CAPITULO 9 #2
—Su familia lo necesita.
—Mi padre dice que me necesita.
—¿Existe una diferencia?
—Con Cornelius siempre existe una diferencia.
Frances se acercó unos pasos.
—¿Por qué lo llama?
—Uno de mis hermanos ha cometido un error en una negociación importante. Mi padre quiere que lo corrija.
—Entonces confía en su capacidad.
William soltó una risa breve.
—Confía en mi capacidad para reparar lo que otros rompen. No necesariamente en mí.
—Eso no es justo.
—La justicia no es una cualidad empresarial.
—Tal vez debería serlo.
—Por eso no dirige una compañía naviera.
—Todavía.
La comisura de los labios de William se movió, pero no llegó a formar una sonrisa.
Frances miró la carta.
—¿Regresará?
—Debo hacerlo.
La respuesta fue una conclusión, no una elección.
—Anoche dijo que se quedaría.
—Lo sé.
—Prometió acompañarme durante el cortejo.
—También lo sé.
—Entonces no puede marcharse.
Las palabras salieron con más fuerza de la pretendida.
William quedó inmóvil.
Frances sintió calor en las mejillas.
—Me refiero a que nuestro acuerdo no ha terminado —aclaró—. Philip apenas ha comenzado a visitarme y esta noche conoceré a otros caballeros.
—Puede continuar sin mí.
—No quiero continuar sin usted.
El silencio cayó con tal rapidez que Frances oyó su propia respiración.
William dejó la carta sobre la mesa.
—Frances.
Había algo en la forma en que pronunció su nombre que la hizo comprender lo que acababa de admitir.
—Como consejero —añadió—. No quiero continuar sin usted como consejero.
—Naturalmente.
Esta vez la palabra no fue burlona. Sonó cansada.
Frances sintió una irritación inexplicable.
—No diga eso.
—¿Qué debería decir?
—Que cumplirá su promesa.
—No puedo controlar los barcos que parten ni las órdenes de mi padre.
—No es un niño.
La expresión de William se cerró.
—No.
—Entonces no tiene que obedecerlo.
—Mi familia depende de mí.
—También depende de sus hermanos.
—No como depende de mí.
—¿Porque usted es quien resuelve los problemas?
—Sí.
—Eso no significa que deba abandonar todo cada vez que su padre lo llama.
William se acercó.
—No comprende mi relación con él.
—Entonces explíquemela.
—No puedo hacerlo en una conversación.
—Puede comenzar.
—¿Por qué le importa tanto?
Frances abrió los labios.
Porque había confiado en él. Porque la idea de enfrentar la cena sin encontrar su mirada al otro lado del salón le parecía extrañamente vacía.
Porque Philip podía ser un hombre honorable, pero solo William conseguía comprender lo que ella no sabía decir.
Porque la posibilidad de que regresara a América había convertido la casa en un lugar distinto antes incluso de que se marchara.
No podía pronunciar ninguna de aquellas razones.
—Porque dio su palabra —respondió.
La decepción atravesó el rostro de William.
—Claro.
Frances sintió que acababa de escoger la respuesta equivocada.
—Eso no es todo.
Él esperó.
—Usted… —Se detuvo—. Su opinión es importante.
—Puede escribir y enviarme las preguntas que surjan.
—No es lo mismo.
—No.
—Entonces quédese hasta que termine el cortejo.
William desvió la vista.
—Eso podría durar semanas.
—Lo sé.
—Mi padre no aceptará esperar semanas.
—¿Y usted siempre hace lo que él acepta?
La pregunta lo golpeó. Frances lo vio en la tensión de sus hombros.
—No sabe nada de mi vida en América.
—Sé que lo enviaron a Inglaterra como castigo.
—¿Quién se lo dijo?
—Edward.
—Naturalmente.
—También sé que llegó acompañado por un hombre encargado de impedir que escapara del barco.
William la miró con frialdad.
—Su familia habla demasiado.
—Mi familia se preocupa por usted.
—Eso no les concede derecho a contarle mis asuntos.
—No los culpe porque no desea explicar nada.
Él tomó la carta de la mesa.
—Esta conversación ha terminado.
William caminó hacia la puerta.
Frances sintió pánico.
No por la discusión.
Por la certeza de que, si lo dejaba salir, él decidiría marcharse y construiría entre ambos una distancia imposible de cruzar.
—¿Qué hizo? —preguntó.
William se detuvo con la mano sobre el picaporte.
—¿Qué?
—¿Qué hizo para que su padre lo enviara aquí?
—No importa.
—A usted sí le importa.
—Fue hace meses.
—Y todavía habla de ello como si continuara ocurriendo.
Él mantuvo la espalda hacia ella.
—Perdí una cantidad considerable de dinero.
Frances aguardó.
—¿En una inversión?
—En una apuesta.
La confesión no coincidía con el hombre que revisaba cuentas durante horas y detectaba errores que otros habían ignorado.
—¿Qué clase de apuesta?
William soltó el picaporte.
—Carreras, cartas, cualquier cosa que me permitiera demostrar que podía ganar.
—¿Ganó?
—Algunas veces.
—¿Y las demás?
—Perdí.
—¿Eso fue todo?
Él se volvió lentamente.
—¿No le parece suficiente?
—Para enviarlo al otro lado del océano bajo vigilancia, no.
William la observó con una expresión indescifrable.
—Mi padre no me castigó por el dinero. Podía reemplazarlo.
—Entonces ¿por qué?
Él caminó hacia el centro de la habitación.
—Porque utilicé información que había obtenido a través de uno de sus socios. No era ilegal, pero sí desleal. Quería demostrar que podía vencerlo en su propio terreno. En cambio, puse en riesgo una negociación de la compañía y dañé la reputación de otro hombre.
Frances permaneció en silencio.
William sonrió sin humor.
—Ahí tiene uno de mis errores.
El peor, había pedido ella junto al lago.
Ahora comprendía por qué se negó a contarlo.
—¿Lo hizo por dinero? —preguntó.
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque estaba cansado de que mi padre considerara que todo cuanto tenía procedía de él. Quería construir algo que no llevara su aprobación. Elegí la forma más estúpida posible de intentarlo.
—¿Se disculpó con el hombre cuya reputación perjudicó?
—Sí.
—¿Reparó el daño?
—Todo lo que pude.
—¿Y su padre?
—Mi padre no cree demasiado en las disculpas. Cree en las consecuencias.
—Por eso lo envió aquí.
—Sí.
Frances dio un paso hacia él.
—Pero no es el mismo hombre.
William soltó una risa baja.
—Me conoce desde hace cuatro días.
—Y durante esos cuatro días lo he visto descubrir un robo sin acusar a nadie antes de tener pruebas, cumplir una promesa que le resultaba incómoda y decirme una verdad que lo perjudicaba.
—También me ha visto seguirla por un jardín, interrogar a Philip sin motivo y casi besarla mientras corteja a otro hombre.