Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 8 #3
19%

CAPITULO 8 #3

William sintió que algo se quebraba de manera lenta y silenciosa.

—Entonces aceptaré —dijo ella.

Él asintió.

—Bien.

—Bien.

Ninguno se movió, hasta que Frances miró hacia la ventana.

—Philip vendrá pasado mañana. Mamá ha decidido organizar una cena y permitirá que invite a algunas familias vecinas —comentó.

—Eso le dará oportunidad de observarlo con otras personas —dijo él, intentado sonar imparcial.

—Nuestra primera prueba formal.

William intentó sonreír.

—No olvide hacer preguntas incómodas.

—Creí que esa era su función.

—Puedo proporcionárselas por escrito.

Ella volvió hacia él.

—¿Se quedará?

—Vivo aquí.

—No me refiero a Blackwood Hall.

Eran las mismas palabras que él le había dicho la noche de su regreso, y William entendió.

—¿En Inglaterra?

—Al menos durante el cortejo —susurró Frances, como si en su interior estuviera rogando que él se quedara.

Sin embargo, sabía que la petición no tenía sentido. Su presencia no era indispensable, Frances podía evaluar a Philip sin él, apoyada por su familia y por su propio juicio, pero parecía necesitar que permaneciera.

—Sí —respondió—. Me quedaré.

El alivio en el rostro de ella fue inmediato pero William deseó no haberlo visto.

—Gracias.

—No debería agradecérmelo todavía.

—Confío en que me dirá si descubre algo.

—Lo haré.

Frances dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo.

—William. —Lo llamó, y él alzó la mirada—. ¿De verdad cree que podría ser feliz con Philip?

Aquella no era una pregunta que un consejero pudiera responder después de dos conversaciones, pero William conocía el temor que escondía.

—Creo que no sería desdichada.

Frances frunció levemente el ceño.

—No es lo mismo.

—No. Naturalmente, no —aseveró él.

—¿Y eso debería bastarme?

William la miró y, por un instante, estuvo a punto de decirle la verdad más peligrosa de todas.

Que no.

Que ella no estaba hecha para una vida simplemente correcta.

Que necesitaba un hombre capaz de desafiarla sin apagarla, de hacerla reír cuando pretendía permanecer seria y de comprender que su independencia no era una amenaza.

Un hombre que no se conformara con ofrecerle ausencia de infelicidad, sino que deseara verla arder de vida.

Pero no podía decirlo, porque cada cualidad que iba enumerando en su mente lo acercaba demasiado a sí mismo.

—Eso solo puede decidirlo usted —respondió.

La decepción atravesó el rostro de Frances antes de que lo ocultara.

—Naturalmente… —replicó con voz seca y William reconoció el tono.

—No utilice esa palabra de esa manera.

—¿Qué manera?

—Como si acabara de fallarle —explicó él, tragando grueso e intentando ocultar algo que ni él mismo sabía qué nombre darle.

Ella sostuvo su mirada, inclinó la cabeza y se despidió.

—Buenas tardes, señor Vanderbilt. —Frances salió de la biblioteca y cerró la puerta.

William permaneció solo, contemplando el lugar donde había estado. Había cumplido su promesa. Había sido sincero, imparcial y responsable. Había aconsejado a Frances que aceptara el cortejo de un hombre honorable.

Entonces, ¿por qué se sentía como si acabara de entregarla?

Aquella noche, durante la cena, Frances anunció oficialmente que lord Philip Ashcombe la cortejaría.

Su madre sonrió. Edward levantó la copa. Lord Londonderry intentó parecer complacido y fracasó de manera evidente. Lady Eleanor miró a William antes que a nadie, pero él solo brindó junto a los demás, como si no le afectara.

—Por una elección acertada —dijo.

Frances encontró su mirada al otro lado de la mesa.

—Por la verdad —respondió ella.

William bebió, pero el vino no consiguió borrar el sabor amargo de sus propias palabras.

Más tarde, cuando todos se retiraron, salió a la terraza para respirar. El aire nocturno estaba frío y el jardín desaparecía bajo una neblina ligera. Creyó que estaba solo hasta escuchar el roce de una falda.

Frances se encontraba junto a la balaustrada, envuelta en una capa oscura.

—¿No puede dormir? —preguntó él.

Ella no se volvió.

—No lo he intentado.

William se acercó, aunque dejó varios pasos entre ambos.

—¿Se arrepiente?

—Todavía no he aceptado una propuesta de matrimonio.

—Ha aceptado la dirección en la que Philip pretende avanzar.

Frances apoyó las manos sobre la piedra y dijo en tono resignado:

—Es un buen hombre.

—Sí.

—Y usted lo aprueba.

William miró hacia la niebla, suspiró y dijo:

—Sí.

—Entonces todo debería ser sencillo… —murmuró.

—Debería —contestó William.

Entonces, Frances se volvió por fin a mirarlo.

—¿Por qué no lo es?

William no tuvo respuesta que pudiera pronunciar.

La luz que escapaba desde el salón iluminaba una parte de su rostro, dejando el resto entre sombras. Parecía vulnerable y fuerte al mismo tiempo, una combinación que lo atraía con una intensidad cada vez más difícil de ignorar.

—Porque todavía no lo conoce —dijo.

—¿A Philip?

—Ni a sí misma dentro de una relación con él.

—¿Y cómo se supone que debo conocerme?

William dio un paso más cerca.

—Observe qué partes de usted aparecen cuando están juntos.

—¿Qué significa eso?

—Si se siente libre para hablar. —Se relamió los labios y ladeó el rostro—. Si se ríe. Si espera sus visitas o solo espera tomar una decisión correcta. Si cuando él se acerca desea permanecer donde está.

Frances dejó de respirar, y William comprendió demasiado tarde que ya no hablaba de Philip.

Ella también.

—¿Y si no lo sé? —preguntó en un susurro.

Él se detuvo frente a ella.

—Lo sabrá —afirmó.

—Parece muy seguro.

—El cuerpo suele comprender antes que la razón —le explicó y los ojos de Frances descendieron hacia su boca.

El aire entre ambos cambió. William sintió el impulso de acercarse, de confirmar aquello que había comenzado junto al lago y que ninguno podía continuar fingiendo que no existía.

Bastaba con inclinarse, Frances no retrocedía.

Sus labios estaban apenas separados y sus dedos se aferraban a la balaustrada, como si necesitara sostenerse.

Entonces, William recordó a Philip, el cortejo, su promesa y retrocedió.

La expresión de Frances se cerró de inmediato.

—Debería entrar —dijo él—. Hace frío —añadió.

—No lo había notado —respondió Frances, intentando ocultar su vergüenza.

La respuesta atravesó a William, que inclinó la cabeza y caminó hacia la puerta. Antes de entrar, se detuvo y la llamó por su nombre.

—Frances. —Ella permaneció de espaldas—. No acepte nunca solo porque un hombre sea incapaz de hacerla desdichada.

Frances giró lentamente el rostro.

—Entonces ¿qué debo esperar?

William sostuvo su mirada desde el umbral.

—Uno que haga imposible conformarse con menos —respondió y entró en la casa.

Frances miró resignada su espalda y lo detestó, porque había decidido marcharse ante de que ella pudiera decirle que, al escuchar aquellas palabras, solo había podido pensar en él.