CAPITULO 8
P hilip continuó sosteniendo la mano de Frances mientras hablaba en voz baja, ajeno a la batalla que William libraba a varios metros de distancia.
Desde donde se encontraba, no alcanzaba a distinguir las palabras, pero tampoco las necesitaba.
La postura del inglés, la seriedad de su expresión y la forma en que había inclinado el cuerpo hacia ella eran suficientemente claras.
No estaba proponiéndole matrimonio, pero sí algo que podía conducir hacia allí.
Un cortejo formal. Una declaración de intenciones respetuosa, conveniente y perfectamente razonable; todo aquello que Frances había dicho buscar.
William debería haberse sentido satisfecho.
Había aceptado ayudarla precisamente para identificar a un hombre capaz de ofrecerle estabilidad, respeto y una vida honorable.
Philip pertenecía a una familia conocida, tenía recursos, parecía dispuesto a escucharla y, hasta el momento, no había revelado ninguna inclinación alarmante.
Incluso sus ideas más tradicionales podían cuestionarse sin que respondiera con arrogancia o enojo.
Era el tipo de hombre que un padre recibiría con alivio.
El tipo de esposo que una mujer sensata elegiría.
El tipo de candidato que un consejero matrimonial responsable aprobaría.
—No pongas esa expresión —murmuró Edward.
William no apartó los ojos de la pareja.
—¿Qué expresión?
—La del hombre que acaba de descubrir que su ejecución será pública —reveló sin sarcasmo en sus palabras.
—Exageras… —murmuró, apenas.
—Llevas varios segundos sin respirar —avisó Edward, sintiendo cierta pena por él.
William inspiró con lentitud y tragó grueso.
—Estoy esperando la respuesta de tu hermana.
—¿Por responsabilidad profesional?
—Naturalmente.
Edward soltó una risa seca.
—Empiezo a detestar esa palabra.
Frances respondió finalmente. William no pudo escucharla, pero vio que Philip sonreía y levantaba la mano de ella hacia sus labios. Esta vez sí besó sus nudillos enguantados.
Algo se tensó con violencia en el pecho de William.
Frances retiró la mano un segundo después y giró hacia la casa. Su mirada encontró la de él de inmediato, como si hubiera sabido exactamente dónde buscarlo.
No parecía feliz, tampoco contrariada.
Parecía inquieta.
William se aferró a aquella inquietud con una satisfacción que lo avergonzó.
Philip acompañó a Frances hasta la terraza y se despidió de ella con una reverencia. Después saludó a Edward y a William, quien tuvo que recordar que romperle la nariz a un hombre honorable por besar la mano de una dama no era una respuesta socialmente aceptable.
—Gracias por acompañarnos —dijo Philip.
La frase podía ser sincera o una forma elegante de señalar que no habían sido invitados.
—Fue un paseo instructivo —respondió William.
Philip sostuvo su mirada.
—También para mí.
Los dos hombres se observaron más tiempo de lo necesario, y Frances intervino.
—Lord Philip debe regresar antes del almuerzo.
—En realidad, puedo quedarme unos minutos —dijo él—. Deseaba hablar con lord Londonderry.
William miró a Frances, ella desvió la vista y Edward entrecerró los ojos ante aquella reacción; le había dicho la verdad a su amigo: Philip solicitaría permiso para cortejar a su hermana.
El padre de Frances se encontraba dentro, probablemente ignorante de que el hombre que estaba a punto de pedir acceso formal a su hija ya había expuesto intenciones serias frente a ella. Era correcto. Era honorable.
William continuaba deseando detenerlo.
—Papá está en la biblioteca —dijo Frances—. Pediré que le informen.
Philip inclinó la cabeza.
—Gracias.
Ella entró en la casa acompañada por Alice. Edward se ofreció a conducir a Philip hasta la biblioteca, pero antes de seguirlo, el inglés se volvió hacia William y preguntó:
—¿Podemos hablar un momento?
Edward arqueó las cejas y anunció:
—Los dejaré solos.
William no agradeció la deserción, pero esperó hasta que Edward desapareció en el vestíbulo y luego dirigió la atención hacia Philip.
—¿Qué desea saber?
El caballero acomodó los guantes dentro de una mano.
—No pretendía interrogarlo.
—Entonces esta conversación será más agradable que las que suelo mantener —bromeó William.
Philip esbozó una sonrisa leve.
—Frances me explicó que la está ayudando a evaluar posibles pretendientes.
William no esperaba que ella revelara el acuerdo.
—¿Le explicó por qué me pidió ayuda?
—Porque considera que usted puede juzgar el carácter de un hombre con mayor objetividad que su familia.
—Una teoría todavía no comprobada.
—Parece confiar en usted.
La observación no contenía una acusación, pero William percibió la pregunta oculta.
—Sí.
Philip bajó la mirada hacia los guantes.
—Quiero cortejarla.
—Lo sé.
El inglés volvió a observarlo.
—¿Se lo dijo Edward?
—No fue necesario —movió levemente la cabeza.
—Entonces también sabrá que mis intenciones son serias.
—Dice que lo son.
—No acostumbro declarar intenciones que no tengo. —Una sombra de irritación atravesó el semblante de Philip.
—Tampoco acostumbra conversar con hombres que reciben el encargo de evaluarlas.
—No —asumió el caballero.
—Entonces ambos enfrentamos una situación nueva.
Philip guardó silencio unos segundos, y después preguntó:
—¿Tiene alguna objeción contra mí?
La respuesta correcta era no.
William la conocía. Había revisado cada detalle del comportamiento de Philip, buscando una señal de falsedad, crueldad o irresponsabilidad, y no había encontrado nada que justificara apartarlo.
Existían diferencias entre lo que Frances deseaba y la vida que el inglés imaginaba, pero esas diferencias habían sido reconocidas y podían discutirse durante el cortejo.
—Todavía no —respondió.
—Una frase poco tranquilizadora.
—No estoy aquí para tranquilizarlo.
—Está aquí para aconsejarla.
—¡Exactamente! —William chasqueó la lengua.
—Y me gustaría saber si hará ese trabajo con imparcialidad.
La pregunta fue pronunciada con calma, pero su precisión golpeó donde William menos deseaba.
—¿Tiene motivos para dudarlo?
Philip miró hacia la puerta por la que Frances había desaparecido.
—Los vi juntos junto al lago.
—Casi todos estuvimos juntos junto al lago —corrigió William.
—No me refiero a esta mañana.
William se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Ayer —reveló Philip—. Pasaba por el camino superior cuando el carruaje regresaba a Ashcombe. Vi a Frances entrar en la casa y a usted permanecer en la terraza.
No los había visto junto al lago, entonces. Solo después.
William no supo si el alivio lo hizo sentir mejor o peor.
—Eso no demuestra nada.
—No. Pero la forma en que la mira sí.
William sintió la tentación de negar aquella acusación. Podía hacerlo con facilidad, reclamar que Philip confundía vigilancia con interés o recordarle que Frances era parte de su familia política.
Sin embargo, no dijo nada y Philip comprendió el silencio.
—No deseo ofenderlo —continuó—. Pero si existe entre ustedes alguna clase de entendimiento, necesito saberlo antes de hablar con su padre.
—No existe. —La respuesta salió con excesiva rapidez.
Philip asintió, aunque no pareció completamente convencido.
—¿Y usted desea que exista? —reformuló su pregunta.
William sostuvo su mirada.
—Eso no es asunto suyo.
—Lo será si comienzo a cortejarla.
La franqueza del inglés despertó una irritación que William no tenía derecho a sentir.
—Lady Frances desea encontrar esposo. Usted desea una esposa. Sus familias se conocen y, hasta ahora, no parece ser un hombre indigno. No necesita mi permiso.
—Pero sí su opinión.
—Solo ella puede exigirla.
—Y se la pedirá.
—Probablemente.
Philip respiró hondo.
—Entonces espero que sea sincero.
—Siempre lo soy —afirmó.
—Con ella, quizás. Pero ¿lo es también consigo mismo?
William endureció la mandíbula.
—Le recomiendo que no convierta una conversación civilizada en algo diferente, lord Philip.
—No intento provocarlo —Philip intentó sonreír para aliviar la tensión.
—Lo está consiguiendo de todos modos —advirtió William.
Philip lo estudió durante unos segundos y después inclinó la cabeza para decir:
—Frances merece un hombre que sepa lo que quiere.
La frase no fue una amenaza ni un desafío abierto. Eso la hizo mucho peor.
—Estoy de acuerdo —respondió William.
—Yo sé lo que quiero —dijo Philip y se alejó hacia el vestíbulo.
William permaneció en la terraza, observando la puerta cerrarse detrás de él.
«Yo sé lo que quiero».
Por primera vez desde que Frances le había propuesto aquel acuerdo, William comprendió con absoluta claridad la ventaja que poseía Philip.
No era su título, su propiedad ni la aprobación de ambas familias.
Era su certeza. Había regresado a Inglaterra dispuesto a establecerse, había visto a Frances y tomado una decisión.
No parecía temer lo que sentía ni buscar excusas para disfrazarlo como responsabilidad, curiosidad o entretenimiento.
William, en cambio, no sabía siquiera cuánto tiempo permanecería en Inglaterra.
No podía ofrecer una vida estable mientras su padre continuaba considerándolo un hijo descarriado, ni pedir a Frances que abandonara su país para seguir a un hombre que todavía no tenía control absoluto sobre el suyo.
Ni siquiera estaba seguro de desear matrimonio.
Había pasado años evitando cualquier vínculo capaz de limitarlo, satisfecho con relaciones breves que no exigían promesas.
Y ahora se encontraba celoso de un hombre por hacer exactamente aquello que él jamás había pensado hacer.
Cortejar a Frances.
La puerta se abrió otra vez. Edward salió y se apoyó contra el marco.
—Philip está con papá. —William no respondió—. ¿Qué te dijo?
—Que sabe lo que quiere.
Edward hizo una mueca.
—Suena desagradablemente razonable.
—Lo es —admitió él.
—Entonces ¿por qué pareces dispuesto a arrojarlo al lago?
William descendió un escalón y contempló los jardines.
—Porque no me agrada —confesó sin tapujos.
—Ayer dijiste que era honorable.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
Edward se acercó.
—Frances… ella aceptó el cortejo —reveló.
La noticia ya era evidente, pero escucharla en voz alta produjo un golpe más profundo.
—¿Te lo dijo ella misma?