Entre el deber y la pasión (Entre el viejo mundo y el nuevo amor 1) CAPITULO 9
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CAPITULO 9

F rances durmió mal, y su desvelo no tenía que ver con que lord Philip fuese a cortejarla formalmente, ni porque la cena organizada por su madre pudiera interpretarse como el primer paso de un acuerdo entre dos familias que se conocían desde hacía décadas.

Tampoco porque, aquella temporada que todavía no había comenzado, pareciera avanzar con una rapidez inesperada hacia la decisión que ella misma había asegurado estar preparada para tomar.

Durmió mal por una frase que la hacía imposible conformarse con menos.

William la había pronunciado desde el umbral de la terraza con la certeza de un hombre que conocía la respuesta, aunque se negara a entregársela. Después había entrado en la casa, dejándola sola entre la niebla y una pregunta que la acompañó hasta el dormitorio.

¿Qué significaba exactamente no conformarse con menos?

Philip era amable. Honorable. Inteligente.

Poseía una fortuna suficiente y un carácter sereno.

Había aceptado que su esposa participara en las decisiones de la propiedad, aunque Frances hubiese tenido que guiarlo hasta comprender la diferencia entre escuchar una opinión y compartir una responsabilidad.

Nada de aquello lo convertía en un mal hombre.

Al contrario, demostraba que estaba dispuesto a reflexionar y corregir algunas ideas adquiridas.

Podría construir con él una buena vida.

La frase debería haberle proporcionado tranquilidad.

En cambio, cada vez que cerraba los ojos recordaba la forma en que William había retrocedido en la terraza, como si permanecer cerca de ella hubiese sido más peligroso que marcharse.

Recordaba su voz al decir que el cuerpo comprendía antes que la razón, sus ojos descendiendo hacia su boca y la decepción aguda que sintió cuando él se apartó.

Aquello era absurdo.

William era su consejero.

Philip, su pretendiente.

No había confusión posible.

A la mañana siguiente, Frances se levantó decidida a comportarse como si la noche anterior no hubiera ocurrido.

Escogió un vestido matinal de color lavanda, desayunó con su madre y revisó la lista de invitados para la cena.

Lady Ashcombe asistiría con sus dos hijos; también los Crawford, los Pembroke y el vizconde Ellington con su sobrina.

La reunión sería lo bastante amplia para no parecer organizada exclusivamente en honor a Philip, pero no tanto como para impedir que él conversara con Frances.

—¿Deseas invitar a alguien más? —preguntó la marquesa mientras revisaba los nombres.

Frances pensó en las jóvenes que había conocido durante la travesía. Algunas todavía se encontraban en América y otras habían partido hacia diferentes destinos antes de regresar a Inglaterra. Habían prometido escribirse, aunque apenas había recibido una carta desde su llegada.

—No.

—Podríamos invitar a los Harrington. Su hijo mayor regresó de Escocia.

—Creí que esta cena era para recibir a Philip.

La marquesa levantó los ojos del papel.

—Es una cena familiar entre vecinos.

—Mamá.

—Sería imprudente permitir que un cortejo de dos días se convierta en la única posibilidad que consideres.

Frances dejó la taza en el platillo.

—No he decidido que Philip sea mi única posibilidad.

—Entonces no te molestará conocer a otros caballeros.

—No me molesta.

—Perfecto. Invitaré a lord Harrington.

—Es insoportablemente aburrido.

—William puede confirmarlo.

La mención de su nombre produjo un movimiento involuntario en el estómago de Frances.

—No necesito que William confirme cada opinión que tengo.

—Creí que ese era el acuerdo.

—El acuerdo consiste en que me informe acerca de cuestiones que no puedo conocer por mí misma. Soy perfectamente capaz de descubrir cuándo un hombre es aburrido.

—El aburrimiento puede esconder cualidades importantes.

—También puede esconder más aburrimiento.

Su madre sonrió.

—Te pareces mucho a tu padre cuando intentas evitar una conversación.

—No intento evitarla.

—Entonces dime por qué no has preguntado dónde está William.

Frances recogió la cuchara.

—No tengo razón para preguntarlo.

—Lleva fuera desde antes del amanecer.

Ella dejó caer la cuchara dentro de la taza.

—¿Fuera?

La marquesa arqueó una ceja.

—Así que sí te interesa.

—Solo me sorprende. Pensé que revisaría las cuentas con papá.

—Recibió una carta anoche.

—¿De América?

—No lo sé. La leyó en el vestíbulo y esta mañana pidió un caballo.

Frances observó el café sin verlo.

William había recibido una carta. Podía ser de su padre, de alguno de sus hermanos o de una mujer. La última posibilidad apareció sin invitación y le produjo una incomodidad que rechazó de inmediato.

No tenía derecho a preguntarse quién escribía a William.

Tampoco por qué una carta podía hacerlo abandonar la casa antes del amanecer.

—Tal vez regrese a tiempo para la cena —comentó su madre.

Frances alzó la mirada.

—¿Regresar?

—Edward dijo que tomó el camino hacia el pueblo. Quizá solo necesitaba enviar una respuesta.

—Naturalmente.

—No utilices esa palabra de esa forma.

Frances frunció el ceño.

—¿Qué forma?

—Como William.

La puerta del comedor se abrió antes de que pudiera responder. Edward entró sin chaqueta, con el cabello húmedo y una expresión que confirmaba que acababa de regresar de las caballerizas.

—¿Han visto al americano?

—Creí que sabías dónde estaba —dijo la marquesa.

—Lo vi salir. No dijo cuándo regresaría.

Frances intentó parecer concentrada en su desayuno.

—Quizá se cansó de Inglaterra.

Edward se sirvió café.

—No llevaba equipaje.

—Podría enviarlo después.

—¿Te preocupa que se marche?

—No.

—Has respondido muy rápido.

—Todos en esta casa parecen empeñados en interpretar la velocidad de mis respuestas.

—Porque suelen ser más sinceras que las lentas.

Frances lo ignoró.

—¿Sabes quién le escribió?

Edward se sentó frente a ella.

—No.

—¿No preguntaste?

—William no suele compartir las cartas de su padre.

—Entonces era de su padre.

—No he dicho eso.

—Acabas de insinuarlo.

—Solo dije que no suele compartirlas.

—¿Por qué?

Edward la observó por encima de la taza.

—¿Por qué tienes tanto interés?

—No tengo interés. Necesito saber si seguirá aquí durante el cortejo.

—Anoche prometió quedarse.

—Las circunstancias pueden cambiar.

—Y te preocuparía perder a tu consejero.

—Exactamente.

Edward tomó un sorbo.

—Naturalmente.

Frances deseó arrojarle la servilleta.

La mañana avanzó sin noticias de William.

La casa comenzó a prepararse para la cena, llenándose del ir y venir de criados, flores recién cortadas y comentarios de su madre acerca de la disposición de los invitados.

Frances intentó ocuparse de la correspondencia que había traído de Boston, pero leyó tres veces la misma línea sin comprenderla.

A las once, se trasladó a la sala de música.

A las once y media, abandonó el piano después de equivocarse dos veces en una pieza que conocía desde niña.

Al mediodía, pidió a Alice que averiguara si el señor Vanderbilt había regresado y se arrepintió antes de que la doncella llegara a la puerta.

—No importa —dijo—. Olvida la pregunta.

Alice se volvió lentamente.

—Por supuesto, milady.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Lo haces por dentro.

—No sabía que pudiera verme por dentro.

—Llevas demasiado tiempo conmigo.

—Lo mismo podría decirse de algunos caballeros.

Frances la señaló con la carta que sostenía.

—Sal.

Alice obedeció sin conseguir ocultar la diversión.

William regresó poco después de la una.

Frances lo supo por el sonido de los cascos en la entrada y por la absurda rapidez con que su cuerpo reaccionó antes de que ella misma reconociera el ruido. Caminó hacia la ventana, se detuvo a medio camino y regresó al escritorio. No pensaba observarlo llegar como una joven ansiosa.

Permaneció sentada durante casi un minuto.

Después se levantó y se acercó a la ventana.

William desmontaba frente a la casa. Su abrigo estaba cubierto de polvo y su cabello desordenado por el viento.

Entregó las riendas al mozo y permaneció un momento con una mano apoyada en la silla de montar, como si el trayecto lo hubiera cansado más de lo habitual.

Luego levantó el rostro hacia las ventanas.

Frances retrocedió antes de saber si él podía verla.

La reacción la irritó.

No estaba escondiéndose.

Solo no deseaba que William interpretara su presencia junto al cristal como una señal de interés.

Regresó al escritorio y fingió leer hasta que escuchó pasos en el corredor. Esperó que continuaran hacia la biblioteca.

Se detuvieron frente a su puerta.

Frances dejó la carta sobre la mesa.

William golpeó dos veces.

—Adelante.

Él entró sin esperar otra invitación. Había dejado el abrigo, pero todavía llevaba las botas polvorientas y el chaleco oscuro de la mañana. Su expresión era serena, aunque algo más rígida de lo normal.

—Lady Frances.

La formalidad la alarmó.

—Señor Vanderbilt.

—Necesito hablar con usted.

—Eso parece.

William miró hacia Alice, que ordenaba unas cintas cerca del armario.

—A solas.

La doncella levantó la vista hacia Frances.

—Puede retirarse.

Alice salió, cerrando la puerta detrás de sí. Frances permaneció junto al escritorio, consciente de que acababa de permitir una situación impropia, aunque William no parecía interesado en la proximidad ni en las reglas sociales.

—¿Qué ocurrió? —preguntó.

Él sacó una carta doblada del bolsillo interior de la chaqueta.

—Mi padre escribió.

—Mamá lo supuso.

—¿Su madre revisa toda la correspondencia que llega a Blackwood Hall?

—No. Pero cuando un hombre recibe una carta, abandona la casa antes del amanecer y regresa con esa expresión, resulta sencillo deducir que no era una invitación agradable.

—¿Qué expresión?

—La de alguien que preferiría incendiar la carta antes de responderla.

William miró el papel.

—No está lejos.

Frances esperó.

Él caminó hacia la ventana y permaneció de espaldas.

—Mi padre quiere que regrese a Nueva York.

La noticia produjo un vacío inmediato dentro de ella.

—¿Cuándo?

—En el próximo barco disponible.

—Eso podría ser dentro de días.

—Sí.

Frances buscó una respuesta correcta.

—Comprendo.

William volvió la cabeza.

—No parece comprender.