Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 6
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CAPITULO 6

F rances permaneció frente a la puerta principal varios segundos después de que William se alejara, observando el espacio vacío que había dejado como si allí pudiera encontrar una explicación más satisfactoria que la que él se había negado a darle.

«Aún no lo sé».

La respuesta no debería haberle importado.

William había aceptado ayudarla por diversión, curiosidad o simple deseo de entrometerse en asuntos ajenos; cualquiera de esas razones concordaba con el hombre insolente que había conocido en Boston.

Sin embargo, la forma en que la había mirado al admitir que quizá obtuviera algo más había despojado sus palabras de ligereza.

No había sonreído, no había intentado provocarla y pareció tan desconcertado como ella por el rumbo que estaba tomando aquel acuerdo.

Frances cerró la puerta para impedir que el aire frío continuara entrando y regresó al salón.

Su familia se había dispersado: su padre y sir Reginald habían desaparecido hacia la biblioteca antes de la partida de los Ashcombe; Edward contemplaba un periódico sin leer una sola línea y su madre organizaba unas flores junto a la ventana.

William no estaba allí y su ausencia le produjo una decepción absurda.

—¿Se ha marchado? —preguntó antes de poder evitarlo.

Edward bajó lentamente el periódico.

—¿Quién?

Frances lo miró.

—Sabes perfectamente quién.

Su hermano negó con la cabeza.

—Tal vez me preguntabas por Philip, que ha ocupado una parte considerable de tu atención esta mañana —comentó, emulando una sonrisa inocente.

—Los Ashcombe ya se marcharon.

—Entonces, solo queda William —dijo Edwar, dilatando la situación.

—No he dicho su nombre.

—No era necesario.

Frances cruzó la estancia y tomó asiento junto a su madre.

—¿Dónde está? —le preguntó.

—En la biblioteca —respondió la marquesa—. Tu padre deseaba mostrarle la carta del administrador.

—Naturalmente —dijo Frances.

Edward dobló el periódico.

—¿Estás decepcionada?

—¿Por qué lo estaría?

—Porque no se quedó para felicitarte por tu primer candidato.

—No necesito sus felicitaciones.

—¿Solo su aprobación? —Edward enarcó una ceja.

—Su opinión —aclaró ella.

—Es diferente cuando la opinión no te agrada.

Frances decidió ignorarlo. Su madre continuaba acomodando las flores, aunque la inclinación de su cabeza demostraba que escuchaba cada palabra.

—Philip parece interesado —comentó la marquesa.

Frances tomó una pequeña rama que había caído sobre la mesa.

—Siempre ha sido amable conmigo.

—No te miraba con simple amabilidad —observó su madre.

—Mamá…

—No hay nada malo en reconocerlo.

—No he dicho que lo haya.

La marquesa dejó las tijeras.

—¿Te agrada?

Su madre hizo la misma pregunta que William había hecho la noche anterior y Frances descubrió que no era más fácil responderla ahora.

—Lo conozco desde niña.

—Eso tampoco es una respuesta —dijo Edward.

—Nadie te ha pedido que participes.

—Me resulta imposible permanecer en silencio cuando todos evitan el punto principal —dijo cansino.

—Tú nunca has permanecido en silencio.

—Por eso soy tan útil —bromeó.

Frances volvió hacia su madre.

—Philip es considerado, inteligente y pertenece a una familia que conocemos. No tiene fama de jugador ni de libertino, administra bien su fortuna y parece dispuesto a establecerse.

—Acabas de describir un caballo de cría —observó Edward.

—¿Ves por qué necesito otro consejero?

—William probablemente diría lo mismo.

—William comprende que necesito evaluar hechos.

—William pasó la mañana mirando a Philip como si evaluara dónde enterrarlo —dijo su hermano.

La rama se rompió entre los dedos de Frances.

—No seas ridículo… —fue lo único que pudo decir.

Edward alzó las manos.

—No he dicho que planee hacerlo. Solo que parecía considerar la posibilidad.

La marquesa lanzó una mirada de advertencia a su hijo.

—Deja de molestar a tu hermana.

—Intento protegerla, madre.

—Creí que esa era la misión de William —la marquesa lo dijo en un tono que logró abochornar a Frances.

—Esto ha sido un error… —dijo ella, y se levantó.

—¿Philip? —preguntó Edward.

—El acuerdo.

—¿Ya vas a despedir a William?

—No puedo despedir a alguien a quien no he contratado.

—Él dijo lo mismo.

—Porque ambos son igual de irritantes.

Frances caminó hacia las ventanas. En el exterior, dos criados retiraban ramas caídas junto al camino. El cielo estaba despejado, aunque algunas nubes grises se acumulaban sobre los árboles como una advertencia del clima que podría regresar al día siguiente.

Philip vendría mañana a las once.

Sería su primera oportunidad real de conversar con él sin la presencia de toda la familia.

Debería estar satisfecha; había regresado a Inglaterra con el propósito de considerar seriamente a los caballeros adecuados y, apenas un día después, uno de los más prometedores se había presentado en su casa.

Todo marchaba exactamente según lo planeado.

¿Por qué, entonces, el único momento de la mañana que continuaba repitiéndose en su mente era aquel en que William había dicho que comprendía la vida que ella deseaba?

Una vida que le pertenezca.

Ni siquiera ella había sabido expresarlo hasta escucharlo en boca de él. William la conocía desde hacía menos de un día y, sin embargo, había comprendido algo que Philip, amigo de su infancia, no había conseguido interpretar.

Sin embargo, aquello no significaba que William fuera más adecuado, solo que observaba demasiado.

—Querida —dijo su madre—, no tienes que decidir nada mañana.

—Lo sé —dijo Frances, apoyando una mano en el cristal frío.

—Ni durante esta temporada.

—Tengo veinticuatro años —le recordó a su madre.

—Continúas utilizando tu edad como si fuera una orden.

—No es una orden, pero sí una realidad.

—También es una realidad que tu padre y yo no te obligaremos a aceptar a un hombre que no ames.

Frances volvió la cabeza.

—No sé si necesito amarlo… —murmuró con resignación.

La marquesa dejó las flores y se acercó; la forma en que su hija habló le pareció preocupante.

—¿Por qué dices eso?

—Porque el amor no garantiza que dos personas sean felices. He visto matrimonios que comenzaron con pasión y terminaron con desprecio. Tal vez sea más sensato escoger a alguien a quien respete, con quien pueda conversar y construir una vida tranquila.

—Eso puede convertirse en amor.

—O puede ser suficiente sin él.

Su madre la contempló con una tristeza suave.

—¿De verdad crees que sería suficiente para ti?

Frances no respondió.

No podía admitir que una parte de ella deseaba algo que no sabía nombrar.

No se trataba de una pasión arrebatadora ni de las fantasías absurdas que llenaban las novelas románticas.

Quería sentirse vista. Quería que un hombre comprendiera cuándo estaba enfadada y cuándo simplemente tenía miedo; que escuchara sus opiniones sin tratarlas como una ocurrencia encantadora; que no intentara reducirla para hacer más cómoda su presencia.

Quería una relación de iguales y, por alguna razón inquietante, el único hombre que parecía enfrentarla como a una igual era precisamente William Vanderbilt.

Una pésima señal.

—Philip merece que lo conozca mejor —dijo al fin.

—Sí —respondió su madre—. Pero no porque reúna los requisitos de una lista.

Frances sonrió apenas.

—William dice que las listas son útiles.

—William utiliza cifras para comprender el mundo.

—Y parece hacerlo bastante bien.

—Las personas no son cifras, hija, recuérdalo.

—Él también dijo eso… —musitó con un suspiro.

La marquesa arqueó una ceja.

—¿Hablan mucho?

—Discutimos —aclaró ella.

—No siempre existe tanta diferencia como uno cree.

Frances miró hacia Edward en busca de apoyo, pero su hermano había vuelto a ocultarse detrás del periódico, aunque este se encontraba boca abajo.

—No empieces tú también —advirtió.

—No he dicho nada —su hermano levantó las manos con el periódico en señal de inocencia.

—Estás pensando con demasiado ruido.

Edward asomó el rostro.

—Solo pienso que Philip es un excelente candidato.

—¿En serio?

—Sí. Es amable, estable y no intentará incendiar la casa.

—¿Quién intentaría incendiarla?

Edward fingió reflexionar.

—William no lo haría deliberadamente.

Frances decidió que aquella conversación había llegado demasiado lejos.

—Voy a caminar.

—Ha llovido —dijo su madre.

—Los senderos están transitables.

—Lleva una doncella.

—No necesito una doncella para recorrer mis propios jardines.

Edward bajó el periódico otra vez.

—Simon diría que sí.

Frances frunció el ceño.

—¿Quién es Simon?

—Nadie… —sonrió con picardía—. Por un instante pensé en otro hombre demasiado protector.

Ella lo miró con desconfianza, pero no insistió.

—Regresaré antes del almuerzo.

Tomó una capa ligera y salió por las puertas laterales antes de que alguien pudiera formular otra pregunta.

El aire fresco alivió la presión que se había acumulado en su pecho.

Los jardines de Blackwood Hall se extendían en terrazas detrás de la casa, con senderos de grava que descendían hacia un pequeño lago rodeado de sauces.

Frances había recorrido cada rincón desde niña.

Sabía dónde crecían las primeras violetas, qué banco recibía el sol por la tarde y en qué parte del bosque podía ocultarse sin que Edward la encontrara.

Regresar allí debería haberle devuelto la calma, pero no lo hizo.

Caminó durante varios minutos, levantando ligeramente las faldas para evitar los charcos.

Pensó en Philip, en el paseo del día siguiente y en las preguntas que debía formularle.

Podía hablarle de sus planes para Ashcombe Park, averiguar qué papel esperaba que desempeñara su esposa y comprobar si su disposición a escuchar sobrevivía fuera de la presencia de su madre.

Era razonable, sensato y exactamente el proceso que había imaginado.

—Camina como si intentara escapar de una decisión.

La voz de William surgió detrás de ella, y Frances cerró los ojos un instante antes de volverse.

Él avanzaba por el sendero con las manos dentro de los bolsillos del abrigo y una expresión demasiado tranquila. Se había quitado la chaqueta formal de la mañana y llevaba botas de montar, aunque no había ningún caballo cerca.