CAPITULO 7 #2
—Deberíamos anotarlo —intervino Edward, ya exasperado.
—Puedo repetirlo más despacio.
Frances sonrió, y aquella sonrisa pareció dirigida únicamente a él.
Entonces, Philip soltó su codo, pero William ya notó ambas cosas.
El sendero se estrechó al llegar a los sauces y el grupo tuvo que reorganizarse. Edward se adelantó con Philip para mostrarle una zona donde el arroyo había desbordado durante la tormenta. Frances quedó atrás junto a William.
—Prometió no interferir —murmuró.
—No he interferido.
—Le preguntó cuánto pagó por transportar trigo el invierno pasado —Frances lo pronunció como si se hubiera vuelto loco por hacer semejante pregunta.
—Es una pregunta importante.
—No para un paseo.
—Precisamente por eso no estaba preparado.
—Quería incomodarlo, admítalo.
—Solo quería saber cómo reacciona cuando no conoce una respuesta.
—Y reaccionó bien.
William observó la espalda de Philip.
—Sí —admitió.
Frances pareció sorprendida por la admisión.
—Entonces ¿por qué continúa mirándolo como si hubiera cometido un crimen?
—No lo hago.
—Lo hace.
—Quizás esta sea mi expresión habitual —bromeó él con una leve sonrisa.
—No. Su expresión habitual es insoportablemente satisfecha.
William la miró de soslayo.
—Me halaga que haya estudiado mis expresiones.
—Resulta difícil no hacerlo cuando cambia de humor cada vez que Philip me habla.
La precisión del comentario lo obligó a guardar silencio y Frances disminuyó el paso.
—¿Ha descubierto algo que no quiere contarme? —preguntó ella sin rodeos.
—No.
—Me prometió sinceridad.
—No he descubierto nada.
—Entonces ¿qué ocurre?
William sintió la tentación de ofrecerle una respuesta ligera. Podía hablar de la administración, de la ausencia de cifras o de las condiciones que Philip había expresado al referirse a los intereses de una esposa. Todo aquello era cierto y, al mismo tiempo, insuficiente.
—No me agrada la rapidez con la que ha decidido que podría ser adecuado —dijo.
—No he decidido nada —respondió Frances, frunciendo el ceño.
—Ya imagina una posibilidad —dijo él, y su respuesta sonó con pesar.
—Ese es el propósito, ¿no lo recuerda? —increpó ella, confundida con las actitudes de él.
—El propósito es evaluarlo, no ayudarlo a formular su propuesta.
—No ha formulado ninguna propuesta.
—Todavía.
—Nos conocemos desde niños.
—Y él ha regresado a Inglaterra decidido a casarse. Después viene directamente a verla, menciona una vida en Ashcombe Park y organiza un paseo privado al día siguiente.
—No es privado.
William miró a Alice, que caminaba a una distancia considerable y contemplaba los árboles con un interés admirablemente fingido.
—Naturalmente.
—No utilice ese tono.
—¿Qué tono?
—El que hace que cualquier palabra parezca una acusación.
William bajó la voz y murmuró:
—Philip tiene intenciones serias.
Frances dejó de caminar, lo miró confundida y dijo:
—Eso es bueno.
Él también se detuvo y asintió con la cabeza.
—Puede serlo —admitió.
—Entonces no comprendo su objeción.
—No estoy seguro de que sus intenciones sean hacia usted.
La sorpresa de Frances dio paso a una indignación inmediata.
—¿Qué quiere decir?
—Que ha regresado para casarse y usted reúne todas las cualidades que mencionó ayer: familia, inteligencia, educación, posición. Quiero saber si desea a Frances Vane o si simplemente la considera la candidata más conveniente.
El enojo en el rostro de ella disminuyó y por un momento, pareció herida.
William lamentó sus palabras de inmediato.
—No he dicho que no sienta afecto por usted —añadió—. Solo que debemos distinguirlo.
Frances miró hacia Philip. Él conversaba con Edward junto al arroyo, ajeno a ellos.
—¿Y cómo piensa distinguirlo?
—Observando qué ocurre cuando usted no coincide con sus expectativas.
—¿Quiere que lo contradiga?
—No finja desacuerdo. Solo no oculte ninguno.
Ella volvió la vista hacia William, frunciendo los ojos.
—No suelo ocultar mis opiniones.
—Conmigo no.
—Con nadie —corrigió ella.
—Esta mañana suavizó su respuesta cuando habló de los intereses de una esposa.
Frances se puso rígida.
—Había otras personas presentes.
—Exactamente.
—La cortesía no es fingimiento.
—No, pero a veces es la forma más elegante de desaparecer dentro de una conversación.
La frase quedó reprimida entre ambos. Frances apartó los ojos y William comprendió que había acertado.
—No quiero que haga eso —dijo.
Ella volvió lentamente la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Que reduzca lo que piensa para parecer más adecuada.
—No lo hago.
—Lo hizo.
—No deseaba discutir durante su primera visita —explicó Frances.
—Conmigo discutió a los diez segundos de conocerme. —William arqueó una ceja.
—Usted lo merecía.
—También merecía conocerla como es.
El aire pareció cambiar. Frances mantuvo la mirada fija en él y William sintió que había vuelto a acercarse a una frontera peligrosa.
No debía importarle que Philip conociera a la verdadera Frances.
No debía importarle si otro hombre descubría su inteligencia, su humor o la vulnerabilidad que escondía detrás de su determinación.
Precisamente para eso había aceptado ayudarla.
—¿Por qué? —preguntó ella en voz baja.
William no necesitó preguntar a qué se refería.
—Porque si un hombre solo puede desearla cuando guarda silencio, no la desea a usted.
Los ojos de Frances se suavizaron.
—Eso ha sido casi amable.
—No se acostumbre.
Ella sonrió, pero Philip se volvió desde la orilla y los interrumpió.
—¿Vienen? —preguntó.
Frances levantó una mano.
—Enseguida.
William observó cómo su expresión cambiaba antes de reunirse con el otro hombre. La calidez que había aparecido mientras hablaba con él se transformó en una serenidad social, correcta y agradable.
No era falsa, pero tampoco era completa.
—No me mire de esa manera —murmuró Frances.
—¿De cuál?
—Como si acabara de demostrar su argumento.
William extendió el brazo para ayudarla a bajar por una pendiente húmeda.
—No necesito demostrar lo evidente.
Ella miró su mano, después la aceptó.
William cerró los dedos alrededor de los suyos y la guio con cuidado. Frances descendió sin dificultad, aunque al llegar al terreno firme ninguno soltó al otro de inmediato.
Philip los observaba; William lo notó y Frances también, porque retiró la mano con rapidez y avanzó hacia el lago.
Edward se acercó a William.
—Eso ha sido muy discreto —bromeó, conteniendo la risa.
—El terreno estaba resbaladizo.
—Naturalmente.
William decidió ignorarlo.
El lago se extendía frente a ellos, oscuro y todavía agitado por el agua de la tormenta.
En la orilla había un pequeño pabellón de piedra con bancos desde los que podía contemplarse el paisaje.
Philip invitó a Frances a sentarse y ella aceptó.
Edward se dirigió hacia el muelle para inspeccionar una de las barcas, llevándose a Alice con el pretexto de mostrarle un nido entre los juncos.
William quedó de pie.
Frances lo miró y dijo:
—Puede sentarse.
—Pensé que deseaba conversar con lord Philip.
—Su presencia no debería impedirlo.
Philip señaló el banco opuesto.
—Acompáñenos.
William habría preferido que el inglés demostrara al menos una mínima irritación. En cambio, parecía seguro de sí mismo y lo bastante confiado en la atención de Frances como para no considerarlo una amenaza.
Se sentó.
Durante los siguientes minutos, Philip habló de Ashcombe Park. Describió la casa principal, las tierras y una pequeña escuela que su tía había fundado para los hijos de los arrendatarios. Frances hizo preguntas acerca de los maestros y del número de niñas que asistían.
—Muy pocas —admitió Philip—. La mayoría de las familias cree que sus hijas no necesitan más que conocimientos básicos.
—¿Y usted qué cree?
Él apoyó las manos sobre el bastón.
—Que toda persona debería aprender a leer y escribir.
—Eso no responde respecto a las niñas.
Philip vaciló, y William observó a Frances. Esta vez no había suavizado la pregunta.
—Creo que la educación es útil —respondió Philip—, aunque las necesidades de una joven son diferentes de las de un muchacho.
—¿Por qué?
—Porque tendrán responsabilidades distintas.
—Una mujer puede administrar propiedades, llevar cuentas o tomar decisiones familiares… —observó Frances, un tanto molesta.
—Por supuesto, si las circunstancias lo requieren.
—¿Solo si lo requieren?
Philip pareció advertir por fin que caminaba sobre terreno delicado.
—No intento decir que una mujer sea incapaz, Frances. Solo que la mayoría no desearía dedicar su tiempo a esas tareas si puede confiar en su esposo.
—Tal vez algunas deseen comprender las decisiones que afectan su hogar aunque confíen en él.
—Entonces no tendría objeción —respondió Philip.
—¿Le permitiría participar?
—No necesitaría mi permiso para expresar una opinión.
Frances mantuvo la mirada sobre él.
—No he preguntado si podría expresarla —replanteó su pregunta—. He preguntado si participaría.
Philip guardó silencio, y William sintió algo parecido a orgullo.
Frances no había provocado una discusión ni adoptado una postura artificial. Solo se había negado a desaparecer dentro de una respuesta conveniente.
—Sí —dijo Philip finalmente—. Participaría.
—¿Aunque no coincidiera con usted?
El joven sonrió.
—Sospecho que en ese caso participaría todavía más.
Frances rio, y William tuvo que reconocer que la respuesta había sido buena.
Philip continuó:
—No puedo prometer que aceptaré siempre sus opiniones, pero sí que las escucharé.
—Eso es razonable.
—¿Ve? —dijo él—. Podemos estar de acuerdo.
—Después de varias preguntas.
—Me han advertido que las conversaciones con usted rara vez son sencillas.
Frances miró hacia William y preguntó:
—¿Quién lo advirtió?
—Edward.
—Mi hermano exagera.