CAPITULO 6 #2
—¿Me está siguiendo?
—No. ¿Por qué supone eso? —replicó William.
—Aparece detrás de mí en un jardín casi vacío… —Frances arqueó una ceja y se cruzó de brazos.
—También es el camino hacia las caballerizas.
Frances miró alrededor.
—Las caballerizas están en la dirección opuesta.
William se volvió para observar el sendero por el que había llegado.
—Eso explica por qué no las encontraba… —respondió con falso pesar.
—¿Es incapaz de admitir algo con sencillez? —indagó ella, ladeando la cabeza.
—Admito que deseaba hablar con usted —dijo al fin.
La franqueza de William la hizo vacilar.
—¿Acerca de Philip?
—Lord Philip —la corrigió él.
—Entonces hable.
William se acercó hasta quedar a pocos pasos. La luz gris del mediodía intensificaba el tono oscuro de sus ojos y suavizaba las líneas de su rostro. Frances recordó, contra toda conveniencia, cómo la había observado la noche anterior cuando ella se rio en la escalera.
—No debería aceptar el paseo de mañana —dijo él.
La calma desapareció.
—¿Por qué?
—Porque ha llovido y los senderos estarán embarrados.
Frances lo contempló, incrédula y preguntó:
—¿Esa es su objeción?
—De momento.
—Creí que había descubierto algo grave.
—No.
—Entonces no entiendo por qué no debería aceptar.
William miró hacia el lago.
—No he dicho que no deba verlo. Solo que un paseo no es la mejor forma de conocer a un hombre.
—¿Por qué?
—Porque caminarán uno junto al otro, mirando al frente, hablando de cosas agradables y fingiendo no notar los silencios incómodos. Necesita una situación en la que pueda observar cómo reacciona cuando algo no ocurre según sus planes.
Frances frunció el ceño.
—¿Sugiere que provoque un accidente?
—No necesariamente.
—La palabra no me tranquiliza.
—Podrían montar —sugirió.
—Eso también sería un paseo, sin poder contemplarnos las caras.
—Un caballo revela mucho acerca de un hombre.
—¿Cómo qué?
—Si es paciente, cruel, presumido o inseguro. Algunos caballeros tratan mejor a sus monturas que a sus esposas —Se encogió de hombros.
—Y otros convierten cualquier conversación en una lección.
William sonrió apenas, pero formuló una pregunta que la desconcertaría:
—¿Qué le gustaría hacer?
—¿Mañana?
—No. —William negó con la cabeza—. Con Philip.
—¿Conversar? —respondió ella.
—Eso puede hacerse dentro de la casa.
—No estaremos solos y sería incómodo —explicó.
—Tampoco deberían estarlo en los jardines.
—Mi doncella caminará a una distancia prudente.
—Entonces no estarán solos.
—Está contradiciéndose —observó ella al borde del fastidio.
—Solo quería oírla admitir que habrá una doncella.
Frances exhaló con impaciencia.
—No necesita protegerme.
—No intento hacerlo, lady Frances.
—Entonces deje de preocuparse por el barro, las distancias y la compañía.
William bajó la mirada hacia sus zapatos.
—Está a punto de pisar un charco.
Frances retrocedió de inmediato y luego comprendió que él había conseguido exactamente lo que deseaba.
—Es insoportable.
—Ya lo hemos establecido —replicó él con una sonrisa.
Continuaron caminando sin acuerdo explícito. William adaptó su paso al de ella, aunque sus zancadas eran más largas. Durante unos minutos ninguno habló, pero el silencio no resultó incómodo; aquello preocupó a Frances más que las discusiones.
—¿Por qué me advirtió que no confiara en usted? —preguntó ella de repente.
William no fingió ignorar la pregunta.
—Porque confía con demasiada facilidad cuando decide que alguien cumple una función.
—No confío con facilidad.
—Me entregó una decisión importante después de conocerme durante unas horas.
—No le entregué la decisión. Solo le pedí una opinión.
—Una opinión que podría influir en su vida.
—¿No quiere esa responsabilidad?
Él tardó en responder.
—No estoy acostumbrado a que alguien confíe en mí de esa manera.
Frances lo miró.
—Su familia debe hacerlo.
—Mi familia confía en que ganaré dinero, identificaré una mala inversión o resolveré un problema. No en que cuide algo que no pueda reemplazarse.
La frase contenía una vulnerabilidad tan inesperada que Frances dejó de caminar.
William avanzó dos pasos antes de notar que ella se había detenido.
—¿Cree que no puede hacerlo? —preguntó.
—Creo que no debería asumir que puedo.
—Eso no es lo mismo —advirtió ella.
—No. Quizás no.
—Mi padre confía en usted —le recordó ella.
—Su padre todavía no conoce todos mis errores.
—Yo tampoco.
—Precisamente.
Frances estudió su rostro. William no estaba representando al americano insolente ni al hombre que siempre tenía una respuesta. Parecía sincero y, de algún modo, más peligroso por eso.
—Entonces dígame uno —pidió.
Él arqueó una ceja.
—¿Uno qué?
—Uno de sus errores.
—No tenemos toda la tarde.
—Elija el peor.
La expresión de William cambió.
—No.
—¿Por qué?
—Porque todavía no hemos llegado a esa clase de conversación.
—¿Y a qué clase hemos llegado?
William dio un paso hacia ella y la distancia se redujo hasta que Frances pudo distinguir las pequeñas motas doradas alrededor de sus pupilas.
—A la clase en la que usted pretende que todo esto es únicamente un acuerdo práctico y yo finjo creerle.
El corazón de Frances golpeó con fuerza.
—Es un acuerdo práctico. —Se repitió más para sí misma que para él.
—Entonces no debería importarle qué obtengo. —Esta vez fue él quien se cruzó de brazos.
—Me importa porque podría afectar su objetividad.
—No.