CAPITULO 5 #3
William apretó los dedos alrededor de su copa, mientras Philip inclinaba la cabeza satisfecho.
—Entonces vendré a las once —confirmó Philip.
—Esperaremos que no llueva —añadió Frances.
—Vendré aunque llueva —dijo el caballero y la frase provocó otra sonrisa en Frances.
William, sin embargo, decidió que el clima inglés tenía una oportunidad perfecta para demostrar alguna utilidad.
Los visitantes se despidieron. Philip estrechó su mano al salir.
—Ha sido un placer conocerlo, señor Vanderbilt.
—Igualmente.
—Espero que podamos conversar de nuevo.
—Estoy seguro de que lo haremos.
Philip pareció percibir algo en la respuesta, porque sostuvo su mirada durante un segundo adicional antes de seguir a su familia.
William permaneció en el vestíbulo hasta que el carruaje desapareció por el camino.
—Bien —dijo Frances detrás de él, esperando una resolución sobre su pretendiente.
William no se volvió, y solo dijo:
—Bien.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperaba?
—Su opinión.
William miró hacia los jardines húmedos.
—Es demasiado pronto.
—Ha pasado la mañana observándolo como si intentara descubrir dónde escondió un cadáver.
—No creo que haya escondido ninguno.
—¡Qué alivio! —replicó con ironía ella.
—Aunque no he visto los establos.
Frances se colocó a su lado.
—William… —era la primera vez que pronunciaba su nombre sin el tratamiento formal.
Él volvió la cabeza y ella también pareció darse cuenta. Sus labios se separaron apenas, pero no corrigió la familiaridad.
—Quiero saber qué piensa —dijo.
William la observó. Había esperanza en su expresión, aunque intentaba ocultarla bajo una calma analítica. Esperaba que Philip fuera una posibilidad real. Quizás, había esperado algo así desde antes de regresar.
—Es amable —respondió.
—Ya lo sabía.
—Educado.
—También.
—Parece sincero —opinó con una mueca.
—¿Parece?
—Ningún hombre debe ser declarado sincero después de una conversación en presencia de su madre.
Frances exhaló.
—¿Ha encontrado algún defecto?
William podría haber mencionado la respuesta condicionada acerca de sus intereses. Podría haber señalado que Philip había descrito una vida diseñada antes de incluir a una esposa en ella. Esos detalles merecían atención, pero no constituían defectos insuperables.
—Todavía no.
La alegría que iluminó los ojos de Frances fue discreta, pero suficiente para empeorar su humor.
—¿Entonces considera que podría ser adecuado?
William sostuvo su mirada
—Considero que merece una segunda conversación —contestó.
—El paseo de mañana.
—Sí.
Frances sonrió.
—Creí que sería mucho más difícil complacerlo.
—No estoy complacido.
—¿Por qué no? —preguntó ella.
William la miró unos instantes, pero apartó enseguida sus ojos de ella.
No podía decirle que no estaba complacido porque Philip la había hecho sonrojar.
Porque regresaría al día siguiente y caminaría a solas con ella por los jardines.
Porque él había pasado la mañana evaluando a un hombre que, por desgracia, parecía capaz de ofrecerle exactamente la clase de estabilidad que decía buscar.
—Porque el trabajo acaba de comenzar —respondió, en cambio.
Frances lo estudió durante un instante y después extendió la mano.
—Entonces tenemos un acuerdo.
William miró sus dedos enguantados.
—Ya lo teníamos —musitó, enarcando una ceja.
—Quiero formalizarlo.
—¿Con un apretón de manos?
—Es una costumbre americana, ¿no?
—Entre caballeros —observó él.
—Tendrá que adaptarse.
William tomó su mano.
El contacto fue breve y perfectamente correcto, pero algo se tensó entre ambos. Frances dejó de sonreír. Él sintió la suavidad de sus dedos incluso a través de los guantes y recordó, con una claridad indeseada, la forma en que su cuerpo se había acomodado contra el suyo en el puerto.
Debería haber soltado su mano, mas no lo hizo de inmediato.
—No interferirá —dijo Frances en voz baja.
—No.
—No inventará defectos.
—No necesitaré inventarlos.
—Y me dirá la verdad aunque crea que no quiero escucharla.
William cerró un poco más los dedos alrededor de los suyos y suspiró.
—Siempre.
Los ojos de Frances buscaron algo en su rostro.
—Entonces confío en usted.
Aquellas palabras produjeron un efecto que ninguna provocación había conseguido. La diversión desapareció, reemplazada por el peso repentino de la responsabilidad que ella acababa de entregarle.
Frances confiaba en él; confiaba en que la ayudaría a escoger al hombre con quien compartiría su vida.
William liberó su mano.
—No debería hacerlo tan rápido.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabe qué obtengo yo de este acuerdo.
—Dijo que entretenimiento.
—Tal vez mentí.
Frances quedó inmóvil.
William se arrepintió de la frase en cuanto la pronunció, pero no se permitió retirarla. Una parte de él quería advertirle, aunque todavía no comprendía con exactitud qué.
—¿Qué obtiene? —preguntó ella.
Él la observó durante un largo momento.
—Aún no lo sé —respondió al fin.
Luego se apartó y regresó al salón, dejando a Frances frente a la puerta abierta y con la incómoda sensación de que aquel acuerdo ocultaba un peligro que ninguno de los dos había previsto.