofensivas. Escuchaba, reflexionaba antes de responder y poseía la rara capacidad de aceptar una corrección sin convertirla en una afrenta.

Era, en principio, un candidato excelente.

Y William lo detestaba.

Cuando los Ashcombe se levantaron para marcharse, Philip solicitó permiso para acompañar a Frances a dar un paseo por los jardines al día siguiente, siempre que el clima lo permitiera.

Lord Londonderry abrió la boca, pero la marquesa le apretó el brazo antes de que pudiera responder.

—Frances decidirá —dijo.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Frances miró a Philip y sonrió.

—Será un placer.