Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 6 #3
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CAPITULO 6 #3

—¿Cómo puede estar seguro si no sabe qué quiere?

William la observó en silencio.

—Quizás sí lo sé.

—Entonces dígamelo… —pidió Frances mientras sentía que el aire se volvía más frío.

Él levantó una mano. Durante un instante ella creyó que tocaría su rostro, pero William solo retiró una pequeña hoja que había quedado atrapada en el borde de su capucha. Sus dedos rozaron apenas la tela junto a su mejilla.

—Quiero descubrir si existe algún hombre capaz de satisfacer todas sus condiciones.

Frances contuvo el aliento.

—Eso es parte del acuerdo.

—No exactamente de ese modo —aclaró él.

—¿Qué tiene de distinto? —preguntó con cautela y curiosidad.

William dejó caer la hoja.

—Que empiezo a sospechar que ninguno lo hará.

—Solo ha conocido a uno —le recordó Frances.

—No hablo de Philip.

—Entonces ¿de quién?

—De usted.

La respuesta la hirió.

—¿Cree que soy imposible de complacer?

—Creo que pide más de lo que está dispuesta a admitir.

—¿Y eso es malo?

—No. Pero será difícil encontrar a un hombre que comprenda la diferencia entre lo que dice querer y lo que realmente necesita.

Frances levantó la barbilla.

—¿Y usted cree comprenderla?

William miró su boca antes de regresar a sus ojos y susurró:

—Eso es lo peligroso, lady Frances… —El momento se estiró entre ambos, denso y silencioso—. Que tal vez, solo yo pueda comprender sus aspiraciones.

Frances sintió cada latido en la garganta y cada respiración como si su cuerpo hubiese olvidado funcionar con naturalidad. William estaba demasiado cerca. No la tocaba, pero su presencia resultaba más íntima que un roce.

Ella dio un paso atrás, su talón encontró el borde del charco que él había señalado antes y perdió el equilibrio apenas un segundo.

William reaccionó de inmediato, su brazo rodeó su cintura y la atrajo contra él.

La escena del puerto regresó con una precisión brutal: la fuerza de sus manos, el calor de su cuerpo y la sensación de quedar suspendida entre la caída y sus brazos.

Pero esta vez no había marineros, voces ni multitud.

Solo el murmullo del viento en los árboles y la respiración de William demasiado cerca de su rostro.

—Parece que esto comienza a convertirse en una costumbre —murmuró él.

Frances apoyó las manos sobre su pecho y dijo en un leve susurro:

—Suélteme…

—Podría caer —respondió él con suavidad, reteniendo la mirada en los ojos de ella.

—Ya no.

William no la soltó y sus ojos descendieron hacia los labios de ella.

Entonces, Frances sintió que todo su cuerpo se tensaba, no para apartarse, sino por una espera que no debía existir.

—William… —murmuró con suavidad, arrastrando cada sílaba.

Él cerró los ojos brevemente, como si escuchar su nombre pronunciado de aquella manera le hubiera costado algo. Después retiró el brazo.

Frances dio dos pasos atrás y acomodó la capa con manos que no parecían pertenecerle.

—Gracias —dijo, porque la educación era el último refugio que conservaba.

—No fue nada. —Ambos sabían que mentía—. Deberíamos regresar —dijo William, mirando hacia la casa.

—Sí.

Caminaron de vuelta con mayor distancia entre ellos. Esta vez el silencio fue incómodo, lleno de palabras que ninguno deseaba pronunciar.

Al acercarse a la terraza, Frances vio a Edward observándolos desde una ventana. Su hermano no se apartó ni fingió que miraba otra cosa.

William también lo vio.

—Parece preocupado —comentó.

—Edward siempre está preocupado cuando no entiende algo.

—Entonces hoy tendrá una tarde difícil.

Frances se detuvo antes de entrar.

—Mañana pasearé con Philip —avisó y William endureció la mandíbula.

—Lo sé.

—Y necesito que no interfiera.

—No lo haré.

—Ni aparezca por casualidad cerca del lago —insistió.

—Eso depende de si consigo encontrar las caballerizas.

Frances casi sonrió, pero no se lo permitió.

—Buenas tardes, señor Vanderbilt.

La formalidad produjo el efecto deseado. Una barrera regresó entre ellos y William inclinó la cabeza.

—Lady Frances.

Ella entró en la casa sin mirar atrás.

William permaneció en la terraza hasta que la puerta se cerró.

Luego dirigió la vista hacia el sendero por el que habían regresado y recordó la forma en que Frances había quedado contra él, el estremecimiento de su respiración y aquel instante imperdonable en que ninguno de los dos se había apartado.

Debía detener aquello porque su tarea consistía en ayudarla a encontrar esposo, no en convertirse en el obstáculo más peligroso del proceso.

Al día siguiente, Philip llegaría a las once. Caminaría con Frances por el jardín, conversaría con ella y tendría la oportunidad de demostrar que era un hombre honorable.

William se comportaría con absoluta corrección.

No los seguiría.

No interferiría.

No buscaría defectos que no existieran.

La decisión se mantuvo firme durante varias horas, hasta que, a la mañana siguiente, William vio desde la biblioteca a Philip tomar la mano de Frances para ayudarla a bajar los escalones del jardín.

Entonces cerró el libro que tenía delante y se puso de pie.

Solo pensaba observar a una distancia prudente. Era, después de todo, su deber como consejero matrimonial.