CAPITULO 8 #2
—Antes de entrar, Philip pidió permiso para visitarla formalmente durante las próximas semanas y ella aceptó considerarlo.
—Considerarlo no es aceptarlo.
—No, pero es el primer paso a decir que sí.
William miró hacia el sendero y preguntó:
—¿Y tu padre?
—Probablemente está interrogándolo acerca de sus ingresos, sus propiedades y la salud de todos sus antepasados.
—Preguntas razonables.
—Papá espera que el señor Vanderbilt aparezca para ayudarlo —bromeó Edward.
—No me han llamado.
—No creo que Philip desee que participes.
—Eso demuestra su buen juicio.
Edward se colocó a su lado.
—Puedes retirarte del acuerdo, lo sabes.
—¿Por qué lo haría? —William lo miró confundido.
—Porque ya no eres objetivo.
—No sabes eso.
—Te conozco desde hace tres meses. Nunca te vi perder una discusión, una apuesta ni una noche de sueño por una mujer. Ahora sigues a Frances por los jardines y examinas a Philip como si su decencia fuera una ofensa personal.
—Solo intento proteger sus intereses.
—Frances no es una inversión.
—No he dicho que lo sea.
—Pero la analizas como si pudieras resolver esto revisando suficientes datos.
William soltó una risa sin humor.
—Ayer me acusabas de estar celoso. Ahora de ser demasiado racional. Debes decidir cuál será tu argumento.
—Son el mismo. Estás utilizando la razón para justificar los celos.
William volvió hacia la casa.
—Esta conversación ha terminado.
—No porque haya terminado, sino porque no tienes respuesta —lo retó Edward.
—Edward. —William se volvió a mirarlo con reprobación.
—William. —Edward le devolvió la mirada, pero cedió primero, aunque su expresión permaneció seria—. No te digo que te apartes porque crea que Philip es mejor para ella.
William frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué?
—Porque Frances confía en ti, y si vas a aconsejarla, no puedes castigar a cada hombre por desearla cuando tú no estás dispuesto a hacerlo de forma abierta. Piénsalo —dijo su amigo y lo dejó a solas.
William permaneció en la terraza solo, con la mirada fija en los jardines, hasta que oyó voces en el vestíbulo. Philip salió de la biblioteca junto a lord Londonderry. El marqués mantenía una expresión grave, pero no hostil, lo que significaba que la conversación había transcurrido favorablemente.
—Vanderbilt —dijo Philip al verlo—. Nos veremos pronto.
William inclinó la cabeza.
—Estoy seguro.
Lord Londonderry acompañó al joven hasta su caballo. Antes de montar, Philip miró hacia una de las ventanas del piso superior, y William siguió la dirección de su vista.
Frances estaba detrás del cristal, levantó una mano en despedida. Philip sonrió y montó, y William se obligó a no mirar hacia la ventana otra vez.
Entró en la casa y se dirigió directamente a la biblioteca, donde encontró al marqués sirviéndose una copa pese a que todavía no era mediodía.
—¿Tan mal ha ido? —preguntó William.
Lord Londonderry le ofreció otra.
—Peor. Ha ido bien. —William aceptó la copa, esperando a que el marqués continuara—.
Philip es un buen hombre, posee ingresos suficientes, una propiedad respetable y una familia sin escándalos recientes —comenzó—.
No bebe en exceso, no apuesta más de lo razonable y no tiene hijos ilegítimos conocidos.
—Parece que ha realizado una investigación exhaustiva —respondió William, mientras bebió un sorbo de su copa.
—Mi hija ha rechazado a tres hombres. No porque fueran malvados, sino porque ninguno la veía realmente; uno quería su dote, otro necesitaba conexiones políticas y el tercero estaba enamorado de la idea de casarse con una Vane —explicó, moviendo su bebida en un suave y calculado juego de muñeca.
—¿Y Philip? —preguntó William, intentando no sonar impaciente.
Lord Londonderry observó el fuego y dijo:
—Creo que siente afecto por ella.
—¿Y amor?
—No lo sé.
—¿Es suficiente para usted? —insistió él.
El marqués volvió la cabeza.
—Esa es la pregunta que esperaba que tú pudieras ayudarla a responder.
—Quizá no sea la persona indicada —contest ó William, que sintió el peso de la confianza de ambos, padre e hija.
—Frances piensa que sí.
—Frances también cree que puede escoger marido como quien evalúa un contrato —respondió, lanzando un suspiro.
—¿Y tú no?
—No —admitió sin titubear.
—Entonces ya le ofreces algo que necesita.
William dejó la copa sobre el escritorio y preguntó:
—¿Philip le pidió permiso para cortejarla?
—Sí.
—¿Y usted se lo concedió?
—Le dije que Frances tiene libertad para recibirlo. También le advertí que, si intenta apresurarla, no volverá a cruzar estas puertas.
—Una postura razonable.
—No me siento razonable. —El marqués dejó escapar un suspiro y se sentó—.
Cuando nació, era tan pequeña que podía sostenerla con un solo brazo.
Recuerdo haber pensado que jamás permitiría que nada le hiciera daño.
Después creció y descubrí que proteger a una hija no consiste en impedirle cada herida, sino en verla caminar hacia decisiones que uno no puede tomar por ella.
William permaneció en silencio, sintiendo que el caballero aun no había terminado de hablar.
—No quiero que se case solo porque cree que es el momento —continuó lord Londonderry—.
Frances convierte cada deseo en un deber para no sentirse vulnerable.
Cuando quería viajar a América, lo presentó como una visita familiar.
Cuando desea ayudar a alguien, habla de responsabilidad.
Y ahora dice que debe encontrar esposo porque tiene veinticuatro años.
—Tiene miedo de admitir lo que realmente quiere —observó William.
—Exactamente.
—¿Y qué quiere?
El marqués sonrió con tristeza.
—Si lo supiera, no necesitaría tu ayuda.
William pensó en la respuesta que había dado junto al pabellón.
«Una vida que me pertenezca».
También recordó la manera en que lo había mirado cuando él interpretó sus palabras. Frances deseaba más que estabilidad, aunque todavía no se permitiera reconocerlo.
—Philip puede ofrecerle una buena vida —dijo el marqués.
—Sí —afirmó William, muy a su pesar y su propia afirmación volvió a dolerle.
Lord Londonderry lo observó con atención.
—Pero no crees que sea suficiente, ¿cierto?
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
William caminó hacia los ventanales. Desde allí se veía la parte trasera de la casa y un tramo del jardín donde Frances había desaparecido la tarde anterior.
—No he encontrado ningún motivo para desaprobarlo —murmuró.
—Entonces no lo hagas.
—Eso pretende hacerme creer que será sencillo.
—No lo será. Por eso Frances te escogió a ti.
William se volvió.
—¿Por qué cree que lo hizo?
—Porque eres el único hombre al que no intenta agradar. —La respuesta lo desconcertó, pero lord Londonderry continuó—: Con los caballeros ingleses, Frances es amable, correcta y prudente. Contigo discute, se enfada, se ríe y olvida medir cada palabra. Quizá piense que eso te vuelve objetivo.
—No me vuelve objetivo.
—No —admitió el marqués—. Pero puede volver tu opinión más verdadera.
William no supo qué responder.
La puerta se abrió y Frances apareció. Se había quitado la capa, aunque aún llevaba el vestido azul del paseo. Su mirada recorrió la habitación y se detuvo en William antes de dirigirse a su padre.
—¿Puedo hablar con él? —le preguntó a su padre.
Lord Londonderry se levantó.
—Por supuesto.
Frances negó con la cabeza.
—Me refería al señor Vanderbilt.
William sintió que algo se apretaba dentro de su pecho. Su padre los observó a ambos y después salió de la biblioteca, cerrando la puerta detrás de sí con una discreción que no engañaba a nadie.
Frances permaneció junto a la entrada.
—Philip habló conmigo antes de entrar.
—Lo sé.
—Me pidió permiso para cortejarme.
—También lo sé.
—Edward habla demasiado —murmuró entre resoplos.
—Esta vez no fue Edward.
—¿Philip se lo dijo? —preguntó con el ceño fruncido.
—Sí.
Frances se acercó lentamente.
—¿Y qué le respondió?
—Que no necesitaba mi permiso.
—No le pregunté eso.
—¿Qué desea saber? —William preguntó, mientras se apoyaba contra el escritorio.
—Su opinión.
Había llegado el momento.
La tarea que había aceptado como un juego ahora exigía que pronunciara una verdad capaz de acercarla a otro hombre.
—Philip es honorable —dijo, mientras Frances aguardaba en silencio que continuara—. No parece tener deudas importantes, vicios preocupantes ni intenciones ocultas. Su familia es respetable y sus ingresos son suficientes para mantener la vida que describe.
—Está hablando como un abogado.
—Me pidió hechos.
—También le pedí la verdad.
William apretó una mano contra el borde del escritorio.
—Esa es la verdad —asumió.
—No toda.
—¿Qué más espera?
—Que me diga qué piensa de él como esposo.
William la observó. Frances mantenía la barbilla alzada, pero había inseguridad en sus ojos. No buscaba únicamente una evaluación de Philip. Buscaba una razón para confiar en su propia decisión.
—Creo que la trataría con respeto —respondió—. Escucharía sus opiniones, aunque probablemente tendría que recordarle varias veces que espera participar y no limitarse a ser consultada. No es cruel ni frívolo. Parece desear una familia y una vida estable.
—Entonces es adecuado.
—Sobre el papel.
Frances se tensó y preguntó:
—¿Y fuera de él?
—Todavía no sé si la comprende. —William bajó la mirada.
—Apenas hemos conversado y el cortejo serviría para conocernos —expresó ella.
—Sí —respondió él, comprendiendo que Frances esperó otra objeción, pero él no la formuló.
—¿Cree que debería aceptarlo? —preguntó, entonces.
La respuesta se atascó en su garganta.
No quería decir que sí, pero no podía decir que no.
—Creo que debería permitirle cortejarla —respondió al fin.
El silencio posterior fue tan profundo que William escuchó el chasquido de una brasa en la chimenea.
Frances lo observó durante varios segundos y dijo:
—Pensé que encontraría algún defecto.
—También yo —asumió él, y una sonrisa tenue apareció en los labios de la dama.
—Lo intentó —respondió Frances.
—Con considerable dedicación.
—¿Y nada?
—Nada que justifique rechazarlo.
La sonrisa de Frances se ensanchó, aunque no alcanzó completamente sus ojos.