Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 7
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CAPITULO 7

W illiam se convenció de que no estaba siguiendo a Frances y a lord Philip.

Seguirlos implicaba ocultarse, avanzar con cautela y procurar que las personas observadas no advirtieran su presencia.

Él, en cambio, caminaba por el sendero principal de Blackwood Hall a plena luz del día, vestido para montar y acompañado por Edward, quien llevaba casi cinco minutos preguntando por qué se dirigían hacia el lago cuando las caballerizas se encontraban en sentido contrario.

—Necesito aire —respondió William por tercera vez.

Edward miró a su alrededor.

—Hay aire en toda la propiedad.

—No de la misma calidad.

—Comprendo. El aire mejora considerablemente cuando mi hermana está cerca.

William continuó caminando sin hacerle caso a su amigo.

—No sabía que Frances y Philip utilizarían este sendero.

—Los viste desde la biblioteca —observó Edward.

—Vi que salían al jardín.

—Después cerraste un libro que no habías abierto, te pusiste de pie y me pediste que te acompañara.

—Necesitaba hablar contigo.

—Hasta ahora solo has dicho que necesitas aire.

William le dirigió una mirada.

—Empiezo a arrepentirme de haberte invitado.

—Yo no. Esta es la conversación más divertida que hemos tenido desde tu llegada. —Se burló.

El sendero descendía entre setos de boj todavía húmedos por la lluvia de la noche anterior.

A cierta distancia, Frances caminaba junto a Philip, acompañada por Alice, su doncella, que avanzaba varios pasos detrás de ellos.

La capa azul de Frances se destacaba entre el verde de los jardines y el tono cobrizo de su cabello capturaba la luz cada vez que volvía el rostro hacia su acompañante.

Philip hablaba y Frances escuchaba.

De vez en cuando, sonreía.

William descubrió que aquellas sonrisas le resultaban particularmente irritantes porque no parecían forzadas.

—Podríamos tomar el camino del bosque —sugirió Edward—. Así no tendremos que interrumpirlos.

—No pienso interrumpirlos.

—Naturalmente. Solo caminarás detrás de ellos durante todo el paseo… —dijo burlón.

—Estamos bastante lejos.

—Tú puedes oírlos desde aquí.

—No.

Edward se detuvo, pero William continuó avanzando dos pasos antes de mirarlo.

—¿Qué ocurre?

—Quiero comprobar hasta dónde eres capaz de mentirte.

—No estoy mintiendo.

—Entonces dime qué dijo Philip.

William apretó la mandíbula.

—Está hablando de Italia.

—¿Cómo lo sabes?

—Mencionó Florencia.

—Yo no escuché nada.

—No prestabas atención.

Edward sonrió lentamente.

—Exacto.

William retomó el camino sin dignarse responder.

La voz de Philip llegaba hasta ellos en fragmentos cada vez que el viento soplaba en la dirección correcta.

Hablaba de una villa cercana a Florencia, de sus jardines y de la tranquilidad de las mañanas italianas.

Frances le hizo una pregunta que William no alcanzó a distinguir y Philip respondió con una risa.

—Parece que se entienden bien —comentó Edward.

—Se conocen desde la infancia, es lógico —refutó William.

—Bueno, eso ayuda bastante.

—También puede impedir que vean cuánto han cambiado.

—¿Philip ha cambiado? —preguntó Edward, ya exasperado con la conducta de su amigo.

—No lo sé.

—Pensé que tu habilidad extraordinaria para leer a las personas te permitía conocerlas después de una taza de té —bromeó el inglés, conteniendo la risa.

—Me permite saber qué intentan mostrarme. No siempre qué esconden.

Edward lanzó una mirada hacia su hermana.

—¿Y qué esconde Frances?

William tardó demasiado en responder.

—Miedo.

—Eso ya lo sabes porque te lo dije.

—Lo vi antes de que lo hicieras.

—¿Algo más?

William recordó la forma en que había quedado entre sus brazos junto al lago, el modo en que sus manos se apoyaron sobre su pecho y aquel instante suspendido en el que la respiración de Frances cambió.

Recordó también que ella había dado un paso atrás antes de que él pudiera cometer un error que habría destruido el acuerdo y, posiblemente, la confianza de toda su familia.

—No —respondió.

Edward lo observó, pero esta vez no insistió.

Frances y Philip llegaron a la rosaleda. Los arbustos todavía no habían florecido por completo, aunque algunos capullos tempranos asomaban entre las hojas húmedas. Philip se detuvo junto a una rama baja y apartó una gota de agua de uno de los pétalos con la punta del guante.

—Mi tío ha encargado ampliar los jardines del ala oeste —explicó—. Dice que una propiedad sin rosales parece abandonada.

—Una propiedad puede estar perfectamente cuidada sin tener un jardín diseñado para impresionar a las visitas —respondió Frances.

William redujo el paso.

—Ashcombe Park tiene rosales —dijo Edward.

—Eso parece.

—Y un ala oeste.

—Muchas casas tienen una.

—También tiene una esposa pendiente de instalar.

William le lanzó una mirada.

—Tu sutileza es admirable.

—Intento ayudarte —dijo Edward, encogiéndose de hombros.

—No necesito ayuda.

—Entonces ¿podrías dejar de estrangular tus guantes?

William bajó los ojos. Había enrollado las riendas de montar que llevaba en una mano hasta tensar el cuero.

Las soltó.

Delante de ellos, Philip ofreció el brazo a Frances para conducirla por una parte del sendero donde la grava se había hundido. Ella lo aceptó sin vacilar y William sintió que el cuero volvía a cerrarse entre sus dedos.

—¿Vas a hacer algo? —preguntó Edward.

—¿Qué debería hacer?

—No lo sé. Eres el consejero —le avisó.

—No hay nada que hacer —dijo secamente.

—Pareces decepcionado.

—Estoy observando.

—¿Con una expresión que haría confesar a un asesino? —volvió a inquirir Edward.

Frances volvió la cabeza en ese momento, los vio y se detuvo de inmediato.

Philip siguió la dirección de su mirada y también se volvió. Alice, situada detrás de la pareja, bajó el rostro para ocultar una sonrisa.

Edward levantó una mano y saludó.

—Buenos días.

Frances no respondió al saludo. Esperó a que los dos hombres se acercaran con una expresión tan serena que William supo que estaba furiosa.

—Lady Frances —dijo él.

—Señor Vanderbilt.

La formalidad era una advertencia, lo sabía.

—Lord Philip —añadió William.

—Vanderbilt. Edward. —Philip parecía menos molesto que divertido y aquello no favorecía el deseo de William de encontrarle un defecto.

—No sabía que también saldrían a caminar —dijo Frances.

—No salimos a caminar —respondió William.

Edward miró sus botas.

—Entonces llevamos bastante tiempo permaneciendo quietos de una forma extraña.

—Creí que deseaba montar —dijo Frances, clavando los ojos en William.

—Todavía lo deseo —respondió él como si nada.

—Las caballerizas están en la dirección opuesta —le recordó ella.

—Eso ya me lo han dicho.

Philip soltó una risa.

—Quizá podamos acompañarlos —intervino—. Frances estaba mostrándome el camino hacia el lago.

William observó la mano de Frances todavía apoyada sobre el brazo de Philip.

—Conozco el camino.

—Lo dudo —repuso ella—. Ayer tampoco pudo encontrar las caballerizas.

William detectó el brillo desafiante de sus ojos.

—Entonces sería prudente que usted me guiara —la provocó, viendo un brillo furibundo en sus ojos.

—Estoy acompañando a lord Philip, por si no se ha dado cuenta —avisó ella, desafiante.

—Él parece conocer la propiedad mejor que yo —insistió William.

—No tan bien como Frances —dijo Philip.

El inglés no parecía advertir el duelo o, peor aún, lo advertía y disfrutaba de él.

Edward intervino antes de que la conversación se volviera más absurda.

—Podemos caminar todos juntos. El sendero rodea el lago y regresa a la casa por el bosque.

Frances abrió la boca para protestar, pero Philip asintió.

—Me parece una excelente idea.

William sintió una satisfacción inmediata que se negó a reconocer, mientras Frances retiraba la mano del brazo de Philip.

—Naturalmente.

Comenzaron a caminar en un grupo poco ordenado. Philip se situó junto a Frances; Edward ocupó el otro lado y William quedó ligeramente detrás, lo bastante cerca para escuchar y demasiado lejos para participar sin hacer evidente que deseaba hacerlo.

La situación duró menos de un minuto.

—Philip estaba hablándome de Ashcombe Park —dijo Frances, volviendo el rostro hacia William—. Pensé que le interesaría conocer los planes de alguien que administra una propiedad.

El desafío era claro y William adelantó el paso hasta quedar junto a ellos.

—¿La administra usted? —preguntó a Philip.

—Todavía no de manera oficial —contestó con calma—. Mi tío conserva la titularidad, pero me ha permitido revisar algunas decisiones.

—¿Qué clase de decisiones?

—Cultivos, contratos de arrendamiento, reparaciones. La finca necesita modernizarse.

—¿Conoce los ingresos de cada parcela?

—En términos generales, sí —contestó el caballero.

—¿El rendimiento del trigo durante los últimos cinco años? —insistió William y Philip vaciló.

—No de memoria —replicó con cierta incomodidad.

—¿Cuánto paga por el transporte hasta el mercado más cercano? —arremetió William, sin darle respiro.

—Depende de la estación —contestó Philip.

—¿Cuánto pagó el invierno pasado?

Frances lanzó a William una mirada de advertencia y lo frenó.

—Esto no es un interrogatorio, ¿podría detener sus preguntas?

—Solo conversamos sobre administración —dijo con aparente inocencia él.

—Parece que pretende contratarlo.

Philip sonrió.

—No me molesta. Admito que debería conocer mejor algunas cifras.

—¿Quién lleva sus cuentas? —preguntó William.

—El administrador de mi tío.

—Y ¿confía en él?

—Lleva treinta años con la familia.

—Eso no responde.

Philip volvió el rostro hacia él.

—Sí. Confío en él.

—¿Por qué?

—Porque ha servido con lealtad.

—La lealtad no vuelve competente a un hombre.

—Tampoco la desconfianza lo vuelve culpable.

William guardó silencio. La respuesta había sido rápida, firme y razonable.

Frances levantó las cejas con una expresión que decía con absoluta claridad: un punto para él.

—Estoy de acuerdo —dijo William.

Ella tropezó levemente. No llegó a caer, pero Philip tomó su codo para estabilizarla.

—¿Está bien?

—Sí. Solo me sorprendió escuchar al señor Vanderbilt admitir que alguien tiene razón.

William la miró.

—Sucede cuando alguien la tiene.