Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 7 #3
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CAPITULO 7 #3

—No esta vez… —murmuró William.

Ella le dirigió una mirada, pero había humor en ella.

Philip los observó, y su expresión perdió una fracción de serenidad.

—Parece que se conocen bien —dijo de repente.

La pregunta no estaba formulada como tal, pero exigía una respuesta.

—Nos conocimos en Boston —explicó Frances.

—Durante unos segundos —añadió William.

—Suficiente tiempo para formar una mala opinión mutua.

—La suya fue peor —bromeó William.

—La suya fue más insolente.

Philip sonrió, aunque ya no con la misma naturalidad.

—Edward mencionó un accidente.

—Lady Frances tropezó conmigo.

—Usted se colocó en mi camino.

—Es una discusión sin resolver —dijo William a Philip—. Probablemente dure varios años.

Frances quedó inmóvil. Él también advirtió lo que acababa de decir.

«Varios años».

Como si esperara permanecer a su lado el tiempo suficiente para continuar aquella disputa.

Philip miró a uno y a otro y preguntó:

—¿Piensa quedarse tanto tiempo en Inglaterra?

William podría haber corregido la frase.

—No acostumbro planear con tanta anticipación —dijo en cambio.

—Aunque dijo que cada día deseaba marcharse un poco menos —recordó Frances.

La observación sorprendió a William. Ella había recordado exactamente sus palabras.

—Eso dije, es verdad —tuvo que admitir.

—¿Por Blackwood Hall? —preguntó Philip.

William sostuvo la mirada de Frances.

—Entre otras razones.

El color apareció lentamente en sus mejillas y Philip lo vio.

La tensión se instaló en el pabellón con tanta claridad que incluso el sonido del agua pareció disminuir.

Frances se levantó, carraspeó y dijo:

—Deberíamos regresar. Mamá nos espera para el almuerzo.

Philip se puso de pie de inmediato.

—Naturalmente.

Sin embargo, William no se movió hasta que ella se dirigió al sendero. Sabía que había cruzado otra línea. No había dicho nada explícito, pero tampoco había ocultado la verdad lo suficiente.

Cada día deseaba marcharse menos y Frances era una de las razones.

Tal vez, la principal.

Durante el regreso, Philip caminó junto a ella sin ofrecerle el brazo. Su conversación continuó siendo amable, aunque algo de la despreocupación inicial había desaparecido. William permaneció detrás con Edward.

—Has interferido —dijo este.

—No. —Se negó a aceptarlo.

—Prácticamente le dijiste a Philip que permaneces en Inglaterra por Frances —explicó su amigo.

—No dije eso —volvió a negarlo.

—¿Era verdad? —increpó Edward, preocupado.

William miró a la pareja que avanzaba delante y respondió con desdén:

—No importa.

—Parece importarles a los tres.

—Soy su consejero, nada más.

Edward soltó una risa sin humor.

—Entonces, eres el peor consejero matrimonial de Inglaterra.

—Solo conoces a uno —se defendió William.

—Sí, y ya está celoso del primer pretendiente.

William se detuvo, lo observó con cuidado y respondió:

—No estoy celoso.

Edward también se detuvo y replicó:

—Perfecto. —lo miró con una expresión demasiado seria—. Entonces no te molestará saber que Philip habló conmigo antes del paseo.

Algo frío se extendió por el pecho de William.

—¿Para qué?

—Quería saber si Frances había regresado con algún compromiso adquirido en América.

William miró hacia ella.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad, por supuesto. Que no.

—¿Algo más?

—Le pregunté cuáles eran sus intenciones.

—¿Y?

Edward dejó pasar unos segundos antes de responder.

—Dijo que, si este paseo confirmaba lo que esperaba, solicitaría permiso a nuestro padre para cortejarla formalmente.

William sintió que el mundo se volvía extraordinariamente silencioso.

Frances se giró a lo lejos, como si hubiese percibido el peso de su mirada, pero Philip dijo algo y ella se volvió hacia él.

—¿Cuándo? —preguntó William.

—Esta misma tarde.

—Es demasiado pronto.

—Se conocen desde niños —excusó Edward.

—No como adultos —objetó él.

—Por eso desea cortejarla, no casarse mañana.

William apretó los dientes.

—Debe decírselo a ella antes de hablar con su padre.

—Probablemente lo haga al despedirse —expresó su amigo, sintiendo pena por él.

Reanudaron el camino.

Frances y Philip ya habían llegado a la terraza. El inglés se detuvo antes de entrar en la casa y le pidió algo en voz baja. Alice y Edward continuaron avanzando, concediéndoles una distancia prudente.

William no se movió.

Entonces vio que Philip tomó la mano de Frances, ella lo escuchó con atención y después miró hacia la casa, hacia su padre que probablemente se encontraba dentro, y finalmente hacia William.

La distancia era demasiado grande para que él pudiera leer su expresión con claridad. Aun así, supo que estaba pensando en su acuerdo, en su opinión y en la promesa de que él le diría la verdad.

William deseó que Philip hubiera mostrado algún defecto grave, una mentira o una crueldad que justificara apartarlo. Pero no había ninguno. Solo diferencias que podían discutirse y una disposición genuina a escuchar.

Philip Ashcombe era un hombre honorable, Frances podría ser feliz con él.

William suspiró y comprendió que aquella era la verdad que debía decirle, aunque nunca había deseado mentir tanto en toda su vida.